Ratolí

¿Qué hace un ratoncillo ratolí entre cristal y hierro, en lo alto de una puerta por esa ventanilla impracticable en el montante de cuyo nombre no puede acordarse, el hombre, por no haberlo sabido nunca? ¿Simbolizar la doblez humana entre ser doble y ser partido por medio? ¿La doblez al cuadrado aunque el ventanuco sea rectangular, si lo sabrá el hombre, que lo puso? ¿Refugiarse de tres pares de ojos caninos, dos felinos, varios golondrinos que seguro lo ven todo en passant, siempre tan elegantes, y ahora además los ojos del hombre?

Que al salir camino de su Escalero entre las espesuras matinales hubiera jurado no haber puesto jamás campanilla de llamar, no en el marco de la puerta ¿De dónde pues ese hilillo colgante del montante? Por el hilo se saca el ratoncillo, dicen,  quienes seguramente no han intentado sacarlo sin daños materiales de semejante atolladero. Seis cogotes doblados en oblicuo, el que menos, el del hombre, considerados desde dentro, claro, desde el exterior, en ángulos más agudos de lo corriente. La caza, madre de la agudeza, dicen.

Pero ¿se cazan en prosa los Ratoncitos Grises como los días?

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            Ya que sobreviene lo inesperado con un café entre las manos –otoñal preposición, que ya refresca aún por la mañana- el hombre hace una excepción y  se detiene en su camino al Escalero, en pie bajo el cobijo del porche. A considerar que contemplar es teorizar. ¿Y por qué andarse con contemplaciones con un ratolí? Porque es uno, solo, se contesta sin tardar el hombre. No como las moscas, que están estupendas este año y tienen locos a cogotes y codos a cualquier hora, en cualquier postura. Pero el ratolí, contorsionista atrapado de golpe en una glaciación de miedo, está solo, tiene dos redondeles perfectos y negros, y están justo enfrente de las niñas del hombre, que aún las tiene –el hombre es hijo de funcionario y no tira nada ni en el alma-.

Un ser solo manteniendo una posición insostenible: y sin saberlo. ¿Cómo no va a pararse el hombre a hacer una excepción, si está ante una a punto de cumplirse, al borde de ese abismo, pendiente de un hilo pendiente por un montante que lo ha delatado, ¿o lo habrá salvado?

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            Aquí es donde naufraga con armas y bagajes y otros gajes la Teoría de Descripciones más o menos completas, y se demuestra que en casa de Gödel había ratones. Y glaciaciones repentinas de pavor, pero eso ya se sabía por otras fuentes. Retratar esa postura pondría a prueba la perspectiva renacentista, ¿cómo no a la sintáctica hecha de renglones que parezcan no reunirse nunca? Como los miembros diversos de un solo ratolí, que no lo parecen de no ser por ese nombre común: una patita, mimetizando articularmente lo imposible, la curvatura interior continua de una voluta de hierro característica de las rejas que adornan esos ventanos de nombre ignoto; por ella sostenido en transversal a esa espiral, si el conjunto se proyectara en plano, medio tronco de ratoncillo, entidad tan inexistente como el cuchillo de Wittgenstein más allá del término municipal de Oximoron de la Frontera, ya que se llama tronco a la unidad consistente en “lo demás” de lo excedente o “lo restante” de lo que asome, conque si se destacan partes en él deja de ser tronco para ser a lo sumo, en lo que de la reja asoma, trunco; otra patita, al otro lado de la Frontera Reja que oculta su pertenencia al Todo Ratolí, dramatiza didácticamente los principios de discontinuidad siendo así que, por la otra parte, lo que trata es de articular milímetro a milímetro un discurso y un trayecto, hasta más firme asidero, ésa debería ser la patita intelectual exploradora y resulta la patética conmovedora, que mueve lo único que no pretendía, el corazón del hombre (dicho sea figurada y no descriptivamente).

Perdida en una geometría que le es ajena, pues todas las curvas ceden en la naturaleza a la gravedad de la presencia propia, siquiera un poco. Pero éstas no, y toda la veteranía y todo lo avezado de tantas Veces salvándose entre ramas que se comban y cañas empalizadas que ceden lo justo para ser suficiente de repente no valen. De repente el Ratolí no se vale, por sí mismo, Aquí, en esta desconocida geometría de los nombres rígidos de la que no puede acordarse, por no haberla sabido nunca. Sólo aterrarse. Alejarse de tierra lo más que pueda.

Y una cabeza. ¿Qué es una cabeza donde no hay cuello? Epítome de lo que la sigue en cuerpo y lo que la sigue en espacio, lo mismo Ratolí un paso más allá, una cabeza donde no hay cuello es un raro puente entre dos Ratoncitos Grises, el de Antes y el de Luego. Un repliegue que forma un puente mapa entre dos hojas del mismo pliego. Pero entre dos ojos negros, inmóviles en el impracticable trance al que se aferra, replegado, ¿qué es una cabeza? ¿Algo que se pierde de repente en el pánico, desmembrado por inamovibles sitios del miedo? Donde no hay cuello no hay marca a la que asirse ese Tercer Ratón, para no perderse, cuando toda salida parece perdida hacia adelante o hacia atrás, hacia los raros lados de este Sitio rígido que sin desviarte en tu huída un milímetro te devueven sin embargo al mismo lugar. Aterrador. Para perder la cabeza.

Quizás eso aclare la especialización anatómica del intelectual en el cuerpo social, considera el hombre, para momentos de crisis; pero desde luego no aclara en absoluto cómo va a constituirse en los próximos instantes, ratombre u hombrato, ese cuerpo único que va a desenredar la madeja de miedo y cristal, calambre y hierro. Y que la Mañana siga su curso sin excepción. Al menos sin Ésa.

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            No parpadean, y sin embargo esa palabra se le impone reiteradamente al hombre para contarse lo que está viendo. Y que quiere decir: que remite el miedo. Pero aun así la palabra no se demuestra instrumento tan adecuado como se dice, ella, que se cree capaz de todo desde Medea a Ofelia. El hombre habla y habla en voz continua, sin tajos de hierro ni discontinuidades de algo invisible y frío que corta el paso aunque la vista sigue. El hombre habla así y no de otro modo a su parte ratón, cuyas niñas no parpadean pero de alguna manera hacen ver que vuelve la animación al hielo, así es que en algún modo, de los muchos del ser que a hombre y ratón les son desconocidos hasta en el nombre, parpadean. Y en ese Volver se remienda todo, la Mañana sin excepción, y sin embargo el único nombre que puede darle no es el suyo.

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            Como un ratolí atrapado en su lengua busca el hombre entonces otro instrumento. Un mango de cepillo de limpiar, fijar y dar esplendor se demuestra armatoste demasiado engorroso y tieso para un Ratoncillo Gris, y más, por los vericuetos de un raro laberinto de dobleces. Irse, no quiere, que Cuca la Negra de lejos y sin interés y Rita la Rubia en butaca sin quitar ojo, al lado de dentro y al lado de fuera del umbral, ahí siguen, y no dejan sitio a la duda de cuál de las dos es más peligrosa, en su indiferencia, a la continuidad del Ratombre en la Mañana. Sin moverse del sitio el resto del cuerpo, ni abajo en el porche ni arriba en el laberinto, los ojos de la parte hombre buscan alrededor.

Una caña. Un miembro del Gran Bambú de la Valla del Norte. Que lo sigue siendo, aun después de un año cercenado y yacente en una jardinera para educar claveles por el camino recto. Los claveles, descarriados por lucirse fuera de sus casillas de barro, hace tiempo que no están. Pero el tutor ahí sigue, guiando horizontales en el fondo sucio como si fueran a alcanzar la copa del cielo. Así son los bambúes, un solo Bambú en cualquier parte del mundo con sólo haber nacido juntos. Una gran nación, el Granbambú, y ahí a mano, la del hombre. Que en este raro caso sí toma el ejemplo, aunque sea con la punta de los dedos y traído por los pelillos que le quedan, incluso a un recto y nítido bambú, en sus fracturas.

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            Lo que sigue pertenece ya a la crónica deportiva, que por enfermedad crónica sólo puede serlo de sucesos. Lo que viene antes y lo que sigue, rabo, tronco y extremidades, más la cabeza. Que a los pocos ensayos parece aceptar parpadeando que después de todo el beisbol no puede ser peor que la masticación de un pitbull o una gata rabona. Y se deja batear con la mayor suavidad posible, sobrevolando cogotes oblicuos como público de tenis y barandillas a repintar para este invierno, hasta las espesuras esmeraldas del Primer Naranjo. Donde aparecen ya las primeras pintas naranjas en los planetillas agridulces del Día que continúa, eso parece, sin excepción por hoy, al menos sin Ésa. Donde desaparece el Ratoncillo Gris.

Hacia donde se lanza meteórica como un precio de excepción, por su color, la indiferente Cuca de tres brincos Escalero abajo, Interludio Empedrado a través, Naranjo arriba. Donde no está el ratolí, que discontinuo pasa en un parpadeo unos metros a la izquierda, bajo los cesáreos fustes del Seto de los Laureles, como alma que llevara el espíritu de Góngora y sin embargo a salvo. Donde la crónica deportiva considera que se debe interrumpir la crónica del suceso. Donde la Mañana continúa sin excepción, incluso para Cuca la Negra, compañera inseparable de las noches del hombre.

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