EL MINISTRO UNWERT

Era ya notorio cómo valoran los miembros de este gobierno el parecer ajeno y lo que quieran decir lenguas de otros. Pero hacía falta el Valor en persona para suprimir un premio de traducción a la obra de una vida, siendo una vida obra de traducir valores en persona. Creo que el señor ministro de cultura lo hace por evitar que sus administrados se enteren, traducido, de lo que su apellido y título querían decir en castellano y él no ha cumplido. Eso sí que es predicar con el ejemplo, y define a la perfección qué es hacer honor a la palabra dada, por otros y sin tasas, que se llama idioma o cultura.

Pues la definición a contrario no sólo es lógicamente válida sino la más precisa tratándose de inentidades; que son, como sabrá de buena fuente el ministro de cultura, negaciones de existencia consideradas en tanto entes de razón; y que traducidas a discurso aunque sea sin premio se convierten en proposiciones negativas con todas las trazas de universales. Como “incompetencia en derecho” se traduce en “de hecho no hay quien me juzgue”, o “incompetencia lingüística” en “a mí nadie me habla en ese tono”. O en ese idioma: pues  “sinsentido” se traduce igualmente en “así no hay quien se entienda”, cuando debiera traducirse en “yo por ejemplo, como Quien dice, no”.

O por ejemplo penúltimo aunque concluyente el que ofrece la enseñanza de una cultura, donde se enseña al parecer a poner en señas particulares valores generales sin confundir el dedo con la luna ni viceversa. Mas comoquiera que “no ser la luna” es lo que da a cada dedo su común valor cultural, obviamente digital -es decir, obvio siempre que se trate de nombrarse a dedo lo que no se es-, se puede caer en la tentación de buscar denominador común para tal “no ser” Luna el dedo ni Valor su figurante. Por ejemplo, Inexcelencia, por la misma sinrazón por la que excelente es siempre la mujer del prójimo, la lengua del vecino o el día de ayer o de mañana; al menos cuando se vive en prosa, o será en procesamiento secuencial, de encomiar las virtudes y excelencias de lo poético, o perdón, será de paradigmas para lelos.

Conque nos encontraríamos patentando como predicado genérico, “cultural”, el no ser cada predicación aquel valer general que predica, y registrando como apellido, pongamos “Novalor”, el no ser cada nombre propio la familia entera, sino valer por ella como representante circunstancial en el mercado; patentando como Quien dice una nimia metonimiedad que se llama conciencia o cultura o los más antiguos encarnación del verbo, en una sola palabra, eso sí mayúscula, como patronímico propio. Pongamos Inexcelencia, o Novalor pero Enseñando, eso sí, por dónde queda: y pondríamos mal y con inexcelencia en lengua inapropiada, la propia. Porque el término excelente para resumirlo didácticamente y que se vea queda de seguro en la excelente lengua del vecino.

 Que en ésta castellana tan atrasada (comparativamente) respecto a otras excelencias superlativas ya es de antiguo demasiado patente, aunque sin derechos de autor, que no se puede negar un predicado sin negar el verbo, en la conjugación del ser, a una u otra de las personas: y que entonces la única cuestión política es que tal se haga abierta o encubiertamente. Como no puede decirse en castellano, al menos hasta que se reeduque excelentemente en Princeton o Maguncia, ser “no comido”: sino que “no ha comido” o “lo tienen sin comer”, alguien en ambos casos. Y como no se podría decir, hasta la aparición del Valor en persona, que algo fuera “inexcelente”: pues esta inadelantada lengua (respecto a Su Excelencia) aunque adelantada por todas (comparativamente) entendía que la ausencia de excelencia no era predicable, no siendo la excelencia respecto a cualquier sistema de predicados predicable en ese sistema. Pongamos por caso, que la excelencia del castellano podrá mostrarse en castellano mas no predicarse en él. Ni el valor de su ministerio -darse a entender- proclamarlo el administrador donante, sino otros receptores.

Luego entonces ahora, puede concluir quien no quiera renunciar como Quien dice a ser excelente de todo momento y lugar y punto de vista ajeno, luego entonces ahora será menester ministerial predicar su valor en un idioma que sea otro; o perdón, que sea nouno, que es decir definido por su noser, en cada caso, el decir de uno; o sea, en uno que no se entienda nunca en un ahora porque se entienda siempre que señala un Siempre excelente respecto a cualquier ahora. O sea, para entendernos: en uno que se noentienda excelentemente. Como la frase anterior, o cualquiera que trate como de un hecho de Su Excelencia, la de Valor, respecto a cualesquiera hechos de una enseñanza que se define suya. Cuando es patente que enseñarse la ausencia del Valor por excelencia enseñando la presencia de una plaga de Inexcelencia sólo puede ser competencia de… el Valor personándose en persona comparable (con su ausencia) aunque excelente (en presencia): que no deja de ser prodigio acreditativo, ya que suele compararse en presencia (de la regla) y serse excelente en ausencia (de parangón). Tal como -por ampliar miras y coordinar también en este texto el sagrado ministerio del Wert con administraciones anejas- para constatar la Inexcelencia de la actual cultura en la Hacienda peninsular no hay como noir al nocine español para sí verla.

Luego será menester ministerial indefinir tales inentidades en un hablar que permita presentar con todas las trazas de sustantivo genérico la inexistencia de ese “exceler” inexistente… hace tiempo en este inadelantado idioma, tan adelantado (por sí mismo) que ya suprimió ese infinitivo nunca conjugable a discreción en tiempo y modo; pero tan adelantado (mirando a otros) que necesita de mejor  educación, comparativamente… ¡qué digo!, mejor de una superlativamente excelente (en comparación). Y aunque extinto el latín, idioma del sagrado ministerio del culto, por suerte siempre queda alguna otra casa del ser y el noser donde se den cita y su palabra como iguales al parecer, y la cumplan y valgan indiferentemente, al parecer. Al menos al de Wert. Alguna otra en donde la dolorosa ausencia de Su Excelencia –ésa que lamenta hace tiempo una clamorosa mayoría, aunque silenciosa-, admita sustantivarse y personarse en la frase social sin tener que negar aparentemente el verbo a nadie en la conjugación política, que siempre es democráticamente embarazoso.

Pongamos una metafísica lengua predicadora de lo real como Quien dice, capaz de tratar como predicados suyos, desde Su Excelencia respecto a los unos y los otros, a seres como inseres y a presencias como ausencias o viceversa. Y de resumir así, didácticamente encarnada en un solo verbo sustantivo y prosopoético, tanto la frase histórica de la encarnación del Verbo transversalmente excelente al tiempo como el paradigma moral de su ausencia provisional en estas aulas mundanas del pecado, el de semejar inexcelentemente; a saber, esta excelente verdad, que de idiomas, términos y demás semejantes parecidos vale que “si existe no vale, y si vale, no existe” ¿Figuras culturales del Valor, dadas gratis y excelentes en idioma de todos, y aun pretenden crédito?: na-nay, que es término excelente por chino como las naranjas. Ser cultura es haber apuntado a Su Excelencia sin alcanzarla hasta que aparezca el Valor en persona. O sea, haber sido un Novalor creyéndose lo contrario al contrario que Wert.  Que didácticamente resumido en lengua ajena propia para que se noentienda reza en fin así como definición del medio cultural: creer ser bajo palabra dada gratis es ser Unwert. Como dicho,  Existenz, das hat kein Wert; o como Quien dice, Wert, das keine Existenz hat.

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Jacarandina  revisited

¿Don Nadie, co-rrigiéndose solo pero en nuestro nombre bajo pseudónimo exótico? No es la primera vez que tenemos en el gobierno nombres alemanes, o flamencos. Baste recordar al jesuíta Nithard o los gloriosos tiempos de Carlos der Fünften que provocaron la ruina de las comunidades y el alzamiento de los comuneros en aras de la excelente comunidad imperial europea; o más recientemente aquel otro flamenco cantaor de Mahler, el Niño de los Nepotes, porque guste o no “guerra” es palabra germánica como “Alfonso”. Apellidos de germanía casualmente concomitantes todos, perdón, colaterales, a tiempos de ruina; no de “crisis”, que significa “cambio” y es pleonasmo hablando de tiempos. Lo que sí es novedad es estar a todas luces gobernados en la sombra por Angela Ortiga desde Berlín y tener a la vez en el gobierno figurante un patronímico alemán con nombre de chocolate metafísico: oscuro, espeso, amargo en origen y artificialmente dulce en presentación, predicados todos adecuados a una cultura menesterosa y al arduo menester de administrarla en figuritas sucedáneas del valer y del valiente: o sea, en valores innegociables y validos negociantes. Que es decir excelentes aunque comparables y viceversa a la vez.

Pero sobre todo, dúctiles y maleables a poco calor que circunstancialmente se les aplique, por ejemplo en un cálido aprieto del amor docente. Atributos infantiles apropiados por definición en una educación ilustrada, y más ahora que se la llama “apropiación simbólica mediante definiciones” ilustradas con figuras. Y donde se trata de amoldar el oscuro chocolate de vivir a una u otra marca de Valor figurada debidamente, que es decir, insuficiente a sabiendas. O sea, de malear bondades dúctiles, dóciles y educables, palabras de igual origen que Duce y Conducatore en romance o Führer en alemán. Qué mejor pues como guía mayor, qué digo, Guión Educador conducente a Cultura, que un maleador de posibles maleantes maleables o viceversa, un irreducible conductor de abducidos al conducirse debidamente de vida a mente, con nombre de chocolate fungible indefinidamente amorfo mas arropado siempre en una u otra figura linda y prestada, como esos muñecotes dulces de colgar, no por el cuello, en árboles de navidades protestantes.

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            Pues cada uno describirá esta ruina como le plazca, incluso en mal inglés o peor griego como crash o como crisis. Pero escoger vocabulario es escoger escenario, y con ello personaje y drama posible. Y alguno ya hemos tenido por estos pagos a cuenta de la catolicidad de un vocabulario para alcanzar al Verbo, o perdón, el acceso a la Lengua de todos mediante la de algunos. Conque tras treinta tristes trienios de académicos rebuscando en traducciones palabras de a doblón por describillo, prefiero volver al viejo don Francisco. Franco, que es nombre de valor, aunque no como apellido heredable sino cualidad ganada: el suyo fue Quevedo, conocido por su excelencia en lo minúsculo de este idioma. Así es que tratándose otra vez de valientes figurones validos como Valor no hablaré de personalidad prefascista ni de histerias colectivas, de lenguas de trapo (sucio) ni de política psicológica. Entiendo que la ruina del creer es otra cosa que una crisis del crédito, por eso se llama de otra forma. Y que por eso la necesaria depuración de irresponsabilidades no se limita a los ejecutivos blindados ni a los blindados ejecutantes, aunque otra vez lo hayan sido unos en La Moraleja Imperiosa y los otros en la Fábula Imperial de Afganistán… o del Perejil.

 Parodias de parodias de gloriosos pasados que fueron parodia, volver a dar crédito a nuestros oídos exige como primera depuración la del gasto superfluo pero en mobiliario del alma, no del aula; del ruido y las máscaras de figurantes verbales, la decoración y las maniobras de diversión en figura de palabras, esa insufrible mueca de reidor hijodalgo, de godo mal traducido y peor converso que no obstante tiene asegurado ministerialmente el Valor por herencia solariega inmemorial, claro, a hipotecar, aun más claro, a crédito sobre galeradas que han de llegar de América. Y en esta baqueteada península ese ejercicio purgante exigiría remontar en el tiempo idioma arriba mucho más atrás de estos donnadies de ahora, hasta antes de baquetas y bayonetas y aun de mosquetes, a tiempos en que poner una pica en Flandes ya era un anuncio docudramático para dárnosla con queso. A reinos endeudados por irse a paseo con mucama de las Indias y en carruaje prestado, luciendo encajes de bolillos de Malinas o de codicilos bolonios de Bolonia o de Maastricht. Todo por pretender encajar los dispares por el camino más corto, erigir el disparate en principio compositivo, y canonizar el pastiche bajo rimbombantes gongorismos como sacramento trentino o como dialogismo crónico. Porque todo iba a caber en el católico verbo parroquiano o tertuliano global, cómo no: desde la autonomía catalana con la murciana o indiana hasta la receta de setas al vapor junto al recuerdo compungido de Hiroshima. Credo, quia absurdum est, y pasamos a otro asunto completamente distinto en la Actualidad.

¿Dialogismo, en la Historia? ¿Tertulias en transversal, tiempo a través? : ¿para estarse a perpetuidad en atravesarlo y en el estado del trance embriagado en palabras?, ¿en el Estado de la Transición perpetua, la Movida Inamovible o el Movimiento como Estado del 18 de Julio todo el año, todos los años? ¿En estado de Discurso sobre el discurrir del Estado o viceversas? Puede que el amedrentado nieto hispano tenga hoy ganas de correr a preguntarle al abuelo castellano, que parece haberlo sabido todo de trances críticos, y para qué son provechosos, y a quién el bautizarlos y darles estado (uno educativo a más no poder). Pero de hacerle caso al abuelo Francisco cabe hacer memoria, no recuperarla, que es recobrarla pero otro y cobrarla el doble, aunque eso sí, el de uno. Y vivir en conversación con los difuntos cabe: mas exige retirada a la paz de algunos desiertos con pocos pero doctos libros juntos, no canales. No precisamente reuniones sobre reuniones ni tertulias multitudinarias de sagaces monólogos para lelos, para que parezcan diálogo entre listos zurcidos por alguna oportuna disciplina transversal: pongamos Contextología Elemental, o Gramática pero parda como de noche oscura del alma con pocas luces, u Oportunidad (I y II), con don de oficio para evitar desenlaces embarazosos. Pues ocurre que una “razón construida discursivamente” en transversal a “tiempos de crisis” se parece a discurrir juntos alguna salida de un atolladero tanto como un huevo de pato a un cojón de mico o el Misterio del Amor a los amores inexplicables: como contar un drama a pasarlo, o nombrar un problema a resolverlo. O como la impaciencia desesperada por parecerse pasión paciente es capaz de estarse un rato en el diván y hacer como que se escucha y sufre, a ver si así le sale la Pasión por algún milagro litúrgico: repetir en procesión de figuras verbales canónicas la fórmula de su ausencia crítica. Pongamos, la de Su Excelencia (la del Valor).

            Así es que otra vez una crisis del Valor incluso en sus figuras bursátiles debe desembocar en la moraleja educativa consabida –la letra del cambio con sangre entra, y eso ni se cambia ni es negociable-. Y de creer otra vez a los gestores de lo crediticio toca de nuevo lo del acto de contricción, el retraimiento tras los excesos (salvo verbales), y los ejercicios espirituales (salvo el de pensar) en un tonel discursivo u otro, siempre que sea de marca acreditada y avalada por una Compañía del Buen Nombre. Pues tras las pragmáticas regias sobre el uso del tabaco en público o el lujo en carruajes oficiales, sin hablar del uso de la palabra ni de aparatosas golillas por dentro de gargantas engoladas con Códigos de Buenas Prácticas, ¿cuánto tardarán esta vez en reaparecer los jesuítas, como desaparecido hubieran? : que hay recortes y abstinencias que son ostentoso modo de hacerse presente a fuer de ingenieros del ahorro y de lo tácito, o eso dicen los que entienden, sin decir en sí pero dando a entender, por ahorrar. En una palabra, retóricos.

Ruina de fe, crisis de crédito, técnicos de la creencia, contrarreforma y restauración crediticia del creer en Credo: ¡sí, potemus!… ¿Dónde he oído eso antes?: donde las palabras se habían convertido en decorados altisonantes de guías espirituales, tutores de almas como columnas retorcidas en noticia sobre sí mismas haciéndose tornillo sin tuerca con ínfulas de espiral eterna. ¿Pongamos en Hegel y Marx? Mejor pongamos en Góngora o en Facebook: elencos de fantasmas practicables por de dentro, libros de máscaras verbales probablemente afectables, por ostentosamente afectadas. Espíritus como ejercicios para mantenerse en forma -en cualquiera pero alguna- la informe vaciedad que se insinúa al fondo de los espejos ¿Dónde habré oído estos ruidos antes, con toda la pinta de palabras, en qué difunta tertulia?

            Por eso entre los diversos balidos valientes emitidos por Valor, que tratan de ocupar como voz la escena que nos gobierna a nosotros y a ellos los arrastra, el verdadero protagonista se encuentra hoy donde lo puso Velázquez, entre las meninas y los enanos bufones que posan para las cámaras. En un vacío hecho notar espléndidamente, cuya contrafigura se hizo humano parecer y habita entre nosotros cual esplendente vacuidad notoria sin necesidad de cuadro; aquél en que la enfermedad que trata de purgar alcanza irreflexivamente reflejada su realización más plena, la crónica, en forma de periódica noticia de máxima actualidad, hallarnos un día más en vísperas perpetuas de la catarsis: en el educativo pentecostés de una espera colegial sin interés ni plazo fijo, la del Verbo Excelente por principio que se enseñará al final. Por eso, nach reiflichen Erwägung sobre el irónico misterio de su apellido o la misteriosa ironía del Guión, que no hubo, creo que hoy el mal de las Españas otra vez se apellida Wert. Aunque siendo un arma mortífera de reiteración compulsiva quizás debiera reformarse en Rewerte (Pérez).

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El Sistema Valor

Será por todas esas incrustaciones germánicas como almendras u otros frutos secos en mi sistema nervioso, pero el fatídico Viernes de Dolores y Consejos en que escuché al ministro de lo culto exponer por vez primera su proyecto de reforma educativa no pude moverme del sillón hasta mucho después de su conclusión  (la de la exposición inicial del proyecto previo de reforma conducente a nuevos principios, me refiero). Dejando aparte la ciática europea de mi razón práctica, la razón pura de mi parálisis fue la abundancia de invocaciones al Sistema, la Coherencia y la Completud del Modelo, junto con la estética simulación de convicción sumamente plausible en su discurso; se le diría plenamente convencido, o convenciéndose, de que la coherencia de un texto como ése no podía sino transferirse inexorablemente a la realidad por alguna armonía publicitariamente preestablecida, enmascarada interfaz o desconocida raíz común a la justeza formal y la justicia práctica de sus proposiciones.

Hacía años que no escuchaba en medios públicos a un metafísico practicante, desde que se retiraron Cicciolina y Maradona. Pero es que junto a la nostalgia, que ya de suyo gusta de retener culos en los sillones, estaba ese apellido formulado en la lengua de Kant, cuyas conclusiones sobre el Valor caben en tres antinomias y sobran dos, y de Gödel, cuya tesis doctoral incluida la inconclusión ocupa unas treinta veces menos que el informe previo del señor Unwert sobre el proyecto preliminar para reformar principios conducentes. A los valores.  Eternos al parecer, por eternamente transversales o atravesados al discurrir de los tiempos. Conducentes, sobre todo o über alles, a Su Excelencia.  Y resulta que, como el castellano,  también el alemán excelentemente hablado incapacita como ciática para toda premura en levantarse del sillón y pasar a tratar de valores o en ellos con cualquier propósito eficiente de naturaleza mecánica -como un choque o una fractura de cráneo por donde entrara tal letra inexistente-.

            Y sin embargo ni escrache, que se me alcanzara, el señor Unwert presentaba y presenta todas las trazas de estar convencido. ¿Y de qué, si es que eso tiene algún valor en el santo oficio de alzar ceremoniosamente el Sagrado Formato y consagrar la Buena Imagen, qué digo, excelente? : pues convencido (convincentemente) de que es posible y por ello necesario y por consiguiente valioso instaurar un Sistema racional de acceso a la razón, lenguaje mediante, incluso en el país idiomático que le alumbró a él. Es más, que la ejemplar racionalidad de su Sistema Escolar moverá por sí sola a los dóciles, que decía Ortega, a querer practicar algo tan grandioso como la razón capaz de llevarte hasta un sillón ministerial. O para ser más preciso, sacando al fin parsimoniosamente la navaja de Ocam del bolsillo oprimido por el sillón para apuntar con precisión a lo estrictamente descriptible en el discurso del señor ministro: una razón capaz de llevarte a practicar excelentemente algo tan grandioso como la aparición pública de la creencia plausible en la razón. Eso que en griego se decía fenómeno pero sin interjecciones, y en castellano, apariencia.

            Pues el Sistema ideado para hacer aparentes los valores a las nuevas personitas, ante todo el de presentarse realizado el Valor en persona, ante todo lo parecía. Y como con parecer valor que trata de aparecer en palabras ya vale, parece, para ser un parecer valioso merecedor de glosas y tertulias, su principal lección educativa ya estaba dada, y hacía honor a su apellido: educarse y cultivarse consiste en aparentarse das Wert en persona, lo patronímico cultural genérico en nombre propio, o viceversa según. Que se resume, claro,  en ese artículo neutro de mercado imparcial con etiqueta exótica personalizada: la educación de Su Excelencia (de Usted, como Quien dice).

Por eso no salía yo de mi asombro kantiano con forma de sillón godeliano. Creía haber entendido por ciertas lecturas antiguas, anteriores al Gol de Iniesta, que el valor de un entendimiento o un sistema de reglas de operación (como lo que dice enseñar la Escuela) no puede juzgarse desde dentro, y es preciso “salir” a algún otro: pero no salir de cualquier manera, sino con conmutador simbólicamente marcado de regreso practicable al primer sistema. Pues de nada valdría la lógica respecto al lenguaje común como no pudiera volverse a practicar dentro de ese escenario  y sus figuras. Manera ésta de salir pero sin irse, o sobresalir, que solía llamarse en latín excellere, no excedere, y al sobrevenirle a alguien, su excelencia o su eminencia, no excedencia ni exceso. Figuras todas vigentes en la administración pública de cuerpos y almas, sobre todo las últimas, entre las que convendría discernir con cierto cuidado, no vayamos a confundir Wert con Su Excelencia y Franco con un obispo.

O sea, que estando demostrado sistemáticamente y escenografiado en las más diversas figuras a lo largo de los tiempos, a cuya colección se llama cultura, no haber sistema capaz de juzgar su propia excelencia sin caer en antinomias, paradojas o el ridículo, llega un administrador de esa cultura excelente y no la del ajoarriero y Cervantes, por ejemplo, a proponer un Sistema para alcanzar la Excelencia en su propio manejo que por si fuera poco -de remate, claro- es capaz de juzgarse excelente él mismo. Respecto a él mismo, es de suponer, no por excelente entre otros de que sobresale y no se separa, sino por excluyente de todos, a los que aparta por excedentes como los de más (en junto o por separado): eso que en griego se decía idiota, y se aplicaba a quien hablaba solo porque ya se entendía él, excelente mente. 

O sea, traduciendo aun sin subvención a este idioma que no la merece, porque en él no se puede decir lo traducendo excelentemente: la escalera de Wittgenstein es excelente porque ella decide cuando se tira; el medio es excelente cuando él decide su propio fin; y el ministro es excelente porque él decide cuando habla como sujeto empírico en su nombre, administrador de un valor referencial, y cuándo como sujeto trascendental en su apellido, de Valor genérico: según. Según un criterio… de Valor, de quién iba a ser. Que existe, seguro, y es formulable, siempre que antes se aprenda a traducirlo de su idioma propio (el ajeno) al impropio (el propio).

De manera que algo tan completo y exhaustivo como para figurarse válidamente aun los tropiezos y objeciones válidos e inválidos que encontrará su proyectada aplicación cuando sea un hecho (a saber,  un Proyecto, aunque de ley, eso sí) sólo nos deja ya a cada uno de los demás –junto o por separado- limitarse a comentar una que otra palabra de su discurso sobre cómo se discurre educativamente hacia el Discurrir conducente (hacia Lengua y Cultura). Limitación ésta de los demás juntos o separados a paliar desde luego desde un principio, eso sí, educativo: no pararse en barras verbales cuando se trata de adelantar hacia Su Excelencia. Y eso me propongo hacer, levantándome renqueante del sillón práctico de la razón teórica o viceversa ciática. Comentar unas cuantas palabras corrientes que merced a su excelente uso en boca del ministro renacen transformadas por su reeducación a una larga y triunfal vida de Excelencia (y si no, al tiempo): junto con ésta, principalmente las palabras “adelantamiento” y “transversal”.

Mas siendo el chocolate, y más con la marca Valor, difícil materia para sujetar con precisión una vez en contacto con el ardor retórico, me temo que habré de hacerlo despacito, por partes y con pinzas. Pues hay pringues como conceptos de extensión y alcance tales que uno se los lleva consigo adonde se dirija, como no ande con cuidado por las ramas de semejante Árbol del Conocimiento habido y por haber.

Adelantamientos para lelos

            Con todo, antes de seguir, vaya mi admiración por delante, adelantada a crédito como un programa educativo de adelantamiento acreditado. Loor a los hijos de patria que defienden en las letras, literalmente, la pureza de su madre, figuradamente hablando, quiero decir, de palabra, en fin, que ustedes ya me entenderán si hablan castellano. Y si no, es problema suyo: no “su problema” como dicen los protestantes, que al parecer sólo tienen uno cada vez y nunca varios al mismo tiempo. Eso sí que es eficiencia excelente. Mientras por una desgracia de nacimiento, ir a caer del reino de las ideas maltraducido en idioma ajeno, el eficiente Valor con un oído tan sensible a variaciones idiomáticas tiene en cambio problemas varios y a la vez. A vista de pájaro, unos cuarenta y siete millones, que cada día hablan menos -con sus vecinos- y peor -de ellos y de él-: si lo dice hasta la Ocedé, esa señora que habla desde siempre un excelente castellano por señas y siglas.

 Por ejemplo, siguen diciendo “adelanto” o “progreso”, o incluso “avance” si son de ideas avanzadas y gustan de practicar el francés, en vez de “adelantamiento”. Como si creyeran que una cosa es progresar y sobresalir en algo, sin mirar de reojo al público, y otra adelantamiento, que siempre es relativo y por comparación en algún tráfico y comercio.  Y como hablando se entiende la gente al margen de uno u otro asunto en que se entienda, mal hablar así es mal discurrir en cualquier asunto: que es lo que Su Excelencia, educativamente hablando, viene a remediar parejamente en todos. Por ejemplo en mí, pues eso que acabo de decir no se dice así. Sino que hablar es una “disciplina transversal” a cualquier otra, como contar. Y aquí empiezan mis problemas con mis limitaciones transversales, acaso por haber transitado tantos versos a través que casi toda la prosa me suena igual. Transversal ¿a qué? A una línea recta. ¿Cuál? Aquélla por la que hasta ahora se progresaba hacia ser una inteligencia, y no otras varias, en una u otra materia variable. Pero eso era antiguamente, antes del gol de Iniesta (a.G.I.). En el nuevo calendario, como en el reino de los cielos, no hay progreso: en adelante habrá “adelantamiento”, si hay adelante.

Y ahí es donde yo me detengo. Es peligroso en tal trance, de acuerdo, lo sabe hasta un cabo de Tráfico pese a haberlo estudiado excelentemente en la Academia. Pero la patria en peligro inminente (de ser adelantada) exige correr riesgos parándose (a definir el adelantamiento) o pararlos corriendo (a adelantarse y prevenirlos). En una palabra, exige zambullirse en paradojas cuando el Sistema parece estar rozando sus límites figurados o sus limitaciones al figurarse, y a punto de cruzarlos, o sea, transgredirlos transversalmente.

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            Y lo primero que llama mi limitada atención es cómo cabe un adelantamiento paralelo en disciplinas transversales. Sólo se me ocurre un escenario para tal geometría, pero el señor Unwert no hace alusión alguna a Riemann ni Einstein, que sin duda da por consabidos. De modo que en el universo corriente en que se mueve todo educando, con tres dimensiones espaciales y otras tantas temporales, un adelantamiento en transversal sólo puede resultar en salirse por la tangente (como inexorable sumatorio de vectores tan definidos), o descarriarse por los cerros de Úbeda. O en una palabra, en Retórica, esa disciplina tan antigua en que tanto adelantamiento ha habido desde la invención de la rueda para que corran por dentro los hamsters de la imaginación (antes, Ratoncitos Blancos del Desván, pero ahora hemos adelantado mucho en materia transversal de nombres excelentes).

            También pudiera ser que el señor Unwert quisiese decir lo que no dijo o viceversa -que ya sería un ejemplo educativo de cómo reformar la lengua-: a saber, que eso es precisamente lo que le ocurre siempre a todo quisqui, incluso vecino a Úbeda y llamándose Machado; y que por tanto en materia de lengua no hay adelantamiento, no habiendo Verbo de comparación: ni aun en el morse tartamudo de rayas pintadas en lo negro que chapurrean los peritos en el Código del Discurrir. Y que entonces una lengua es o bien perfecta y conclusa en cada instante tal cual es, por estar siendo (en particular, la de quien habla como dios, como Quien Dice), o bien irremediablemente imperfecta y aproximativa en todos (en general, la de los demás o de más juntos o por separado, como quienes son dichosos siendo dichos). Pero el caso es que su Adelantamiento se presentaba una y otra vez como valor definitorio de versales y transversales del Sistema entero, incluida su excelencia en transversal a sí mismo, conque una de dos: o Valor siempre ha querido decir lo dicho de hecho, y en el universo para  lelo singular del señor ministro hay adelantamientos transversales y transversales en que se adelanta respecto a sí mismas, o bien lo que de hecho ha dicho nunca ha sido dicho de Valor, por lo dicho.

            Sólo cabe aún pensar, en algún otro espacio lógico para él inconcebible –al menos hasta haber pasado por Princeton-  que por “transversal” quería decir el señor Unwert “sito en otro plano”: eso que ahora se llama “nivel” desde que hay apisonadoras tan excelentes que son buldoceres. Y sí, cabe imaginar que cifras y letras constituyan un substrato o un metaplano respecto a cualquiera de los mundos en ellas constituidos. El único problema es entonces que “transversalidad” es propiedad geométrica que sólo se da dentro de un mismo plano, entre líneas, o en un mismo espacio, entre planos. Que hace falta una instancia tercera (o n+1-ésima) -como quien dice, como un Estado- desde la que establecer relación entre dos (o n) instancias autónomas como líneas, planos o idiomas (¿no son los idiomas planos del mundo, con cruces ciertamente sorprendentes aunque no a nivel?). Pongamos, la relación de Adelantamiento, que sólo cabe en la carretera, pero no entre carreteras. Aunque sean transversales.

Pero a todo trance el Niño o la Nación deben ir adelantándose para lela mente en sus diversos escenarios de figuras o “materias”: la armonía preestablecida de su desarrollo integral así lo preestablece como posterioridad evolutiva, por principio, desde luego. Aunque ocurre que algunos de tales escenarios de cifras y letras tienen precisamente a estas figuras por contenido, y por argumento, ese Escenario en que todos aquéllos otros se montan: es el caso de Gramáticas y Matemáticas desde antiguo (incluso antes del Gol de Marcelino). Tradicionalmente se llamaba a eso reflexión y autoconciencia, y es algo que aún ocurre a veces en el idioma sobre el que habla el señor Wert, aunque no cuando él lo habla; o en la aritmética en que convoca a confeccionar unos presupuestos inequívocos dialogando todas las voces en equidad. Sistemas de cifrado para cifrar sistemas de cifrado del mundo, ¿qué hacemos con ellos?, ¿dónde los ponemos? ¿Y si probamos a imaginarlos al biés, o sea, en transversal?

  Pues que tenemos un problema menudo como el de los Tres Cuerpos, o aun mejor, la santísima trinidad: dos Transversales entre sí, más el Entre Sí que las hace tales, forman los tres una sola Unidad Verdadera, a saber, el armonioso Sistema Unwert. Y en este delicado punto teológico-político, more geometrico demonstrato,  es donde empieza a descollar el señor ministro pese a su escaso cuello (por fuera, a la vista está, pero ante todo por dentro); donde el predicador empieza a mostrar las virtudes de lo predicado, precisamente la excelencia de usar alzacuellos verbales, y el excelente ministro a parecerse a Su Excelencia como una mala copia a otra.

Pues su formulación consigue excelentemente mostrar en la forma lo que anuncia contenido, y superar de un saltito grácil los abismos (teóricos) del pensamiento de los últimos veinticinco siglos (a.G.I.). Donde pongamos que Descartes puso pensarse y extenderse como planos mutuamente ajenos y autosuficientes, paralelos como renglones que no obstante, sino mediante esa enajenación insufrible (para todo lector), no tuvieran ya más remedio (en la cabeza lectora, masoquista pero no tanto) que cruzarse en un punto figurado, casi como coordenadas cartesianas, qué grata coincidencia postestablecida. En cambio, paralelamente en el tiempo, Malebranche prefirió otros ejemplos para lelos;  otros escogieron polígonos compuestos de infinitos lados simples, o bien circunferencias simples infinitamente descompuestas por esquivas angulares como miradas ajenas; y aun otros, infinitos lados infinitamente poligonales cada uno, o instantes sin cuento cada uno de los cúales érase una vez, entera, por sí sola.

Como se ve, la figura geométrica ha sido siempre recurso visible para ilustrar el discurrir pensante y sus relaciones –como las hubiere- con lo pensado Discurso. Pero lo que nunca hasta hoy se oyó en ese foro fué hablar de una transversalidad en que se adelanta paralelamente. ¿Álgebra o Geometría, Lógica o Gramática?: no problemo. Forma o contenido, razón o empiria, alma o cuerpo, ¿y no habrán de converger en alguna parte?: me figuro, luego visiblemente existo. La glándula pineal es un simple cruce de calles (del barrio de Salamanca o el de Argüelles, eso sí); el eros platónico, un cruzamiento puntual al azar (que uno siempre se lía con las putas calles paralelas, que son todas iguales); y el problema de la forma y sus realizaciones distintamente parecidas, pareceres semejantes y semejanzas aparentes de un orden tan aparentemente real como realmente aparente que es el mundo, una simple “transversalidad” entre disciplinas. A desarrollar paralelamente.

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            Como se ve o se nové, no hablo aquí de encefalogramas planos para lelos por definición o de subidas de tasas siempre graduales, esto es, oblicuas. Sino de los ejes de coordenadas de los que en este caso resultan toda agudeza posible y su complementario, algo inexorablemente obtuso y en mayor  grado. Por ejemplo, esa agudeza con que se despacha ministerialmente tan ligera cuestión como la relación de discursos sobre las formas con el resto de las materias, esa aguda “transversalidad” que constituye uno de los principios obtusos del Sistema Unwert.  

Con que se resuelve de un plumazo boletinesco, reedición de la vetusta “disciplina formal”, la paradoja educativa por antonomasia: tenerse que enseñar mediante cuerpos sensibles a uno de ellos qué es ser más que cuerpo sensible,  y en signos qué sea “ser signo” a quien no sabe que haya tales cosas en el mundo aun pudiendo imitarlas a la perfección, como sin duda saben todos los escolares y su ministro; ni sabe que hay algunas rayas que sólo son lo que aparece -como los educativos guiones que escribe el señor Unwert-  y otras que son además, como plusvalía,  algo que no aparece y se anticipa a crédito, significado; ni que un billete o un curriculum no se comen pero darán de comer si se hace lo que…. ¿indican? Pero ¿cómo se indica a quien no lo sabe que ese papel, a diferencia del discurso del señor ministro, “indica” algo más que su propia presencia indicativa? ¿Cómo, que algo “vale”… por lo que no es?

Pues por las trazas: tal como el Proyecto de Sistema Unwert tiene todas las trazas acreditadas de serlo, y toda la pinta plausible de una idea. De manera que al aplauso aplaudible y el crédito acreditable se reduce ese sublime criterio, excelente por igual de valor y sinvalor y de Wert como de Unwert: indiferentemente. Y que no es, claro está, sino lo que ya anunciara Don Antonio  en su inadelantada lengua: que todo necio confundirá al Wert con un precio; si bien es cierto que hay escenarios tan insensatos y unwertige que parecen hacer al necio sabio.

Y así, al plantear a la vez la existencia de “disciplinas transversales” a otras y la exigencia de un “adelantamiento” paralelo en todas, el señor ministro habla disparates o prodigios pero con todo el aspecto de razonamiento, modelos de hablar muy adecuados ambos para el adelantamiento educativo. Sobre todo en materia de gramáticas y matemáticas, figurantes universales a ilustrar en figuras de un idioma o espacio particulares pero sin confundirse en el trance los figurantes figurantes con los figurados. Con que recaemos de cabeza en el primer diagnóstico del mal Unwert y su alcance: toparse en el otro extremo del educativo proceso histórico, en su actual culminación ministerial, precisamente con aquello que como legitimación de su puesto dice corregir educando en el recién converso a la cultura, o conversando: la simulación de pensamiento en palabras y del discurrir en discurso. Con el principio sumamente instructivo que ello supone: palabra excelente es la que parezca excelentemente indicar que indica algo que no acabe de aparecer nunca (esto es esencial a su Sistema), a saber, … ¿una idea? Váyase usted a saber…pero a la escuela de pago. O perdón, de copago paralelo en transversal: Protágoras cobra, por adelantado, para alcanzarme una mente excelente, y yo, retrasado,  pago por adelantarme para lela mente.

Donde lo realmente irónico o viceversa se dice pronto: puesto que pensar y discurrir es simular (“escenarios virtuales” incluido su protagonista), no cabe simularlos sin cumplirlos, ni hacer ver que se dice sin que se vea… ese hacer ver. Conque ejemplar sí es el discurso del señor Unwert en cuanto a excelentes coincidencias (en paralelo) entre mostrar y decir. Pues lo verdaderamente grave en esa singular geometría monoplaza (que ya sería cosa seria), o peor aún, nuliplaza, es que ni el propio Valor la haya entendido en lo que vale: y no a pesar de, sino gracias a haberla enunciado. Y hablarse no para entenderse, pero ni siquiera para noentenderse, sino para desentenderse, ésa sí que es una lección magistral aquí y ahora. Lo que nos faltaba para adelantarnos en prosa.

CONTINUARÁ

(Próximamente en esta pantalla: El regreso de Su Excelencia a la caverna)

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