El regreso de Su Excelencia a la caverna

Nos encontramos retransmitiendo el desarrollo de la cultura en las inmediaciones de la Escuela, porque de pronto es noticia cómo enseñar a notar qué en cuáles cosas pero sobre todo, aunque en transversal, cómo notar lo notable en todo excelentemente. Conque por esa misma lógica periódica, transversal a todo suceso de cualquier clase, pasamos a otra completamente distinta, salvo en ser paralelamente no menos transversal a los diversos quehaceres sociales que discurren parejos sin confundirse en clase: la política. Meridiana coincidencia de paralelismos, y geografía del asombro, que debería ser comienzo de la Filosofía aunque sólo sea el principio de cualquier noticiario. Por donde se asoma desde la caverna de las imágenes a la Actualidad de lo que es, o no pero está en Ello: en pantalla, que es gerundio, o en España, que es Estado de Transición.

Pues como decíamos ayer paralelamente al ahora, o será más arriba en transversal al tiempo renglón: notando los males culturales y educativos de España exactamente al modo de lo notado, el predicador Unwert empieza a mostrar lo que predica, y el ministro a parecerse a Su Excelencia como una mala copia a otra. Y a lo mejor esto último es recuerdo de malos augurios pasados, o a lo peor augurio de una memoria a punto de recobrarse en el presente después de pagada más que con creces, con cruces por las plazas y sin ellas por las cunetas.

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Pero empecemos por el principio, educativo desde luego: porque con esa insensata “transversalidad” tan aguda como obtusa el señor Valor habrá pretendido aludir entonces, en cuanto alguien le informe luego, a la “disciplina formal”, cuya discusión es más antigua que aun el gol de Zarra (véase Protágoras, circa 2.500 a.G.I.) De hecho en ella fundó su reforma educativa un tal “Platón”. Aunque ya entonces no era fácil enseñar a sentir lo común a las figuras, sobre todo a los figuras, y la culpa fuera ya del gobierno de Zapaticles en Atenas (entre el 452 y el 386 antes de Iniesta), responsable del proceso de corrupción de la juventud en madurez escarmentada, aunque pusiera a Sócrates en el estrado, y de la alianza de civilizaciones propuesta en Platea. Por suerte Unwert ha dado con nombre más excelente, y hoy un adelantamiento paralelo en disciplinas transversales es ya coser y cantar, en castellano ático, fragmentos de sentido de materias diversas en un único texto de conciencia con sentido, consentido comúnmente como una mente.

Sólo que ya en “Platón” su enseñanza aparece enseguida unida a una dictadura, precisamente la de Su Excelencia: que no era la del conocimiento exactamente, sino la de aquéllos que conocen además y a la vez qué es Conocimiento, o Sabiduría, o no, pero lo aman y están en Ello sin perderlo por ello ni desmayar en su empeño por ella. La dictadura de aquellos filo-sofós que en consecuencia lógica, o sea por amor que ni se importa ni le importa el género tratándose de lo general, saben escribir con mayúsculas genéricas de lo importante su nombre propio de lo común, aunque sea en griego autónomo de Jonia donde no se encuentra Sofía –sino en la Vulgaria del error-, pero están en Ello: en que el Saber sí se importe, como cumple a una excelencia que no es de este viejo mundo, y tanto como para llegar a adoptarse por heterónimo elegido y apellido de lo común, nueva marca de coherencia en lugar de la vieja herencia compartida: el patronímico del patrón, idea o forma de lo común a toda idea verdadera, que es valer, llamado…. Valor  ¿No es para asombrarse, comienzo de la filosofía, semejante coincidencia en paralelo?

Aunque eso sí, con una diferencia, al menos en el primero a quien importó idea tan importante como para importarla de Sicilia u otro lugar celestial, “Platón”: para sentirse legitimado a reenunciar entre comillas de voz autora los nombres heredados en linajes del nuevo apelativo común, Aristocles renunció a seguir usando, además y a la vez, el emblema de su hidalguía heredada para adornarse. Que no era todo aquel meneo y zafarrancho del mundo, o perdón, movimiento dialéctico, buscado subibaja y metesaca en la misma caverna para que el mismo Aristocles o la misma Atenas fuesen a la vez más en la misma competición del tiempo por ser al mismo tiempo, además, distintos: por competentes en excelencia al tiempo que excelentes en competir … por ella, con el tiempo.

Y traduciendo en el tiempo, que es didáctico gerundio: o celebramos que el mismo verbo se manifestara a encantadores reyes magos y pastores desencantados en figuras de época en figuras de época, porque era otra pero la suya, u organizamos una competición de Aritmética contable a ver cómo se suman hoy excelentemente Melchores y Nicolases o acebos con abetos con el menor coste laboral. Porque el resultado de una suma de incongruentes para no perderse nada es una excelente ruina judeoromana o hispanousitana tan inconcebible como inimaginable. O se busca la fórmula porque prescinde de imaginerías y figuritas locales, o alguien ama las figuritas de su belén idiomático local porque en él ha nacido la suya al verbo: pero no se ama al Belén aritmético porque ahí los pastores parecen romanos con la bata blanca, y el amor derecho con su toga negra, y hasta el Herodes local un psicopedagogo competente con su rollo bajo el brazo de leyes evolutivas de su competencia sobre la competencia evolutiva, que han de asegurar la detección a tiempo del Excelente con fines de común provecho. Por no hablar de lo que parecen los ministros del verbo velando junto al pesebre escolar, donde ha de encarnarse Su Excelencia entre irracionales bestias, que no dejan de darle todo su aliento.

O se ama la verdad porque no tiene patria en el tiempo, o alguien ama alguna patria porque es verdad en el tiempo. Pongamos, Atenas: porque la Atenas celestial de las ideas excelentes fue una excelente idea de Atenas.  

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El caso es que semeja haber relaciones semejantemente aplicables a casos de muy diverso contenido perceptible, aunque al precio de no ser propiamente el suyo –su solar verbal patrio como Quien Dice- ninguno de esos escenarios de figuras. Por ejemplo educativo: que “de un agujero sólo se saca lo que se mete pero más pocho” parece verdad similarmente aplicable a una vida desde el coño a la tumba, a una cierta Física como ley de entropía, y a ciertas otras partes, pongamos los oídos de Wert. La cuestión es si todas éstas y cualesquiera otras que parecen versiones posibles de una misma verdad son traducciones a uno u otro idioma autónomo de figuras de una relación transversal -a versiones, claro- cuyo idioma original no existe… o no es accesible ni en la caverna ni en el belén de las palabras ni siquiera a sus ministros representantes: aquél idioma del Lenguaje en que hable consigo y se llame y responda la Idea de las ideas, o idea “Idea”, o Idea… por Excelencia, que es esa otra versión en prosa política tan frecuentada por el Valor.

Y por Eso –como Eso o Algo fuere – se plantea la vetusta disciplina formal, para distinguir entre tales pareceres prometedores y otras promesas parecidas que a pesar de aparecer no se cumplen. Porque es que algunos juegos de aparecer pareceres en signos parecen acercarse más a expresar “tal como son” esas formas de parecerse semejantes, pongamos el arquetipo de Asno o Caudillo por Excelencia. Algunos dialectos parecen así acercarse más al idioma nativo del Lenguaje en que hablaría consigo, y a sus figuras en que se querrían Sus Excelencias como hablarse y quererse en persona pudieran. ¿Cuáles?: tradicionalmente, las medias naranjas a pares o sea aparentadas que se llaman Lógica-Gramática o Matemática-Geometría, en el papel de Guión universal y Escenario para unos sentidos humanos respectivamente. Precisamente las materias en que el señor Unwert sitúa el atravesado mal patrio, la pérdida de lo Sentido Común entre sus semejantes y de su idioma natal, así como sus arbitrios transversales para sanarlo de un tajo (al biés). De nuevo, curiosa transversalidad paralela con afortunada coincidencia (aguda, aunque obtusa al tiempo)  entre la paideia platónica y la resucitada por el actual administrador del patronímico Valor, también como Academia.

¿De qué, esta vez? Porque en aquélla se trataba  de enseñar el dialecto Dialéctica en que las ideas se figuran y presentan a sí mismas discurriendo. Y que autoriza así a discernir -que es su traducción latina- a quien hable en discerñol, ¿o será discerlán, discerlego o discerlasco?,  entre las demás formas de cribar figuras verbales a la hora de ponerse a pensar, esto es, de escoger vocabulario para empezar con los principios. Le autoriza a hablar como Autor, como Quien Dice, de formas de hablar que pasan así a contenidos del habla y materia de la obra de semejante Autor, semejante pero distintamente entre sus semejantes, o será paralelo en transversal. ¿Y por qué? Porque en ese dialecto autorizado se riza el rizo él solito, por eso se llama autorizado, y el Discernir entre apariencias se discierne incluso a sí mismo de las apariencias de discernir. ¿Y cómo? Pues gracias a que su vocabulario para figurar los principios es el principio de todos los vocabularios, cifras y letras. De suerte que  ya no hay suerte sino necesidad en los movimientos de acoplamiento y gresca de sus figuras, y es imposible que una verdad aparente, como la que parece sonar en la palabra “autorizado”, se confunda con la aparición de una verdad.

Tal como otras Academias de Linces escogieron hablar en cifras y letras para discernir de un solo vistazo (el del lince por excelencia) la unidad secuencial de un movimiento físico, o “la relación” en figura “correlata”: en la fórmula, figura diminutiva de la forma pero con un proceso de disminución de excelencia acreditada (la del proceso). Sólo que acreditada no por un concilio editorial de doctores jíbaros y miniaturistas de estilo, o corregidores de estilete, sino por hallar o no correspondencia en la correspondiente respuesta de mamá natura: sea “g” figura correspondiente a la correspondencia atractiva entre cuerpos, y si tal punto está bien hallado en su figura, y le cuadra, habrá meneo gravitatorio en correspondencia y al cuadrado, y si no, jé jé, a seguir buscando. En materia de amorosa atracción, criterio mejor no cabe, estando ya ocupado por ambas partes. Encarnado en un vocabulario de desnudeces de los cuerpos significantes para no dejarse engañar por postizos pareceres, por que sus protagonistas vinieran en disfraz adherido de asno o de manzana o de ministro del culto en virtud de repetidas adhesiones, siliconas o sotanas: pero pesados por igual cuando así, desnuda mente, mirados.

Y tal como parece parecer en esta Academia del Valor de ahora, por ejemplo, cuando se escogen cifras y letras pitagóricas para figurar visiblemente querer figurar visiblemente la idea de su materia transversal conducente a la excelencia, privativa de los arcontes actuales o venideros: en figura prodigiosa de lo prodigioso se lea del derecho o del revés, pues no hay vuelta de hoja en aquélla en que aparece escrita “La Hoja”. A saber, en figura de Innovación (salvo en filosofía), Desarrollo (salvo el histórico) e Investigación (en cualquier cosa menos en algo): esto es, como I + D + Iota, a leer juntas o además por separado a la vez, que alcancen sumadas a presentar la Excelencia de una vez (siempre que logre olvidarse la suma, claro, y la formulación, que a su vez tuvo que ser a su vez, o sea, en varias veces; eso sí, sumadas).

Esto, si hablamos como esta vez en siglas literales, que si hablamos en siglos letrados a eso se le llama ars inveniendi o Retórica: escudera del imperio de la Gramática que tan sólo  le lleva sus blasones figurados sin cuya didáctica publicidad, qué duda cabe, seguiría siendo patrimonio de Valor. Conque si recurre a ella sólo podrá ser al parecer, a todos los pareceres, por amor. A los amados, no al pregón.

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Hasta aquí, el periodista sacaría en claro que estoy aludiendo al problema de las autonomías, bien que de una forma aun más metafísica u oscura que el señor ministro con nombre de chocolate. Y no se equivocaría el periodista, sólo tendría alguna limitación a paliar educativamente. A saber, la de aceptar sin más el escenario verbal en que “autonomía” refiere  obviamente a un mapa político, es decir, negociable entre dos conforme a ley tercera ajena a ambas partes, o sea, heteronómico. Y naturalmente, si un mapa autonómico es heteronómico todo es posible y tiene cabida en él.

            Al parecer periodístico, la transversalidad de la disciplina Lengua ocultaría presuntamente la intención (presunta una mente capaz de presunción y propósito) de imponer el castellano como “elemento cohesionador” del Sistema al tiempo que uno más de sus integrantes. O sea, quien parte y reparte se queda la mejor parte; lo cual, aunque eso ya no aparezca periodísticamente, no pasa de ser una escenografía didácticamente ilustrada para el argumento ontológico de San Anselmo (siglo VII a.G.I.), digamos un teatro de títeres como letras. Pues un “elemento cohesionador del Sistema” no significa sino una parte que es a la vez el todo sin dejar de tomar parte: a saber, la que le corresponde, o sea, todo.

Cualquier hispano avezado de los siete u ocho que sobreviven habrá reconocido al punto otras figuras de esta nimia metonimiedad: la Iglesia que es y no es de este mundo, según se trate de cobrar impuestos o de pagarlos; el Estado, que es aquella parte de la Administración Pública que percibe partidas presupuestarias que administra el Estado; o la prensa, que es noticia cuando atacada y notaria cuando atacante. O en general, cualquier territorio de Mapilandia que figure en el mapa o cualquier figuración del límite de la figuración y el Escenario, que ya no tienen límites porque se los dicta… el Escenario, como Quien Dice, autocráticamente; aunque en la transcripción y puesta en escena letrada suela trocarse en autocrítica mente, con pausa para el suspenso teatral sobre el desenlace del arduo monólogo interior pregonado (¿o no han visto las compungidas ojeras de Wert cuando los de más lo incomprenden excelentemente, con todo lo que él duda antes de abrir la boca?). O en fin, la palabra “palabra”, modelo mínimo con que prefieren jugar otros a quienes no gustan las salpicaduras colaterales, inevitables con aquellos otros materiales humanos en tales juegos de abrapalabra con pala y ale hop, habrá la cosa de cuerpo presente.

Según esa hermeneútica periódica, por tanto, en lo del Valor se trataría de un caso político y no de lo político de todo caso, que para ser tal depende de la existencia de una regla; se trataría de una confusión de una lengua con el Lenguaje, o de parole y langue si el periodista ha tenido beca antes de Wert. Pero con igual razón podría insinuarse tal presunción de mente en todo caso, e intención transversal o sea aviesa de cualquier comunidad cuando sostuviera que su manera de hablar y de callar es “transversal” como en verso a todos sus asuntos prosaicos por comisión o por omisión, en acciones como en pasiones. Sin ir más lejos hasta Cataluña o Flandes, así ocurre en la comunidad de usos verbales basada en el abuso de los heredados que se conoce como periodismo, transversal a todas sus secciones para lela mente. Y por tanto, aun la comunidad unipersonal de hablantes formada por el señor Valor cuando dice “adelantamiento paralelo en disciplinas transversales” o habla de Su Excelencia podría reclamar un sistema escolar al que tales idiotismos fueran transversales por ley; pongamos, una maestría con PRISA en saber mirar y escuchar despacio.

No hará falta. Como otras catástrofes naturales, los idiotismos de Wert se propagarán solos, sólo con la sola ayuda de lo nimio suprimido en aras de tal adelantamiento por metonimiedad, o pongamos progreso acelerado en el progresar educativo de las mentes hacia la reposada contemplación donde mora, teórica mente, la excelencia. Bastará con la sola supresión día tras día y frase tras frase de noticiario tras noticiario de aquellas nimiedades y gozosos recovecos del decir por los que uno llega a amar y hacer suyo un idioma. Tal como la supresión verbal de la cabra y el cabrito y el cabrón con sus saltos repentinos y sus juegos  en “el ecosistema integral” del castellano políticamente corregido por corregentes que se corrigen solos, o la supresión del campesino residente en “el operario del sector primario”, anticipan de palabra las ayudas de la comunidad verbal a la propagación de la repoblación forestal, y al adelantamiento presupuestario a otros países en materia tan flamante; o como la supresión del niño en el emisor adulto y de nana y verso en la prosa pedagógica excelente ayudan al adelantamiento sintáctico indefinido en renglones para lelos sin duda alguna.

            Aunque sigue habiendo una objeción no obstante, siendo teórica, a esa profunda interpretación política del problema práctico de lo del Wert. Pues la transversalidad disciplinaria de Su Excelencia incluye el contar con cifras y no sólo en letras, o con letras pero no articuladas en palabra: la Matemática, sostén cruzado transversal y universal mente del pensamiento riguroso, o sea arrecho, que sólo por eso debiera motivar a los adolescentes a explorar sus formas. Eso que sus practicantes llamaban hasta hace poco las Matemáticas en plural como las Españas, pero eran otros tiempos, a.G. I.  Y el abreviado lenguaje de las matemáticas, que se sepa, no es patrimonio de ninguna comunidad autónoma: como no fuera aquélla de una Razón Autónoma transversal a tiempos y espacios figurados como naciones y épocas. O sea, el dialecto dialéctico de “Platón”.

Objeción tan pertinente como ambigua, o sea, metafísica como chocolate marcado con la marca Valor, puesto que no se trata de qué idioma se hable sino cómo, excelentemente o de oídas. Pero a la vez por razón práctica. Puesto que es el idioma de técnicos o científicos y esa comunidad autónoma no figura en el mapa político, aunque sí en sus presupuestos. De manera que la objeción podría agravar teóricamente el problema práctico, señalando que es el mapa político de gobierno el que está anticuado -como corresponde a algo surgido antes del Gol de Iniesta- y sin Valor, aunque lo conserve en el Gabinete entre las demás figuras de cera. Y meterse a estas alturas, con la que está cayendo, a rediseñar el mapa estatal fundándose en la existencia de comunidades autónomas de profesionales autónomos que lo son por ley ajena… quita, quita. Si ni siquiera viene siendo momento oportuno para hablar de monarquía o república desde 1977, como para meterse en figuras especulativas fuera de la banca (azul del parlamento).

Para alivio de constitucionalistas en activo, y decepción de parados, tampoco ahí la cosa es tan simple como desplegada en primera plana parece. Ni cambia el problema sólo por substituir casticismos madrileños con ecuaciones irracionales y catalanismos barceloneses por incógnitas: que tal como la mayoría de políticos gallegos hablan gallego de Madrid, la mayoría de técnicos y científicos hablan matemático de botiquín (de los llamados científicos sociales, ni hablamos, que esos hablan aritmético por señas estadísticas). Conque el problema vuelve a parar de nuevo en el criterio de Su Excelencia, dónde iba ser, al hablarse entre semejantes un hablar aparentemente el mismo. Dicho en general: cifras o letras, sintáctica o algorítmica, toda articulación expresa en sucesión de figuritas materiales admite ser simulada excelentemente en su materialidad: como cualquier proceso en su producto o cualquier producto en China, sobre todo “el Producir”, y como saben de sobra el profesor que examina por un escrito discurso el discurrir de una inteligencia, o el político que lee todo un discurso con toda su alma por partes. ¿Y cómo discernir, en que dialecto dialéctico, la simulación simulante de la simulada y la buena retórica de la mala? O sea, ¿cómo se enseña lo fundamental?

            Bien entendido que, bien entendido –y ése es el recursivo problema- simulación no se opone en un código binario a verdad o autenticidad. Y eso sí que pone ante la cuestión educativa fundamental: que la mente sea una funda. Una de signos en que hay que enfundarse pero… “creída-mente”: en cómo se deletree uno para sí este adverbio de modos y de maneras al ponerse a hablar y ad verbum parece estar el intríngulis de ese guión educativo. En el que se llega a ser humanamente empezando por simularse humana-mente y asimilarse, ese guión mediante, a los modos y maneras de los mayores; y donde ese educativo guión enseña el problema en la frase y la idea en el tiempo como hay que enseñar en letras que son maquetas: de un vistazo y breve. Que ver lo enseñado no es cosa de quien lo pone en seña.

Y comoquiera que en ese guión parece jugarse el ser o no ser de la forma Valor para toda serie de signos, que en otro caso no pasa de montón de rayas a república de lo sentido común en ellas, la pregunta es qué corresponderá mejor a aquello que se trata de enseñar. Si el mayúsculo Guión Conducente que se autonomiza como nombre propio, o ese otro minúsculo guión cuyo telón se alza en cualquier momento, enmedio de una palabra cualquiera, entre la palabra y el modo de ponerse a ella, o aponerse “-mente” en lo mentado: como apostura o como impostura, apuesta o impuesta… mente. Y cuál de los dos guiones estará mejor legitimado, política mente hablando, para modelo de concurso en un discurrir común.

Pues frente a la plausible y convincente convicción del señor Unwert, que hay paralelismo en transversal y armonía preestablecida entre la dócil realidad coheredada del idioma y la Coherencia de su Sistema Docente, la cuestión sigue estando en que se llegue a incorporar y sentir como propios en sus venturas y desventuras,  único modo de manejar excelentemente el rabito del seis o el agujero del ocho, sólo en virtud de figuraciones infantiles e insensatas. Y a hacer propio el razonar excelentemente por vías irracionales, como se llega a sentir por caminos inauditos o actuar hasta la extenuación por pura pereza:  pero ¿qué otra cosa es inventar máquinas y materializar procedimientos en programas o en fórmulas?  Sino un medio para irse al fin al fin, que es holgar: no el medio ni la máquina.

Y una máquina, como la maquinaria escolar y toda tramoya del enseñarse ideas en figuras, es un conjunto de cursos programados, lo que implica pasos re-iterables para que sean re-articulables. Lo que implica que un tal “proceso” puede replicarse paso por paso y llegarse al mismo producto, o artículo articulado. Lo que implica biunívocamente –o sea a dos voces como una sola- que “Excelencia” o “Creatividad”,  “Cultura” o “Conocimiento”, pueden enseñarse porque pueden simularse lo mismo que viceversa. Con un resultado al que ya sacó partido excelentemente Turing después de Leibniz, sólo que sin usar un país para escenificarlo: una vez que un sistema de valores enuncia en una serie de marcas Su Excelencia y su Valor, si algo puede imitar secuencialmente todas esas marcas secuencialmente enunciadas estará siendo excelente. O simulándolo excelentemente, que ambas cosas serán indiscernibles y por tanto idénticas: al menos donde se halla hecho del discernimiento en serie, paralelamente, criterio de identidad.  Etcétera cantimpace: y la pregunta es quién se habrá condenado ahí, como Quien dice, a la paranoia perpetua. Eso sí, llevándose al país en cuestión para acompañarlo en la soledad de algún valle en el Fin del Mundo, que es alcanzar a Su Excelencia. A saber si en Josafat o en Cuelgamuros.

Y es que la identidad de los indiscernibles quizás no sea problema cuando se trata de replicar botijos para turistas japoneses, si se entiende la forma “botijo” útil correspondiente a una tal necesidad de cosas innecesarias como la de souvenirs no siendo amnésico. Pero sí es problema, por necesidad pero lógica, cuando se trata de articular artículos articulantes y de replicar replicantes capaces de replicar a la secuencia verbal con una pregunta inaudita, y por ende, con toda certeza o sin paranoia que no es lo mismo aunque parezcan indiscernibles, no simulada. Que es lo único que puede corresponder como significado a la palabra “Excelencia” tratándose de las gramáticas o matemáticas del vivirse de palabra, que es vivir de cuentos y de echarse cuentas: excellere de la regla pero no por restricción para parecer crecido uno, que es excelencia de enano con o sin banda de capitán general. Sino por ampliación de la matriz que me parió sujeto berreón hasta que en el mismo berrear, aunque diferentemente, quepa la Divina Comedia entera. Y no en una mente diferente. ETC.

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Del arcontazgo del Valor, o la Retórica como Secretaría General del Movimiento

ETC, claro, si hablamos en siglas literales; que si hablamos en siglos letrados, a esa definición de lo indefinido como sin definir pero estando en Ello y al caer, como en Estado de Trance, como Quien dice, como en España, se le llama ars inveniendi o Retórica: arte de presentar en figuras el modo de venir a articularse y presentarse en figura. O lo que es muy parecido en casi todos los pareceres, tanto que viene a ser lo mismo al parecer: el arte de semejar estarse hallando semejanza oculta en lo dispar, o disparate en los pares atados como cónyugues por la costumbre idiomática, como “bueno y malo” o “un huevo y una castaña”. De semejar estar discurriendo y pensando entre semejantes.

Conque lo retórico legitima el discurrir como estado, el Estado del Movimiento: el de Adelantamiento, claro. Pero adelantamiento en la materia, a crédito, de la idea por llegar, a saber, la idea de una materia transversal cuyo objeto sea “la Idea por Llegar a la Materia a crédito, y de cómo conseguirlo acreditadamente, con otras excelencias del arte, en varias lecciones ordenadas”… ¿no es eso recurrir a una recursividad indefinida como programa de curso? Y entonces el arte de discernir legitima políticamente ¿en cuál de esos sentidos a discernir del arte de discernir?, ¿el de quedarse la voz con la paja de la palabra haciéndose una con ella, o el de ir al grano, y ello en el sentido figurado o en el literal?, ¿en el bueno o en el malo de “la Retórica”, figurada personificación del saber hacerse oir en persona, figurada mente hablando?  Porque ni a “Platón” ni al señor Unwert, que no tiene un solo pelo de tonto, se le escapa que retóricas hay de varios pelos y casi todos malos; y que en algo siempre puede asemejarse un huevo a una castaña en alguna cabeza, como en alguna otra hacerse parecer disparatado ése de asimilar administrativamente lo que es menester austero a lo que es un ministerio con un derroche de presupuestos tan profuso como infundado.

Podría pensarse en probar la virtud de La Criba de las Cribas y Dialecto de los Dialectos por vía negativa, eso que llaman los que entienden “falsación” y los japoneses “Hiroshima”: si algo se le resiste al desintegrador universal de semejantes a pares en semejanzas aparentadas es que, viceversa, no es el integrador universal, pues se le escapa al menos un caso en que no cabe la reversibilidad definitoria del procedimiento técnico y de la regla expresa en secuencia de figuras. Pero si tal experimentum crucis quizás valga en el Calvario, donde vale morir una figura por todas, tiene un pequeño problema al ponerlo en el lugar de vivir, un idioma, y a hacer sus veces en figura de Escenario de escenarios o arte de personarse en cualquiera: por seguir con la Figuración, el que quiso morir por todos, y valió, vino a semejarse entre sus semejantes porque así se quiso. Y por eso valió. Lo que traducido aunque sea sin premio significa que la omnipotencia de la palabrería culterana para destruir cualquier idioma no prueba que ella sea uno, y excelente; tanto menos, el dialecto particular en que se hablara el Lenguaje cuando se decidiera a hacerse carne en uno u otro escenario. Que es lo que define – aunque parezca meramente caracterizarlo, pero por eso precisamente- lo obtuso al tiempo de la agudeza dialéctica.

Pues en todo idioma como en toda familia cabe conseguir que se descubra “algo” como si alguien lo hubiera encubierto primero, o sea, inaugurando la caza de brujas y el rei-vindicare y la vendetta que es el escenario profesional del divide y vencerás, o sea, la predispositio imperial o Disposición del escenario de Lo Dispositivo: la creencia en que, de uno u otro modo, hay tal. “Algo” que, sin recurrir apropiadamente a la apropiación freudiana de la apropiación por Sófocles del mito de los atenienses, también puede contarse así: que en el ser dos términos presentemente primos hermanos siempre puede hacerse parecer, con solo cambiar las luces (lo que se enseña en la adecuada Academia de la Cizaña), que primo lo hacía uno y secundo el otro lo cobraba. Que viene siendo la Relación de relaciones que la dialéctica retórica enseña a ver entre la historia de las palabras y su foto de familia en el diccionario de las ideas; y fué lo que llevó a “Platón” a preguntarse en qué dialecto discernir la mala dialéctica, ministerio retórico que enseña a discurrir en tiempo debido cobrando lo debido al mismo tiempo, de la buena, o Dialéctica por excelencia, que se da por pagada con enseñar gratuitamente lo que es menester en un aprieto. Pues con tal virtuosismo de la cizaña sólo se olvida y desaparece como “posibilidad practicable” del Escenario una nimiedad, aquello que lo haría a él impracticable: que hay primos segundos, como hay segundos que son principios, y recuerdos que sólo se alcanzan por vez primera en el futuro, recordando; o que el primo quisiera hacérselo por complacer a lo secundum, por dejar que se haga el primo a su vez, y así su vez y su tiempo pasen a a ser lo que se hacen, lección educativa a más no poder; o que el original pueda venir después de la copia porque la originalidad de la copia estuviera donde está, en dejar hueco y dar la vez como se da la voz: callándose. Pero intransitiva-mente: no callando algo ni encubriendo nada excelente por que el tránsito de los tiempos no lo descubra. Sino para que lo descubra: o sea, se descubra en transitiva mente transitoria.

Que fué ya entonces la conclusión irónica, aunque quedara perpetuamente por ver si socrática o trágica, o a lo mejor cómica a lo Aristófanes: que el criterio de los criterios y de qué fuera Criterio, la idea última de qué fuera Idea, valer sin hacerse valer -ni mucho menos el Valiente ni el Valido-, era el primero que aparecía y el más patente, las tarifas. Pues resultando al final ser “lo más común”  un no ser, a saber, no ser ningún existir y ningún estar “de nadie” ni como propiedad predicada ni como genealogía, resultaba el criterio más justo para ese valer de los valores no darle precio ni nombre común, que es etiqueta de valor siempre trocable en el mercado de las palabras. O sea, lo que desde el principio distinguiera a Sócrates de Protágoras, o al idioma castellano de una clase de Lengua transversal: darse por amor al arte. Al arte de articularse un amor de una vez en voces, o de una voz común en veces.

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Así la dictadura lógica del ministro figurante del Valor, capaz de contemplar en teoría como en un espejo no un asno cualquiera sino al Asno por Excelencia, se legitima en adelante sólo educativamente desde su mismo principio, canonizado en principio educativo: desde la muerte de Sócrates o pongamos la del castellano de viva voz, se legitima sólo en adelante por el renglón del tiempo como “adelantamiento educativo”… hacia la sabiduría consistente en volver al Principio, un discurrir encarnado en persona de viva voz, nunca en regla ni en renglón. O sea, que una dictadura lógica se justifica en algo tan ilógico como reiterar un itinerario o recurrir a un curso ya recorrido sólo porque hay otros ejemplares que educar o abducir de la misma caverna, o eso parece al experto en Espeleología. Y el ponerse a discurrir para lela mente en figuras una mente lógica tranversal a todas, sólo por algo tan ilógico como el amor, el famoso Amor Platónico. Ya que la Maquinaria del Magín funciona sola, excelente mente,  y no se alcanza para qué necesitaría casos y ejemplares: conque será menester ministerial administrar tal milagro, lógicamente,  en dosis terapéuticas o didácticas. No sea que se gaste lo que no tiene fin por serlo; conque a ahorrar costes en lo que no tiene precio.

Pues repitámoslo, didáctica mente: que sólo eso, en quien puede ver  la Idea (teóricamente), justifica condescender del cielo de Su Excelencia, donde se ve lo que es por excelencia incluso La Excelencia, hasta la caverna del discurrir tortuoso entre figuras: inclusas las del Figurar por Excelencia que maneja el didáctico dialecto dialéctico o viceversa. En las que se enseña el discurrir del Discurso Discurriendo, pero no viceversa: pues que “discurriendo se enseña el discurrir”, como “el movimiento se demuestra andando”,  es figura vulgar e inexcelente sin acreditar. El Movimiento hacia Su Excelencia se acredita en la Secretaría General del Movimiento. El de Adelantamiento, claro.

Porque repitámoslo -que para enseñar lo poiético hay que ser didáctico y ya sabía Napoleón que una sola figura didáctica hay, la del pepinillo, la reiteración himnótica de sonidos uniformes con otros tambores y arreos hasta que parezcan palabras que parezcan seres-: para quien ha visto Lo Más, la enseñanza de aquello que echa de menos en cuantos semejantes existen sólo se justifica por los demás, y eso que en cuanto hayan aprendido a insertar en el discurso tal ausencia inefable serán los de más. Y se sobrarán, excedentes en Su Excelencia. Salvo uno, obviamente,  siempre que uno haya alcanzado la esfera en que las ideas se obvian, claro, puesto que saltan a la vista y se las topa uno como arquetipo por su casa o apellido por su idioma cuando va cada mañana a hacer sus necesidades virtudes (didácticas). Aquél que no debe pero se sacrifica en seguir figurando Su Excelencia ante los de más, y publicitándola, que es literalmente citarla figurada en público. Pero no porque no supiera definirla y definirlos en lo que son y en lo que se figuran: que el ministro Valor no precisa reforma alguna de su entendimiento discreto para volver a discreción al país de Su Excelencia en cualquier momento. Sino por amor (platónico, obviamente). Al  Saber, claro, no a los consabidos.

En una palabra: que el ministro Valor, servum servorum Scientiae, parece enseñar más de lo que señala, y excelentemente; mejor sin comparación que los demás miembros de su Compañía, la de Jesús del Gran Poder Posible como Puesto. Esos que protestan hoy con razón contra su sinrazón -procedimiento sin duda lógico, que los acredita- al quererles recortar el arcontazgo por no haberse atrevido o haber descuidado ellos llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Pues no es el señor Unwert quien lleva cincuenta años, o veinticinco siglos, predicando la excelencia incomparable de la competencia, y lo sin par del compararse en Mercado o en Concepto (o en otras  figuras dialécticamente comparables). Ni es él quien primero ha ofrecido hacer técnico lugar común del arte de singularizarse, o perdón, de personalizarse el ordenador por fuera, en el figurado Dentro de los iconos cavernarios, sin tocar el programa. Ni el primer apóstol de las virtudes necesarias como necesidades virtuales, pongamos de un método de la inventiva o de hacer profesión de fe. O religión del crédito.

Que al cabo se trata de la encarnación o adventio, que no inventio, del verbo en carne sonora y no viceversa: excelentes misterios plurales sin repetición (de troquel alguno, pongamos su común Excelencia) que advienen sólo sin intervención, inclusa y ante todo la educativa Intervención de La Invención: misterios de amores en que tres son multitú en estéreo –perdón, “Otro generalizado”- , habiendo ya un tú y bastante mono al parecer de uno. Pese a lo cual sigue pareciendo tentador patentar y homologar en figura de Interventor General  un logos-tipo católico, o perdón, logotipo global. Para hacer ver de una vez por todas el misterio de una vez: en una vez  o una voz que valga por todas. Pongamos INRI, o pongamos I + D + Iota.

Del cavernícola principio de incompetencia lingüística

            Pero Valor, a la vista está en los noticiarios, se define por ser principio de sí mismo, que en versión moderna de Su Excelencia es hacerse uno mismo un excelente self-madelman, salvo errata al verterla y al hacérselo. ¿Pero se ha inventado don Facundo Unwert la excelente expresión “competencia” lingüística? No. ¿Acaso es él quien ha publicitado durante treinta años que esa sinonimia entre “aptitud” para hablarse a solas y “concurso” público de locutores por ganar audiencia en la caverna, entre “competente y “competidor”, responde a una equivalencia “en la estructura profunda” entre el mercado de productos y el de mentes productoras? No: sino buena parte de esa Academia que ahora se ve recortar… sus competencias, que no sus apetencias: no hay que confundirse en este punto, precisamente en enseñar a eso está su competencia. Ante todo la buena parte, qué digo, excelente, de administrar cada año sus neologismos y traducciones descabelladas como sacramentos por orden alfapenibético. O esas otras bonitas partes de Círculos de Bellas Partes que llevan años con “lo poliédrico” en la boca, porque en verdad la realidad tiene mucha más cara de lo que parece: un círculo que es figura simple y de una vez, sin aristas artistas ni partes articuladas ni rearticulaciones excelentes de visiones conceptuales como conceptos revisables en revistas excepcionales, a fuer de excepciones revisitables o viceversa etcétera.

            Claro que parte de “la competencia lingüística” está, según dicen los que compiten por hacerse oir al respecto, en saber oir una historia entera en una parte, y todo un idioma ausente en una presencia fonética actual  (¡anamnesis, anamnesis, ésa me la sabía!). En este caso, la presencia sonora de ese “com-pedir” latino impedido de escucharse en su casa de una vez por re-ex-pedido desde la competente competencia, el inglés norteamericano. Esa “competencia” que no se llamó en romance  “apetencia” porque eso existe, sí, pero es otra cosa. Distinción acaso importante cuando se da por hecho que la competencia competente en el mercado verbal es por apropiarse apetencia ajena, al menos, de palabra. Distinción imposible de escuchar salvo en idioma propio, eso que se llamaba una lengua madre antes de las probetas de alquiler y de la que sigue habiendo sólo una: aquélla entre cuyas figuras cabe discurrir. Pero no en un código en que las palabras jamás resuenan, causan efectos; ni tienen primos hermanos por parte de matriz, sino clientes primos y padrinos patrones.

            Hay en esa palabra otro sentido común, empero, que aún cabe sentir en este inadelantado idioma romance (esperemos). No que alguien compite en pos de algo, sino que algo compete a alguien; inversion ésta complementaria a la padecida por la palabra “afectar”, por la que se ha visto afectada o bien afecta haberlo sido.  Así escuchada, “competencia lingüística” bien podría hacer pensar en la cualidad de aquellas cosas que, simplemente estando, a la vez o con ello piden ser nombradas y dichas: eso sería lo que compiden con su mero estar, palabra en que ser, que no tienen. En tal sentido sin duda apócrifo, “competencia lingüística” es sinónimo de poesía infante, y competente en tal asunto el niño educando con su petición, y no el prolífico ministro educante en competición, con don de satisfacerla al parecer:  compedirle a alguien, con su palabra, su presencia, no es expedirle la propia para impedirle la suya con toda clase de competentes recomendaciones excelentes… como caucho o chocolate, para un placer sin frutos, o con secos.

            Porque en fin, en materia transversal de fin y de valor, va de competencia a excelencia lo que de comparativo a superlativo. Se puede ser competente, y sobreviene a veces ser excelente; incluso puede caber ser excelente en competir, pero ahí hasta los cronistas deportivos suelen darse cuenta ya de que el excelente deja de competir en la misma competición para empezar a competirse, que es competir consigo aunque nada Se consiga (que es por lo que ellos no lo dicen así, sino competir “con él mismo por la excelencia”, que ahí Se sí consigue algo, audiencia). Pero un ministro de cultura no es, por supuesto, comparable por su puesto con un comentarista deportivo.

Y naturalmente cabe compararse con los Estados Unidos o con Finlandia, y cabe ser excelente en una lengua o una matemática. Pero lo que no cabe en gramática alguna, salvo que deje de serlo para volverse en Retórica, es un comparativo que sea a la vez superlativo: salvo en un caso, claro. Ese en que una gramática  se pone a hacer elogio retórico de sus propias virtudes, el que esconde con vergüenza como “superlativo relativo”, pongamos, en “lo más íntimo”. Y quizás lo esconda porque en esa imposible figura gramatical se esconde la única figura de autoconciencia que cabe imaginar en ella, como en “el Mercado” y su “Competencia” cuando tienen que hablar de sí mismos como canon y de sus excelencias. Pues “el más de” remite con ese genitivo a una clase, lógica o histórica, definida por una propiedad o una genealogía. Y así, es un comparativo. Pero uno que, por serlo respecto a un universo del discurso que a su vez no admite ya parangón, como el Mercado, se considera superlativo por delegación o conferencia, vicariamente, políticamente: como representación de lo valioso superlativamente en lo ilativo. Muy lógico, puesto que sobre la Ilación y el Discurso ¿hay algo ya? No. Por eso lo superlativo, al menos relativamente a lo ilativamente decible, viene a ser como si lo fuera respecto a lo que es como si fuera todo: e incluso a lo lato.  Por eso viene a ser excelencia incomparable compararse en competencia.

Por eso es ése el estatuto de las expresiones gramaticales para referirse a expresiones gramaticales, aunque se lo disfrace púdicamente de castos cultismos griegos como “paradigma”: ejemplo por excelencia de una Forma… excelente respecto a todos sus ejemplos. Y por eso desde Darío y Jerjes es ésa la fórmula del imperium, superlación en la relación de acontecimientos y a la vez uno más hilado en ella. Y ésa la dispositio del escenario verbal para aludir a sí mismo en figura de Gramática, como disposición de disposiciones o (el más) rey de (los) reyes, tapándose discretamente con maquillaje retórico las marcas de pertenencia a clase que son los artículos. Y por eso puede un maquillador profesional presentar su Fórmula de Wert como “excelencia en competencia”… o viceversa, “competencia en excelencia”. Que es lo suyo: el Viceversa.

Y por eso hay otro superlativo, ese sí absoluto, que es la simple enunciación sin comparación, ni siquiera la mínima del artículo en el mercado de las clases y las categorías: azul. Pongamos, Este Azul de infancia que se encuentra al final en el bolsillo del poeta muerto. Justo cuando entraba a poder lo posible, y a más no poder, Su Excelencia.

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            Y entonces aparece el informe de la ocedé para hacernos saber que en un mundo que habla en siglas hay quien pierde la competencia lectora; y que en esa competición hay un país excelente, el nuestro. Que lo perdido pudiera ser la apetencia y no la competencia, las ganas de leer amontonamientos de letras que se anuncian abreviatura para ganar tiempo en ingentes cantidades sin ninguna cualidad, eso ni se contempla. Ni siquiera ante el llamativo hecho de que sólo nos gane la Italia de Virgilio en esta competencia por la excelencia en incompetencia lectora.

Y mira que se entiende fácil. Pues en materia transversal de virtuosismo en la resistencia pasiva no se puede competir con un país que cuenta hace años con Berlusconi al frente de la edición nacional, y asiste hace siglos a la promulgación de encíclicas papales y edictos imperiales, junto con otras palabras dadas que no se cumplen sobre la encarnación del Verbo Excelente. Y a diferencia de desentenderse en idioma propio, desentenderse en discurso ajeno es un arte (transversal) de difícil adquisición; que tan ardua renuncia a lo más apetecido por esta especie, darse por aludido, requiere lo único que no acepta abreviaturas ni siquiera matemáticas: el paso de los tiempos plurales, paralelos, e incomparablemente incompetentes entre sí.

Así es difícil esperar que ni en la ocedé ni aquí se echen esta cuenta, máxime cuando en la competencia por la incompetencia matemática ganamos aun a la madre Italia. Y es que si Berlusconi deja pequeños a Valle Inclán y Quevedo, en cambio ni el Banco Ambrosiano puede competir con las cuentas nativas, desde el Gran Capitán a Bárcenas. A ver quién convence aquí a un escolar de que dos y dos son cuatro, pudiendo figurar tres y pico (de oro) en las cuentas oficiales.

También Freud se quejaba de que los pacientes no querían transferirle a él sus afectos gastando saliva en el intento: no sentían  la menor apetencia de competencia con él por la palabra. Pero también él lo hacía achacando el caso a sus pacientes en general: la generalidad del problema se justificaba por lo genérico del objeto, “la resistencia a tomar conciencia”. Cuando en pura lógica había otro denominador común en todos los casos de inapetencia de competencia considerados: a saber, Segismundo el Denominador. Ese im-paciente por profesión, tan ansioso por alcanzar sin desmayo (teóricamente) el sentido de perderlo que a casi ninguna de sus pacientes pacientes le apetecía tal competencia lingüística abocada, estaban seguras, a cualquier clase de efusión verbal precoz,  a cuenta y a crédito del continente negro de la sexualidad oral incontinente. Como así viene siendo hasta la fecha.

Así es que por boca del señor Unwert la maquinaria cultural señala ahora que se ha perdido toda competencia cultural, sólo porque las nuevas generaciones han perdido toda apetencia de hacer suya una cultura maquinal de competencia por la excelencia en cualesquiera competencias que funciona y se vale sola, según predica de sí, y no las necesita a ellas ni para anunciar tal virtud y tan necesaria (para poder anunciarse). De tan monstruosa inapetencia no cabe otra explicación sino que está enferma ella, la nueva generación. O sus anteriores terapeutas, zapateros que no atendieron a sus zapatos culturales por enredar con anillos y alianzas ajenos a su oficio. O mejor ambos.  Pues ¿cómo no va a apetecer alguien ser competente para entender un texto exhaustivo capaz de exponer un Sistema completo y cerrado, con proyecciones y reyecciones y excrecencias y excelencias de él mismo incluidas, lo que no pudo Gödel? ¿O pongamos, como el que expone el Proyecto de Sistema o viceversa del ministro Unwert?

Que medio siglo de textos como ése hayan convertido “cultura” y “humanidad” en genéricos a administrar, pero al Programa, como “datos” o “usuarios” respectivamente; y que hayan hecho de su administración arduo oficio y menester  (si lo sabrá el ministro), el de farmacia de guardia para expender incertidumbres acreditadas, ni se contempla.  Que el problema del Sistema Educativo sea querer parecer sistema y a la vez que tal querer no aparezca, eso no es formulable en términos del… Sistema: ¿cómo va a serlo, siendo capaz de prever y predecir sus propio problemas y correcciones, entre los que no figura ése? ¿Cómo va a haber un pueblo o un idioma inadelantado por definición capaz de seguir el rastro a la impostura impostada a través de tantos bucles de cabezas sin un solo pelo de tonto? ¿Y en qué cabeza cabe, que alguien prefiera hacer suyas y afectar para reconocerse figuras de incertidumbre no simulable ni reiterable a discrección? ¿Que alguien no prefiriera, pongamos por caso, una buena guía de marcas discursivas de “reflexividad” y “discurso crítico”  a hacerse preguntas descabelladas pero en voz alta ante sus vecinos? ¿Cómo va a ser eso mejor figura de creencia en el prójimo que una buena indefinición, en curso de I+D+Iota, del papel del receptor en el mensaje o de la coautoría en el texto titulado “Idioma”? ¿En qué cabeza cabe que la cabeza ajena sin pensar fuera mejor que pensada…?

Pues en la pulida certeza, y exhaustiva, de la cabeza de Unwert no, sin duda. Eso sí es una de las pocas certidumbres que le son dadas a uno en el curso de una vida.

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¿En el curso de una vida? Pero “darse en un curso” ¿no es una operación curricular programada? ¿Una que, programáticamente, cuanto mejor programada mejor saldrá? ¿No es acaso un poema “excelente” porque sistemática y funcionalmente aplica un programa de desviación del uso standard, ése que hasta ahora era usual -en un uso desviado sin duda- llamar “canónico”?

Así que una cultura que discurre por cursos recursivos (trimestral y semestralmente) quiere enseñar a exceder excelente del concurso y salirse de cuentas del promedio en otro concurso de excursos superiores, aunque excelentes sin comparación. La consecuencia estilística, ésa sí de curso previsible desde el principio, sólo puede ser la elaboración de un catálogo de marcas genéricas del “discurso productivo”, o “heurístico”, o “reflexivo” o “creativo”, depende de la oportunidad en cada escenario, para lo que sin duda hay que tener un don creativo o productivo, o será heurístico: una gramática de toda programática en ciernes, un manual de ars inveniendi que enseñe a llamarlo I+D+Iota cuando ello sea más oportuno, o sea, que demuestre mayor competencia en el uso de supuestas palabras para lograr tetas presupuestadas, objeto no por ello menos indudable de tal competencia. Una guía de cómo parecer estar pensando sin presupuestos fiduciarios para asegurarse los monetarios, o sea, sin idioma y sin abuelos en el limbo de los justos ajustes. Eso que se teoriza como Pragmática o Análisis del Discurso, siendo gramática parda desde que el mundo es mundo y El Pardo ya no es lo que era. La sede de Su Excelencia.

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Dedos nolunares que señalan la Luna desde el fondo de la caverna, maquetas abreviadas del discurrir, figuras del pensar lo que sea, incluso del pensar lo que no sea, que ya es algo, discurrir, y aun de su principio, y hasta su fin, descubrir que son valores porque valen por lo que no son, descubrirse ser Wert por ser Unwert y viceversa y ser ETC… No es raro que ya la Academia postplatónica o neomodernista o viceversa desembocara enseguida en el esoterismo de círculos de iniciados sin fin, o como quien dice, de títulos superiores sin obra debajo, como “Quien Dice”. Enseguida, que es decir, tan pronto se trasladaran al mundo de lo seguido y segundo y suceso en renglón tales figuras de qué es decir. Tan pronto como se tomara tal dictadura de la Excelencia por modelo  político proyectivo y no añoranza que dicta, sí, pero recuerdos no habidos para tenerlos (¡anamnesis, anamnesis, eso me lo sé!, se oye clamar por un pasillo de la Academia mental): como el de la voz de Sócrates en su despedida.

Porque ni con todo el amor de oficio patentado en Filosofía esa excelente “manera de discurrir” hacia lo excelente logra pasar de “manera” a “relación enunciada” en discurso. Ni la Dialéctica, de dialecto consagrado con mayúsculas y otros adornos didácticos (pongamos, “transversalidad”); ni siquiera insinuando abreviar siglos en siglas o en números pitagóricos para pillar la Forma del conformarse antes de que escape, sin conformarse ni resignarse a su pérdida: reseñándola en fórmula.exe conformada. Y héte allá que, al final del discurrir en prosa republicana sobre la forma de enseñarse tal Conformarse, el Eros platónico acabó como fuera en un principio en figura privativa de la aristocracia poética o litúrgica del Verbo;  y la Excelencia de la Naranja a medias, repartida entre lo Zumo para el Pontífice y la cáscara amarga para el resto puenteado; y el platonismo, instituido en “relación modélica” de una literatura excelsa con su cavernícola lengua: a pesar de que hablando en su dialecto dialéctico fuera Guión y Destino del cosmos que todo “modelado” llegara a “relación”, y todo “modelo” a “Forma” …o bueno, en su defecto no suyo sino de los demás, a “fórmula”.

Que es, repitámoslo por si lo hubiera olvidado algún idioma excelente caído en el bajo mundo de los sonidos, diminutivo modelo didáctico de “forma” (mientras se oiga en latín del lugar). Como I + D + Iota quisiera ser maquetilla visible para la forma inamovible del Formarse Discurriendo (al menos mientras se forme para discurrir en siglas). O como S.E. para ingerir de una vez en sagrado formato Su Excelencia. Píldoras de tiempo concentradas para pacientes impacientes: por instituir el Movimiento continuo en Estado discreto, ostentosamente proclamado, y el discurrir en Discurso, discrecional  mente practicable… por ley inamoviblemente grabada. Para que no quepan ya otras correciones ni corregimientos en la caja de caracteres tan impresionables por definición como definidos por reimpresionables.

 

Excelencias de caverna

Conque en realidad creo que el ministro del Valor, para ser franco, confunde apresurado su excrecencia con Su Excelencia. Para empezar, al tomar su notable excrecencia verbal por surgimiento sobresaliente donde se apunta en superficie sonora “lo que es” excelencia intelectual. Y para seguir, al tomar su barroca figuración geométrica, o será grutesca,  por modelo de relaciones cavernarias figura-idea y de “lo que es” el Pensamiento Verbal por excelencia, “como no podía ser de otra manera”: muletillas de época para engañar a Lo Negro, con cuernos pero sin fecha, donde pensar en palabras es lidiar cada vez con “lo que es” lo que no es. Y no porque siempre puede ser de otra manera lo que es: sino porque merezca ser mejor.

Que se trata de juegos de palabras, es indudable: palabras de unos que juegan con vidas de otros. Sólo que unos casos “otros” son uno -que queda poético dicho y perdido en el tiempo-, y en otros, uno es todos los demás, que sin dejar de ser poético resulta práctico para ganar tiempo al mismo tiempo. Que el juego de palabras incluye excelencia en iluminaciones y otras luces para encandilar hasta confundir la figuración figurada con la figurante, palmario y paladino, como le gustaría decir al señor Unwert en la ocasión oportuna cualquiera para que haya que escenificarla; como hay que crear al figurado Niño cum animo excelendi para acudir presto a responder a sus necesidades tácitas de Espeleología en el buen sentido, el ascendente. Pero no sólo en eso confunde excelentemente las cavernas y las palabras su señor ministro titular (aunque sin página ni obra debajo, pero está en Ello).

Pues ya la escenografía, tener que discutir el asunto en latinismos de imperio excelente no renacido (aunque estamos en Ello, empezando por su escudera), nos impone un escenario de fascinación reumática muy adecuado a la ciática de mi razón práctica: la fantasmal caverna parabólica de “Platón” donde se alcanza a ver televisiones de toda clase excepto una, la visión de las Clases y las Ideas. Esa clase optativa obligatoria de una Excelencia intelevisible hasta la que hay que desplazarse, eso sí lo anuncia en televisión, para intuirla en cuerpo y alma pero dejando el cuerpo en casa para que guarde la ropa, y aun el hábito verbal que hace al monje trapense predicador dominico; o perdón, una clase en que se enseña a distancia literal lo que es materia exclusiva de lo que es una enseñanza presencial -como no podía ser de otra manera- de lo que podría ser siempre de otra forma sin dejar de ser lo mismo por excelencia. Razón más que suficiente, excelente, para organizar en debida forma su presentación en un punto prefijado; concretamente, en el Power Point.

Conque Unwert, por las prisas sin duda que la situación indudablemente le impone en la caótica caverna docente donde se ejecutan las presentaciones de valores culturales, confunde su excrecencia con Su Excelencia. Y excrecencias sí que hay en las cavernas de la figuración, pero se llaman estalactitas. Cierto que le salen a la caverna, pero jamás salen de ella, conque el señor Unwert padece un defecto preposicional. Y como en la inteligencia, figurada mente espacial, las posiciones son juicios, las preposiciones son prejuicios. Conque puesto a reformar en transversal la preposición general al juicio de cualquiera, el idioma cavernario, el señor Unwert parece tener trastornado el prejuicio: cuando confunde lo que excelente sobresalga y asome de una caverna figurativa (figurada presente íntegro del que no se separa, eros mediante, el excelente, sino en que asoma y se vuelve a dar cuenta para que se den otros), con lo que le salga excrecencia en el suelo de su Antes o el techo de su Luego, no menos figurados separada mente del ámbito presente en que discurre su actualidad escénica.

O sea, el figurado Ínterin o el Entretanto, o como se dice en el idioma del lugar, “lo que circula en los Medios”. De suerte que la Excelencia respecto al escenario de los pareceres que circulan en los medios está al parecer, como antigualla idiomática a reciclar, en el suelo solido del vulgo, o cual modernallas rocallas, en los insólitos techos poéticos de un idioma a reformar digitalmente en prosa administrativa. En resucitar el uso arcaico de “adelantamiento” como promoción administrativa hasta el grado de ministro, en que culmina el arcaísmo, o incubar en probeta (por ir adelántandose) el de “discipinas transversales” para estar en primera fila con cilicios digitales de la última generación cuando suenen las trompetas de Josafat, y salgamos de cavernas idiomáticas monoplaza y vayamos, y tenga lugar el Juicio Editorial sobre la excelencia de pueblos, idiomas y naciones.

¡Vamos! -de eso sí que no hay duda, por imperativo no legal-: que la Excelencia cavernícola del idioma está en salirse sin salir en sí, sino saliéndose uno como una estalactita (o estalagmita) en el suelo (o en el vuelo) de la costumbre solida o la insólita insolencia. Donde tan alta vida espero como suelo que por insólito vuelo, y con sólo rozar con el techo de ventas como consuelo, ya no me duelo. De suerte que postantiguos o premodernos alcancemos esta vez a estar todos a la vez en la Luna del escaparate, sede sin escapatoria del entendimiento agente literario (literaria mente hablando): menos uno que ya estuvo ido y no quiere volver, dice, a irse. Por amor educativo a los de más en la caverna, que son muchos y parapocos para poco lugar común.

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Naturalmente algunos preferirán algo menos didáctico y más ahorrativo que semejante escenografía. Por ejemplo lógico, los lógicos. Quienes dirían simplemente que el señor Unwert confunde “Afuera” con comillas y afuera sin comillas relativamente al lenguaje cavernario de referencia. El problema aquí es que “el lenguaje de referencia” figura ser “El Lenguaje por excelencia” o la forma “Lenguaje”, al que debe asomar “Lo Infante por excelencia”. Desde alguna otra caverna figurada que se suministra aparte, debe de ser. Pues si se pregunta a un lógico cómo y dónde van entonces las comillas, y por dónde caen “en este caso” del Lenguaje sin el que no hay caso  infralenguaje y  metalenguaje, ambos por referencia al Lenguaje aunque aún no les haya salido excrecente o lo hayan dejado atrás, excelentes, como se pregunte eso son las confusiones del lógico las que comienzan a asomar sobresalientes o al menos a anotarse notables entre sus propias excelencias y excrecencias, sus denotanda y sus denotantes: donde el peligro de detonación acecha a cada insignificante figurita de imprenta o “cuerpo” tipo-gráfico (figurada-mente, claro).

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Así es que entre lo jesuíta y lo ramista probemos en vulgar castellano otro camino idiosincrático de imaginería: fisgar en las casas verbales vecinas, ya que el lenguaje es la casa del ser pariente y mayormente del ser germano (aunque sea de leches). Y la primera que se nos alcanza es “secretaria”, que a primera voz se diría oficio de caverna cuando se pone a secretar excelentes estalactitas. Cierto que ese término ha seguido otro curso notable, qué digo, otro curriculum excelente de oficio; pero se le ve el parentesco con “excrecencia” en la cara, de entrada, si es que no lo confirman sus actos luego. La diferencia parece estar en lo reflexivo, que lleva a “se-cretar” de sí lo que se dice en lugar de “ex-cretar” lo otro que no se dice, aunque por excreto y no por secreto. Conque reforma educativa ya sería, o un principio,  rebautizar lo que se llama secretariados generales de partidos y ministerios como excretariados; ya que cuanto decreto emiten o emanan no lo hacen de sí, sino digesto mediante, o perdón, argumentario ajeno asimilado. Pero siendo tal reforma aun más inviable que la de Unwert, dejémosla con el ministro en el limbo.

En alguno de ellos, por especificar. Que tratándose del enseñar-se valores y no del instruir en ellos se trata, como entre excrecencia y excelencia o entre abstraerse abstruso e instruir intruso, de una u otra relación con un límite u otro pero no con “el límite”cualquiera (que es caso límite en que uno y otro se asemejarían… si la pasión de poner términos y límite lo tuviera).  Se trata de esa clase de límite que se traduciría al latín por limbus, o de la que se traduciría por limes; pues no es lo mismo estar al borde de otra cosa o casa ajena que ser un borde, oficialmente incluso en la definición de la cosa que se es. En particular, cuando se es un borde para disfrazar como adorno de sustantivo perfil unitario los flecos sueltos del propio verbo, lo que se llama un borde que ha quedado bordado.

Así que “límite” son tanto la frontera del conocimiento como su limbo, y donde apunta una excelencia como lo que marca y define amorfa una excrecencia. Y la pregunta es si al excelente Niño Wert que nadie ha visto sino él, o a su idioma unwert al que le ocurre lo contrario, que todos menos él lo han oído, les sale la excelencia de su lenguaje como una estalactita, o bien es cada uno de ellos quien ha de salirse hasta asomarse:  ¿a otra cosa más en la Caverna, la Excelencia,  o a otra cosa que la caverna de figuras letradas y cuanto ésta incluya, inclusos ellos y su solida Infancia y su techo de futuro practicable,  con otras figuraciones de escalones y grados hacia la salida de la figuración? 

Y otra pregunta que aparece en el curso de esta excursión disgresiva -o perdón, extracurriculación congresual-: ya que se trata otra vez de una nueva política de conversiones colectivas a la nueva versión del colegir juntos Lo Sin Colega e Impar, ¿habrá que rebautizar a la excelencia de las cosas que se encuentran sub-limes como “sublímbica”?; en lo que de seguro no ha de faltar algún excelente informe anatomopatológico que acredite tal bautismo. O en justa correspondencia, al limbo de quienes mueren sin alcanzar El Discernimiento aunque estando en Ello ¿habrá que bautizarlo en extrema unción como limes augusto y frontera del conocimiento? En que de fijo no faltará algún representante fronterizo de la inteligencia artificial que digitalice tan excelente sacramento unciendo con pensamiento emocional o con emoción pensada bautismo y extremaunción como bueyes por el medio, el digital,  o como principios y fines en un único Medio: para asegurarse a perpetuidad el puesto de Enmedio, que asegura el asombro subyugado ante el icono de Yugo tan excelente que, además y a la vez de asujetar sujetos los dispares en su semejanza, apunta en un Haz común de flechas varias, unidas en transversal por tal imperativo de verbo sustantivado, inequívocamente a Su Excelencia.

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Y como todas las disgresiones por un limbo, a diferencia de las transgresiones de un límite, acaban volviendo al mismo Ningunaparte, héte aquí que salir de la caverna verbal a la excelencia sin salir de la excrecencia, como a lo extranjero sin salir de territorio propio y al territorio de lo nuevo sin salir del país de lo metódico, sólo cabe en una única forma, bien que se ponga en escena en figuras políticas, epistemológicas, literarias o turísticas: anexionarlo. O por citar el prexcelente chiste alemán de los años treinta: “me voy de vacaciones al extranjero… excelente, pues dáte prisa”.

Anexionar, eso sí, en lengua que se noentienda excelentemente, pongamos como Anschluss. Para poder decir luego que llamarlo “anexión” fué un malentendido de los traductores periodistas –que intuyeron presencialmente como alumnos excelentes la realidad, en vez de aprender el modo de llamarla para que se noentendiera excelentemente-. Puesto que en realidad el pobre dictador que dictó los términos de la declaración lo llamó  “adhesión” para que no pareciera anexión, pero fue un incomprendido. A empezar por los tercos adultos que no quisieron adherirse y fueron anexionados, por incomprensivos como niños tercos como adultos. Se comprende, ¿no? 

Como el incomprensivo niño no se adhiere a la herencia cultural por adherencia como cumple a lo mocoso por excelencia, o perdón, “como no podía ser de otra manera”: será culpa de maestros mal traductores que leyeron “inherencia” e “inherente”, cómo debe ser el castellano en el español pero no decirse, o el alemán en el austríaco alemán. O aún peor, maestros que pronunciaron “injerencia” por prejuicios fonéticos étnicos y guiándose por su sentido común en vez de comprender lo que quería decir que quería decir el guión educativo. Cuando lo que éste pretendía que pareciera querer decir era que lo que no se hereda (como debería, claro) se debe enseñar (por hábito heredado) excelentemente, para que se adhiera como si lo fuera: que es como se debe ser.

O culpa de pedagogos mal agogados si a la brega de abrirse uno un hueco practicable tras la superficialidad de la cartilla, una caverna como Quien dice donde hacer de Pe o de Uve protagonistas de aventuras incontables como cuentos, le dicen “interiorizarse” la cultura en el niño y no a la inversa; cuando estaba clarísimo lo que pretendía pretender el psicopedagogo o archipedagogo por excelencia al llamarlo vraschivanie o “coconstrucción”, ofrecer figuras practicables por cualquiera sin derechos de autor en la escena idiomática común. O cuando la inequívoca “apropiación simbólica” que le ofrece el investigador en símbolos apropiados para pensar la malentiende el pedagogo no como apropiación de un lenguaje por el niño, sino de El Niño por un idioma aunque universal –para eso es el de Pensamiento y Lenguaje-, el idioma de la apariencia universal de lenguaje con bata blanca y hablando por señas. Cuando es sabido que lo que el niño necesita es mimo, sí, pero siempre que se bienentienda el correcto malentendimiento de la palabra vulgar una vez corregida por el excelente entendimiento académico: o sea, como “mímesis preverbal”, y no carantoña con aspecto de palabra para que se duerma. El entendimiento. El del niño.

Lo que nos devuelve al limbo con aspecto de límite en que seguimos estando todo el tiempo: la cavernaria dictadura de quienes aparentan excelentemente saber dónde el saber asoma del aparentar, y el saberse asimilar en símiles, del simular saber cómo simularlo.  O dónde y a qué altura del figurado mapa del tiempo “evolutivo” se acaba el señalarse enseñante, para que empiece el enseñarse enseñado; o perdón, dónde la desmitificación de mitos familiares ha de empezar a formularse en criterio crítico general, pero jamás dónde empezarán a producir críticos y psicopedagogos poemas y mitos que los demás hagan suyos para dar gracias por lo que les dieron gratis, un hablar; o dónde lo mimético se ha de volver “relativo”, en todas partes, pero no viceversa (relativamente hablando), que es lo que define a la escuela, enseñar relaciones con mimo: como la palabra parece indicar (relativamente), parece que  “depende”. Excelente criterio, aunque pendiente. Pero estamos en Ello: que es lo importante porque es lo fascinante o viceversa. O será que es sublime por ser sublímbico. O Etcétera de comentarios críticos aunque sublimes sobre la relación aunque relativa entre lo sublime en Schiller y lo crítico en Kant, o viceversa. Interesante sin duda, pero que no podremos seguir aquí por falta de espacio, y continuaremos en próximas entregas,  y Etcétera inamovible.

¿O alguien esperaba que la fascinación de oficio y por principio, o sea fascismo, llevara otra vez negro uniforme? Sino bermudas variopintos y camisetas verbales floreadas, perdón, personalizadas. Con adornos verbales como adelantamiento.

CONTINUARÁ

(Próxima mente en esta pantalla: La poética y Su Excelencia)

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