Su Excelencia, la Poética

¿O alguien esperaba que el fascismo llevase hoy camisas negras? Que no se expulsa hoy a lo poético de la República sino dándole empleo fascinante como siempre: como Siempre portátil conectable a la Red a discreción, en oficio de ranura para escape practicable con interruptor de interruptus. De paradigma  excelente insertable en la carrera del sintagma pulsando donde dice Meta, o perdón, Enter Prisa. De continente negro de La Voz contenido en los mapas geofonográficos del tiempo como si fuera espacio, ¡si hasta dicen que lo dice por escrito Bajtin! Para quitarla de enmedio convertida en El Medio de personarse, abrapalabra alehop, de continuo en cualquier parte del Discontinuo. El Medio que es la Meta y por tanto el Fin del renglón. Cuando hay entre letra y letra un somero abismo, literalmente sin fondo y muchos, donde todo cabe mientras sea algo. Y qué es la fascinación como Estado, sino vivir en un cuento de donde salen los garbancitos y sí se comen pero los ogros no, que nunca cruzarán el espejo. Porque ya no hará falta, que el miedo les dará a ellos.

O las nostalgias mas amadas de lo más sentido, qué se ficieron, convertidas en ideales de sentimiento a sentir en común: la voz de Sócrates mudada en diálogos monologados, y canonizada a renglón seguido en modelo de Parlamento por los primeros lectores de Filosofía como si Se hablara. O docudramas del pensamiento en primera persona que se tercie, pero a la segura distancia de la tercera ninguna, pero personalizable. O el pastiche de Movimiento que todo lo abraza, boinas rojas con camisas azules y churras con merinas y yugos de estarse con flechas de lanzarse, donde las nostalgias de oficio (de difuntos) por el imperio (a renacer) ¿qué se ficieron?: viviendas en prosa de protección oficial para vivir realquilados en un verso de Manrique aun sin padre conocido que muriera en intento que se sepa. Y como nuestras vidas de ellos van a dar a tal amare nostrum que es el morir de todos, pero algunos antes, abreviemos Su Excelencia. Y como el mundo es lo que acaece, hagamos un Valle de Los Acaecidos, en común pero algunos menos, para insertar excursión a lo inmemorial en el programa de La Semana Memorable o viceversa. Cargando Poetic Maker, por favor espere en Dios Gerundio y no corra ocurra lo que ocurra.

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            En tiempos que incubaban a Benito y a Adolfito ya propuso la escuela de Juan de Mairena una enseñanza poética que creara excelentes poetas, no poemas.  Un lugar común para excelentes… en un libro, aula de actores como letras con sentido imaginario a recrear, con suerte, en algún oyente: de su propia voz interpretando en su escena mental la obra de Todos los Papeles. No en un campo de concentración de excelencias sito en el mapa, sino de univertidas maniobras de diversión, que ya en latín es repartirse con gracia el verterse sin cuento.

            Pero es sabido qué lugar común queda a los poetas en la República del Valor, o digamos en el Wertreich: el nocomún del destierro. Y en una Historia que sí es, desde luego,  como para dejar embargado el ánimo, en efectos, es notorio qué dispares prodigios ocurren con Lo Poético, desde la conversión del poeta Aristocles en filósofo “Platón” hasta la del pintor Adolfo en canciller del Imperio, cuando se quiere instituir  Su Excelencia como título político sustantivo en la prosa de lo administrable. Casi tantos como paralelamente, qué coincidencia, cuando se justifica su destierro de la República del Habla como mera proclamación de iure de un estado de facto, el descarrío del poeta que él se lo ha buscado.

O de la descarriada paloma de Kant, a reeducar excelentemente en algún campo de concentración de esfuerzos teóricos, por persistir en su degenerado volar sin buscar vientos en contra, que ya hay de sobra, ni obstáculos epistemológicos por superar, que ya lo es su propia figura para seguir figurando el vuelo, ni falsaciones en regla con dispositivo popper de seguridad para evitar falsificaciones. O de La Disgresión prepostmoderna como paradigma de excelencia en autoconciencia prosaica,  ah sí, lo de Esterne, oh sí, lo de Guolf, que es lo que hoy venden los postestetas premodernos como excelencia en el prrusst, perdón, se me escapó un aire de antaño a la altura de La Magdalena. Entender lo poético como uso desviado de intento encierra –literalmente, en cuanto puede- una conclusión política: el culmen de la cultura es vivir en un campo de concentración de esfuerzos para asegurar el Estado de Ocurrencia permanente, que en inglés es de Emergencia y en castellano es decir en estado de excepción. A la regla, que así pasa a ser  además y a la vez el más útil de los útiles. ¿Para qué? Para conseguir excepcionalidad discrecional, que viene a ser como si fuera excelencia: como si vivir ininterrupidamente en estado de irrupción imprevisible, de continuo en estado de excepción general a discreción, fuera como si fuera alcanzar el estado de Su Excelencia Lo General, tan general que es además y a la vez un particular con finca propia en lo pardo, donde todos los colores son iguales porque no hay luz para ninguno, o casi, ocaso. Y aquí paz y después gloria, cuarenta años de gloria pero eterna pero contada. Y cada quién pequeño dictador en su casa de palabras, como Quien dice, de lo que le dicta a él como personaje locutor: ya que si no puedes vencer al enemigo úncete a él. 

Porque Estado del Movimiento o Revolución Permanente o Formación Continua en la imagen y semejanza de Su Excelencia, eso es decir en estado de publicitación continua, donde de continuo se cita al pueblo idioma a la plaza para hacerle notar lo vulgar que ha venido soportando de continuo durante siglos inmemoriales pero contables contra su verdadero ser – cuyo Anuncio se prepara – al tener que llamarle una vez y otra pan al pan como joder al joder. Conque pan, pan, eso apenas significa casi nada, como ruidos repentinos en la noche que no van con nosotros; que nosotros vamos en adelante o Avanti o Nach Paris que siempre nos habrá quedado en alguna filmoteca, en Estado de Anuncio permanente o de católico Pentecostés reformado cada veinte segundos, para ahorrar tiempo que gastar en más anuncios. Donde lo regular pasa a ser ser en adelante o en avanti  rebautizando a cada paso de la lengua en forzosa conversión poética querida -si en el fondo lo estás deseando, tonta-  al pan baguete y al joder amor, ambos excepcionales en calidad a la vez que en precio, qué grata coincidencia a la par que útil. O en su defecto, migaja y sexo, depende de en qué momento de qué canal temático se conecte uno, que es la regla: dependencia del Momento Independiente que se mueve solo, como cumple a un Estado del Movimiento. Con que queda anónimo y sin siglas comerciales cada amar corriente aunque constante por milagro irregulable: hallarle a una vez Nombre, nueva mente,  y no nombre nuevo cada vez todas las veces. Que no define así de una vez por todas el oficio antisocial y extrapolítico del poeta, pero lo parece.

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El ejemplo sirve a señalar hasta cuán cerca de cada quién que dice llega el problema, como Quien Dice. Pero algo de que haya un solo ejemplo pero por definición ya no es ejemplo, sino norma universal o incidente singular. Ni problema, sino a lo más y con suerte emblema. Y del Hombre Excepcional de Valor o el Escolar Excelente de Wert, como de “lo ex-cepto”, no hay a cada ocasión más que un único ejemplo que pueda mostrarse: el estarse captando, que ni es aceptado ni está acepto en ninguna de las formas de participación pasada en el verbo en curso.

Ninguna cámara sale en su foto, de acuerdo: pero es que si lo lograra seguiría sin ser “la cámara ninguna” sino “la ninguna de Esto”. Como “el autor del poema”, de llegar a serse, no sería el Este de una vez por todas, sino el éste de esta vez y estas palabras, cada vez. Y un orante oriente sin poniente no puede ser: no en el Parlamento del Sí-No o la Abstención pero significativa, no del significarse. O para que se entienda en este parlamentar de hoy, tal no cabe en la pantalla trinitaria donde impera el Aceptar-Rechazar o Preguntarme más tarde: no habrá más tarde ni más ocaso en cada acaso. O para que se noentienda excelentemente, a lo Derriba el Deconstructor: una diferencia no es referencia ni entre comillas de autor.

Aunque siempre cabe intentar “hacer relación” de una y otra dilación en figuras, en figura de La Dilación o El Diferimiento; o contratar a un novelista postpremoderno para que nos haga relación sin más dilación (que la historia habida) de cómo se ve la esquina de Curtidos Curtidores de momias animadas a la altura del siglo XVII a la altura del siglo Ninguno, pero estamos en Ello: que es como estar en todos y por tanto el Veintiuno. Que es la razón por la que don Francisco el de Quevedo, de resucitar como parece querer el ministro de reeducación renacional Repérez Rewerte, convendría con él en darle excelentemente razón de una estocada, por hacerle hablar como nunca quiso para hacerle modelo de lo que es hablar excelentemente como Se quiere.

            Que “estar siendo” es por norma lo único excepcional, excepto y no concepto en lo que quiera que sea. Y se llama poesía a todo artificio verbal en que lo inestante parezca estar siendo instante, cuando lo que está es una palabra u otra que instan a estarse, pero en ellas, que son hembras. O a todo artificio en que Ése, el Inestante, parece estar siendo instante de semejanza entre semejantes: cuando lo que está instando es palabra, una u otra, a estarse en sí cada quién de cada vez. Si tal indenominado denominador común hubiere a lo sujeto por desbocado y lo objeto por no lanzado, si un tal estante de Lo Inestante hubiere en las baldas neutras de Lo Ideal, tendrían sentido expresiones como “función poética”, “ignorada raíz común” al ser estante y el estar siente, al significante significado y viceversa, u otras similares, esto es, que parecen querer decir un lo mismo en toda regla: Lo Excepto.

            Palabra cuyo estar sonoro permite oir -por un instante- que “aquello” que nunca está es Lo Concepto, como concaptar o consentir o concebir acumulable en regla. O que la norma es siempre lo excepcional en el caso, y no a la inversa. Esto se cumple así en la república de las palabras como en la de otros cuerpos cuando se trata de articularlos como palabras en prosa: basta ir a un órgano cualquiera de la administración pública española, paradigma de lo prosaico en trance de sublime, donde el supuesto universal es que nadie ni nada está en regla en ningún caso. Y donde, así, que a uno lo hagan caso es obviamente algo excepcional, aquello por que le pagan en toda regla a quien ha de hacernos caso. Que es el excepcional Estado en que vivimos, donde estar la regla en función pública y la función pública en regla es lo excepcional, q.e.d.: el Estado español está hecho un poema. Concretamente, el Archipoema de la Creación de Su Excelencia el Poeta: Ideal Ciudadano que a la vez tiene la utilidad (sublime) de que todo autor de sus actos será deficiente por comparación y consiguiente objeto potencial de sanción educativa, o sea monetaria. Como se aprecia sin ir más lejos, para que puedan seguir la explicación los alumnos periodistas, en esa idea poética genial que es regular el mal trato entre humanos sin que nadie haya podido definir hasta la fecha el bueno. Pero todo junto y sustantivado de tirón, sin pausa para pensar, Maltrato es un emblema sugerente, al menos,  de su gerencia posible.

            Un Estado divagando de oficio, el de regulador, en un estado excepcional de inspiración que jamás expira. Si eso es poesía, hacía bien “Platón” en querer desterrarla. Si “el objeto de la función poética es hacer visible el funcionamiento regular del lenguaje, sus funciones”, eso quiere decir todas las demás, o definir a casi todos los ciudadanos del Hablar y sus modos de organizarse en semejanzas como lo restante social frente a lo poético sumante: cuando un poema no suma, aúna, ni articula regla mediante, media regularmente y tartamudeando a medias. Ni lo poético es “momento” en que “culmina” en autoconciencia el “sistema Lengua”, ni culmina en nada el tiempo común, el renglón prosaico de la articulación política, regla mediante, de lo irregular reeducado o reconducido al común discurrir. Que es donde está el inmensurable valor de lo prosaico, y lo irónico de tiempos en que hayan de ser los poetas quienes recuerden lo inapreciable de llamarle al pan pan y al vino vino: porque vino algún día el nombre común pero hemos logrado, obra del último arte, olvidarlo. Olvidarlo de una vez, en la que advino, por todas, en que vivimos juntos bajo el mismo nombre. Muy distinto de un olvido manufacturado para que quepan de continuo innovadoras novedades como “excelentar”, con la marca “i+d+iota” grabada visiblemente. Pongamos la de excelentar de oficio, el de amnesia en tiempos revueltos por amor, a ese común discurrir en regla que por lo regular discurre, y no por excelente,  dejando de lado tanto el pan pan en la noche de donde sale su Día Corriente como ese Vino de donde salió El vino en el renglón del tiempo, para preguntarse pero sólo más tarde dónde se lo dejaría: sólo en estados de excepción, en que por regla se recurre al hombre providencial y la función poética discrecional. Aspiración impersonal de Valor en persona a la que aspira ser aspirado sin razones personales Wert en persona, Padre del Idioma y Salvador de Las Cuentas del Reino.

Así entendida, “función poética”  quiere decir que el objeto del quehacer poético es producir, pero vívido y sensible,  un genérico “no querer decir”: pero no querer decir ya más, un “no querer decir” pero en el tiempo y sin perderse los beneficios de su renglón reglado. Un no querer decir  complementario del Querer Decir que es logos-tipo empresarial de La Significación en general, y de esa perpetua dilación de que se nohace relación en prosa para poder estar en Ello con plaza fija, como en Relación de relaciones o Principio constituyente de cualquier Parlamento. Como acontecimiento, además y a la vez que forma de acontecer, de que se nohace relación en el archirrelato del Relacionarnos que funda lo político, para poder seguir  perostandoenello renglón del tiempo adelante: que es precisamente la figura que la presunta relación afecta, la de Ello en que Se está.

Así entendida la “función poética”, como la de tarde y noche y día indiferentemente en teatros de burdel, funciona como prostitución de La Institución, un genérico Acoplarse dispensado en figuras y posturas practicables con que acostarse, que es casi lo mismo, en particular. Cuando sea menester recurrir a lo que no es competencia de menesterio alguno, conque se funda el Menesterio de La Cualquiera, o perdón, de La Cultura. Y ahí “la función” poética oficia de molde, perfil modelo o piel especular de contención en que halle su identidad política una inquietud sin objeto, la que se figura en el tiempo renglón político de prosa cotidiana y por lo regular define al Signo por lo regular. Pero por lo excepcional, que nos hagamos signos…. para eso recurre a los de Melilla: sin lo cual, la irrupción irregular de Los Regulares en persona en el orden regulador de la República, el mundo se acabaría porque la Nación Idiomática concluiría en un fracaso escolar de desafección general a las figuras del Nos que Somos. No hay más que ver a los poetas que ni muertos callan. Y sin un mayúsculo “Que Nos hagamos signos”, que demuestra didácticamente adónde puede llegarse haciéndose signo del Nos, ¿quiénes le habríamos cogido gusto a hablarnos?

 Entonces ese temor que lo poético acota y perfila es aquél, vaya coincidencia, en cuya conjuración consiste el poder del Estado. Entonces poesía, en literatura como en ciencia y en letras como en cifras,  es sinónimo de neurosis y enajenación de lo concepto a conciencia y conceptuada. Enajenación a sabiendas de la res publica, locura política que providencial mente, alabado sea el Estado Provisional, provee perfiles a la cordura y permite a la prosa cotidiana “definirse por norma”: o sea, no definiendo normas sino mostrando por ostensión Lo Otro de la Norma. Ya que ver la forma normal de La Norma cara a cara es privilegio reservado al arcontazgo excelente, que ve definiciones del Número y la Palabra andando por su casa nominal en castellano como otros ven visiones con forma de ministro Wert. Como los programas del corazón o los anuncios de perfume permiten identificar sin tener que definirla, para evitar sorpresas desagradables respecto a su autoría,  la descorazonada  vida que llevamos sin olerlo siquiera, por ser necios,  pero al menos consolarnos en lo consolido del mal de muchos, como cumple al ser necio. Conque al menos somos como corresponde porque alguien nos corresponde, aunque inaudito y mudo, como “yo” o como “tú”, al uno o al otro lado de la pantalla del Se: el que nohace relación pero está en Ello. El Archipoeta Social.

Eso sí que es poesía progesista o progresiva o prepostmoderna al margen de los tiempos, estado de trance suspenso no en la ópera de las palabras titulada Humanidad sino cabe ella, requisito imprescindible para darle lugar en alguna otra parte de su competencia y organizar una función transversal por orden alfanumérico, la Alianza de Civilizaciones en Platea o de materias paralelas en el patio de pupitres. No un alto en un discurrir común, el punto en que un discurrir se ve a la vez de una vez curso unitario: sino una nueva etapa de un nuevo curso ya discurrido por otros, un recorrido recurso que desemboque en La Moraleja de un Hablarse uno, grande y libre como su ministro, como Quien Dice. Simulación didáctica de “La Incertidumbre Ante la Palabra”, tragicomedia escolar en un acto consumado, el del actor por consumar: entonces poesía es un mutismo con moraleja en vísperas de ser humano. Y no un estar sin ayer ni mañana, ni silencio ni palabra, un singular sin lugar, Donde sin dónde ni don de gentes donde ni sí ni no ni nadie preguntará más tarde. En el que, eso sí, como alguna voz rompa y despunte no dejará la menor duda. Ni sombra de deuda: puede amanecerse mediodía. Sin pasar por tanta nana mañanera que prolongue el sueño.

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            Todo muy abstracto hasta que llega un rollizo ajolote, y facundo, capaz de hacerlo ver con claridad en pocas palabras, para eso es ministro de cultura: se trata de conseguir la excepcionalidad por norma y el milagro a fecha y aula fija. En pie, que llega en transversal Su Excelencia (educativa).

            Pero las palabras, que son muy putas, tienen una tendencia constante a desviarse y pervertirse: hacia la regla y el estricto cumplimiento de su sentido literal. Es decir, al estado de excepción no lingüística sino de la Lingüistica, ni política, sino de Lo Político, ese lugar común donde la doblez sobreentendida pasa por ley tácita a la que es esencial no enunciarse para ser inapelable. Como por ejemplo esa puta palabra empeñada en seguir sonando como en El Pardo para aludir a Su Excelencia, el excepcional jefe del estado de excepción permanente. Sólo en este punto convengo sin más con otras manifestaciones en que aparece dicho que esa reforma escolar nos devuelve al franquismo, como tal cosa hubiere habido: que no tardará mucho, de seguir amando revolver los tiempos con los huevos. Aunque mejor que franquismo histórico fuera llamarlo pastichismo crónico.

            Pues nadie puede devolver a lo que nunca fuera sino un Nunca Ahora: un Haber Estado sin haber estado. A ficciones sí, que por eso son fictas, factas y artefactos: encarnaciones de una forma reiterable, “funciones” de algún guión. Pero parece difícilmente compatible el Guía aumentativo y “el hombre excepcional” con el sufijo “ismo”, como la excelencia de su irrepetible presencia con el sufijo -encia. Que se pronuncie con tal facilidad “el franquismo” cuando no es el caso con “hitlerismo” o “mussolinismo” sería muy consolador si se tratara de un problema fonético, por ser  “Franco” al cabo un apellido hijo de su idioma mientras aquéllos no. Pero ¿qué hay entonces del estalinismo y el maoísmo? Lo cierto es que en el pastiche de esa palabra peninsular que aúna el Ismo del concepto con la insular singularidad del Nombre, en el guión omiso que constituye una palabra impronunciable como “franqu-ismo”, ha estado siempre lo único conceptuable del fascismo: en ese “haz” que parece imperativo de verbo en trance de cumplirse, con tantas exclamaciones y otros gritos inarticulados de fondo, siendo un sustantivo atar juntas (en transversal) churras con merinas y nombres con principios, excepciones con concepciones, excelencias con reglas o investigaciones con docencias. En esa fascinación que se argumenta y demuestra a sí misma, puesto que si hay una palabra capaz de semejante acoplamiento en público sin quedar pasmada en el acto  (el de tal haz) es que sin duda ha de estar tocada por algún Don excepcional, pongamos don.. ¿Francisco?

            Que la reforma de Unwert es fascista significa que otro artista incomprendido dice querer excelencia por norma e investigación por docencia, y poiesis por función de mañana, tarde o noche (los jueves, descanso de la compañía). Cuando seguramente lo que quisiera es poder llamar en público al pan pan y al coño coño, y sobre todo que le atiendan, en transversal y en privado, sobre todo sobre esto último. O eso parece en cualquier parte de su discurso, para empezar en hacer sinónimos sin más reforma escolar y regeneración educativa para hacerlos equivalentes sin más ni menos. También a principios del XVII hubo quien hiciera sinónimos “reforma de sintaxis y vocabulario” y “renovación poética de la lengua” y el alma matrias, con excelentes resultados competitivos que constan en los libros, tres siglos de analfabetismo ilustrado en francés o en castellano, eso sí, indiferentemente. Mas aun aceptando que el diseño publicitario pueda hacer aceptar casi toda sinonimia como equivalencia, y como metáfora a la ventura  casi cualquier símil didáctico -para ir practicando el acoplamiento aventurado con excelentes profesionales-, no cabe tal cuando trata de publicitarse a sí mismo y sus virtudes: por ejemplo, cuando el diseño escolar de la excelencia trata de publicitarse excelentemente a sí mismo como excelente.

Ese no es un problema de medios, ni técnicos ni lógicos, sino de fines: el valor de ponerse a articular o discurrir, común mente, en idioma y figuras comunes. Y por tanto eso no cambia ni aunque se use a un país entero para el ensayo didáctico. Y es irónico tener que usar la relación de sucesos y la historia como argumento al respecto, cuando en ella jamás se ha convencido a nadie, razonando, de las virtudes del argumento en prosa frente al morder o el penetrar a saco. No hasta que éstos se han puesto en escena. Ni convencer a otros en un ensayo prosaico, hasta que no caiga sobre sus cabezas el telón del estreno -como poco-, de las virtudes del teatro del pensamiento, que da lugar donde cabe hacerse relación unos a otros sucesos, predecesores o sucesores por igual sucesos en igual idioma. Pues “Vidas Ajenas” no pueden ser jamás la parte anunciada de su anuncio, si ha de ser suyo, sino la anunciante: pero el ajolote facundo está acostumbrado a que en su charca habitual el enunciado sea su propio anunciante, que es la versión publicitaria de lo poético. Y de Su Excelencia.

            “La acción se justifica a sí misma”, desde luego, desde ese Principio tan educativo. Por ejemplo, ¿alguien discutirá que la reforma de Wert ha logrado excelentes primeras planas de periódicos y protagonismo en la obra? Luego si la obra es de Wert, ¿cómo no va ser de Valor? ¿Y no es eso lo principal que debe enseñar la enseñanza, a señalarse enseñante en vez de enseñarse en señas? Otra cosa es lograr primeros planos de conciencias, que siempre son segundas y reflejos sin plano, ni aun de cristal frágil: el primero de los sitios segundos en que verse uno, excepcionalmente, en una cara tan externa y ajena como apropiada. Como en una palabra.

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            Que el señor Unwert se masturba con su lengua y su cultura es tan indecidible como que el cliente del burdel se la sacuda con manopla de carne: igual podría estar siendo al revés. En tal caso, sería un mundo que es dichoso siendo dicho y anuncio el que por fin ha encontrado su Pepote hinchable en el señor ministro. Y su liturgia erótica en ese menesteroso menesterio del Valor. Y al Nuncio del Anuncio en figura de Su Excelencia.

            ¿Y de qué le han hecho anuncio sin enterarse a quien se cree anunciador de una buena nueva educativa? De que hay al menos una República en que se puede llegar a ministro de cultura sin tenerla, por creerla tenencia tenible a fuerza de predicarla.  Una regida por el principio de que no hay mejor administrador de un bien fiduciario que aquel a quien no le interese, por no verle valor alguno al bien sino al cargo; ni al significado sentido y creído común, sino al estético significante que es la liturgia de un Credo con o sin botafumeiro. En esta tierra de conversos a la mística del Amor en prosa del Garbanzo desde siempre han sido plaga, desde luego, los teólogos que no creen en un Dios capaz de dejarse administrar por alguien como ellos, si lo sabrán ellos, que al parecer son Dios y se conocen. Y si un amontonamiento en haz de palabras insensatas vale como manual de curso, ensayo del año o novela del milenio de esta semana, y si un montón de incidentes seguidos y aprisa para que parezcan animados vale un Goya que se volvió sordo, para no oírlos, a las artes visuales y aun las sonoras, es que las palabras no tienen sentido sino sentidos ni los sentidos palabra, los muy putos, que nunca la cumplen, etc, q.e.d. Es que no hay principios salvo éste de que el principio está en el medio, que además de ser el mensaje justifica al fin, por principio, el fin: queda legitimada la dictadura del discurso sobre principios y fines in medias res, las medias palabras a medias cuerpo gráfico, las medio voces medio ruidos a medias Luces de la Razón y a medias casticismos de los bajos o entre las medias, que es el medio donde está la singular virtud sinlugar de ese excelente lugar común. O no pero estamos en Ello, en hacerlo común y comunicado por delante como por detrás, con pasados y futuros excelentes además de los presentes excepcionales, si aún caben, claro.

 Pues el principio educativo, por el que de han de empezar a enterarse los fragmentos niños de qué es llegar a adulto entero, está en parecer Principio siendo medio, y aplicación de principio o propósito de realizarlo, víspera o posteridad, en cualquier parte del discurrir, en una palabra cualquiera… cual quiera ¿quién? Liberales de Perico, a correr, y heterosexual el último. Bienvenidos al Estado de Trance transitorio perpetuo de la Transición española. Todo un poema.

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 La voz debida a mí, por ejemplo

Y a todo esto, hay una voz que no se oye en las tertulias recualificadas laboralmente como “prácticas de dialogismo”. Curioso, siendo su nostalgia lo que moviera a Aristocles a poner por escrito cómo discurría excelentemente, para que fuéramos aprendiendo: ya que no iba a volver a repetirse jamás tanto pasear al azar por la polis, tantas disgresiones tan diversamente transversales al plano de sus horarios y profesiones con otros lugares comunes, como Quien dice. ¿Como quien dice “Sócrates”… o como quien dice “Aristocles”? Porque nostalgia de una voz perdida hay en el nacimiento de la transversal escritura filosófica, claro; tanto da que se la entienda nostalgia degradada en resentimiento, que fue el parecer de Nietzsche, o crecida en muda visión y escucha mística, que fue el de sus herederos transversalmente católicos a toda frontera mundana. Nostalgia de una voz, sí, pero ¿de cuál?

Porque “Platón” nació del silenciamiento de Sócrates pero también del enmudecimiento del poeta Aristocles, puesto ante el mortífero desenlace de la transversal esperanza política: un hablar común de una misma polis, que allende versiones hiciera sentido por todos lo que es verterse a una… los dos, o los trescientos, o los mil, convertidos en uno nuevo ¿En “Platón-Aristocles”, nadador salvando la ropa de las distancias como docudramático autor de diálogos aunque monologados sobre lo común pero suyos? No: que el pseudónimo hubo de acallar al nombre propio para creerse autorizado a hablar por todos a una, aunados en identidad que no existía, pero lo merecía. Conque la dictadura de Su Excelencia nace de la ausencia irremediable de una voz, sí, pero sin apellido genérico: ¿la de Sócrates, o la de Aristocles, autoinculpado y autoexpulsado en aras de su República de Todos los Discursos en uno… menos uno? ¿Y está al menos acotado así el dilema trágico, ya que no el emblema ideal que haya de haber hecho desde el Principio de los dos lemas un mismo ambilema, perdón, emblema?

Pues por si fuera poco también “Sócrates”, de creer a quienes narran su drama o dramatizan su historia, también su transversal dialecto dialéctico divagante y dialogante y disgrediente correspondía solo a una voz perdida: la de su oráculo y su demonio. Que retornan a discreción, mas no a la suya, la del excelente ciudadano a carta cabal. Como una infancia cualquiera.

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De donde se siguen varias conclusiones de rabiosa actualidad, valga la redundancia. La primera, que se aclara al fin la anomalía sin duda creativa y excelente de ese apellido alemán respecto a la norma patronímica de un gobierno normativo que nos quiere normalizar con el patrón europeo: “Wert” es un pseudónimo profesional, como “Platón”, para ejercer el menesterio de Su Excelencia forzadamente ausente de este bajo Valle de los Caídos más al Sur. Deberían haberse dado cuenta los periodistas, ahora que todos siguen sin saber hablar tampoco en alemán pero están como Siempre en Ello; pero será que en estos tiempos se lo habrá dificultado que use el logotipo Valor el ministro de Cultura, y no el de Hacienda.

Pero sobre todo: que todo sentido común tácito se ha perdido en la educación que dice tratar de formularlo mejor, o mejor que mejor, excelentemente, eso no hacía falta que viniera Unwert a descubrirlo por ostensión palmaria y paladina. Bastaría con que cualquiera hiciera memoria, o en su defecto de él – a paliar educativamente-, con oir un noticiario o a Wert hablando en un noticiario. Pero que “sentido” no es necesariamente igual a “leído”, eso igual sí hace falta que alguien venga a descubrírselo. Pues el Valor de Cultura y Educación encarnado en figura estelar de las pantallas, como un asterisco, parece estar creyendo en el credo ilustrado de que la coherencia del Sistema de figuración en que él se figure figurándolo, la escritura por decreto, hará que lo cohereden de generación en generación los sistematizados. Siendo así que del “Platón” del bachillerato excelente se recuerdan las naranjas, y a medias,  y que según tal credo de Don Tancredo apenas se sabría hallar cosa más obviamente “transversal”  y sentida común que un calendario racional y un sistema métrico del tiempo o el espacio unificados. Y sin embargo los iberos no fecharán culturalmente en adelante “después de Wert” (d.W) sino “después del Gol de Iniesta” (d.G.I.). Pobre Don Quijote del Valor,  que la agridulcínea plebe siempre prefiere a un prosaico Sancho bonachón para entenderse.

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¿Y si toda excelencia humana, esa transversal verdad de las verdades y su ser común en que consisten, fuera inconsistencia de humo en mano, como la palabra indica, humana mente? ¿Y si “lo transversal” de “el Hablar” no fuera sino nostálgico fantasma de poeta suicidado sin cicuta en arconte publicista de “lo universal”?  ¿Y si “lo poético” que nos convierte en común verso vertido a una, en universo y no en diversión dialogante, estuviera en traslucirnos transvertidos enteros en cualquier parte y cualquier voz versa, con tal de verternos en ella, no querernos queridos por divertidos?

  Pero el señor Orfeo Unwert quiere hacernos versados poetas del platónico modo en que él entiende transversar los tiempos, atravesarlos al biés.  Y lo malo es que ya no hay en ninguna geometría practicable nada transversal a lo que él entiende y el poeta desentiende por “hablar”. Pues el poeta quiere desnudar la cabeza del Ideal, y el señor Unwert… ya la tiene. No hay que quedarse calvo para advertir el desenlace de la farsa: su excelente reforma de los entendimientos acabará como la de Platón en Sicilia, en salazón en alguna mina. De futuros artículos excelentes, si es que sus autores consiguen entenderlos. Seguramente, sobre el género de los géneros, el idioma de Su Excelencia: el género didáctico como poesía de oficio de las lenguas. Concretamente el de difuntos.

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