Incontinencias

Que se retenga a alguien treinta años contra su voluntad, enmedio de sus semejantes, sin que nadie lo notara, asombra al periodista. Pero que alguien se retenga treinta años voluntariamente, enmedio de sus semejantes contra su voluntad sin que nadie lo notara, también asombra al periodista. Conque secuestrada o trapense asombra inconteniblemente al periodista cualquier contención que no se haga notar, ni aun a su paso; algo que no asombraría a nadie, siendo su hablar continente universal al parecer incontinente, y haber contenido, obra de haberse sujeto. Con una excepción, al parecer, a tal parecer periódico asegurado: que se sujetara el periodista durante años antes de empezar a usar la palabra maltrato, como sin notar algo notable contenido en el trato social. Eso tampoco podría sorprender a nadie pero por otras razones: sería que el mundo habría desaparecido sin que nadie lo notara. En alguna parte de la Actualidad crónica incurable.

&

Retener a la lengua contra su voluntad de hacerse anotar siempre que sea forzada y contra su voluntad, y sin haberlo querido ella sino el otro, se llama pensar. Como retenerse entre semejantes semejantes, autoproclamados heteronotables, se llamaba buena educación antes de Wert, que proclama la excelente. Con todo, que lo notado haya sido notable desde el principio, desde luego, y por tanto memorable desde ahora desde tal principio -el de identidad de los indiscernientes-, definiría sólo lo más notorio del hablar en un mundo periódico, que sólo da vueltas al parecer porque los pareceres le dan vueltas y él lo nota. Más notable es que sean lo inadvertido y lo inaudito y lo inconsciente, lo nunca notado hasta la fecha de la notación, lo que defina el valor de noticia y de conciencia y de audiencia advertida, al margen del valor de lo notado: marginal, claro, respecto al valor de estar al Margen. O más bien de haber estado; hasta el Ahora Mismo, la fecha de ingreso en la actualidad notada.  Pero es que esa elusiva forma que tan bien supiera retratar Don Antonio resulta ser la de esta política ficción en que apócrifos habitamos: Haber Estado, al Margen, como única forma de merecer Estar, marginados en portada. Que conlleva el margen y el mirar de soslayo, el recelo y la sospecha de mal trato como (presunto) criterio del buen trato social. Al que sólo se ingresa haciéndose notar maltratado en la notación, presunta mente marginada y nunca vista en sus palabras hasta la fecha, y desde la fecha agraciada con la condición de agraviada (hasta la fecha). Pero agraviada en regla, y con el trato debido al maltrato (desde la fecha). Un modo de Estar por haber estado pero sin notar, o por no haber estado pero notoriamente, más conocida antes como Estado del Movimiento, luego, Estado de Transición, y  ahora como Estado Inestantáneo, estante por no haber estado pero estar en Ello o por haber estado pero sin estar en Ello, sino en la Alianza de Civilizaciones en Platea y no en el escenario actuando, pero estando en Ello: en corregirse rigiéndose como siempre solo. O sea, por estar en estar, pero ni por estado ni por estante, ni aun por estatuturo como en Cataluña, sino por estando. En crisis pero reformando, para seguir estando, pero en crisis, luego reformando, desde luego, desde un Principio: el axioma de Lo, que está porque había estado pero sin estar y ahora al fin está, en regla, aunque sin acabar de estar, pero estando en Ello, o sea en sí, por estar fuera de sí, siempre, para llegar a estar en su ser Nunca.  En el Estado de Fray Gerundio, transido de su propio trance tan trascendental que diera y tomara un doblón o dos a la vez, que dan Lo Mismo,  por describir tal trayectoria inestantánea a la vez que la describe en regla. Un estado irregular por constitución a más no poder pero regulando cómo poder más, por poderes constitucionales, pero mal, pero corrigiéndose, aunque rigiéndose solo en el corregimiento, aunque repartido, por poderes. Concretamente tres, más el cuarto poder que los resume además y a la vez que de paso se les suma: lo estado, lo estante y lo estatuturo, más los más oscuros pensamientos pensados no, pero pensantes tampoco, sino pensandos. Conque bienvenidos a la Constitución inmemorial de la Actualidad Crónica no, sino crónica mente actualizándose, en esta señalada fecha en que el parlamentar popular celebra su memoria, tan inadvertida entre sus semejantes durante tantos años como la de San Jerónimo haciendo carrera de predicador en el desierto, o como un secuestrado o un trapense en pleno Londres. Hasta la fecha. Tan señalada de Hoy: siendo Nunca.

&

¿O no querría toda palabra estar en titulares haciendo notar en ella la Actualidad (en ciernes) del Parlamentar entero, su entera constitución tan inadvertida y maltratada hasta la fecha por ejemplo en la parte que le toca a ella, por ejemplo? ¿O no querría todo sujeto londinense andar suelto por la calle como tema por renglón, contenido de actualidad en el presente por contenido en el pasado contra su voluntad, como cualquiera que se significa en una palabra de un idioma? ¿Y no es maltrato haber de estar el caso en la palabra como han de haber estado otros casos como uno, sin ser notado ninguno sino el Estado Sustantivo en cuestión, notorio sólo por no haber notado mi caso en su notación, ni mi excepción en su regla, pero estar en Ello? ¿Y no acaban de aprobar, me parece recordar entre tanto recordatorio de la edición de tarde en la edición de noche, una ley que discrimina los casos de discriminación en regla de los irregulares, y los maltratos a tratar debidamente de los que podrán ser maltratados porque no figuran en el trato? O digámoslo para entendernos en una forma privativa del hablar conjugado entre castellanos, la tercera persona impersonal de ninguno, pero actualizada y privatizada como impersonal de algunos: hace mil inviernos me estoy nevando en silencio sin nadie que me note. Actualizando expresión, que es gerundio, bientratando pasados yerros, por favor espere….

…rinn, rinn, pirurí, pirurí, ¿es ahí El Mundo, o al menos El País, o en último caso La Razón? Que quiero denunciar un maltrato sustantivo de mi caso… ¿nombre…? Nieves del Rocío, sí,  eso es… pues claro, quiyo, que no me dejan entrar al invernadero a calentar tomates porque dicen que los abraso tós… ah, sí, y que todas las de mi género somos iguales y en general maltratamos a destiempo los tomates y arruinamos el género… pues claro que maltrato de género, eso pensaba, por eso lo llamo… ¿cómo, discriminación por qué? , repítemelo, que me lo apunto… por hetero…capacidá… térmica, yastá…  ¿me pués repetir, guapetón?… no, si ya, pero es que me sueno tan bien así dicha… Nieves del Rocío, heterocapacitada térmica, ¡qué guay!… sí, cómo no, mañana mismo, pero vengan temprano que luego me fundo… muchas gracias, muy amable. Cloc.

&

Conque lo verdaderamente notable en el hablar de un mundo periódico es esa excepción aparente, en el uso de la palabra maltrato, a la regla de aparentar la regla sobre la marcha de la excepción, un poético maltrato en prosa de lo anunciado en aras del anuncio  que aquí parece no cumplirse. O sea, no cumplir los cánones del buen trato debido al maltrato. Puesto que el maltrato periodístico de la palabra maltrato ni sorprende por inadvertido hasta la fecha, ni escandaliza, ni se denuncia, ni tiene otro teléfono al que acudir que el de alguna redacción inexistente. Acaso hubiera valido la de El Faro de Castilla, pero si hubo cerró. Excepción que se explicaría fácil suponiendo, en ese único caso y por razones familiares, el respeto de los periodistas por lo heredado de sus abuelos, usanzas como la de usar matrimonio, familia, ética, códigos de justicia y demás antiguallas entrañables a la par que étnicas como herramienta genérica de que abusar particularmente. Digamos, la tradicional abusanza de los usos ajenos además y a la vez como objeto sustantivo propio; o de cualquier Nosotros laboriosamente construido como Mío gratis sin dejar de ser Nosotros, pongamos, por antonomasia, el idioma. Acendrado deporte nacional, éste de la abusanza por norma, al menos desde los tiempos en que la Inquisición estableció minuciosamente las marcas de la conversión sincera a la fe común, y en efecto provocó la difusión de una renovada fe en las marcas de fe sincera. Pongamos, la marca España, martillo de herejes multiusanzas con perforador timpánico adosable. Y por herencia desde aquel ventajoso trato excepcional entre la creyenda Palabra divina y sus creídos cónyugues fugaces en el tiempo -maltrato momentáneo de ellos por su bien perdurable de ellos y viceversa- se explicaría fácil lo excepcional del trato dispensado a las actuales marcas de maltrato de ellas para asegurarse un buen trato de ellas. De las marcas. Se explicaría fácil pero mal, como en toda explicación histórica de un abuso de una historia común tratada además y a la vez como objeto patrimonial del trato social en curso: porque también aquí la abusanza usual y el maltrato anunciado para impedirlo se cumplen como es usual en el anuncio sin parecerlo, y por no parecer en pantalla histórica. Abuso de confianza, por asegurarla: de la confianza en el contrato social que, buen o mal trato, sólo tácita mente común existe; pongamos, como idioma. Maltrato de palabra: el de una palabra-dato que se da sola –pues el periodista o el asistente a lo social no la da ni la suelta nunca- usada para tratar de hecho lo que hecho no era, sino trato por cumplir y palabra dada, pongamos, de matrimonio o de lealtad al pueblo propio. Y además maltrato de hecho a la vez, por tratar como hecho consumado el que una palabra se diera y no pudiera consumarse en hecho, que es lo que explica el acabar hablando a golpes en pareja o en república: un complementario y profesional golpear con palabras, actuar con lemas y gozar con titulares que valen por realidades aunque y porque no dan lugar común, lo quitan, a cualquier otro trato.

Salvo ése tan ventajoso para el Ambas Partes y para ninguna de ellas: el tratamiento siempre bueno de la información buena o mala sobre malos o buenos tratos entre los tratados como semejantes. Semejantes al menos en algo, la esperanza de ser tratados como noticia semejante entre semejantes noticias, todas semejantes al menos en algo: semejar Actualidad. Inadvertida hasta la fecha según advierte el periódico de la fecha.

&

¿Es maltrato retener la lengua contra su voluntad antes de hablar? Considerada la pregunta como modelo didáctico, es de notar que en él podría notarse sin salpicar tanto si es maltrato educarse monitos, civilizarse pueblos, o caracterizarse un cuerpo. Y de hecho ya lo notaron, pero otros, antes de la edad inmemorial del periodismo: que es el verdadero problema, haber existido otros notantes antes del noticiero de la actualidad. ¿Pues no es eso un maltrato de su condición genérica, la de Actualidad Notable, haberla mostrado ya notada y desnuda sin todo lujo de detalles para que se la reconociera en cualquier otra actualidad?

¿O no maltrata “Platón” a los presentes obligándoles a reconocer que sobran como detalles en algunas verdades a medias como naranjas? ¿O no maltrata Bach a alguno descubridores actuales del dorremí obligándoles a aceptar que están, contenidos pasajeros, de paso en el continente de la música? Por no hablar del maltrato que inflige un refrán peculiar y gratuito a un saber genérico pero de pago sobre el género, como “consejo psicológico vendo, que para mí no tengo”, o “díme de qué buen trato no hablas y te diré quién sí eres”. Pues si el maltrato lo es respecto a la regla, y la regla de pensar es que no se puede calificar algo de “malo” sin saber qué es lo “bueno”, ¿dónde está la definición de Semejanza y del buen trato entre semejantes pero no lógicos o estéticos, sino políticos, que no la vemos ninguno salvo el redactor de maltratos?, ¿en la redacción de El Reino de las Ideas, órgano periódico de lo inalterable? Porque en los libros de Historia de las actualidades sucesivas, no: sino acusaciones constantes a los precedentes de maltrato en su tratamiento de la idea de Bien.

Pero es que entonces llegamos de Lógica y Estética genéricas a la Ética, no menos genérica por definición genérica del tratamiento entre individuos del mismo género. Y entonces hay redoble de tambores, y se anuncia un estado de excepción peligrosa en que se juega la vida de artistas y pensadores presentes: la aplicación de las reglas de verdad y belleza ajustadamente al caso. Pero no al genérico caso planetario de borrador filogenético llamado “humano”, sino al caso que es el caso, el propio de quien está hablando de lo genérico apropiadamente: que es decir, a fuer de su encarnación reconocidamente simulada para evitar conocerse realidad del simulador, y única encarnación del verbo en la actualidad, en la única. Posibilidad aterradora por su responsabilidad no genérica, y no hablo ante todo del sacerdote cristiano sino del periodista, político, psicólogo u otros antiguos oficios con pe. Que se defienden, con descreencia en la creencia predicada, de llegar a creer en su predicar, pues no puede ser verdad la virtud de la palabra si se deja predicar por ellos, que al parecer son Dios y se conocen tan bien como el destino último de sus actos enunciativos. O que la maltratan en casa ajena, la de creencias comunes sin copyright, para predicarla como modelo del Buen Trato indefinidamente por definir en la pasarela de la actualidad propia, perfectamente definida: preocuparse de palabra propia por el maltrato ajeno. O sea, lo propio. De su oficio.

&

Y al respecto de esa apropiación indebida, la del indebido trato ajeno como único criterio apropiado del Buen Trato, ¿qué enseña la contenida maqueta poética de maltratarse la lengua pero en casa propia?  Primero, que ahí apartado del mundanal ruido se proclama el estado de naturaleza entre el hablante y su lengua por decisión política de ambas partes: conque ya nada tiene que decir de buen o mal trato el resto de los estatuidos por contrato en estado de política. Pues se declara la ley del talión, y como lo común maltrató a un cuerpo para hacerlo apto a distinto trato y acaso mejor, la conversación con difuntos y el con-trato con ausentes varios,  ahora un cuerpo así tratado, bien o mal, devuelve la jugada y trata de tu a tú, como cuerpo, al de lo común, la lengua. Pero en privado. Ojo por ojo, y oés por orejas u otros orificios penetrables de la página, presente en blanco; las tés por postes telegráficos y el renglón por carretera, o toser o no toser por dilema hamletiano capaz de dejar en suspenso carraspeante la obra, ¿que pinta ahí la irrupción de la norma crítica con su aparato de discernir si buen trato o mal  trato, en pleno tratar de acoplarse presentes y ausentes? O en otras palabras: la maqueta poética se sitúa, pero en privado, más acá del bien y del mal socialmente acreditados, en lugar donde explorar cómo trata al cuerpo el juego del acreditarse bien o mal. Y cómo trata a un notante el juego de hacerse notar por inadvertido, o viceversa, por igual en notas de todos.

Pero segundamente, entonces, también enseña cómo trata esa segunda mente a la primera, que ni sabe contarse ni sabe ser tal. Cómo tratan los bienimales culturales a animales ni bienes ni males pero animados. O hasta qué punto esa forma de tratarse que es el notarse en notas comunes es digna de notarse o no: cuándo, cómo, dónde, quibus auxiliis… En otras palabras: pongamos que la Retórica cuyos son hijos putativos los periodistas sea el idioma de lo político, el de hacer sensibles en figura de semejanza unos valores en que nos valemos, o de los que valernos, los semejados como “semejantes”. Entonces la maqueta poética es balbuceo explorador en la frontera de una pregunta, a saber, qué ocurre cuando y donde no hay modo de decidir en genérico y en político cuándo y dónde es oportuno el hablar político y genérico, o el valerse de semejanzas comunes como de lugares para asemejarse. Cuándo, valernos de los valores, y cuándo valernos en ellos. O sea, para que lo note el periodista: cuándo la expresión genérica “maltrato de género” es un caso más de maltrato del caso singular por lo genérico, y cúando interjección que no busca informar sino expresar. Cuándo es figura en que busca repetirse semejante mente, mapa de semejanzas comunes contratadas, cuando se está viendo en que acaba el trato, y cuándo palabra que nos valga y nos ampare, pongamos, haciendo ver que sí nos estamos asemejando en algo pero ofrece otra figura: la de no sabernos ver semejantes apareados y aparecidos en palabra común, y  retroceder a la asimilación biológica. O sea, hacernos trizas digeribles unas por otras.

&

O más leña al fuego del “házme caso”, como quien dice, que al parecer gobierna hoy los pareceres acerca de cómo hacerse aparecer en público, o personarse en palabras políticas como Quien Dice. Y que es donde se cruza la raya del delirio consentido que solemos llamar “yo mismo, por ejemplo”, o “una cualquiera, pero persona”. De lo que venían siendo lugar común el poeta y la puta, hasta que deben ser privatizados como todos los lugares comunes de lo singular dentro y fuera del idioma: para su mejor gerencia -la de otro alguien- de lo que ofrecen tales Cualquieras, sugerencia de Alguien.

Pues “házme caso” es lo que parecen murmurar por lo bajo o reclamar airados amados ante amantes o investigados ante investigadores: házme caso de alguna Forma, de forma que lleve… mi nombre por ejemplo. El de quien tiene el Amor o la Razón, pero por ejemplo, porque se los den o porque se los nieguen pero en portada nominal, por público ejemplo. O sea, házme caso de alguna forma aunque la forma en cuestión sea la de El Caso, esa inmemorial cabecera hoy borrada del mapa periodístico por difusión: ya que al parecer los ruegos fueron atendidos con atención profesional y hoy todo lo que sucede “actualmente”, en forma de mente actual, o sea por los medios de notar notarialmente arreditados, repite la forma de aquel patrón ejemplar de ejemplares: que todas son iguales, unas cualquieras, que están pidiendo a gritos que las hagan caso. Me refiero a las cosas, claro.  Que cuando gritan no están pidiendo que las saquen del caso, al parecer, sino que las metan en el parecer general como nuevo caso del mismo género: la violencia de género. La violencia del género contra el caso. Del genérico ser un caso para salir en pantalla, que es la comunión de los santos actuales en el Verbo Periódico Puro, la actualidad rotativa.

&

Pero el periodista se asombra de que un periodista, eso sí, gráfico – eso lo explica todo sin más palabras-  prefiriera hacer la foto a salvar al suicida o al maltratado por la vida o por el reportero.  Y es que la imagen se deja llevar por lo circunstante, no así la palabra. Que es herramienta de contención ante lo inmediato. Claro que no hay mejor defensa que un buen ataque, piensan todos los celosos profesionales de su mujer o su patria, como César o Napoleón, y qué mejor contención de lo inmediato que contenerlo por adelantado y adelantar las fronteras de lo inmediato, pongamos la inminente agresión nacional o marital o de lo genérico, hasta hacerlas continente universal: y ya estará todo lo que había que contener contenido de una vez en Ello. Gran verdad,  indiscutible en lo sucesivo.

Ahora bien, fuera de lo sucesivo y del suceso incesante, en la maqueta en que algunos se buscan donde salpique menos, ¿regirá también ese imperativo categórico del Házme Caso? Ya sabemos porque es obvio desde tiempos inmemoriales, tanto que no podemos acordarnos de quién lo hizo obvio cuándo, que todos queremos “nuestro minuto de gloria”. La sola diferencia practicable acaso esté en que en aquella figura, “házme caso”, aún hablan todos nuestros abuelos, que fueron ésos y no otro caso de “un caso idiomático del Lenguaje, el castellano”; y qué desgracia, no nacieron en Tejas ni con televisión, ni medían la gloria por minutos sino con angelitos. Y en que tal abundancia de ecos y espectros permite carambolas no periódicas ni de retorno asegurado entre los que ni hacen al caso ni quieren que los hagan caso, ni ser víctimas ni periodugos de la historia. Pongamos, entre aquellos cuyo único denominador común no es el de oficio que llega corriendo a denominar el caso, sino el haber existido así y tal cual, en esos cuerpos de carne con boina y pana, o en esos cuerpos de voz con esas figuras y en ese idioma. Que es lo único que sí viene al caso en cada caso sin que lo hagan venir, como el mundo entre pareceres: que cada existir se hará caso si quiere y por querer hacerse tal cual, cual hijo y nieto de tal.           

O no: que también cabe en el mundo. Como lo demuestra el idioma periódico en su oscilación instantánea entre tal cosa y cuál caso, perdón, en qué sección va “lo de” El Descuartizamiento. Un literal hijo de Tal, una literal mente hija de un Tal genérico y un Cual particular: el Caso Particular en General. Pongamos hijo de una cualquiera, actualidad o lengua, que todas son iguales en cuanto a lo de hacerse notar y estar pidiendo a voces házme caso, aunque los demás no lo oigan porque no son periodistas. Lo que ocurre es que no sabe expresarse clamorosamente: unos cuantos golpes de efecto y verás cómo grita clamorosamente. Su silencio. Eso sí, hecho notar debidamente: en lo que valía sin decirlo públicamente mientras podía, a saber por qué. Por cuál pública mente que lo inadvertía. Debidamente.  Su silencio hecho: hecho, de vida, mente, y de sinsentido singular, sentido común…¡ah, ya!, esto es lo del maltrato del Lo, digo, de género. Pagando cada vida en muerte o en vida a la Debida Mente: Lo Común da, Lo Común quita. Lo debido está pagado, descanse en paz lo gratuito, por la noche, si puede, con los deberes hechos y la crónica genérica enviada.

&

Pero entonces ¿qué?, ¿lloramos en silencio ante el televisor, o ante lo televisado? ¡Hay que hacer algo!, lo que sea, lo primero que se me ocurra, no sé, por ejemplo… caso.

Ya. Pero caso ¿de qué? ¿De algún otro Qué genérico, pongamos “el valor de una vida humana”? Vale. Pero ¿de qué vale? Vale, de ningun Qué, pero ¿está el lenguaje periodístico en situación de hacer valer un curso, por singular, singularmente? La maqueta poética enseña que el gesto mínimo de ese maltrato genérico, su mejor modelo verbal que acaba cumpliéndose como palabra dada, está en esa confusión de adverbios de modo con adjetivos de modales, buenos y malos. Pero eso sólo cabe donde los modales sean cualidades sustantivadas, o sea modas.  Donde uno se sea modelo en su pasarela de la actualidad que no es suya.  Dicho en gramático, donde los ad-yectivos ya sean abyectos, o perdón, adyectos, antes de eyectarse la conducta a que adyectarse. Y ese trayecto no lo traza sólo el periodista.

Ese trayecto en que sin haberlo notado, de tanta notación que lo acompaña como a noticia notable, hemos pasado de un adverbio de modo, tratar malamente o buenamente, a un sustantivo, El Maltrato: con marca de artículo de marca, articulable como todo en el escaparate del Corte Inglés, mediante sintaxis monetaria en red. ¿Diferencia práctica?… ¿puede ponerme un ejemplo, profesor,  de cómo no tratar a otro como ejemplo sino como persona? Si es que todos los alumnos sois iguales como maestros, o parecidos como ejemplos genéricos del género, o como ejemplares periódicos del… En fin, ahí va uno.

¿Puede alguien decidir, aun doctorado en el sentido de la conducta animal gracias a su estancia entre psicólogos de Yale, que La Bofetada es un caso del concepto El Maltrato? Y esa pregunta no es la interesante, porque ya sabemos la respuesta en Yale: que si El Contexto en general e indiferentemente al contexto, que si la Puesta en Escena de la Idea, que si la Retórica ya ora pro nobis o el Situacionismo con ismo peninsular pro in continentes bobis, ad insulas orantibus. Pero la pregunta interesante no es ésa sino otras como ésta: a estas alturas presupuestarias de investigación de la Naturaleza ¿puede alguien decidir de una vez por todas si intervenir en bronca ajena, pongamos la lucha por la vida pero en inglés que es más competitivo, es tratarla malamente o buenamente?

Y a diferencia de biopsicólogos, antropoginecólogos o ginecoantropólogos de cualquiera de los géneros y sus combinaciones imaginarias, la respuesta que da el simulador poético en privado es No, y de una vez por todas: lo único que puede ser de una vez o de una voz por todas, negar que exista alguna tal. Como en el original chino de la parábola de la casa en llamas, que se quema al parecer para que Brecht salve al menos los muebles de la moraleja didáctica, el conocimiento escarmentado para lo sucesivo… si hay sucesivo y la escenificación de la moraleja no lo quema o lo deshiela de polo a polo. Mientras en el original chino la moraleja era no haberla, puesto que nadie sabe dónde van a acabar las sucesiones de sucesos. Ni aunque las llame Sucesión a todas, o sobre todo entonces, porque son todas iguales y todas quieren sólo que las hagan un caso sin importar de qué, que están siempre con la regla a vueltas. La de la sucesión, claro. Qué coincidencia en regla con el renglón que las bientrata.

Y en la sucesión de la frase un adverbio no es un adjetivo. No cualifica una cosa, sino un hacer, y conjugado. No señala un patrimonio semántico, heredable por matrimonio sintáctico que garantice la sucesión de lo intemporal en el tiempo: una Cualidad indiferente al tal que sea cual. Un adverbio, si “cualifica”, es a tal verbo conjugado en tal voz, persona y tiempo, por no hablar de modos. Talifica al verbo, es ad-verbum y no ad-yectum. Y la forma erudita y parabólica de confusión tan maltratante es que una tal eyección genérica a la que adyectarse, el enunciar sintácticamente que hoy llaman Discurso, se identifica sin más con El Verbo y La Palabra… en genérico. Y claro, una vez que hablar es chorrito o eyaculación secuencial con miras a la emisión semántica, desde luego cabe cualificarlo desde antes como chorrito que venía desde el Antes al Luego para salvar Lo de Siempre, el Correrse o perdón, el Discurso.

Muy útil, salvo cuando se trata de hacer justicia y tratar buenamente al punto en que la boca u otro orificio se abre sin que haya modo humano de saber, inclusa o sobre todo ella, que vaya a salir o entrar algo o nada: salvo esperar.  Eso sí, cooperando o no a que el tal no se asuste y se le corte el discurso. O sea, dándole lugar o dándole la vez, esa vez. Que no será la buena ni el buen trato de una vez por todas, pero sí tratarse buenamente como tales. O sea, avezadamente. Y si tal vez es “hacer caso” a lo acaecido, no es hacerlo caso de Lo Acaso o de un Lo genérico vestido de sedas académicas: sino hacerle un caso o una casa en el prestado cuerpo propio.  Hacerle caso su propio acaecer a “la cosa”, esperando que sea el positivo, haberla; pero no meterle por ir ganando tiempo el tampón u otro órgano cosecante del Hacer Caso (de enunciación, o de chorrito), de otra vez La Vez y la Actualidad y El Acto… genérico.

Porque ponerse al verbo no es sólo lanzarse a discurrir, adverbio no es adjetivo. Ni ponerse en discurso o en argumentario o en mente política es ponerse a discurrir y argumentar políticamente en palabras de todos. Ni hay más género demente de saber de La Mente, del que hacer caso El Buen Trato entre buenas mentes, que tratarse buena y generosa…mente: como buenamente puedan las y los mentes, ese sufijo y sedimento de sus actos sin rastro ni marca de género. Aunque ni se noten en ellos ni se los anoten suyos: pues cosa notable, no hay discurrir más excelente de mente más notable que la de Wert sino el que discurre excelentemente sin notarse, retenido durante años entre sus semejantes londinenses o semejantes, como un idioma comúnmente hablado se vuelve común mente con sólo darle una vez y una pausa para respirarse. Asombroso, y el hueco estaba ahí, contenido y ausente durante años,  entre sus semejantes transitando por la plana y nadie lo había notado: esto debe de ser contenido de actualidad, y noticia de primera plana.

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu email nunca será compartido con nadie.Los campos obligatorios están marcados con *