Hasta más Wert

Mimos

Si hablamos de idiomas, siempre peninsulares entre reglas continentes y alientos contenidos, cualquier periodista sabe que pueden imitarse las posturas del emisionero canónico, la Gramática como Quien dice, para crear impecables disparates pecaminosos con toda la apariencia de un verbo como es debido conyugalmente a la conjugación. Pongamos, tal como Wert entiende novelas de caballaría como novelas de un potencial por explotar, el del verbo caballar. O como cualquier otro cómico sabe pero a conciencia hacer otro tanto con las posturas dislocadas de la erótica Retórica y los famosos “elementos suprasegmentales”, que es como decir “elementos no elementales” o “partes aparte” pero que parezcan nombre y cosa de sustancia. Y tampoco es difícil imitar con mimo esas entidades fantasmales como dibujos animados, los párrafos, cuando se trata del señor ministro de Lo Interior. Basta con oir cómo imitaba Fraga, a quien él imita, a Saavedra Fajardo o Fray Gerundio de Campazas, según el grado de apertura fecunda que tocara ese día en el diafragma político; y eso sí, truncar la imitación en cualquier punto aleatorio de la frase, donde se pierde, que es el toque personal inconfundible del mencionado ministro de cuyo apellido no logro acordarme, aunque en alguna dependencia del Interior debo tenerlo.

Por eso todo colega tragicómico a sabiendas reconoce a un semejante pero a ignorandas en cuanto ve a un portavoz del PP pidiendo sinceras disculpas por haber ofendido a un juez o una víctima de las otras. O a un defensa central disculpándose sentidamente por haber estado a punto de dejar heterocapacitado a un colega quebrándole el espinazo de un pisotón, por lo menos tan sincero y sentido como la disculpa. A tal punto llega la vocación peninsular del país a este respecto, convertir la argumentación en materia de imitación monologal y lo político en cuestión de mimos a algún género de víctima oportunamente dejada sin palabras (por la emoción, se entiende, no por el portavoz de su dolor), que he llegado a pensar que las siglas en el gobierno signifiquen miméticamente por razones didácticas, o perdón, de visibilización, Pido Perdón, o Perdón Putativo, o Parezco Pedirlo o Pido Parecerlo, o viceversa.

 Eso se llama mimo, y es lo que necesitan por orden de aparición en la obra cultural el ignorante niño de su cultivado entorno, por definición del entorno; el novicio mozo, de la puta experta; el joven idealista, del hombre público avezado, y los países por psicoevolucionar, de los países de su entorno, psicoevolucionado por definición gráfica (Antigua Raza Superior e Hijos, S.L., pone en la entrada) o por grafismo definitorio (pongamos un logos-tipo que presenta a un asno acariciando con mimo y con su lomo a un alcornoque por el bien del alcornoque, darle una pulida formación a su corteza). Pues todo idioma es peninsular entre el caso aislado y la regla común, entre la solitaria figura verbal enmedio de esta vez y su semejanza con otras veces y otras voces, que es el continente fantasma que le da contenido.  Y al parecer (de los que entienden) es El Mimo archidioma universal de la semejanza por lo que al cuerpo de las palabras se refiere, si es que refiere, como se aprecia en que con mimo enseña la madre al niño a hablar como un hombre habla, dando su palabra a lo que se le parece; o al menos como un hombre debería hablarle a ella de lo que le parezca ella.

Y por tal parecer de los que entienden, o eso parece, hemos venido a donde estamos, los intentos de formalización mecánica de tanto mimo tan necesario para el estado del bienestar anímico sin pan en que nos hallamos, inmersos en esa pesadilla que llaman emoticonos en pantalla quienes no los reconocen andando por la calle porque no la frecuentan, están ocupados codificándola, ni en los espejos del cuarto de daño particular, que tampoco frecuentan. Ni sentados ante ellos en la Escuela, por frecuentarla: que a eso sirve la mímesis de lenguaje científico con que adornan hoy el sentido común expropiado de las abuelas los excelentes biosociopsicoantropodólogos de verdades como pata de banco sin expropiar, que también son verdad por acumulación de usos de trasero ajeno. Y de eso se trata ahora: puesto que a esa jerga mimética del discurso argumentativo se acude cuando se trata de legitimar negocios tan educativos, por lo que enseñan, como el de Wert y Su Excelencia. Puesto que al parecer cualquier saber puede imitarse con mimo al parecer en signos, imitando los signos. Eso sí, con mucho mimo.

Cuando lo cierto es que hoy un satírico, mimo del idioma, se enfrenta al problema de como parodiar un habla que se quiere parodia, y aun con todos los mimosos visos de quererlo deliberadamente, porque cuenta con todos los visos y trazas de haber sido deliberadas para acoplarlos a sus palabras a voleo o sembrarlos articuladamente por la frase. Se los proporciona la experiencia técnica de una veterana puerilidad que en su fase miméticamente adulta se ha pasado decenios o milenios hablándose o cantándose una nana por poderes o contándose un cuento de poderes para calmarse: los poderes de la retórica para provocar el encuentro casual por la calle del renglón, planear el azar, proveer de lo improvisado,  y en general pero particularmente pensando en usted por la parte que le toca, caballero, proporcionarle peninsularidad a su pene insular, que sin mí no la tendría o sería un error mimético de pronunciación, ¿no le parece, guapo?

Y al parecer, sí, le parece. No hay más que ver el éxito de nombres y aderezos exóticos, desde “couchin” hasta “rebirzin” con otros ligueros, látigos  y encajes, en este negocio de venderle a alguien su sí mismo con posesivo ajeno, para que al abrirse el paquete con o sin cuchilla descubra que su ser era ser puta y anunciarse espejo ajeno disponible, con que ya está en disposición de pasar de aprendiz a maestro, y de culturizando a culturizante. O sea, pasar de presumirse apenas entre ajenos pareceres a presumir de no presumirse sino saber presumir. En un habla tan mimosa con el razonamiento -el pobrecito, que aún se cree que llevará a alguna parte que no sea la mía, donde tengo la virtud en el justo medio de las piernas- como rigurosa con los mimos, que hay que administrar contablemente, o perdón, en forma susceptible de alguna narrativa personal.

O sea, que el problema del tragicómico a sabiendas es parodiar algo que se quiere parodia de un presunto código del saberse personar, que es de lo que toda Retórica sustantiva presume. Un código del saber ponerse en escena de una Gramática hasta hacerla resonar y vibrar, o perdón, “personorizarse”, barbarismo que aquí mismo regalo sin derechos de autor, por amor mimoso a la humanidad, a cuanto psicosociólogo o comunicólogo tenga esta tarde el antojo de inaugurar un idioma él solo. O puesto en escena cotidiana, el problema es parodiar a alguien que cada día retoca varias veces su curriculum para personalizarlo “en función” del receptor, a quien a su vez han aleccionado en la sección de recursos rehumanos recurrentes para que personalice su manera de escuchar los curricula, que son cursos de lo lato, como relatos de vida, o serán recursos. Todo ello, para escoger quién va a fabricar tornillos conforme a un patrón impersonal para venderlos conforme a otro patrón impersonal, el precio de mercado. Lo que se podría resumir, siempre que no se empeñara uno en personalizar palabras latinas sino dejarlas personar en latín, en que al final no habrá habido para nadie curricula sino recurricula, ni cursos de vida, sino que todas las vidas se habrán convertido en recursos en algún presente intemporal que, gramaticalmente, se demuestra futuro perfecto de un pasado indefinido. Este Ahora en que habitamos (al parecer).

Pero el mimo, mucho mimo, es la clave para disponer de un Pensamiento Emocional regido por una Gramática Personal… no, pero personalizanda, que estamos en Ello. O sea, de lo que se llama “proceso de genuina interiorización cultural” si se quiere cobrar por la exteriorización del monólogo en bruto y sin cultivar. Nueva reposición didáctica en escena discursiva, con soporte cárnico y no tipográfico, de viejos refranes como “Consejos Escolares vendo, que para mí no tengo”, ni ganas ni necesidad de escucharlos;  o “una cosa es predicar sobre la Predicación Excelente y otra dar trigo”, de frases no memorables que sin embargo no se olvidan como nombres de ministro. Pongamos, “polvo serán, más polvo nunca echado”, para resumir yendo al grano la polvareda de reformas en la lejanía de molinos que son gigantescos pasos adelante en círculos para moler viento.

En otras palabras: el problema educativo hoy, en la España de Wert, es cómo va a enseñarle un payaso profesional a un niño la diferencia entre hacerse el payaso y hacerse payaso. En una obra de mimo mudo, sumarse a una cultura, que si obra de articulación fuere lo sería de una que ni admite artículo, única en su género monoplaza, ni tiene entreactos para maquillarse “en función de” nada. Titulada quizás “Hablarse sin títulos”.

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            Hablando a título estético, no obstante, sino Mediante autotitulado en Mediación Simbólica para intervenir en conflictos nada simbólicos por el pan: ¿en qué anda la excelente teoría psicosociohistórica y antropoetcétera de la mediación simbólica mientras Wert se convierte en todo un símbolo no mediante, sino obstante a las excelencias de este idioma para transversar disciplinadamente la prosa de la historia? Pues en la discusión de cómo es posible a pesar de toda Payasería Superior Mediante (certificada en Harvard o Yale) que algún vulgo vulgar siga distinguiendo a veces al payaso profesional del amateur, el producto industrial del artesanal, una canción de Cecilia o Krahe de una secreción autocantora, la imitación paso por paso del gesto unitario, un círculo caligráfico y un polígono informático, poesía, de prosa en formato verso, un regate de Iniesta de uno de Ronaldo, o en general la simulación ensayada de estar ensayando sobre la marcha y el estreno de una función única en un acto sin vuelta. Y aún, por no ofender a nadie dejándole donde quiere estar, ofendido pero fuera para merecer entrada: cómo es posible que a veces algunas veces la razón cante y el cantor tenga razón cuando interpreta sin interpretarse, y que los demás la distingan como distinguen la asociación libre, en el santo seno de la Asociación Psicoanalítica, de palabras socios que se van de juerga en serio y les sale un poema olvidable, pero inolvidado: precisamente por saberlo y mostrarlo en cada aliento, que da gratis y recibe aprecio.

Pues ésa es, estéticamente hablando, la experiencia mítica que dice formular y formalizar para mejor excelencia absoluta, además de excelente mejoría comparativa a la vez, esta penésima reforma del Examen Escolar como criterio de realización de la razón en el mundo, mimetizada en figuritas verbales: donde se trata de discernir si alguien “repite de memoria” o “discerniendo”. O dicho para que se pague como Psicopedagogía: si hay genuina “interiorización” o mera “imitación” y mimo cultural. Discernir si el supuesto Niño de la fabula didáctica es capaz de repetir un cálculo o un párrafo proposición por proposición como lee sus discursos Wert en la pantalla mental cuando comparece ante la prensa de sí mismo, cuidando hasta el adverbio los buenos modos por si los pierde y ya no sabe encontrarlos, o si además ha entendido “la lógica”, presunta  mente unitaria, de que habrían surgido o hubieren de surgir no sólo ésa sino muchas otras posibilidades de gestos verbales, equivalentes todos en su discurrir a quien discurra, como Quien Dice. O sea, lo que se supone distingue a una cajera de supermercado de su calculadora, que una podría seguir aplicando la regla a casos de sumas que nunca hubiera visto antes ni estuvieran en su memoria, aunque se le fuera la luz. Pero como ahora hay baterías solares, mejor no sigamos preguntando cuál de las dos.

Pues ése de Su Excelencia encarnada en Su Escenario Escolar es el ansiado criterio  de los criterios que se hizo carne de crítica pero estética o viceversa y habitó entre nosotros en figura de… el Valor del Discernir Valores no, pero estamos en discernirlo. Pero es obvio que hablar estéticamente no es pertinente en materia de reforma educativa. Demasiado obviamente demasiado impertinente para no sospechar que de eso se trata cuando se habla de excelencia en la escuela, de una degustación de talentos vírgenes para viejos catadores a lo don Guido. Bien, pues entonces probemos con registros pertinentes como “lo epistemológico”, que suena a batas blancas y ecuaciones al menos hasta que uno se toma la molestia de hablar con quienes las habitan, como siempre.

Entre adultos serios, o sea científicos y no artistas, que también ven y ponen relaciones en figuritas con mucho mimo pero las llaman fórmulas, a esa presunta técnica unitaria del mimo útil se la llama “heurística”, y no inventiva, si quieres cobrar por tus mimos. Aunque tratándose de cobrar por el mimo útil hay otros nombres más antiguos y útiles por los que también se cobra. Pero sin duda esos otros oficios del hacer caso al caso no vienen al caso, la búsqueda de Ley universal del Hacerse Caso en cuyo santo seno hacernos caso como semejantes en comunidad científica, o idomática, o eclesiástica.

Aquí se trata de la figuración “como buena-mente pueda” de un acaecer que es sentido común entre dos incidentes, que es sentido acaecer a una, en unísono de dispares como si respondiera a unanimidad. Unanimidad que le presta uno poniendo toda su alma, como si una fuera, prestada en atención a figuras tentativas que, con suerte, acabarán formalizando su coyunda en regla. Y se llama Epistemología, o Retórica personal del sujeto impersonal, u otros nombres artísticos, a la pregonada empresa de organizar la Transición en general desde un tal mimo mental, prestado a tal caso para que llegue a ser tal “cosa”,  hasta la conjugación conyugal reiterable a discreción y conforme a regla. O sea, de “organizar”  -figuradamente según una retórica de oficio- el paso desde lo orgánico a lo figurado, desde un cuerpo que observa o manipula al Cuerpo de Observadores y Experimentadores, y desde una unidad orgánica de pulmones y riñones y etcétera en aliento unísono hasta una unidad colegial articulada en signos.

O sea que la Heurística, como la Estética o la Retórica, viene a parar también en una casa de citas – con “los paradigmas” correspondientes a cada comunidad, que suelen ser modelos profesionales- que ofrece articular en general y de oficio el paso de El Mimo previo a La Articulación a fondo, pero eso si, lubricado con mucho mimo verbal como llamarle “organización”:  negocio celestinesco o perdón, Mediacional, que pasa por ser el principal recurso económico en el futuro, ese sitio al que no pueden acceder interventores de Bruselas ni aun del Vaticano y consecuentemente goza de las más anchas espaldas; o en su defecto inexorable,  de amplios respaldos como sillones. Y no menos consecuentemente, su explotación preventiva fundamenta esa generosa partida presupuestaria y bibliográfica consagrada a lo que se llama con toda razón I + D + Iota, camino y verdad y vida de Su Excelencia de Wert cuya idea esencial es de una simplicidad evangélica admirable: hay una lógica en el cambio de lógicas y por tanto cabe descubrirla, formalizarla como proceso, y materializar el proceso en procedimiento procesador del Gran Cambio Adelante, sea en silicio o en alcornoque escolar. Y de paso procesar también,  pero judicialmente, a quien investigue + desarrolle + invente algún otro proceso para dar el gran cambiazo al procesador con resultados indiscernibles; lo que se llama la prueba de Turing contra Turing en el pleito por lo patente en China y en mi pueblo.

Idea genial, con el único requisito de que a la femenina Lógica le cuelgue además y a la vez un colgajillo i+d+iota, unitario órgano de la reproducción innovadora entre dos velludos paradigmas, anterior y posterior al número premiado en la rifa espermatozooidal (figuradamente hablando), o sea, de semillas de conocimiento en figuras aún por desarrollar. Es decir, con el único requisito de que se trate de Lógica además Pragmática a la vez, que es decir con sus condiciones de introducción en lo real ya introducidas, o de aplicación ya implicadas, o de funcionamiento estructuradas: diga lo que diga el diccionario de la relación entre “aplicar” e “implicar” o “función” y “estructura”. Será un anticuado diccionario semántico previo al Gol de Iniesta, y no uno pragmalingüístico.

            Tal hermafroditismo supondría un gran adelanto genérico, aunque menor, claro está, que un excelente adelantamiento. Pero ocurre que hasta la fecha ningún científico, como ningún escritor  o escultor o puta, ha sido excelente en Excelencia, sino en su forma de mirar, manipular, inteligir o acoplar en sí algo, y por amor de ese algo cambiar de “forma de hacer y padecer”. O sea, cambiar él por hacer justicia y verdad a la cosa, y no a la cosa por hacer él de Intercambiador o Mutante genérico en cualquier género de cosa. Que es, hablando a título estético, el papel del venerando “género didáctico” en la venerable y preiniestórica cuestión del papel del contenido en la genésis de la forma, de la que resulta una vez y otra lo ineducable en toda regla de lo poético.

Y que entra en escena educativa en cuanto se pregunta por el papel del ejemplo excelente en el camino hacia el concepto en regla o el canon sentimental; eso sí,  siempre que se ponga por ejemplo, y no por ejemplo sino por pura lógica, el que da el maestro como ejemplo y semejanza en el camino hacia “lo que es” ser un semejante en un sistema –o eso semeja- de semejanzas compartidas que se llama cultura. Ser un semejante entre semejantes en toda regla, y no semejanza semejada de la regla con puesto oficial entre los asemejados además y a la vez. O si se prefiere, que el amor a enseñarse sujeto no se señala, se enseña sujetándose: a una disciplina no dispuesta en transversal, sino elegida versalmente sin que ninguna cursiva de curso legal la haga notar obligatoriamente en ningún cuaderno imaginario de deberes figurados. Una disciplina putesca e indisciplinada como la que suele llamarse idioma, o buscar sentido común no “algo”, sino un modo de sentir, tiempo y espacio a través, que no en transversal mediante ni obstante a ellos. Aun cuando para ello haya de parecer que se pierde todo sentido común: aun cuando, y no por principio… mediacional de fines. Pongamos, un principio de “falsación sistemática”: al que sólo una cosa es ajena, su propia condición de sistema que jamás se somete a tales pruebas. O si no prueben a proponer, como experimento de falsación de la tesis “sin enseñanza escolar  de la ciencia vamos al caos”, prescindir durante dos generaciones de la enseñanza de las ciencias por prescripción legal en instituciones públicas.

            Un principio que podríamos llamar en lo heurístico como en lo estético o lo político “estado de excepción por norma”, y del que sólo queda preguntar entonces por la segunda parte, ese “por norma”. Por ejemplo, cuando se comprueba que las  ciencias surgieron en plural de mentes plurales que se ponían en tal estado común por libre decisión, y pasaron a tener problemas en cuanto entraron en nómina estatal-industrial a fines del XIX. O sea, en el momento en que se quiso escenificar en soporte cárnico ese prodigio retórico de aunar lo uno con lo otro salivilla mediante, consagrando La Baba en Principio Mediacional para exigir en su nombre al investigador que fuese docente y al docente que investigara, al tiempo que se recalcaba por todos los medios la diferencia sustancial entre lógica del descubrimiento y lógica de la justificación; pero sólo en seminarios doctorales, mientras en los “cursos inferiores” se imponía por norma el mandamiento que se criticaba en los superiores: como patrimonio exclusivo de… “epistemólogos”.

Un supuesto principio que es lo que puede teorizarse cobrando, con sólo aceptar llamarlo por alguno de los nombres excelentes acreditados como “teoría del obstáculo epistemológico”, o “estética del obstáculo trágico”, o aun, “política del enemigo necesario”. Para llegar a la conclusión jamás acreditada de que La Teoría o La Estética o La Política son por definición el obstáculo al teorizante o sintiente o semejante en común: no excelente aún, pero ya semejante, que quiere hacerse ver y oir lo común semejado en alguna parte antes de palmarla, aunque sea en figura de calendas griegas. Lo que a su vez sólo puede acreditar excelencia si uno acepta discutir su aptitud como animal semejante con sus semejantes en un seminario doctoral, que es dónde tiene su sitio discutir sobre Lo Utópico, lo que no ha lugar pero se lo hace, o la disgresión productiva pero por anticipado. Para poder planificarla desde ya mismo, en el idioma vigente, en el nombre del Valor, que no aparecerá hasta luego en otro idioma excelente: pongamos en figura de Wert. A lo que podría llamarse obviamente apariencia de bilingüismo temporal entre dos momentos de una misma comunidad, siendo bifidismo crónico de una comunidad aparte con lugar acreditado: por Su Excelencia.

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            Lo que quiere decir en una palabra, volviendo a hablar a título estético,  que el poético nombre Wert se descomprime sintácticamente en prosa descriptiva según la receta de Bertrand Rusell en “el autor de Polifemo y Galatea”; y no en “el actual rey de Francia”, como podría pensarse por su estatus de ser imaginario sólo verbalmente existente sin un solo pelo de tonto. Algo que ya era obvio desde el principio, desde luego, como en toda obviedad  innovadora, en la trayectoria política de su reforma, “de mis soledades voy, a mis soledades vengo, y por ese camino yo me entretengo”, salvo error en la transcripción escolar de tan excelente cita cultural. Que ya es todo un ejemplo educativo de qué sea vivir poéticamente en una prosaica sociedad  política: no hacer caso a ninguno de sus semejantes, por ser semejanzas incompletas e inexcelentes del Ideal que uno ha visto en figura propia –del Ideal, claro-. Sino hacerlos caso con mucho mimo de una regla innovadora en ciernes, pero estamos en Ello, consistente en buscar semejantes prometedores -en materia transversal de imaginar semejanzas prometedoras de regla- que lo sean en toda regla, o sea, en la regla de las reglas, o sea la del que promete la regla que promete a todas. Sin meterla nunca. Una regla que ya podría haber sido la monástica de la Trapa, de mis soledades voy y a mis soledades vengo sin vengarme ni de palabra, pues crimen de excelencia incumplida nunca hubo donde nadie prometió nada, como el mundo a cada existencia; pero no, mala suerte, y fue la regla escogida la de la orden predicadora de Fray Unwert Eco, consistente en buscar una excelente poética perdida que nunca se escribió, la de la prosa corriente de supervivencia, y hallarla en escribir una novela didáctica con actores de carne y hueso en vez de letras. Pero por el camino yo me entretengo, a falta de valor, levantando intrigantes ecos.

Pues a falta de haberse inventado las expresiones “autismo dialógico” o “autor dialogante del Monólogo Educativo”,  gongorismo se llamó a aquel poético intento prepostmoderno de planear entre soledades propias la aparición asegurada en figuras comunes de excelencias poéticas. A saber, ilustrando conceptos consabidos en figuras de asombro, comienzo de la filosofía para iniciados sin fin –salvo el de perpetuarse en gerundio- que con razón expulsó “Platón” de su destierro genérico de los poetas, a fuer de única excepción admisible en el gobierno de su Estado de Excepcionalidad: como poesía didáctica que enseñara los viejos mitos del Logos Común en figuras pero modernas, didácticamente reformadas para abreviar y asegurar el paso. Lo que de paso o en gerundio didáctico provisional, en su Academia, vista su trayectoria por cavernas figuradas y carros alados le aseguraba su derecho a entrar en tal gobierno didáctico de la Idea como uno más de los socios, además y a la vez que fundador imaginario. Y comoquiera que una figura es un ídolo y en griego se dice eidola, y que el logos se dice a sí mismo asimismo en griego, Logos, sólo como eido-logía cabe lo poético en tal Escuela de Excelencias. Sólo que ni Góngora ni “Platón” tenían en su academia lectores obligatorios por orden alfábetico cada nuevo curso editorial.

 

El ingenioso hidenadie Don Facundo de la Plana

            Conque puestos a estetizar hagamos un excursus excelente pero con plan de vuelo -en carro alado- por la prosa. A manera de ensayo sobre las Relaciones Necesarias que sobrevienen en Triste Figura preliminar – de venturas y desventuras sucesivas- a la excelencia de la poesía cuando echa a cabalgar por la plana plana prosaica de la historia y el idioma común. Tema innovador, de i + d + iota donde los haya, y de rabiosa actualidad estética por lo que tiene de definitorio de la novela prepostmoderna del espíritu no encarnado – pero estando en Ello- en la Escuela de la maestra Historia. Y por tanto, tema de mimosa actualidad pedagógica, por lo que la Escuela de Excelencias tiene de simulador preparatorio para un mundo de ficción realista. 

Y la verdad es que este ingenioso hijo de algo por definir pero con título de Excelencia desde ya, don Facundo Quizano de Wert, tal vez de hecho sí esté dando en el clavo de las relaciones competitivas vigentes entre Lengua y Literatura. Pues en un mundo de caníbales por solidaridad que es cojonudo porque esteta y viceversa, que se toma por memorable noticia mientras aún se está notando y aun mejor antes que después, en tal mundo seguramente sea lo más competitivo en ambas competencias enseñar  cuanto antes a confundir una lengua con su literatura, y una gramática de conciencia automática con autoconciencia de automatismos gramaticales. Y pues la Escuela se justifica por la mejor reproducción de saberes culturales,  ¿qué mejor saber que el de la reproducción consumada por adelantado para que la cultura deje de estar justificada? Si se puede acelerar con reproducción asistida el aprendizaje de cómo reproducirse a solas, y con triviales palabras tribales cómo hallarlas en trance en que no las haya, que lo habrá, ¿no es lo excelente irrumpir cuanto antes en la alcoba y enseñarles a abreviar a los interesados para que pasen los siguientes a por la herencia, que es la coherencia competitiva en esta casa de citas crónicas de oficio entre presentes y ausentes?

            ¿Tratar, a título estético de Excelencia, de la reproducción de saberes consabidos, que son promedios, y de sentimientos que son consentidos por comedidos anticipadamente? Lo estético en la escuela sólo puede desarrollarse en figura de degustación caníbal de vidas como vinos: sólo se admiten de entrada los excelentes.  Como lo son por definición los supervivientes momentáneos respecto a sus maestros muertos, a su parecer: la prueba es que no aparecen por sus tertulias cuando aparece su parecer en frase en que parezcan sujetos a base de mimo genérico (mucho adverbio de modo y mucho por consiguiente, que parezca ensayo mental de ideas, y el niño expectante se duerme tan tranquilo).

Sólo los excelentes: darvinismo estético, principio compositivo de lo social cuando lo social es materia de ficción, de ciencia ficción, como objeto sociológico ¿Y los demás, el vino o el entendimiento peleón pero no por la excelencia sino por la supervivencia, porque alguien ha vinculado marcas genéricas de formación a realidad concreta de un trabajo que es concretar unas formas en un material? ¿Serán calificados de suficientes o insuficientes? No:  de excelentes o inexcelentes, aunque haya que inventarse tan excelente palabra. Porque una degustación cultural, ya se consabe, no es necesidad sino lujo: como la escuela.

            Pero aun en eso no hay de qué extrañarse, que no es innovador, con tal de haber perdido excelentemente el tiempo con algún muerto incompetente que ya no corra en la carrera curricular; o perdón, por la competencia linguística en excelencia literaria. Pongamos a don Miguel en algún lugar de La Plana. Pues que un Wert tan gallardón como el mismo y tan hijodalgo como cualquiera considere un lujo a pagar la enseñanza en figuras del valor de los Valores no es de extrañar. Los de esa casa ya lo conocen, por herencia, y los demás, que se lo ganen si pueden, que ya nunca podrán haber sido godos desde siempre, desde luego, según todas las marcas patentes acreditadas desde luego. En su escudo de armas familiar debe de rezar escrito como en el portal de Hacienda solariega, la de los Montoro,  “nada de Valor me es ajeno”; esto es, escrito en letras justo debajo de los blasones y los dragones, pero inmemorialmente. A modo de innecesaria redundancia didáctica, o discurso para lelo, de lo que es visiblemente patente (de nobleza), siempre que se venga siendo noble inmemorialmente por decreto escrito en algún lugar del que no cabe acordarse, siendo inmemorial. Vamos, que como todo género didáctico de libro con estampas pero aclaradas, y plicas pero explicadas, la escuela es una empresa política, como lo habría llamado Saavedra Fajardo e imitado excelentemente el actual ministro de lo interior, siempre que alguno de ellos hubiera leído a Saavedra Fajardo antes de decidir cómo llamar políticamente al educativo quehacer, hacer política mente expresa en letras lo que fuera patente a cada cual, particular mente: Empresas Políticas.

Viniera yo de tan excelente linaje y despreciara asimismo toda figuración publicitaria de lo propio por nacimiento, la Excelencia, pudiendo verlo cara a cara desde la cuna en mi casa. Pongamos, la recatada virtud de la lengua castellana de mi castillo, en mi castillo. Por desdicha allá abajo, lejos de los nobles arquetipos castellanos, materializada en algún vano lugar común, existe otra como parodia de La Lengua (literaria) y de Su Excelencia, un principio compositivo disparatado: atarse los dispares en posturas y figuras sin más fundamento que el deseo de verse como por un reflejo en lo dispar atado no, sino en su atarse. En un vano, un hueco solar de ecos, una oquedad –oh qué edad, oh qué costumbres degeneradas-  cuya única función concebible en La Función está clara desde el principio de los tiempos, o al menos de calendarios y crónicas con otras disciplinas transversales: concebir por obra ajena, dar lugar a la reproducción de cualquier voz noble que la penetre y atraviese, aunque la réplica haya de salir por necesidad bastarda inexcelente y hecha trizas. Y a trozos parecida y semejante, puede, pero por definición venida a menos porque a más no cabe. Y cuya función concebible es pues arruinar la Función Conceptual, como no se reduzca la de tal cavernilla peluda a cuna de más cavernícolas, adorno intrigante y suspenso didáctico para resaltar el triunfo final de La Moraleja. Sobre descarríos y rodeos por barrios bajos de La Lengua que, generosa, admite de todo en su depilada nobleza.

            Viniera yo de tan alta cuna como el Nombre del Patrón, el patronímico del Valor,  e instaurara como pudiera la dictadura de Su Excelencia. “O excelente, o nada”, rezaría sobre las puertas de esa didáctica sociedad convertida en República Académica de la Idea, o al menos en idea académica de la república. Y si contra toda razón fuera que “o nada”, arrastrado por la ola acabaría en salazón en una mina de Sicilia o galeote en Argel antes que transigir. Y escribiría en mis soledades algún monólogo a dos voces sobre las excelentes bondades del Diálogo: porque bondad para callarse y en el callar dar lugar, darles la vez y dejar a las voces dialogar al azar de su descarrío por La Plana, entre rocín o jumento disparatadas y atadas sólo por algo sin nombre ni patrón, eso sería transigir con el transitar sin más, y dar tiempo a perderse al mismo tiempo. Con tanto resbaladizo entuerto pendiente de enmendar, por La Plana Ilusoria de pueblos llanos, a la altura excelente de Ciudad Real.

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            O de Politeia. Que un aristocrático cosmopolita ateniense, o cojonio coglobal como se diría hoy excelentemente, monologara a dos voces sobre la conveniencia de ir y venir de una a otra parte como modelo de aprendizaje de lo excelente, eso se comprende solo, aunque excelentemente. Tanto que al final uno se pregunta qué pinta ahí el cojonio, que es lo que el maestro cojonio pretendía como todo buen maestro. A su vez, que es la nuestra (presunta mente común), que el señorito Unwert escribiera libros de caballaría parecería lógico vista su andadura política y su ancho espaldar, que soporta inmutable cualesquiera cargos que se le echen encima  “como un machete”, según él, por aclaración vocálica en cierto punto oscuro. Pero sobre todo porque “caballaría” es algo que podría hacerse parecer, por definición, excelente potencial a explotar de un verbo “caballar” inusual pero practicable: hacer la inutilidad práctica, y provechosa la excelencia, y la confusión de jamelgos con rocines, excelente para fingir gestos de gesta gestante de más excelencia… en cabeza ajena.

            Como la de Su Excelencia cruzando el Estrecho para llegar a serlo. Me refiero, claro, a la gesta de la Idea viniendo desde el Principio al mundo a gestarlo, desde luego, y al estrecho paso que “Platón” llamara jorismos porque el pobre hablaba como podía en griego autónomo de Jonia por darse a entender, no por hablar excelentemente en transversal como el divino Platón: en el dialecto dialéctico de Lo Real, paso transversal a todo dialecto en apariencia real. El paso de ese estrecho estrecho como La Mancha que plantea la redundancia equívoca e innecesaria de ejemplares distintos del Nombre Común, habiendo ya en alguna parte por descubrir en Dover o en Valdepeñas, en las Américas donde está el futuro editorial o en el Mediterráneo clásico,  la edición princeps y la forma por excelencia que se enseña y desnuda sola para uno.

¿A qué tantos ejemplares llorones o revoltosos de viceseres prehumanos, si ya existe el Buen Humano y el Buen Trato visibles excelentemente en algún mediano tratado mediacional sobre el maltrato génerico de los individuos por el género en la Escuela (por definición, en la actual y la pasada anteriores a la Reforma)? Y más, cuando el papel de El Aprendiz ya figura también en el Guión, cómo no, y con “intuición intelectual” para leerlo basta para definir a perfección su función en La Función, sin tener que mancharse las manos cotangentes ni gastar en copago de pañales cosecantes: a saber, el papel de obstáculo dramático necesario a la intriga didáctica de unos con desenlace conocido de otro, ser sujeto finalmente.

Pues al final de la obra escolar los contrariados siempre encuentran quien les haga una proposición de contradicción en regla, y de categoría, en que se reúnan; y el fin de La Función (docente) está clara desde el Principio (pedagógico): que se reúnan funciones y guiones, los medios con los principios que son los fines, en lo que es La Moraleja, como no podía ser de otra manera. A saber, que habrá nopodido ser de otra manera, desde el principio, aunque haya podido noparecerlo, durante la función, pero sólo en virtud de la habilidad didáctica del montador de incertidumbre. Y Quijano y Sancho, o Panza y Quijote, habrán sido actores reales o reales artificios protésicos de una misma anatomía de una sola tesis:  que ni cosas ni sujetos podían ser de otra manera aunque tal pareciera mientras parecían.

Que es donde reside oficialmente la virtud docente, justo en el Medio: el didáctico medio teatral para proporcionarse una angustia fingida, por la separación de naranjas a medias, y la ficción de un alivio purificador al reunirse las medias naranjas en el exprimidor de su Sentido Común, depurado y concentrado como incógnitas en ecuación o las letras hispanas en sillones, y los sillones a su vez en letras. En la Academia de los Figuras donde la Idea se enseña donde mejor que mejor, excelentemente: en todos sus Posibles resumidos como Puestos, los de las Letras Hispanas.

El Medio que, tratándose de la función cultural, es ese universal teatro de letras tan literalmente impresionante en que se viene representando desde que Montedebienes patentó -pero en alemán, por razón de competitividad- el montaje de ilusiones como caracteres en plomíferos planchazos como escenas. Y donde esa sede oficial de la virtud cultural firma entre sus muchos seudónimos artísticos, a la vez que acrónimos comerciales, con la marca patentada “género didáctico”: pues hay un modo y una manera, como no podía ser de otra, de enseñarse cómo actuar cuando todo puede ser de otra manera y aun no ser; o sea, de poner en escena el pensamiento en trance verbal crítico, y ante todo, en el de sumarse al hablar común afectándolo por escenario propio. Y hay un género y un modo de hacer parecer incierto que vaya a haber desenlace en un enredado interrogante de renglones ya cuadrados y ajustados previamente en una caja de imprenta o una pizarra,  incierto pero a la vez plausible (aunque no hasta que caiga el telón donde pone “copyright”, por favor, respeten el trabajo de los actores educativos), tan plausible que incluso haya parecido que hubiera podido ser de otra manera. Hay un modo de proceder a ir discurriendo en “lo que es la incertidumbre”, perfectamente cierto y reconocible por marcas patentadas: como un quedo redoble de tambores con sordina en el circo, o de ganchitos  patas arriba y cabeza abajo a ambos lados del escenario renglón, haciendo malabares con un ovillejo negro en la cabeza o sobre él. Y el guión del Nosaber que “algo” pueda ser o no ser  algo, se sabe de esta manera excelentemente cómo es, qué se llama, y de qué manera: “monólogo interior”, o “lenguaje autorreferencial”, o “reflexividad discursiva”. Materia transversal obligatoria a quien aspire a ser actor educativo en el papel de Director de Escena: saber presentarse por escrito como experto en personarse dudando de viva voz. O dicho en términos intraescénicos, de los que usan los figurados Figurantes para complacer al príncipe Hamlet o además cobrarle a la vez: en el papel de intelectual comprometido que lo es porque en alta voz duda y duda en altavoz por serlo.

O perdón, saber presentarse por ejemplar de los más ejemplares de lo que es dar ejemplo, en ejemplos, de Lo Ejemplar. O Etcétera: que es el verdadero ejemplo ejemplar de lo que es ser un Wert puesto en escena de letras. “Y los demás, semejantes” a crédito anticipado que yo concedo, avalo y ejecuto sin salir de mi renglón. En un lugar del Etcétera de cuyo Etcétera más vale que no nos acordemos: aquél en que se trata de que no nos acordemos de que ya nos acordamos, y excelentemente, en Tristes Figuras de este idioma, y en ser sus caballeros hasta la muerte. O al menos hasta más Wert.

 

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