Picudos

Que los malos periodistas hacen mal es perogrullada. Cómo, ya no tanto, por desgracia. Cuando la presentadora del telediario nacional en la televisión pública explica sin pestañear que algún índice económico sin duda importante “se redució” un tanto por ciento, sin duda considerable, los daños importantes no están en lo considerado sino en la manera de considerar. Pues a ningún creyente le ha supuesto el menor problema que los ángeles de Belén dijeran “aleluya” y no “qué tal, troncos” a los arbolitos y pastores adjuntos de Belén. Como a ningún niño le ha supuesto nunca un problema toparse con formas irregulares y excepciones que se le escapan: va con el ser niño, precisamente. Ser mayor y adulto racional se caracteriza por saberse de memoria un montón de manías irracionales e insensateces compartidas que llaman “vida  en común”. Hasta que llegaron la prensa y Freud para informarle de que justo en la injusta excepción del conjugarse conyugal radicaba el secreto universal de cultura y personalidad, y comenzó la busca y captura industrial de excepciones personalizadas y cultivadas.

            Conque el daño considerable que hace el mal periodista no está en lo que llama “contenidos”;  irónico término en su caso, cuando el continente es la incontinencia en el uso de un idioma, sin freno ni tasa que se reducia jamás (¿o no voy a poder inventarme otra conjugación yo sólo?). Al cabo, en materia de otros juegos de objetividades como las financieras o las legales siempre cabe pillar al mentiroso antes o después o a la vez que al cojo. Son las cojeras de alma las que no teniendo parangón siguen su carrera de indefinida mente indefinidamente. Pues en efecto nada impide que digamos todos “reducí”; el problema está en aquel otro plano que no es el del efecto que impida o no, sino el del merecimiento que valga o no la pena. Claro que para eso primero es menester que se sienta la pena: lo lejos que toda palabra queda de su aspiración. Y cuando se habla sin respirar porque entramos en antena en dos minutos, apaga y vámonos.

            Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol de los focos. Y no porque ya Schiller viera en la educación estética del hombre el camino que le llevó hasta ese principio pedagógico conclusivo  de  que los propios dioses luchan en vano contra la estupidez humana; que tendría la ventaja de mencionar un contenido alemán, lo que hay que hacer en la presente edición del periódico “España” hasta nueva orden. Sino porque puestos a oficiar de arbitristas, que es figura bastante anterior a Schiller, igual podría la locutora del telediario i+d+iotizar el idioma con emprendimiento y proponer sin pestañear la forma “reducó”, que resultaría ser la causa originaria y haber estado al principio del tiovivo de la historia. Y si un indicador económico se reducara como se reducó ése, al menos la historia económica habría dado una vuelta entera y desembocado en una moraleja reducativa sedimentada en el idioma: lo malo es que se trataría de un ciclo ya completado, el de la ruina imperial del XVII y los dos siglos de enseñanzas de la pobreza que le siguieron. Los que llevaron al verbo “reducir” de su sentido inquisitorial a su sentido escolar, “reeducar”, cambiando la forma de la palabra sin cambiar apenas el contenido práctico: llevar al descreyente por la fuerza y por su bien de vuelta a la fe común. Pongamos, en las virtudes de la Santa Madre o de la Escuela o de la Prensa como formas genéricas de lo Sentido Común.

            Pero está visto que la historia de los efectos negociables no altera la de las causas perdidas. Una lástima, porque de prevalecer nuevamente esa forma arcaica al menos el ministro Unwert tendría claro de qué se trata con su reforma, de reducirnos por la fuerza (de la edución, claro) a la excelencia. Pero no, y la locutora no reducó a la palabra, sino que más bien la palabra la redució a ella al estatuto de efecto: que es la única moraleja educativa que puede sacarse del mal periodista.

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            Aunque con todo eso, y cuanto queda callado, aún no habríamos salido de explorar los entrañables rincones de la perogrullada a la par que étnicos y útiles turísticamente para reducir el déficit. Porque la pregunta literalmente insondable se abre “en el entorno” del mal periodista cuando uno pregunta ¿puede haberlo bueno? O lo que es igual, ¿es el periodismo un “género literario”, susceptible de ser llevado a excelencia alguna?

            Y antes de entrar en el escenario verbal que así la plantea cabe recalcar educativamente cuál es la ilustración práctica de la pregunta: ¿es la ceguera o la cojera una “heterocapacidad” susceptible de mejora, o falta de una capacidad? Pues si “periodismo” fuera otro nombre para una cierta sordomudez idiomática, estaríamos en el mismo caso: cuanto mejor, peor (para los demás), y viceversa (para uno). Y es patente que de veinte años a esta parte vivimos políticamente en una tal mezcla a lo Pedro Almadebar, un pastiche de patio de Monipodio y Corte de los Milagros en que el principio rector parece precisamente ése, la falta de principios como “heterocapacidad” para captarlos mejores: insinuar de continuo que los haya a punto de aparecer, o en Estado de Transición. En una idiosincrática fraygerundiocracia.

            Ejemplos didácticos de “lo cual” (del principio genérico que así insinúo) pueblan los noticiarios hasta atestarlos y los atestados de la guardia civil hasta repoblarlos cada día y a cada edición. ¿Que unos policías autónomos matan a un empresario en plena calle?: no es un caso más de atentado contra la integridad física de las personas que ya contempla el código penal, quiá. Hay que abrir una carpeta genérica nueva con el rótulo I+D+Iota en la portada: “violencia de género mosuscuadrónico”. ¿Que un marido mata a hostias a su mujer, o su mujer a su marido a base de setas riquitas cariño o unas cuantas gotas de más en la medicina de por la noche?: violencia de género machista (en ambos casos). Y nótese que en ambos casos se convierte un negativo en positivo, y una ausencia común en dos presencias diferentes: pues lo sentido común, lo que era sentido común en ambos era una misma cosa, infracción de una misma ley. Mientras que gracias entre otras cosas a una manera de hablar ciega para los genéricos formales se convierten en dos casos diferentes de dos nuevos géneros de nombre fantásticamente biensonante, a inventar, contenidos de sendas secciones nuevas, a inaugurar.

            Pero sigamos ilustrando. ¿Es cada falta de una capacidad genérica una capacidad nueva y diferente, de la que sólo conocemos por el momento ese caso? Tal paece ser el principio no sólo en las ilustraciones anteriores, sino extendido ya a grados jerárquicos superiores del viejo orden a extinguir. Por ejemplo, a la judicatura. Desde que Garzón comenzó a aplicar el viejo principio cesáreo, no basta con que el marido de la Justicia sea honesto, además tiene que parecerlo apareciendo en portada cada día. No han bastado trescientos años de escarmiento desde Quevedo para aprender que el único juez bueno es el que no existe por no hacer falta; y en su defecto, el que no aparece y cuyo nombre y cara nadie conozca: sino sus sentencias sólo. Y aquí se muestra con más claridad y mayores consecuencias qué es convertir una falta real en una presencia imaginaria, o perdón, “ideológica”: pues El Juez no es sino la personificación de una falta, la de autorregulación social.  Diéramos nuestra palabra, cumpliéramosla,  y sobrarían jueces.

            Y así sucesivamente en la enumeración, aunque simultáneamente en la escena social: quien es capaz de figurar una carencia como capacidad pero impedida, pero incipiente, medra. Hasta llegar a la teorización más abstrusa de la dialéctica más ornamental y de Adorno que imaginarse quepa, según la cual “lo negativo” es en realidad lo mas positivo, y lo negro, lo más blanco: con un sólo requisito nimio, esperar unos cuantos siglos para que se produzca la catarsis cognitivo-afectiva y la síntesis se revele en escena. Convendría que Unwert mandara misiones educativas pongamos a Siria a enseñarles esa verdad, que su frío presente y las ascuas arrimadas a la sardina de la futura excelencia en Yale pasando por el CEU forman una única realidad histórica, aunque nada pueda ser sentido común entre lo uno y lo otro, pero sin que ello obste para que pueda predicarse ya en portada su Sentido Común, aun no sentido. Pongamos, la Catolicidad de la Globalización o viceversa. O mal de todos, bien consolador de tontos totales.

            Repitámoslo, que es lo educativo. Formas de hablar ciegas a los géneros las hay, atestiguadamente por escrito, desde “Platón”. Lo que no había sido posible hasta fechas recientes es la canonización casi instantánea del suceso deficiente en género, aunque con un solo caso conocido por el momento, qué casualidad, el que se publica. Y la pregunta, la pregunta del millón que plantea ese “reducí” de la locutora, es si la incapacidad para reducir el caso a falta de algún género conocido (como su caso enunciativo a la conjugación genérica del verbo), si esa incapacidad puede ser alguna vez y en algún caso incipiente muestra de una “heterocapacidad” a desarrollar i+d+iotamente. O simplemente idiotez con pretensiones. Pues si resultara de los ejemplos e insinuaciones anteriores que al menos en España vivimos en un Estado de Idiotez inducida por una tal manera de hablar con pretensiones de “manera”, siendo haberlas perdido todas por el procedimiento de no haberlas llegado a adquirir nunca, entonces de nada valdría cualquier remedio producido conforme a la misma fórmula, ni formulación alguna formulada por la misma “heterocapacidad”. Como las de Wert o las de sus críticos.

            Y como se desprende de lo anterior, eso pide entrar a indagar en la expresión “canonización casi instantánea”. Particularmente, en qué diferencias haya entre “canon” y “género”, que patentemente es preguntar por las diferencias entre un “modelo” y un “concepto”, o un “ejemplo” y una “regla”. Territorio éste que es objeto, al parecer, de una heterocapacidad diferenciada que se suele llamar “Estética”. Y de la que convendría averiguar si acaso no le ocurra lo mismo que a la heterocapacidad de los ciegos o los cojos. Para “lo cual”, junto con todas sus consecuencias prácticas apuntadas, ha sido de siempre la maqueta más didáctica las relaciones entre “uso literario” y “uso vulgar” de un idioma, no obstante, sentido común por unos y otros. Y ahí es donde cobra su sentido la pregunta por el periodismo, concretamente por ese sufijo “-ismo”: que es el que concreta en figura sonora cuanto se viene planteando.

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            Una receta práctica y un ejemplo. Receta: cuando por desventura el lector, perdida la senda por oscura vía, diera en inextricables pasajes de Van Dijk, Ducrot, Perelmann o Mangueneau con otros íncubos y súcubos del Análisis del Discurso y la Nueva Retórica, substituya estas mayúsculas entidades por un telediario cualquiera y verá cómo se le aclara el día, y hasta puede que se le ilumine el cielo del paladar por el resquicio de una sonrisa burlona. Que no son ésas sino formas de una Retórica Superior de la que ya diera cumplida cuenta Juan de Mairena, con que nos ahorró el trabajo. La cuestión es si “la otra” es también Retórica, que es sustantivo, o bien no pasa porque así lo quiere de uno u otro hablar retóricamente, que es modesto adverbio de modos y maneras.

            Y un ejemplo, mi perra Nui. Ejemplar de bluleisi cazacoyotes así como de celo profesional cuyo único problema es que jamás ha habido coyotes en España. Perdido tal Norte que nunca hubo, naturalmente ladra como es lógico a todo lo que se mueva en las inmediaciones, que a su entender llegan hasta Tejas por razones obvias, lógicamente naturales. Y la menciono porque un tal limbo ensanchado por razones profesionales entre una lengua como naturaleza y el lenguaje como lógica es el que mejor retrata el presunto “territorio” de lo que es un límite, y en este caso, el de “cualquier mapa” del mundo, o sea, el límite de lo que es ser “idioma”.

            Hechas las presentaciones podemos pasar a discutir si la expresión “género periodístico” tiene algún sentido, o lo que es igual, la cuestión de que partimos: que el mal periodista hace males, pero ¿cabe ser “bueno” hablando en “periodistés”? ¿Hay tal idioma?

            Y la respuesta por hoy ha de limitarse a ésta, que acaso resultará al final haber sido la única y por tanto la mejor desde el principio: me voy a fumigar una palmera a punto de morir devorada por reporteros picudos como micrófonos o interrogantes, llegados del extremo oriente a indagar en la palmera por su interés informativo de ellos: dejarla sin forma por comerse el contenido.

(CONTINUARÁ)

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