Mequetrefes

No son dueños de sí, por eso acaparan cosas. O la parte de cosa de cada realidad -la sola que conocen-, aunque con ello arruinen el total. Don Facundo Wert no es dueño de su lengua, como el enano Cristobalito no lo es de su rencor fisiológico a voz en cuello, el Gallardito de su apocamiento materno, ni las matronas zampatortitas con nata de su descontrolada mística hormonal. Hemos caído en manos de una banda de niños o aun de fetos (que son personas, lo dice Gallardete) regentes en cuerpos de adulto. Lo malo es que no sólo en los suyos, los que el registro civil les asignara como envés de sus nombres. Por eso el mejor análisis de lo que ocurre en España no se lo he oído a un Tertuliano que cree lo que sea absurdo, ni a un intelectual/ala  comprometido o comprametida que cree en cuanto sea razonablemente razonable. Sino a Javier Krahe, y consiste en una sola palabra. Eso sí, pronunciada de tal manera y con tal serenidad que resuena en ella cuanto en la palabra no es cosa; o como solía decirse antes de la dictadura psicológica, dicha con toda el alma, que está hecha de silencios pautados y no de estrépitos. Y fue cuando Krahe, para calificar a Aznar, tras una pausa decisiva pronunció la palabra “mequetrefe”. En la que hay más patria hispana condensada que en todos los gobiernos juntos de esta Transición Indefinida.

            Pausa decisiva que no hay, ni se la espera, en esta impuesta manera e impostada de aparentar hablar donde no es cada palabra encrucijada, sino todo dilema y trance crítico un drama de boquilla, juego de cartones y fantasmas. Pausa para decidirse en la palabra, no para escoger figura de un elenco. Pausa para elegirse al personarse, no para escoger imagen en el escaparate verbal o la pantalla de iconos. Esa pausa entre letras o semejantes que indefine el lugar del aliento, el animus y las ánimas en la república de los signos e instituciones. Esa pausa que separa el hablar atropellado y la lengua de trapo del niño, llevada en volandas por palabras mucho más vastas que su lengua, del hablar del hombre. Esa a cuya falta nos hemos acostumbrado desde hace ya dos generaciones: y sin abuelo no se puede vivir, sólo traficar con la supervivencia.

            Esa por la que un idioma es comunidad de almas y no código ni instrumento. Pues en el actual drama bufo de España la desmesura a castigar, el sinsentido común de que todos los acontecimientos escénicos nacen sin que se haga visible hasta el punto crítico,  ni siquiera está donde aún se le alcanza a la inteligencia reflexiva, en la dictadura del no saber hablar canonizado en estilo y del no ser crecido en peculiar idiosincrasia innegociable. Sino en el no saber callar. O lo que es igual, en la desmesura de pretender que es posible saber hablar como saber técnico e ingeniería verbal, que se pueden manejar silencios como cosas, y que ha de haber mutemas como hay fonemas.

            Una polis es “política” cuando sabe dar lugar común a lo que no le compete a ella ni a ninguna de sus competiciones, “culta” cuando los campos cultivados respetan en cada momento los límites momentáneos con la selva, y “civilizada” cuando recuerda, en cada punto de sus calles, que todas desembocan en campo como todos los pensamientos en cuerpo incivil. De lo contrario se convierte en Urbe, y civilizar en urbanizar: de lo que algo deberíamos haber aprendido hoy en España.  Pues sólo en el recuerdo patente de un pasado de noches sin calentador ni bombillas cobran sentido y valor los presentes de cada Siglo de las Luces, como sólo en el recuerdo de los huesos disgregados cobra sentido y valor la armónica integridad de un solo cuerpo en un único movimiento que se llamaba alma.

            Pero esta presumida Urbe Global, esta desmedida Civitas pero Dei que quiere ser lo uno sin renunciar a tener lo otro, se esconde de sus vejeces como de sus naceres. Y lo peculiar es que lo hace no tras la ausencia sino tras la profusión de imágenes. Así, los protestantes pudieron poner en cuestión que las imágenes católicas fueran otra cosa que una metonimia interesada de los santos patrones de cada hacer o padecer, canonizaciones de una parte de lo que se pretendía aludido, impuestas a título de Todo y de Modelo íntegro de integridad: porque se podían presentar otras imágenes distintas aunque patentemente de lo mismo. Pero hoy, frente a esta nueva globalización, la situación parece la inversa: cuantas más versiones alternativas se presenten, más se refuerza la Imagen Reinante, a saber, que todo es nada más que parte, versión de versiones y pura diversionidad.

            Por eso lo inamovible e irreversionible de un retumbante “mequetrefe” retumba no por estruendosa, sino por queda: quedada de un tiempo común, el nuestro, como un paisaje idiomático en que retumban tumbas, muchas tumbas y muchas vidas de muchos labios que en esa figura y no otra se pusieron al vivir en común. No por “mejor” comparativamente en algún abstracto mercado de egoísmos y nacionalismos, todos unidos por parte de ismo al común continente de la codicia. Sino porque así fue, aun habiendo podido y pudiendo aún haber sido de otra manera. Que sólo así podrían acaso cobrar sentido tantas figuras cacareadas como cascarones en chácharas psicosocioantropoginecológicas, “integración”, “interiorización”, “adaptación” o “asimilación” a una comunidad de símiles y semejantes: como libre elección de una figura y una manera de ser que no está en el pata negra ni en el rioja, ni en la marca “España” ni en la marca “Mis Apellidos”. Está en que sigue, a cada instante, pudiendo llegar a no haber sido. Depende.

            ¿De los regateos y el tomaidaca de un parlamentar en que sólo una cosa no cabe, saber callarse? No. Dependiente de un hilo de voz que acaso nazca en este instante y no otro de tu boca o de la mía. Acaso para encontrarse: por acaso, y no por marca garantizada. Que solo entonces puede un Nosotros saber a nuestros labios y no a sucedáneo y simulacro saborizante. Como al exclamar con toda el alma y la amargura y la rabia y la esperanza de un alma una sola y mesurada palabra, la misma que mi abuela usaba al compás de una zapatilla vieja, “¡mequetrefe!…. ¡con lo que nos ha costado preparar todo esto!….”: no rompas lo que ni entiendes ni podrías arreglar solo.

 

                       

 

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