Tango vida

¿Acaso hay frase que abrevie el llanto? ¿Que lo dilate en procesión de garabatos? Ese que nace debajo del aire, debajo del aliento, donde el cuerpo se encorva y se parte en un sollozo, seguro que algún nombre griego tiene.  Pero sus dos ojazos pegados a la colchoneta en la casa en sombras, eso no conoce nombre. Es igual. Lo llevaré a la playa antes de que muera. Lo llevaré al Monte, a ese Lugar donde Huele Todo, antes de que muera. Lo subiré y bajaré en brazos la escalera que yo hice, los nueve peldaños para que pueda cagar, mear, los infinitivos de la vida todos, antes de que muera. Las palabras, para el que aún se esconde por sobre el aire, por cima del aliento junto.  Ojalá tarde en desengañarse. De esos dos ojazos buscando en la sombra, buscándome aún, no hay quién que pueda

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Venir desde el otro lado del mar para hallar la felicidad en la tierra, tras media vida de putadas y abandonos, para perder la otra media de repente.  Parábola para el novelista predicador sin moraleja ¿Por qué?, pregunta de periodista para Dios. Ni hago relación ni hago preguntas, lloro por la casa en la tarde caída.

Haber hallado una manada tras tanta soledad amarrada a ese lugar oscuro bajo la pila. Una manada y unos palmos de tréboles bajo las dos palmeras. Donde jugar. Haber hallado un Nudo Malva y en su final una Mano, la mía, con quien medirse. En toda la extensión de la inocencia. Haber de morir sin más, ahora.

            No hago preguntas. Lloro por la casa a solas, injusto con los demás. Lloro por los ojos y por los labios, y aun perdidas ambas costumbres, lo primero es lo primero y se recuerda mejor.

            Como recuerda el cuerpo. Se está quedando en los huesos, que es decir en la memoria. Anda, porque un infinito de cuerpos anduvieron hasta el final. Sin preguntar por qué, adónde. Late, porque morder ya apenas puede, porque al latir parece que empujara aún un poco más eso que es el mundo: La Mañana y su Galleta, la deriva lenta del sol por la cornisa, las Baldosas Calientes en el lomo, luego el lento deslizarse entrándose las sombras. Y el retintín abollado de los platos, y la revolución en La Manada. La Manada. La Manada.

            No sé si lloro porque él la pierda o porque yo pasaré por este paisaje mismo sin horizonte y sin haberla encontrado.

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20 de Febrero, seis y media de la tarde según la hora de Dios. Hora de morir según los hombres.

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            Somos infieles y olvidamos, Tango. No sé cómo pudisteis venir a nosotros junto al fuego. ¿Y tú, que te asustabas de la estufa? Nos bailan las figuras huidizas, llameantes, hasta flamígeras y espléndidas, en alguna parte sin lugar y enseguida escapan. ¿Será por eso, por la caza a que salimos en su busca luego, tarde siempre? Pero tu sólo cazabas de espacio olor de maticas, maravillas desconocidas por el huerto: esto se llama tomillo, Tango, me lo enseñó a oler mi madre. Esto es romero y esto un mandarino, gran árbol amable para perros que nunca alcanzais a oler las copas. 

            Marcas esparcidas. En la grava aún quedan pisadas y cacas tuyas. En mis brazos aún puedo sentir amputado tu peso muerto, envuelto en la toalla, y vivo, todas esas veces antes. Las que ya oscurecían de dolor y las otras, las primeras, las que hinchado de abandono y de cadena no podías alzarte contigo hasta la furgoneta para el Paseo por el Gran Lugar con Árboles. Caballito caballote de qué ajedrez extraño, tu salto apenas alcanzaba a alzar las patazas de alante dos palmos del suelo. Con un ladrido y tus ojos radiantes, suficiente mensaje. En una botella rota por ningún mar de memoria.

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            La vida de don Eugenio de Puntafiera sería una apasionante novela, género espejo del alma contemporánea a cualquier momento, de no haber estado libre de espejos y sombras y momentos, por completo, en todo instante, y hoy, en ninguno, enteramente.    Don Eugenio era un fiero pitbull llamado Tango al que asustaban los aviones y las estufas de butano. Lo primero podría explicarse por su manera de llegar a esta tierra medio isla medio mar y nada del todo y todo a medias.Y lo segundo por alguna otra circunstancia, como todo lo de más.

Lo de menos, lo que se echa de menos, ya es otra cosa. Lo restante, que ya es otra cosa y a estas horas debe seguir envuelta en la toalla amarilla en una nevera de veterinario, en espera de un fuego distinto y no de butano, es lo que no admite explicación. Y lo que explica lo mísero de novelas y almas contemporáneas en todo momento, incluidos el ejecutivo y el legislativo: ése que dictamina raza peligrosa a cualquier modo de ser que a él le asuste excluyendo sin embargo a los espejos de cualquier pelaje.

            Don Eugenio era un fiero pitbull que ladraba a las estelas de aviones por el cielo, o al ruido, o a los que iban dentro. Tal vez por su modo de llegar a esta tierra medio todo medio nada. Ya no hay modo de saberlo contemporáneamente, pero tampoco antes, cuando extemporáneamente brotaba de un lugar sin dictaminar de la mañana un bramido como no lo tenían oido jamás las paredes de La Casa, ni las orejas de La Manada. Acaso ladraba al cielo, acaso a esa arrogancia jactanciosa que no le dejaba escuchar lo azul. Cuando se ha vivido  encadenado bajo una pila, un motor a reacción puede provocar esas reacciones motoras; salvo quizás a pasajeros definitivos y ejecutivos que lleven años ejecutándose bajo falsos techos sin que los aten cadenas falsas a la mesa y sin ver el cielo, que ésos se los llevan puestos cuando tienen que cruzarlo por obligación.

            Don Eugenio sólo cruzó el cielo una vez, mas al parecer fue inolvidable. Aún se llamaba sólo Tango, porque la pila de referencia estaba situada en Méjico, que es decir contemporáneamente pero al siglo XVII cuando aún se escribía con letras romanas, o sea, cuando aún se escribía él a su modo, con verbo reflexivo, y no lo dictaminaban otros en símbolos algarábigos. Es decir, como se ladraba Tango en cielo, todo junto, apenas desembarcado en la cruel madre patria y antes de que ésta le diera, con el tiempo, sobrada explicación de su adjetivo.

            Probablemente el destino de Don Eugenio antes de ser nombrado fuera acabar en una pelea de perros. Atado bajo una pila y con las orejas recortadas, en Méjico y el ama lejos, probablemente. Sólo que vivir no es probable, la prueba es que una vez ocurrido no quedan pruebas, o sólo algunas difícilmente colegibles, pues de ordinario los sollozos sólo los entiende a solas y sin leer quien los emite, si acaso. Y palabras de memoria de tanto acaso, ni ése.

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            El aeropuerto de Barajas en día de huelga general no parece el mejor modo de aterrizar en la cruel madre patria. Un perro retrocolombino cruzando la mar océana drogado y entre nubes ya es pasaje harto inhabitual para funcionarios y operarios hartos en general, y aun así, del trabajo en particular. Pero sobre todo, un aeropuerto no es lugar para perros, sino para frases hechas cartelera llamativa y rótulo inconfundible. Sus diseñadores tienen previstas casi todas las incidencias del universo casiglobal, desde un parto de trillizos hasta una boda por poderes o un sepelio de equipaje ab intestato a pie de cinta. Aun bandadas de palomas y plagas de langostas se dan por protocolizadas, como otras periódicas invasiones animales cada mes de Agosto. Pero no la llegada de un fiero pitbull retrocolombino que ladra a los aviones, a un aeropuerto, en día de huelga general.

            En alguna parte de esas cajas enormes de concreto llenas de cajitas de plástico y cristal llenas de figuritas y olores a desodorantes, desinfectantes y destergentes debía de haber un diminuto transportinazo lleno de pitbull hambriento, y sediento, y sedado, y cabreado por el sedante, que es el principal efecto de los sedantes que son efecto del protoculo de retroembarque para perros retrocolombinos, que exige del sedante que se de antes de estar seis horas antes dentro de una caja para admitirla luego en otra caja enorme que cruje y rechina durante horas, y sin rechistar. ¿Entiende lo que le digo, camarada, no le parece que huelgan las palabras? No, el compañero huelguista no sabía si habían llegado vuelos o carabelas de Tenochtitlán, ni si estaba autorizado por la lógica antiautoritaria para informar o no de su ignorancia puntual o habitual, ni mucho menos del protocolo a seguir un día laborable con un animal de raza peligrosa que no guarda los protocolos un día de huelga general. 

            En su defecto había, eso sí, indicadores icónicos de casi todo el repertorio del génesis: regaderas que querían decir ducha pero se confundían, por el vapor, ¿o quizás se avecinaban chubascos en el interior de las cajitas enormes donde había una caja con un pitbull cabreado y sin mear en alguna parte? Los había amarillos y negros, con dibujos de aviones inclinados de un lado e inclinados del otro, de crucigramas con ruedas, de búhos con faros, de maletas en una estantería, de tazas de café con emanaciones o pantanos con asa. Y aun alguno había de perros tachados, y otro de perros enseñando a alguien una regadera –invisibles ambos, pero se suponían- que llevarían entre las patas traseras. Pero nada, ni trazo de una cajita con un fiero pitbull hambriento y sediento y sedado y cabreado dentro. Paneles y carteles indicaban la inminente cancelación del capitalismo y varios vuelos. Pero en alguna parte debía de… en fin, no hace falta extenderse como se extendió quien buscaba largo y tendido por toda la extensión superficial de las cajitas 1, 2, 3 y 4 a Don Eugenio catecúmeno, que aún estaba por bautizar.

            Para lo que no estaba era para guasas, ni cartelitos, ni indicadores interactivos de huelga de interactividad, ni llamadas desesperadas  por el móvil, ni consultas en internet. Así es que en algún momento del día laboral no computable, de alguna parte del espacio funcional por antonomasia, a través de cajitas y ambientes a personalizar y sensibilidades a no ofender y preferencias étnicas a respetar, llegó sin respetar normas ni paneles un ladrido de otra etnia. No una versión zip para caniches, no un ladrido parlamentario, de ésos que substituyen cualidad por cantidad y basan su singularidad intransferible en la reiteración colectiva, el célebre guau guau guau. No. Al decir un ladrido no se trata de un determinado artículo indeterminado, a aceptar por simple mayoría. Sino de un numeral. Algo llegó, era uno en junto, y sin precisar más precisiones, eso uno era Ladrido. El Ladrido. Resonando y retumbando y rebotando por los fondos de las inmensas cavernas platónicas con carros alados volando hacia sus puertas de no embarque usted, que hay huelga. Venido de alguna parte, esa sí indeterminada entre tanta indicación y tanta sordina de paneles diferenciantes y espacios diferenciados. De donde aquello viniera, allá se hallaría el ignoto Don Eugenio, con transportinazo y ama adjunta. Si quisiera repetirlo usted, ¿le molesto con  un ladridito?… pero quiá, la encarnación de la idea no puede darse en el mundo tan a menudo, parece que viniera de por UORF. Del otro lado del cristal deslustrado de aquel penúltimo rincón de dependencia, al extremo del piso o perdón nivel inmediatamente superior al que a la sazón sustentaba la búsqueda y al buscador con un simulacro sensorial de café a un precio ideal. De ahí, de ahí sale.

            Y tanto. Y Tango. Y tanto Tango junto capaz de abrirse solo, con un ladrido sólo, paso entre iconos y rayas de colores y paneles invisibles que no hay que traspasar, paso a su figura literal entre tanta palabrería figurada en figuritas para mejor compresión entre los pueblos y razas del mundo, salvo una. Potencialmente peligrosa en vez de peligrosamente real. De aquí, de Aquí sale el Ladrido.

Y tanto. Y Tango. Y tan así fué que, alcanzando el inminente transportista este lado del cristal, al son de aquel bramido los muros del Jericó de diseño acabaron de estremecerse y cedieron a la emoción, corrióse un entrepaño de gusto o por el susto, y convenció el prodigio aun a los más descreídos de que Dios es justo y más vale abrirle puertas a quien hambriento y sediento, y aun sedado, parece poder abrirse solo la de su celda en cualquier momento. Bienvenida a España, señora y compañía,  y váyase de aquí con Eso cuanto antes. Muá, muá, menuda mierda, vámonos a casa.

            El primer paseo que el transportista dió a don Eugenio también fue metido en una caja. Por un largo pasillo, e inhóspito, e inodoro. Dentro de aquello descomunal, que por dos veces se volcó y consigo al transportinazo, algo blanco y marrón y grande, muy grande, rebullía de espacio, confuso. En torno a dos ojos. ¿Seguro que cabrá en la furgoneta? Seguro. Vámonos a La Casa. Que cuanto antes lleguemos antes sacaremos a los otros del hospicio, no se vayan a creer que los han devuelto al principio. ¿Otros…? ¿Uoo..oof?

            Porque en el principio fueron la soledad y el encierro, y un interminable zumbido y raro alrededor, por toda la oscuridad movediza. Ya estamos fuera, ¿qué tal si paramos y sale a mear su nueva tierra?

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            No hago relación. Ni preguntas. Tú no has sucedido, Tango, al costado estás. Junto, Tango. Y pausado te juntabas a la pierna. Fiero animal, raza peligrosa, desobedeciendo la orden preventiva si acaso para olisquear un pasmo verde entre las piedras, Camino del Monte. No importa que tus primos se hayan perdido al galope barranca arriba hace ya una eternidad. Tú no has sucedido ni sucederás, estás al costado. Junto. Junto a Tristán y Nui hasta hace unas horas. Junto a Frida y Mico ahora, o nunca. Junto a nosotros los raros, los partidos que siempre vamos estando y nos vamos yendo a la vez en dos partes, como a los pinos dos perros, uno blanco y otra negra, junto a esta vez de las piernas, dos, de mi nosotros siempre. Junto pelo, junto calor, junto peso. Junto Tango. Ovillo de pieles y manos y patas y mangas sucias junto a la estufa, no chupes Eso que es sucio y mata. Junto al tiempo rasgado al fin con rasgos, una cara al fin el día en redondel de gestos consabidos,  de manada, que van y vuelven, juntos: el de La Mañana sesteo y zumbar de moscas; el de acudir ante la Alta Mesa a barrer pelusas con el rabo, hay que colaborar en La Casa, al sonar las campanillas del noticiero para anunciar sucesos y el ladrido carillón de Tristán para corroborar las nueve; el de revuelo desplegado en abanicos de nervios y latón entre Los Muebles al entrechocar la tarde con el fin de las raras herramientas y las manos de quitaipón, el clong de la puerta del taller y la Rifa de las Galletas; el de la estufa de la noche que al fin, al fin del día, ya no asusta. Correr del sol al fin con rostro. Junto a nada, junto en La Manada, nada y ninguno puede sucederte. Junto en nombre, Tango.

Como nadie podía adelantarte. Ni Tristán lo enigmático podenco con su sexo que ya no descubrirás. Ni la Nui en su vaivén entre lo humano y lo perra en junto, en paseo y en caricia en dos partes a la vez. Ni las sombras de fantasmas que habitan en ese raro bosque de las voces y parece que anticipan conejos y sucesos antes de que lleguen. Salvo a tí. Nadie podía adelantarte, como sucederte. No en tu vertiginosa calma descubriendo mata a mata, hoja por hoja y diente por diente de león, y jara, y pinaza húmeda,  el nuevo mundo. Junto al Mediterráneo. Sin hacer relación del Suceso único y solo, singular, continental: estar, junto. Las hambres, las sedes de la pila y la cadena y la soledad, del sofá y del patio bajo el humo perpetuo de Tenochtitlán en la hora de la ruina humana, todo lo estado y lo pasado, los estados mejicanos unidos en tu estar. Junto Tango. Don Eugenio de Puntafiera, el nunca adelantado real, en la Nueva España.

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            Tango ladra a los aviones. La medicina trata de sanar enfermedades. Las palabras quieren decir. Hoy el cielo está en silencio y luz.

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            Tango pisó por vez primera la tierra peninsular de su tumba en una gasolinera de autovía. Más bien en los aledaños, por la costumbre peninsular de echar sobre todo una buena capa de algo que llaman concreto y todo lo tapa. Los asuntos, las obligaciones a que hay que ir, el grano al que también y más aprisa, la vida que sigue, el no somos nadie y otras concreciones del difuminado, atmósfera característica de la gran pintura española que retrata el alma de su barroco o viceversa. Había, en lo concreto, un remolque cargado de muchos cerdos y un hombre, todos bajo una misma farola. Rayas de otro gris distinto en el suelo. Una pared de ésas con agujeros, de palitos fríos y cruzados y todos iguales entre cuatro de las cuales  suelen vivir los perros, pero sólo una, y sin tirón en el cuello al acercarse. Y de repente, en uno de los agujeros de la valla, mucho más grande, tierra. Otra tierra.

¿A qué no huele  esto? Ni a plástico ni a desinfectante. ¿A qué no suena? Desde luego, a ese zumbido interminable dentro de una caja dentro de un tubo con sacudidas durante horas no. El transportista no dejaba de mirar su cuello mientras aquella aspiradora con pintas de belfo palpaba palmo a palmo la tierra del nuevo mundo en busca de mata apropiada hasta hallarla y alzar la pata. ¿Era de Rosales, lo del estandarte en la playa con muchos monos vestidos y al fondo una barca sin cerdos? Pero ese cuello es de Miguel Angel. Y con Eso dentado al final. Como mordiere, adiós cataplines cataplún. El transportista, por el momento, ciertamente delicado, se asía a la distancia de una correa como un Pinzón a su carabela. Tras el ladrido que abrió de par en par los muros del Jericó aeroportuario, Se comprende. Lástima que Se nunca tenga perro. Sino certezas en concreto, como cerdos en camión.

            Remató aquella primera entrada en la tierra no haberse hallado mordiscos de caníbales, sino un par de bocadillos acordeonados, por el envoltorio, al amor de otra farola distinta a la de los cerdos con remolque. El ama vieja vuelta, los pies olorosos del transportista recién aparecido, ruido de envoltorio ñam. Bastante atractivo considerando lo pasado, ponderó el recién llegado, y para indicar con suficiente claridad su disposición a participar se detuvo en donde estaba. Ni patitaza levantada, ni meneo de rabo, ni acercamientos mínimos a hurtadillas clamorosas restregando culo en lo concreto. Estar. Junto.  Razón suficiente en lo concreto, y sin que Leibniz viajara en el camión o regentara la gasolinera. Principio de la identidad de Don Eugenio entre lo indiscernible de aquella primera noche en esta tierra.

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            Habra sido por conocernos de maduros tirando a pochos, o por designio estelar, pero dolor e inesperanza vencidos entraron juntos junto con Tango junto sin alharacas en casa. Lo contrario de Nui, que llegó manojito de ojos en un trozo de noche y desde entonces va, y viene, y mira, he ido y he venido, me voy a ver si he venido, ya estoy aquí, que sí, que me había ido, eso era un pájaro ahora vengo ahivá la nube, por dónde va, por dónde iba, voy a ver y enseguida vengo. Pero cuando Tango junto entró, La Casa se llenó de espacio sin prisas.

            O por haber venido Nui por la muerta Frida, o por llegar Don Eugenio de dolores aun peor que pasados, imaginados. O por cualquier otra razón de simétricas contrariedades,  tan moñoña en plano como todas las razones y los cuartos de daño. No hemos tenido infancia junta, mocedades locas junto, ni las trastadas del pis y las alfombras ni las fugas galopantes por la vecindad hemos tenido en junto, en nuestro junto. Don Eugenio llegó viejo y jodido de adentros y de esperanzas, tal vez por eso entró tan de espacio sin prisas y se quedó sin alharacas en esta casa, que por ser nada más una casa bajo el cielo en algún lugar con matas era, sin duda de ningún género humano, La Casa. La Casa de su vida en bajada. Del otro mundo nuevo en éste viejo, del nuevo mundo del revés y la cadena y la mala suerte al viejo del derecho y el templo y la palmera y la mala suerte.

            Cuando Tango junto entró en casa se llenó. De espacio, de colchonetas, de ojos. Pero es que en Méjico me lo van a matar, pero es que no hay traducciones, andamos muy justos, no podemos permitirnos, con una manta en el suelo vale, total, está acostumbrado, en el patio de atrás, que hay valla, que tiene que estar encerrado, que lo dice la ley, que se apañe con lo que hay. A los pocos días de entrar Tango junto en casa entraba en casa una colchoneta muy pipiola con su Piolín imperial y que Dios salve a la reina y al código penal, se le nota que pasa frío, claro, viniendo de Allá, que duerma con los otros de momento sólo, por ahí ha de estar una manta vieja que, este plato le vendrá mejor, que es grande y. Destituída de su futuro de colchón, la archimanta de envolver océanos y reactores quedó arrumbada en el trastero del patio de atrás, junto con el transportinazo obligatorio para fieras voladoras, y con el trastero, y la valla legal, y el patio de atrás, y la idea de domiciliarlo junto pero no tanto.

La colchoneta de Piolín duró lo que el amor a la verdad en cuanto se aplican patas de verdad a la indagación de lo verdadero, que está debajo y es más duro. En concreto, el piolín se rompe y a la borra esparcida se le llama cultura o qué putada, Tango, que estaba nueva, eso no se hace. Tabú y tot hem fet la mateixa cosa, en sí o fuera de sí, alguna vez rota en jirones. Total, La Casa se llenó de restos de totalidades piolinas e imperiales empaquetados juntos en el interior de la funda más resistente, la sintética, a barullo y a posteriori;  la más vieja, la que no llevaba ninguna palabra escrita, ningún icono, la que persistía en junto con sólo un desgarrón insuperable en el costado y por eso arrumbada en el trastero. Más o menos a esa altura de proceso de interiorización cultural, el cabezón triceratópico de Don Eugenio que ya estaba bautizado cursó la orden de admisión del desencanto con lo substante y aceptación de superficiales absurdos remendados, sólo por venir de La Manada. Y en adelante se limitó a recordar, no que él lo buscara, sino lo que buscara debajo y dentro. Eso sí, su par de lentas rotaciones en torno al ojo del culo antes de acostarse, con esqueleto de gesto de cavar antes de acostarse, ya no se lo quitó nadie sino la muerte en ciernes.

 

            Tango lo hacía todo de espacio. Enseguida se hizo patente que vivía en un universo paralelo al de Tristán, el podenco élfico. En la salida postrera del Día para el homenaje urinario a cada nuevo cumplimiento del orden planetario, apenas estaba poniendo el pie Don Eugenio en el octavo de los nueve escalones que llevan abajo, a la tierra, cuando ya Tristán volvía al trote airoso rozando apenas maticas y peldaños rumbo a la consagración de la Galleta. Que debía dilatarse por esperarle a él y su corpachón, como todos los horarios y costumbres de La Manada. Aun Las Gatas, esa estelar redondez autorrotatoria del reino animal,  acabaron haciéndole en sus manías un ampliado hueco, que a su escala debía de resultar inmenso vacío intergaláctico, al pausado desplazarse su cabezón entre los tiempos ajenos y sus olorosas novedades. Silencioso, inquietante, hasta ominoso tal vez, ese lento paso a paso silababeado como un conjuro o una kata de ignotas artes marciales y temibles. En verdad Don Eugenio no quería romper nada de este sitio tan lleno de todo junto, y tan desconocido. Pero ser grande y fuerte en silencio, y más si se es de espacio, lleva a sentir por fuerza amenaza; lo pone en todos los manuales de filósofo y otras colchonetas destrozadas.

            Con Nui no había problema, su universo era transversal a todos, entre los que iba y venía para comprobarlo a cada instante, que son esos agujeros de gusano con nombre latino tan interesante, me voy un momento a ver si voy y vuelvo, y enseguida vuelvo. Pero con Tristán era distinto. El postulado quinto de Euclides se hallaba en este caso situado, como casi siempre, entre las gráciles piernas traseras del elfo. Lo del sotorrabo de Nui estaba claro, era hembra y era un no paladino en lenguaje natural. Lo de Tristán era un enigma, paralelo sólo a sí mismo si es que no se adelantaba a galope hasta hacerse inalcanzable toda comparación, rayando ya en la velocidad de la luz sus ojos sin marquitas ni escalitas, que las subía de un salto todas. Tristán es y será por siempre transhumano transhumante. Pero Tango, encarnación voluminosa de lo sentido común,  jamás se había olido ni de lejos una proposición semejante, cuyo sentido se le hacía formalmente indecidible. Y sólo se le alcanzaba una manera de alcanzar la verdad, sólo que no se dejaba. Y medirse con tal vaivén inmóvil de tan instantáneo venía a ser como alcanzar la tierra fresca sustante bajo las colchonetas: imposible y molesto a la Manada.

Conque Tango fiero se ganó su nuevo nombre por igual manera que su mullido sintético de ruinas culturales, inventando manso el gesto correspondiente a lo que no le respondía. Y en adelante, a cada nuevo intento de penetrar la verdad, y a cada nueva refutación clamorosa en sobreagudos ladridos de tenorino castrato, seguía un pausado cambio de agujero a cualquiera practicable en las inmediaciones, desde la herida en el costado de la colchoneta a algún descuido en el revoco de algún ladrillo. Así nació a la colchoneta de los nombres que amortiguan lo duro Don Eugenio de Puntafiera. Que hasta el fin de sus nuestros días siguió fiel a la única máxima moral que nos salve acaso de moralistas y periodistas listas y demás istas. Dar cuerpo a la alegría de ser junto penetrando en uno mismo en cualquier caso, cosa y circunstancia, nombres aparte. Inclusas colchonetas rotuladas para amortiguar la verdad con arrullos de piolines.

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            Pero la valla más difícil de penetrar estaba a oscuras y en el cuarto de dormir el Hombre en que se había convertido el transportista, visto y olido que no era uno más de los bultos ruidosos que pasan, y comprobado que estaba para quedarse; ante todo, en la persistencia del hedor de sus otros pies, los de quitar y poner, tan atractiva, que examinó minuciosamente durante varias semanas en teniendo ocasión de entrar al cuarto antes de pronunciarse en tal sentido, el indubitable del olfato para la verdad. La valla más difícil estaba en el espacio pero además en lo otro, lo que no se huele y llaman tiempo; en la alcoba, detrás del paso estrecho, pero además en la noche: que de día nada pasaba como pasara a verificar un momentito su tesis, la persistencia del Hombre en lo hediondo de quitaipón.

            La valla más difícil de penetrar se llamaba miedo y la cruzó una noche. Como todo lo que hacía, de una vez por todas sin prisa y junta, de espacio. El Hombre desvelado e inerme, boca arriba bajo la tapa de oscuridad y edredón, creyó oir un roce por la parte de las botas, a los pies de la cama, embocando ya los dos pasos mal contados que lo separaban de la almohada en que posaba. El roce se deslizó por el canto de madera mudándose en aliento, ahí, junto a la cara. Que no se veía, como tampoco los dientes. Los de treinta y tantos kilos o toneladas de carne desconocida venida del otro lado del mundo que había metido en casa. Sin saber nada de ellos, a ciegas, sin haberlos visto menores correr tras su pelota o despatarrarse ofreciendo el vientre inerme, boca arriba, a oscuras con jadeo caliente ¿a cuánto de la oreja?, a dos pulsos frenéticos de las sienes como mucho, quizás menos, seguro que el miedo se huele en la oscuridad, los hombres ya no pero él aún sí, seguro, no te muevas, no te muevas que así será más rápido y dolerá menos, ¿y cómo alcanzo el machete sin alargar el brazo, por debajo de la almohada?, eso hace ruido, a lo mejor a lo yedai, no respires, ni pestañees, qué jilipollez, si no se ve un carajo, ni el suyo que debe de estar ahí, tras el jadeo y los dientes. Me está oliendo. Me está oliendo, ¿qué va a hacer? Fue una noche muy larga, aquellos treinta segundos o siglos en que el Hombre que fuera transportista se convirtió en el Amo del Tango junto: la primera persona en su conjugación sin más del tiempo.

            Desde la mañana siguiente los ojos, esos ojos redondos y limpios como ningún cielo, tenían un centro del universo al que mirar antes de un gesto, después de un gesto. Para orientarse en lo raro de este otro mundo que no se huele y que llaman tiempo. Si vamos a salir. Si el agujero de la manguera era para meterla o no. Si a paseo o al huerto. Si viene caricia por arriba de donde el morder o por atrás donde el menear contento. Desde la mañana siguiente esos dos cielos juntos en mirada empezaron a preparar este vacío inerme, sin aliento en lo oscuro, donde sólo puedo musitar palabras sin después.

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Todo empezó a acabar hace una eternidad, mes y medio, lo infranqueable. A mitad de la bajada de La Cuesta, donde hay que colocar las patas una por una entre los cantos lavados para no acabar como ellos rodando. A mitad del Regreso a Casa de todo junto, la manada, el sol, las formas de cosas al estar en sombra, don Eugenio se sentó. Al final de la correa que aun aquí le ataba, perro peligroso y convecinos rencorosos más,  pero que aquí era jolgorio y ladrido monosílabo y pesada corveta de cachalote, perro jubiloso dispónese al Paseo, don Eugenio se sentó. Sin mirar arriba, buscando ojos ningunos entre las piedras. La cabeza baja, caído el cuello apenas nada, una eternidad, lo infranqueable. Hasta aquí hemos llegado. La estupidez del amo nunca despacio, nunca mirando, siempre buscando hilos de araña con lo que ya no esté, no había sabido ver hasta ese instante. La estupidez del largo sueño de palabras cayó a plomo vertiginosa en la cuenta y en las piedras de la cuesta. No remolonea don Eugenio por prolongar El Paseo y el sol tangente, y los romeros ahondados de sombras, despacio. Se duele. Y don Eugenio no hace figuras, siempre va piano y lontano porque va de espacio en espacio sin extraviarse en meteóricos floreos de esquivas y hallazgos a través del laberinto, como Tristán.  Don Eugenio ni siquiera tiende cómos de araña entre dos pasos. Está, junto, en el que da. Y ya no da uno más. En mitad de la Cuesta. Aquí me quedo.

            Todo empezó a acabarse hace una eternidad, a un paso de aquí. Que no puede darse despacio, ni a tiempo. Por supuesto vino luego lo de darle nombres griegos al mal, al mal tiempo, a la buena cara que ofrece el asunto, y a la mala, darle nombres químicos al medio de remedio y omitir los castellanos para el otro medio: morirse sin vuelta de hoja, nube, oro en ciernes del aire entre los pinos, gloria rasante sin relojes entre la pinaza, la arcilla reseca y las basuras, testimonio del paso del hombre por el mundo fin de semana. Hace una eternidad, a un paso de aquí, inalcanzable desde el manicomio de renglones intenciones y autovías que llevan a parte alguna por todas partes, a toda parte por alguna, o viceversa, o según siguientes segundos seguidos. Inalcanzable porque hay un hueco cabezón, un perfil de silencio fiero con orejas alzadas puntiagudas, plantado en mitad de las palabras rodadas. Esperando la Galleta.

            Pero ese sol se ha puesto.

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            Lo del Nudo Cojonudo era de esperar. Entre un pitbull y un oscense, la viga ha de pasar de través hasta la iglesia de Calatorao, ridiós, a Zaragoza o al charco. Fue una tierna escalada de violencia, de ésas que son de prever y legislar entre dos razas potencialmente peligrosas. Primero el toma palito, nene, hay que decir que sin convicción alguna; de borrarla ya se habían encargado durante largos años Tristán y su desdén, al palito que le den, habiendo gallinas y conejos en la vecindad. A más de que el palito, de ordinario algún resto de tronco de calibre demasiado para la trituradora, le duraba entre sus fieros maxilares y el brillo dulce de sus ojos lo que tarda en persignarse un cura loco, por seguir con estampas desvaídas, perdón, entrañables, del campo aragonés.

            Luego, a poco de su aterrizaje en la cruel madre patria parcela 28, al fondo del mediterráneo conquense a la derecha, el mocito de un vecino que gustaba de disfrutar la paz de los montes tendidos al sol entre algarrobos a lomos de un estruendo con dos ruedas pinchó una. O sería un algarrobo que molesto en su siesta secular le encargó la faena a una aliaga sicaria. Y conforme a la secular costumbre del lugar, cambiada que fué la rueda se dejó la vieja en el lugar de los hechos, seguramente con fines de enseñanza moral a futuras generaciones, de aliagas, para que aprendan. Y héte aquí, allí entre las aliagas, una llanta vieja. Táte, ésta es la mía, ya no la del vecino. Tras tal declaración de cambio de titular pasó luego el negro redondel a ser ahorcado por la tangente, una cualquiera de sus infinitas, de uno de los cuerpos de Oliverio Trinitario, el repartido olivo que se manifestaba a los mortales en tres epifanías distintas a lo largo y ancho del huerto. Concretamente en la más alejada de La Casa, junto al charco de las cañas, de una rama baja para empezar. Porque necesitas ir haciendo ejercicio poco a poco, Tangote, que has llegado tocinete como un chancho a atestiguar la pluralidad y riqueza idiomática de las Españas, riau, a ver si lo alcanzas, miau, dijo la gata Rita, y dando el culo alejóse indiferente. Testaduros, no se sacarán partido. Machos. Voy a arreglarme a mi atalaya. Venga, Tango, que saltes un poco. Mira cómo cumple tu rueda las leyes de Foucault al final de su soga. 

            Una vez saltó. Eso es cierto. Y la agarró, eso también. Ahora, que la idea de perseguir un movimiento ordenado entre apariencias caóticas a modo de gimnasia intelectual no debió estimarla muy fecunda, pudiendo traer a tierra mucho más cómoda y tumbada neumático, soga y rama, todo junto de una vez, y de seguir jalando, acaso hasta el Oliverio entero. Fin del experimento, no del empeño. Machos, voy a arreglarme a mi cestilla. Miau.

            Cambio de estrategia cognitiva. Integremos pues a este renuente con su judaica obstinación en el vigente paradigma lúdico: toma, Tango, Tristán, Nui, ¡pelota!, ¿dónde está?, ¡trae, pelota! Donde se demuestra que la reducción al monosílabo anglosajón no garantiza al lenguaje el acceso al conocimiento, y menos, al de complejas relaciones. Como la existente entre el Podenco élfico, el prolongado gemir de la Pelota que hace piii lanzada por los aires, el morderla subsecuente de Tristán siguiendo la prosodia de las palabras del Amo, ¿cómo que pí?, pípi pi pí, ¿cómo que pí?, pípi pi pí, y el no menos prolongado discurrir de años de tan raro juego. Si el sonido no se muerde. Inspeccionemos, ¿me permite, don Tristán?, ¿le molesto con una mordidita?

            Como previera la ley, un pitbull juguetón es en efecto una raza potencialmente peligrosa, ya que puede ahogarse con una pelota antes de verificar que ni siquiera él la digiere. Fin del experimento, y de la pelota. Pero no de la testadurez, machos, me voy a la peluquería a cardarme un poco entre los cardillos, valga lo que valga su redundancia en el empeño. Que pasó, era de prever desde luego, a considerar crucial la cuestión del tamaño en tales juegos de amor. Así, por igual procedimiento moral que el neumático llegó a La Casa un pelotón, ya no pelota, que hacía ya no pí, sino poff y una vez sólo; un balón de reglamento viejo, de cuando se usaban esa expresión y reglamentos, reventado de una vez por todas antes de encontrarlo entre jaras y cascotes del idílico bosque mediterráneo. Conque ¿dónde está la gracia entonces? Que se lo enseñara reculando con un gruñido aterrador que chorreaba por los resquicios dentales restantes junto con su apéndice babario, ése fue el indicio heurístico decisivo en esta investigación. Tirar, se trata de tirar, ¿pero serás ceneque?, ¿que otra cosa querrías hacer tú con tal molino entre los labios?

Y así llegó finalmente a haber sido de esperar desde el principio, desde luego, lo del Nudo Cojonudo. La reconstrucción racional de la historia real de la investigación es desde luego, desde su principio rector, apócrifa como el color malva que jamás tienen las sogas de suyo. Pero hacía juego con la colchoneta ecléctica y la historia de Gordio y Alejandro. Magno y gordo, y cabezota, si seré idiota, pues toma Nudo, ¡cojonudo!, con éste sí que no puedes. Tira, Tango, tira, a que no me tiras. No contaba el investigador con la cooperación intraespecífica, o sea repartirse el trabajo, por ejemplo, para no estar inventando un idioma a cada momento. Ni siquiera Tristán el duende, rayano en humano, habría podido prever desde luego lo que se vió desde el principio: esa clase de visiones sintéticas y malvas parecen estar reservadas a hembras y colchonetas, que al primer vistazo advierten correspondencias insensatas que llevan a ningún sitio. Qué bien te sienta ese color, Nudo mío de don Eugenio, pareces a la vez colchoneta y pelota que hace pí, o piru piru. Ergo guof, hay proporción directa, este malva de estirar será a jugar con el Gordo guof como el malva que hace pi es guof guof a jugar con el Flacucho, q.e.d. Y ni corta ni perezosa sino culona y nerviosa se puso Nui sin tardanza ni mediar palabra, guof, a adaptar la Circunstancia al Juego y no a la inversa, o como diría un teórico de sistemas, brincó sin dilación en una metáfora malva. En un salto sin red del Nudo lanzado al aire para atraparlo al caer. Guof?… Eso produjo un leve rebullir en alguna parte del cabezón de Tango, para pasmo de toda epistemología aragonesa y en sus trece. Y más, cuando a la tercera o cuarta caída del Nudo Cojonudo con recogida al vuelo, en el paso obligado del baile que Nui bailaba sola, del otro extremo de la pista nudosa le salió pareja, y de un solo y breve megañisco Tango abrió y cerró la fosa dental de las Marianas. Con que quedó atrapado el uno de los extremos en aquel hermetismo sepulcral y tan contento, y el otro, encantadísimo de conocerle señor tirón qué bruto, habrá que empezar a rondar, que de frente me desgracia los empastes. Y así comenzó a bailarse según las crónicas a la redonda el tango de Tango y Nui, todo junto, con un Nudo Cojonudo en el centro. Quieto él y rotatorio, sin tirar apenas, tan pronto comprobó la relación de fuerzas orbitales y lo potencialmente peligroso de su ser centrípeto para los dientes centrifugados de ella, su pareja, que le hizo llegar la observación discreta con un escandaloso gemido analógico como no se oyera en el Belén de Herodes, ese rey que nunca fuera potencialmente peligroso para sus semejantes.

Y así comenzó a bailarse según las crónicas el tango de Tango y Nui, todo junto. Con un Nudo Cojonudo en el centro, y un ladrido distante y sobreagudo de protesta.

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            El nudo malva lleva casi una semana sobre la mesa del porche. Invisible para los sobrevivientes, o eso pretende la estupidez bienintencionada del desamado amo. Junto al balón reventado como reglamento de animales peligrosos y otros desechos.  La Manada ha vuelto a jugar a correr tras el piru piru que gime por el aire mientras cae. Nadie estorba en el escalón cimero el galope de regreso de Tristán triunfante. Conque no Se explica de qué protesta ahora parándose a ladrar tras dejar la pelota en ese punto en concreto. Lástima que Se no tenga en concreto perro, sino explicaciones.

            Inclusa la de por qué, la primera vez que ha vuelto a jugarse al juego del gemido por los aires en La Casa, no ha llevado Tristán al galope la pelota entre los dientes como solía escalero arriba hacia la casa. Sino con pausado trote hasta el rincón del lilo, donde vió enterrar las cenizas de Frida, para depositarla allí y quedarse inmóvil con el cuello bajo. Para perplejidad momentánea, claro, de Nui, parada en mitad del huerto mirando al uno y al otro extremo. Este juego no lo entiendo, voy a ver un momento si mejor me quedo donde estoy, y enseguida vengo.

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El cielo está gris como en Viena, en San Sebastián, en tantos nombres sin olor. Las cenizas de Tango vienen de su penúltimo paseo en una lata adornada con título de urna. De color malva. Hace meses, casi un año que no llovía. Sin adornos, la verdad es que ni el cielo ni nadie más llora. Lo he puesto fuera, en la mesa de la terraza que se ve la sierra, por si Se o las latas pudieran conservar por magia del nombre algo parecido a ojos. Sin pensar me he encontrado sacando la vieja urna de Frida y poniéndola a su lado. Uno necesita guías o una pata amiga en tierra extraña. Todo lo insensato que no se contempla en una ventanilla de clínica veterinaria, junto. En el lugar de los hechos. Junto a la mesa del porche junto.

            Las caras de las veterinarias tratando de expresar la pena que sienten o no, tanto da. No es el de actor oficio que frecuenten y nada se hace bien sin practicar. Sentir tampoco. Pero es que ese hombre es muy sentido, o comoquiera lo digan ahora si es que ahora tal cosa merece aún ser nombrada. En una palabra vieja como un balón de reglamentos en  desuso, quisieran querer acompañarme en el sentimiento, lo quieran o no, lo tenga o no el hombre sentido. Tranquilas, no pasa nada. Ni por la garganta, ni en verdad por el tiempo. No, no hace falta bolsa, me nos llevamos bajo el brazo. Ni a Tango ni a mí nos gusta dar molestias innecesarias, ya hay bastantes. Estamos bien, gracias. Es sólo que se hace aun más insoportable tanta palabra vana para perder el tiempo en vez de salvar sus restos.

Pero fué la mano de Eva, ausente en tal ceremonia, la que le dió muerte. Me alegro. Vino por deferencia, no le gusta dar muerte sino vida. Hacer trampa en inclinar el vaivén del péndulo en uno de los sentidos, al menos un poco, al menos un tiempo. Eva, madre de todos los mortales, en camiseta a pesar del relente de la noche. En un porche apenas iluminado enmedio de una ladera en mitad de la noche acampada hasta la sierra. La lucecilla amarilla. Tres siluetas de monos agachadas en torno a algo, apenas tres minutos. Yo lo llevé en brazos. Y Eva se fue con él en el maletero, envuelto en la toalla amarilla. Último jirón de lo colorido, lo condolido. Junto Tango dentro.  Día primero. Día postrero.

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            Como mueren los perros sucede estar. Sin sucesor, sin progenie. Sin indicación. Ella delante, ante sus ojos, buscando sus ojos, mirando, llorando luego por no haber sabido ver el Instante no indicado. Sintiendo culpa por seguir mirando a un vivo estando muerto. Estando, muerto. Estando algo, ya no nombre. Eva al costado, haciendo. Ejecutando. Yo a su espalda, contra su espalda tendido, sin apretar, sin asir; en lo invisible extendido, tapando, cubriendo, a más no poder. No por notar, lo juro, me lo juro, ante mí, que no me queda otra. Por hacérnosle notársenos. O algo así. Aún algo suyo aún en lo piel aún. O lo algo así. En el Instante nunca indicado. El venerable tránsito del castellano cuando era vivir transido y no en el Estado de la Transición, de lengua hiena fisgando vana en lo inminente ajeno con apropiado término de vuelta. Cuando se sabía ir todo ir al cabo a ninguna parte. A más no poder, sino estar. Sin nombre.

            Contar la vida de un perro es demasiado fácil, sin interés. Como la de un paisaje. No hay intriga. No hay argumento. No hay señor y señora Brown (salvo para su perro). De haber protagonistas serían alegorías, parábolas: Soledad, Amor, Temor, chorradas. Ya Se sabe: proyecciones fantasmáticas, usurpaciones de palabra, vomitivos monólogos de poeta en prosa. Colaboracionismo en silenciamiento ajeno. Fascinación buscada del sinfín sin principios del que hacer confín nuestro de cada día, dénoslo hoy muriendo cualquier otro, y usted que lo vea. Cierto, para permitirse hablar como un fascista habría que saber morir como un perro.

            Sólo un requisito inexcusable se me ocurre, tantos años después de aquella frase, para permitirse hablar y obrar en nombre del mudo devenir y su inocencia que no va a ninguna parte. Saber morir como un perro junto. Junto en un nombre, junto en porche amarillento sin confín, tender aún la pata a quien te mata. Porque amar es aun más raro que vivir y en la duda, en la duda más honda y oscura y amarilla sin salida de locura,  lo primero es lo primero. Porque tras tantas cosas del otro que uno no entiende, manos de piel de quitaipón, pises que no se hacen aquí sino allá, cadenas y correas al cuello y no abalanzarse sobre ese ruido intruso de motor que pasa siempre tan demasiado cerca, que te quiten la vida por tu bien tampoco es mucho más raro. Ojalá haya sido así para don Eugenio, que tendió como siempre cortés su pata a Eva sin rebullir.

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            No lo pretendo. Por fantasmas avenidas de palabras hay paseos a no dar, Tangote. Sólo quisiera poder hablarte aún, en ese raro idioma de intermedios entre sonido y tacto que acuñamos breve y sólo habrá tenido dos hablantes. Por los siglos de los siglos. Amén.

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            Y cómo protestaba Tristán el Viejo, en lo alto del Escalero, viendo bailar su tango junto a Tango y Nui hechos un nudo malva. Malva como el Bañador que aquel lejano otoño trajo él orgulloso y delicado entre los dientes de vuelta a casa tras una de sus fugas de mocedad con Frida. Con Frida payasete ajedrezado que aún no daba tanta lila atolondrada fuera de temporada, tanto nombre de paz a tanta ausencia con olor imborrable a labios nuestros. Ascendido a Harapo Malva y hasta a Jirón luego, rondó por el huerto durante años, recordado a veces entre su hocico ganzúa y mi mano a falta de nadie más para tal juego. Pero a Tristán el Duende nunca le han gustado la prosa del tirón y el mordisco por el sitio tanto como el salto repentino, meteórica incursión y fuga con botín entre los dientes. A más de que entre su ganzúa hocifina y la amoladora industrial de don Eugenio estaba más que claro dónde acabarían nudo cojonudo, soga malva, metafórico hocico y perlas dentales del poeta en toda síntesis didáctica de géneros y pelajes. El arte como sublime mímesis del Juego… me pregunto de quién protestará ahora, parado en lo alto del Escalero justo sub limes pero de qué, de cuál cósmica injusticia. Al parecer sólo le quedo como prosaico culpable de tanta ausencia yo.

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Correa azul. Transmisión de lo que es

aun más raro que la vida.

Atado corto,

véte a paseo, uni-

verso

todo junto.

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            Se empeña el tres en seguir saliendo del bombo de las galletas. En la rifa de las barritas de premio tras la comida. En la tómbola de la pena, la mejor de la verbena, rifamos la luna llena y esta tarde es para… para… para alguna de esas tres caras radiantes alzadas juntas. En ese ángulo imposible para cervicales humanas con que se alza la vista a Dios, al vacío o al milagro de la alegría. Tres vectores inclinados en subida, no para caer, contra la gravedad de las cosas, compensando lo torcido de órbitas y ojos, del plano general del rodaje planetario. Tres parábolas descritas cada una por dos series convergentes de ilusión, menguante, creciente, rifamos la luna llena en la tómbola de la pena y la pena es para… para. Una pirámide astronómica para observar lo más raro, más aun que la vida, allá arriba contra la bóveda estrellada de moscas contra el humo y la grasa acumuladas, el globo solar está roto y desmontado hace años. Para evitar males mayores, ja, como otros van a Lourdes. Que la bola celestial no se derrumbe sobre nuestras cabezas de repente, tres nombres distintos y un solo Son verdadero. Los mis perros, Suminosotros de Tebas, faraón plurientitario, yace aquí, en esta cantinela cancelada para evitar males mayores, desprendimientos de globos de cristal salobre sobre las galletas que hay que seguir rifando cada tarde. Aunque no tenga sentido para dos, aunque entre dos rifa y sorteo y suerte y providencia pierdan todo su sentido, que es regalar un nosotros por exclusión a lo par restante. Ser un nosotros,  perdedor pero no impar ni a solas, hermandad fugaz en la adversidad de broma porque se sabe, alzada la tangente mirada hacia lo alto, que la rifa sigue y al final hay para todos. Y final hay para todos.

            Pero la parte manual de la inteligencia funciona a oscuras, al tacto en el interior invisible de una caja de galletas o de soles, por la urgencia de rutina, la del morder, correr, engendrar, morir. Podría invocarse la luz en el globo roto de allá arriba, el cielo del cráneo, la sede de la inteligencia superior en las esferas grasientas. Podría hacerse la luz y contemplarse teórico el fondo galletario de la realidad. Y hasta numerarlo para contarlo, dicen, quienes le sobreviven para hacerlo. Pero la urgencia ordinaria, el orden habitual de lo urgente en que se habita entrelaza dedos e intelige galletas al tacto en el interior de una caja, sin mirar porque tres pares de ojos aguardan, seis series crecientes decrecientes como lunas vacillenas de ilusión titilante, vieneivá, se aproximan a la alineación sagrada. Aquella para la que se construyó, a mano, a contemplación, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, la pirámide de Suminosotros. Y la barrita es para….

            Pero la parte manual de la inteligencia no mira los muros de esta patria mía piramidal, oblicua de siempre y de hoy desmoronada, por  falta de una cara desplomada aunque nunca fuera aplomo. No en este trance, sino alzada por la tangente tangante de la ilusión. No en la Tómbola de la Pena donde se rifa alegría. Que hasta Don Eugenio perdía su aplomo de espacio siempre, y piafaba –como Tristán o casi-, y soltaba lastimeros gemibramidos –como Nui pero en barítono-, apretujando su corpachón como podía en el exiguo vértice que le tocaba en la base de la pirámide tierna y prieta, junto a la esquina azulejada del pozo. En el Manojo en que gestos y manías se prestaban y devolvían a crédito sincero, sin límite ni principio contable, testimoniando lo común de un alma. La del gran Suminosotros, descanse en paz.

            Pero la parte mano del entrelazarse funciona al tacto aun en la sombra. Y de la caja no siguen saliendo tres galletas en la palma juntas todas las veces sólo porque allá arriba, lejos en el cráneo de las palabras, alguna se acuerda a veces de musitar apenas la orden de soltar una justo a tiempo para que no emerja por la tapa a la luz, donde las faltas se vean y las ausencias se palpen. Porque se empeña lo tres en seguir saliendo del bombo de las galletas, en la tómbola de la pena, en lo adaptable del verso entero al medio entorno donde falta centro que se llama prosa y que da toda la razón a la teoría de la evolución, y que con su pan circunstancial sin galleta en el centro se lo coma. Porque el verso es cabezón como don Eugenio, y su métrica impar del aparearse, pertinaz como un tarugo oscense de granito negro. De esos que a veces con las torrenteras se desprenden de los cantiles en los Pirineos y quedan en mitad de un camino empapado para que dos perros lo encuentren, lo husmeeen, sigan su trote insaciable por el Paraíso en busca de asnos gruñones y libres, y el tercero no estuviera ni pueda estar ya nunca con ellos. Allí, donde el perro es perro y el hombre apenas, y el mundo una interminable serie convergente de pirámides arribajos y abarribas hasta donde la vista se pierde. Pero no la mano.

            Don Eugenio no conocerá las montañas de esta puta madre tierra, sinceramente mente sin cero ni principios de todos y de ninguno. No conocerá más que una, la minúscula y ridícula pirámide, si se compara, de cada tarde a las seis. La miniatura recordatoria de vértices y cumbres que regalaban en la rifa del para, para, para…. ¡Tango!, ¡bieeeen….! Y la siguiente barrita será para… para… Para.

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            Fiero pitbull devora funcionario nonagenario. Como era de esperar la noticia, no se produjo. Como es inesperanza cuando se está en estar, la realidad no se produce, sobreviene conduciéndose, malamente, por el patio bajo la palmera entre un brazo y un bastón. Izada, estibada y jalada peldaños del porche arriba, para desplomarse en el sillón de mimbre que, ése sí, fue producto y enviado por delante desde Madrid para esperarla en su acaecimiento a plomo, chico chico, cómo me cansa todo. Pero ¿y mi padre? Habrá que estar al tanto, no lo tire Tango sin querer. O no se le zampe sin querer media pierna asustado del bastón, que alguno habrá visto en alto, seguro, pero eso no se dice en alto ante los allegados. Vieja España de rancio abolengo escribanil devorada por caníbal de tierras bárbaras, Caupolicán uno Bankia cero, pueri semper docentes docent, et caetera.

            En realidad quien devoraba cuerpo y alma o sea sus presupuestos al último de los funcionarios filipinos eran los doscientos gatos solariegos de su hija, de pura cepa ibérica o ceporro todos. Encantadores vampiros malcriados, ellos sí que habían absorbido por ósmosis cultural la esencia de la Gran Manada Hispana, que inventen ellos figuras y mesuras para el amor, que en verdad es misterio sin medida y mío. Y lo demás, dámes y darétes, mayormente el don de mi presencia inapreciable a cambio (salvo por el hedor notorio a imborrable pis felino). Etcétera cantimpace o casi, huyendo del cual vertedero urbano con algún jirón de hogar restante – un sillón de mimbre orinado, una televisión en tres dimensiones gracias a la estalactítica añadida de mierda petrificada, y un ocupante nonagenario y arañado del antedicho sillón, imprescindible como estímulo disparador de la defecación o engañoso velo mayeútico del sunyata- huyedno del cual llegaba mohíno y cano el último funcionario hispano a tierras lejanas y terribles, pobladas de caníbales y fieros mordedores que pero ¿qué haces, Tango?

            Olfatear a un semejante. Otro que ya sólo está en estar, aunque a él le haya costado noventa años y doscientos un vampiros. Y sin más, ni tiempo para alarmarse, desplomarse a los pies del desplomado a sestearse junto mediodía al sol, junto tangabuelo sin más nieto que éste inesperado y breve a más de potencialmente peligroso.  Porque curiosamente, curiosa mentecuerpo espaciotiempo toda en junto, Tango se desplomaba en el exiguo hueco restante entre el sillón del desplomado y la gatera de vaivén en la pared del porche. No pasarán. Gatos por aquí, no pasarán. Heroica resistencia madrileña y esperpéntica al esperpento, resiste. Sabitonta tozudez de subsistir a toda costa entre la mierda, aquí llegan treinta kilos de fiero pitbull a socorrerte. Y eso sí es noticia que se produjera, producida e introducida en sociedad ya algo menos alarmada por palabras que hicieran relación de lo que eran acaeceres acaecidos a pares pero caídos juntos en el porche junto al sol.

            Tal vez fuera el olor a gato adherido al último vestigio calvo de la España de las adherencias incondicionales y los pleitos entre adherederos por el amor restante. Esa que, al otro lado de la mar océana y del tubo del ruido durante horas, persiste y ata bajo una pila con una cadena a la vida potencialmente peligrosa, como que está, y a otra cosa. O tal vez pero a la vez la misma, esa mañana al sol en el porche nuliversal del desplomarse, fuera que  Tango adoptó a mi padre de inmediato por grande y gordo y revestido de fiereza prestada para envolver el miedo prestado que envuelve el querer estar, junto, al que nadie prestó lo suficiente: atención, Tango se mueve, ¿qué vas a hacer? Estar, junto. Y de allí no se movía mañana a través, como mi padre.

            O no, y sería por cualquier otro salto en el vacío estar, todojunto, ¿quién puede seguir a una curiosa mente que no se sigue segunda de un segundo al siguiente? Algún atajo sin hache de hedor ha de haber en semejante nuliverso. Y tal vez pero a la vez la misma y ésta de ahora fuera por la presencia de ese hedor en ese preciso sitio, en el porche del júbilo y el brinco ladrado hacia la correa azul ese hedor  a muertegato, a hijaraña, a desplome irremediable e inocente del cobijo y la manada y lo poco que huele a bueno. El que envolvía a mi padre comido por los gatos instantes que se suceden y se heredan y se producen de sí mismos a sí mismos sin medida de sí ni no ni ni ni tampoco. Porque curiosamente Tango junto espacio y tiempo a través permanecía horas tumbado junto a los pies de mi padre desconocido junto al sitio en que de allí a poco ha muerto junto. Al borde de la escalera de su vida embajada. La de su minosotros junto.

O tal vez al sol pero a la vez la misma vez a la sombra fuera una cuya otra mitad calva aún está por llegar al Porche. Seguro que, cuando llegue, Tango estará allí tumbado, justo sobre el umbral injusto, y se levantará un momento para darle la bienvenida a mi padre, antes de desplomarse juntos.

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            He puesto el bote con lo que te dejaste aquí encima de los libros, Tango. Es  por mí, claro, mi lugar más ilustre de la casa. Tú ya sabías todo lo que hay que saber. Han vuelto el sol y las primeras mariposas, alguna nube pasa, pero nadie les ladra. Bueno, sí, pasa ese ladrido bronco en la casa de enfrente, al otro lado del barranco, el que te recuerda, pero iba para dos ciclistas. Yo también le ladraría a las nubes, son de temer esas presencias cuando se ha crecido atado bajo una pila de libros o de fregar.

            A menos que el contenido de la pila la equiparara además, por todo semejante, a la ley moral en el corazón del hombre. Entonces ni de ladrar te quedarían ganas. Lavar con restregones de otros los platos sucios de uno, enjugar uno los platos rotos de otro aunque se corte y sangre… es verdad: sólo el nombre de pila estrellada sobre la cabeza encadenada puede equipararse con justicia a la ley moral en el corazón de un montón de nombres rotos, o sucios, como colchonetas, o las dos cosas. En el centro de un nombre propio. Sujeto de sus actos, que son una pila, claro, por una cadena.

            Hoy han vuelto las primeras mariposas y los domingueros de siempre, así como el sol. Pese a las apariencias nada encadena lo uno y lo otro. Pero a juzgar por el volumen de la radio que apenas deja oir la caricatura de tu ladrido, allende el barranco, ellos así lo creen. Para ellos se ha puesto ahí el sol que sale, para ellos salen las palabras de bocas ajenas, sucias o rotas, o ambas cosas a la vez. Te he puesto encima de los libros lo que te dejaste aquí. Ya sé que no los escribieron para tí, ni tú los esperabas. Nada encadena la cadena de lomos rotulados debajo, como un horizonte roto, y lo que queda del tuyo encima. De cadenas y sujetos tú y yo ya hubimos bastante. Eso nos hacía un tangojunto. En aquella vez. Cuando vuelven las primeras mariposas y el sol sale y el nombre propio es hoy.

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            Y está el que nunca he sabido consolarla a Ella. Ese nombre impropio que penan las legislaciones y maldicen los bienintencionados militantes y los diccionarios esconden como la muerte, en griego, llamándolo prostitución. Tristán el Duende, Tristán el Viejo, sí que lo entiende. Él ya ha conocido al menos tres Ellas, más visitas ocasionales en que el pronombre se extiende como el hocico por similitud hasta la galleta: ella, Tris, ella. Y Tristán lo entiende perfectamente: ella es lo que no soy yo pero también da galleta y acaricia el lomo, además de enfadarse de otra manera y de ordinario con menos escandalera macho.

            ¿Y qué le cuento a Ella  por teléfono sin tacto de tu nuestrausencia? Que la espero para plantar lo que te dejaste aquí junto a Frida, bajo el lilero de mi abuelo. Que entretanto presides junto, aunque no revuelto, mi noche entre los libros de nadie y de quienquiera. Que con tu estar junto, otra vez que es a la vez aquélla, ella, la del siempre nunca, me has metido otra vez en esta danza de los dedos que figuran ruidos que quisieran recobrar figuras. De las manos que empujan hacia lo que no es yo, sino Ella, pero también da. ¡Yo no, Tango, Ella!, ¡véte a la palabra, que hoy te da la galleta Ella!

            Mas a diferencia de Tristán no acabó nunca don Eugenio de entender lo del pronombre que es un nombre pero luego y a unos pasos del Aquí. Porque nunca empezó. Quien no está, con quien no puedes estar, junto, Tango, no se llama Ella. Ni se llama siquiera, sino a tí. A un estar donde no puedes. Por eso yo, tan mono, tan exsimio prohombre siempre en ruta y en vísperas del nombre, de esa galleta que nunca llega, por eso yo no sé cómo consolarla de tí a ella, consolarte de ella a tí, te la consolarnos. Tengo, Tango, que mandártenos a Ella, la puta palabra.

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            Adiós, Tango. Me da miedo sólo decir la palabra.  Pero al otro lado del miedo hay un calor cabezón que estará esperando, siempre. Adiós, Tango. No me voy, es que hoy he notado en el paseo largo los primeros mordiscos de olvido. Tú no eras de monte arriba y aliaga sicaria a través. Siento decírtelo, porque sé que andar por entre las faldas de los mismísimos arcángeles no te habría puesto tanta gloria en los ojos como me buscarnos paso entre las matas o abrirlo a pecho toro descubierto, ¿cuál es la diferencia? En verdad en tu poema sin adornos se hace camino al andar por dondequiera que vayas.  Pero reconoce que a paso de Don Eugenio y uncido a una correa no es modo de perderse por tales andurriales y saltacabrales.  Hoy hemos ido andando sierra adentro, hasta el fondo del barranco que hay al fondo del barranco al final del camino corto, el que tú conociste. Pedregales arriba, esquivatomillos abajo a riesgo de narigotazo. Y por un momento hemos estado, manada, juntos, el Perro Blanco y la Perra Negra, sin tí.

            Adiós, Tango. No creo que tu bulto salga ya nunca de mi peso, tu macizo calor de mi estar, tu cabezón de la palma de mi mano. Si así fuera no dudes en gruñirme desde ahí, debajo del aire. Donde se comba el aliento y de golpe, hoy también, se rompe. Aparte de que a Nui no le haría nada bien seguir lamiendo tanta sal, y a Tristán le saldrían aún más verrugas de tanto contenerse y esperarme a cada revuelta por ser amable con mis tristuras. Así que ahí quieto, Tango, sienta. Muy bien, buen perro. Espérame, no creo que tarde.

 

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Pero siempre sigue. La enfermedad del aire siempre sigue. La humanidad prosigue, ¿cómo no va a ser hacia adelante, por donde se expulsa y destierra al aire proanunciado, proscrito en pos de un sentido prescrito o una causa? Por detrás se llama pedo, no lenguaje, y se está y se queda,  y se huele, y resta. Pero ahí la humanidad sumada no se resigue. Aunque el vómito y la prosa y la lejía  y la frase de fregar siempre regresen, ingresen en La Casa, congresen montoncitos de lo restante, para que así congregado pase a sobrante. Porque lo restante jamás progresa. No hay progreso donde las escobas barren mejor, en prosa, lo peludo restante de rabos que barrieran sin querer, de paso que estaban. A otra cosa, la del querer allá arriba, en la mesa de los dioses o los macarrones sobrantes. Restantes, para el que espera lo mejor de otro que él.

Por eso acompañan al progreso por doquier cerdas y palabras y bigotes de cepillo, mientras empujados de doquisieran pelos y rabos y babas de belfos restantes lo siguen por la fuerza y a regañadientes ya no, que ni están ya ni quedan en otras mandíbulas que las del tiempo. Esa llaga abierta en el estar junto. Esa enfermedad del aire de pro, que se prosigue. Cómo no. Y progresa y se produce, se propaga y se procobra y se promete y se prosaca de su cesto y su flautín encantador como una frase ondulante o un prosódico áspid de exóticos contornos, y una mierda. Aquí, bajo la estantería. Y otro resto de antibiótico devuelto a la babaridad restante, bajo la estufa.

Limpiando La Casa por encima. Por debajo, aquí, se nos respira en junto. Y te me nos ahondas más y más y te me vas metiéndonos, nombre, en la medida de todas las cosas. Ni en griego ni en porteño. Tan Tango como Protágoras. Protagonistas exagonistas de este ágora revuelto por tu mansa agonía sin vuelta. Vestigios de la única lucha inimpugnable. Por más vueltas que le den de acá para allá y viceversas prosas  escobas y palabras a tus restos sobrantes por La Casa. Por la restante.

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Tren de perros trinitarios va a efectuar su partida a la meada nocturna, píí, que me váis a tirar, cabrones, dejadme que abra la puerta. Y allá va, lanzada a lo oscuro sin redención bajo el costado de un cerro, La Manada. De aquí en adelante ya sólo podremos progresar, Tango. Ya sólo podré sacártenos a pasear por tus ojos estas raras avenidas de nieblas y fantasmas. Blanquinegras. Sin olores ni maticas. Algunos las llaman campos elíseos y les plantan asfódelos. Otros, renglones, y los usan para cultivar gamones. Al parecer le dan al cerdo ibérico en concreto un aroma a sinonimia patente que causa furor, aunque por igual son aires y se van en aires, sí, ya sé que es raro, lo mismo por delante o por detrás. Aquí todo es muy raro, como pasearnos juntos del nombre y no de la Mano Azul, larga y de quitaipón. Es lo que hay, restante. Algunos lo llaman realidad, otros Milocai, moco una isla de enfermos. Suena todo muy raro aquí, a saltos como Tristán, ya lo sé, no me pongas esa tu cara inclinada de ceñudo payaso perplejo. Que si te veo no puedo aguantarme la llantrisa. Además ya es hora y justo que te devuelva parte del favor y tú también me nos te asomes a la otra mitad del mundo por mis ojos.

Contigo aprendí con quién pueden bailarse los boleros. Y qué letras más raras pone el tiempo a sus canciones. Qué extrañas parejas, qué rimas ocultas forman universos. Cuánto último Tango principia cada instante. Contigo aprendo aún el paso en cada paso. Asomado por tus ojos todo el Esto se disgrega como un vómito sobrante y un mal sueño que hubo nunca. Rueda en sartas de aquíes pausados, cachazudos como tú que libres para acompañarse, repartidos en pasomano entre el rumbo y la manera, comienzan a mudar vertiginosos sin salirse del compás, del circulo minúsculo de un eco en embeleco, de un huerto muerto que el desvelo convierte en vela y puerto. No gruñas, ¿quién iba a seguirnos a este paso?, ni yo, tranquilo Tango, sin público, mas no privado. De nada, Tango, gracias de nada que por nada nacen, ¿a qué me pones esa cara de perplejo?, pues claro que sí, estamos volando. Otra vez, rumbo a otro mundo raro, sólo que ahora estás dentro. Sin ruido durante horas ni transportinazo ni mareo de pastillas contra el mareo. Estamos volando en lo eco hueco, Tango. Ya sé que es raro paseo, es el otro lado del que veías, donde me perdías, donde no me alcanzabas como a tus primos pero sin pinos, con ojos mates y paso de reloj y mano ausente. Es el otro lado del paisaje, Tango, el único al que hoy desde el hoy podré llevarte conmigo. Con tu migo nuestro de cada día. ¡Pero espérate que abra la puerta, gordo cabrón, que me vas a tirar!

 

Y allá va la Manada, lanzada en lo oscuro, bajo un costado de la Luna en su órbita sin redención. Ladrando todajunta al todojunto. ¿Pero a qué coño le ladras, Nui? Pues al suyo, claro. Nui le ladra asustada a su miedo que cada noche lanza un ladrido preventivo tan pronto se desdobla La Puerta en dos. Ahorrativa, que es el femenino de ansioso en prosa narrativa, así va ganando kilos de tiempo por lo que pueda venir. Y de Tristán todo está claro, siempre: ladra por amor al arte, la escapada con intriga, el esfumarse en la noche para volver con algún tesoro fecal entre los dientes, su estrepitoso trompetín es autobombo y prólogo dramático al lanzarse a lo oscuro, yo soy la noche que se recorre y enreda, y se enzarza y se explora y desenreda y se regresa triunfal consigo misma entre esos labios tan suaves tan sin dientes, se diría, de tal delicadeza con que transportan su sublime mierda. De generación en generación.

¿Pero y tú, don Eugenio? ¿A qué lanza su bramido tu Júpiter pausado, siempre después y detrás, siempre tarde aunque ya sea noche, a la retórica sombría de figuras irreales donde naranjos hubiera? ¿Es crítica amenaza al oscurantismo reinante, un ensayo de apocalipsis preventivo? Si traduzco que es mi oficio diría que dijera tu único ladrido “aquí se ladra”. Que simple mente constataras La Manada, de tan deseada, al solo modo en que puede hacerlo un cabezón renuente, encarnándola. ¿Y es eso ensayo, siendo función de un acto único sin vuelta?

Pero ésa no es la cosa. La cosa es que aquí, por esto vacíos andurriales sin olor donde te he traído al final, de repente a Don Eugenio le empiezan a salirnos gafas y barba y a cobrar aspecto de viejo mono masturbándose con sombras ni prestadas siquiera, regaladas. La cosa es que aquí en la noche hueca se pasa de la raya oscura, incierta como el paradero de Tristán cagante en los laureles, entre dar voz a otro y hablar por él. La clase de mierda propia que Tristán nunca trae de vuelta de la noche.

Conque otra vez gracias, Tango junto. No me volveremos a verte por aquí. Hay paseos a no dar entre las sombras. Gracias por estar, junto en carne de memoria, conmigo.

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