HORA DE DIOS

El viernes anochecía a las seis. A las cinco, ir recogiendo la herramienta, preparar el riego y subir a casa a preparar la comida de los animales. Eso conlleva empezar a trabajar  no más tarde de las tres, porque no vale la pena preparar el tajo y la herramienta para menos de dos horas, y menos dejarla ahí ahora que andan robando desaprensivos por esos campos de Dios o del catastro. Conque el viernes se comía a la una, para no currar con pereza de tripa llena, y por ende, el cerebro mañanero debía irse apaciguando hacia mediodía, ya que a la velocidad de las palabras suelen salir mal los guisos y desportillarse en las pilas las vajillas. Por todo lo cual el viernes era preciso levantarse al amanecer del sol, ya que aun menos vale la pena preparar el patinaje de los cerebros por las palabras para menos de un par de horas, y más ahora que los andan robando desaprensivas las opiniones por ese rumor interminable del mundo o del hablar.

            Pero todo eso, pongamos el día levantino, era el viernes. Porque el lunes la una eran las dos, y del mediodía a la recogida de herramienta cabía una hora más de no poder trabajar en la tierra porque al fin llovía, como suele en primavera, tras un año de sequía. Y gracias al cambio que suele hacerse en primavera para ganar una hora de poder trabajar en toda la tierra, empapada o no,  ya no quedaba espacio entre el anochecer y el cansancio sino para mirar la televisión o las visiones cercanas del yeso mirado en la pared desde abajo, sobre la cabecera del sillón, con luz rasante.

            Pero todo eso, pongamos el día berlinés, era el lunes. Porque el jueves cesó la lluvia a administrar para todo el año y entró el calor africano a derrochar durante diez meses, que hace imposible trabajar al sol en la hora de luz ganada, se la ponga donde se la ponga. Conque otra vez a cambiar el horario, esta vez sin que lo anunciara la televisión sino el sudor en los lomos.

            Conque tres horarios en siete días. Tres geografías diminutas de la jornada, con orografías y accidentes del todo distintos. Rincones del tiempo a recolocar, donde echar un cigarro o meter una parada para el café, mobiliarios de gestos patas arriba por toda la esfera latiente de la casa reloj y los corazones que incluye. Nada de lo cual importa sin duda a un mundo de duda profesional y respuesta experta que se entretiene jugando a que piensa y resuelve, haciéndose el que imagina y hace: aquello que se cumple solo, de uno u otro modo, sin fecha ni hora.

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            Que el tiempo es una forma a priori de intuición pareja al espacio lo dijo Emmanuel Kant a su hora, cuando no la cambiaban cada poco para desorientar a las comadres de Villarreal de Prusia. Y al poco rato, hora más o menos, le contradijeron sociólogos y economistas con intereses en la industria de la prisa industrial en todas sus variantes, así como astrónomos y matemáticos interesados en invariantes; en particular las conocidas como espacio aunque se menearan ondulantes e incitantes a tiempo, cimbreando palpitantes como pulso de reloj sus cinturas de asteroides. En vano: que al afán del matemático por hallar invariantes lo bautizó la prensa teoría de la relatividad de todas las variantes unas con otras, acaso por acostumbrados a que en sus relojes cualquier opinión por aparecer dependiera de cualquier otra recién aparecida. Fenómeno, y más cuando en los asuntos sociales ocurría otro tanto puntualmente, hora más o menos: a saber, que en los aprioris de un alma tejida en tiempo podían verse aposterioris históricos o culturales, en el telar de producir memoria, un producto, y en los idiomas de urdirse personaje lo que pasa, resultados todos por igual de algún ideomaturgo universal. Que es decir, otra teoría de relatividad de las maneras de relatar y hacer relación del Antes y el Después, ya que esto parece tan necesariamente invariante como la obligación de llevar reloj y regir por él los propios actos. Conque queda fabricar una amplia gama de relojes invariablemente variados, que es decorar lo inexorable y entronizar el simulacro a sabiendas. Lo que se viene llamando de momento, hora más o menos, posjodernidad.

            Claro que los unos vienen teniendo problemas con agujeros de gusano en la flamante manzana del paraíso cósmico, y los otros, con los huecos mariposa que revolotean entre palabra y palabra en el poema. Invariantes no relativas o discursos no relatos constituyen así en los paisajes culminantes del entendimiento humano máculas diminutas como vaguadas en paisaje, al fondo de las cuales, quizás, una casa instada y sus instantes moradores se empeñan en seguir acaso un mismo y único pulso constante del comienzo al fin, ambos relativos por supuesto, de su única existencia en común. Sin cambiar jamás la posición, por supuesto relativa, de las agujas que en el reloj de la cocina les van clavando en su único multipecho el retrato de una muerte igualita que en el original, y sin copia alguna: que es el problema, relativamente hablando.

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            ¿A mayor gloria de qué? De la necesidad lógica. Porque pedir un quién ya sería excesivo, si es que no escarnio a la autoridad o terrorismo, ambos punibles por vía penal según el actual ectoplasma de Fraga en el ministerio de asuntos interiores. Entre las sombras de la selva millones de instantes inmigrantes aguardan instándose unos a otros a invadir la cronogeografía de nuestra identidad, anónimos y feroces a juzgar por las noticias que de ellos tenemos. Para atender al rigor de nuestras fronteras identitarias es precisa una flexibilización de plantillas, en este caso no de zapatos ni laborales, sino crónicas: aquéllas con que se trazan nuestros mapas del tiempo. Y más cuando amenaza una ciclogénesis explosiva: que todo se repita bajo el sol, incluyendo la invasión de los vándalos por tierra tan ajena como Vandalucía.

            Ya hace tiempo –hora más o menos -que la colonización del espacio para racionalizarlo de acuerdo con los tiempos (históricos) está imposible, atestado como está el balón azul de bultos empeñados en copiarse sin dejar de replicarse, que ni copulando callan. Conque el dilema es claro al menos en la Mitteleuropa al menos desde Freud: dejar de colonizar, o colonizar el tiempo, ya que a Guanahaní llegamos tarde. Pero no vamos a renunciar a una costosa maquinaria íntegramente construída para invadir entre razones universales como cortinas de humo, llamada inteligencia y cultura. Sería un derroche. Conque sólo queda una: reestructuración industrial de la maquinaria bélica, y a colonizar memorias por su bien. De quitaipón o de metesaca como pincho en portátil, ¿pero no dijo ya Segismundo que la vida es sueño, y el sueño, metesaca vicario desde siempre hasta nunca?

            Ya hace tiempo, hora más o menos, que la sustancia del alma no es nuestra, sino expropiada por los monopolios del monocultivo. No del café, pero del relato. Pues la tierra como la palabra están ahí para hacer relación, que es decir para hacer tratos. ¿O si no para qué otra cosa, para cuál otra de las cosas? Que psicólogos y asistentes a lo social cumplan esta vez la misión de misioneros de tan buena nueva, la función de funcionarios o el interfaz de facinerosos ejecutantes de la voluntad y el espíritu de la época, luego ennoblecidos por Ello, eso no es lo importante. Acaso lo sea cómo enfrentarse al imperio de la apropiación en todo caso en aras de lo más apropiado en cada caso: expropiándose uno. Y si en el espacio eso puede figurarse como expatriación de la patria, acaso en el tiempo quepa figurarlo como expropiarse del patrón relativo y relator, tic tac, a la hora justa –hora más o menos-.  Y frente a tanto canto a las virtudes de recuperar la memoria, ese “algunos casos que recordar no quiero” del poeta ¿Y no lleva eso a la locura crónica en el alma como a la locura geopolítica en el mundo que se llamó cosmopolitismo, ecumenismo o internacionalismo, sucesivamente?

            Seguro que sí, y que por eso viene siendo preciso hace un buen rato, hora más o menos, expulsar de la república relatora y sabia  (relativamente) a los poetas. Y sin embargo resulta irónico que los actuales arcontes con corbata hagan justamente lo que aquellos, aunque por supuesto ya no injusta e irracionalmente: cambiar el tiempo a medida de la necesidad. Pero no a cualquier hora, sino en horas fijadas: dos al año y ni una más, Santo Tomás. Y no de cualquier necesidad, sino de una sola y la misma, la de Todos Nosotros: producir más, que es mejor. Y por eso resulta aun más irónico que las pocas críticas a estos juegos de demiurgos con el tiempo remitan también a la productividad. Que si las gallinas ponen menos huevos y peores –o sea más baratos- porque se distraen cambiando las manecillas o las alecillas de sus relojes; que si las vacas tienen menos leches y peores –o sea, que las reparten gratis- porque las despierten a oscuras; o que si los humanos son menos felices –o sea, gastan menos en el sector terciario- por eso mismo.

            Irónico, porque producir producir, el tiempo al parecer sólo produce ruinas; o lo que es peor porque cuesta más decirlo, entropía. Así es que el mundo de la razón encarnada en la acción, o sea la industria, es una carrera por ganar tiempo, o sea desengaño y ruina de esperanzas. Eso sí, organizada y con plantilla. Que conviene cambiar cada cierto tiempo, hora más o menos, a hora prefijada e inamovible. Lo mismo en Berlín que en el Levante, llueva siempre o llueva un día, y caigan a la hora así ganada –más o menos- chuzos de punta o un sol de justicia tan deslumbrante que es imposible verla por parte alguna.

            Irónico, porque hacer relación es hacer replicable, y al hacer del tiempo relación trasladable en regla -más o menos uno en la cifra del reloj, más o menos uno u otro nombre en lo relato- se lo hace perdurable a voluntad, o sea, ajeno al tiempo. Y hacer al tiempo ajeno al tiempo, al mismo tiempo, enajenarlo tan apropiadamente ¿no es enloquecerlo? Y de un tiempo enloquecido, como de un terreno envenenado y desequilibrado, ¿qué café ni qué fe pueden salir?

            Fe en la descreencia y el descrédito, en la desilusión y el desvelo y el desvelamiento de que los sueños sueños son y todos de quitaipón. Empezando por el de un nombre propio, vuelto denominación revocable de usuario. Como medida política no está mal pensada, si se entiende por política el arte de conseguir que nadie crea en lo más prójimo y haya de acudir a pedir creencia a crédito, acreditado y creíble por su puesto. Pero si el viejo maestro Emmanuel tenía razón, y lo que es apriori de cualquier animación que quepa llamar alma humana es el imperativo nada categórico de contemporizar; si el viejo castellano tenía razón y la unidad del tiempo se llama instante porque se insta a llegar a ser lo que no es ella, una misma constante, entonces  –hora más o menos- la hora de cambiar de hora no es ninguna, sino una cualquiera. Y si la hora de cambiar de tiempos por acoplarse a los prójimos es cualquiera, ¿cual quiera… quién? Porque cual queramos nosotros cualesquiera, eso sería un trastorno a la hora de fichar, y no digamos de fijar la duración del contrato temporal único firmado con un nombre propio. Que debería ser, en eso parecen estar todos de acuerdo, indefinido. Salvo acaso algún poeta.

         Y eso que todo el tiempo ganado y toda la plusvalía histórica acumulada se va en cantos al amor y loas al saber perder el tiempo juntos. Y eso que todo el capital teórico de posibilidades acumuladas se les va en tratar de definir la peculiaridad del poema, que genera un tiempo único del que parece haber un solo caso instante instando a persistir, él. O perdón, un código paradigmático del que no parece sino una sola instancia sintagmática: que dicho así se gana tiempo al parecer, al parecer, por acercarse más al ser dicho de esa manera.

            Que se quiera organizar en prosa una vida social poética, en fin, suena otra vez a lo de siempre y lo ajeno a veces y voces;  a arcontazgo de poeta renegado pero converso dispuesto para hacer del mundo ópera de arte total. Total, que cómo se le va a pedir a una norma dictada qué importa dónde pero con seguridad bajo techo y en despacho que atienda a chubascos y barrancos. Cómo, a una norma dictada por ningún quién sino la necesidad más lógica (la de producción y consumo, claro), que considere la circunstancia de que producir y consumir para seguir existiendo puede acabar siendo de todo salvo lógico y necesario; o como dijera el abate volteriano, je ne vois pas la néccesité.

            Total, que un tiempo que sea obra de artificio y total debe incluir al parecer parcialidades pero imparcialmente. Universos para lelos pero por una razón idénticamente sabia;  expresa, eso sí, en figuras diversas aunque convergentes, o conversas a las virtudes de la divergencia. Se impone pues la conversión de diversiones en universalidad, o de artesanales tiempos poemáticos en divertidas variantes de lo que queda relato, de una vez por todas, en la relación magistral entre constantes estilísticas. E igual a emecé cuadrado,  héme aquí formulado igual a ese ceneque redondo del vecino, regando ambos a las siete con la mitad de agua y un sol de injusticia, pero imparcial, porque el horario del supermercado también es relativo a los relojes como todos, aunque no al sol como algunos calabacines, y cierran a las nueve del reloj y en su nevera no hay nada como en la mía, y eso sí que es absoluto. Conque héme aquí y allá hecho una zeta quebrantada por el surco, practicando sudoroso a mi costa y mis espaldas la relatividad de las denominaciones y la lógica de Occam a la sombra del minarete convertido divertidamente en campanario, porque todas las versiones de la historia con variantes llevan a la conversión a lo invariante: el cambio de la hora de uno, más o menos, por la de su todos nosotros.

             Total, que a todo esto en el rebato de campanas que tintinea por los ojos de mis perros al oir chocar su plato con alguna arista llamando al pienso, luego relativamente existo, ¡guau!, se da puntualmente más o menos la hora de dios en esta casa con certeza indubitable. Y ahí queda, cierto y lato, eso invariante que jamás será discurso y relato al tiempo, como no sea por recurso y dislate crónico. Eso coinstante a tres voces y dos colas mientras calendarios y relojes llevan marcados por ahora doce años, más o menos uno: y qué importará ese uno de más o de menos. Yo al menos no me veo la necesidad.

 

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