AL CHOLISMO CRÓNICO

Enhorabuena a los garañones del Atleti. La han metido en regla más veces que nadie en el sitio prescrito y se llevarán la prenda en el acto oficial. No es esa potencia pelotera lo que me asombra, sino la saliva y otras secreciones que la preceden y rodean y adornan.  Ese erotismo reinante de eunuco periódico en período perpetuo cuya consumación, “como no podía ser de otra manera”, es de la única que puede, metiéndole nada a todos por la boca en forma informativa de frase hecha polvo informe.       De modo que “partido a partido” es la nueva revelación metacognitiva, la kenosis redentora de la mente emocional hispana. De manera que “la filosofía del cholismo” es el nuevo imperativo categórico, qué digo, la vía sacra a la iluminación que trasciende el dualismo en un monísimo monismo universal al menos por la parte de Burgos, es de suponer. Claro que las catárticas revelaciones colectivas de ese tipo son todas inatacables como un delirium tremens, por un mismo argumento redondo como una pelota y como ella inabordable salvo quizás a patadas: que hay que ir por partes es tan gran verdad de una pieza, entera y de una vez por todas, que ahí ya no hay más que decir ni más partido que jugar. A lo más, será con otros y otra vez, en otros campos.    Por ejemplo en política, donde cada pueblo supera el bipartidismo  paradigmático del “partido o partido” con el sintagma crónico de la frase que se merece, pongamos la alternancia sucesiva partido a partido en la frase electoral. Porque a la sombra redonda como una O o una pelota de un dilema como único lema unificador de conductas en un nombre propio, pongamos el de Hunaguotra para las Españas,  la vida se paraliza en ahogo sofocante de cafetín amenizado con monólogos publicadamente paralelos para mentes y de mentes meridianas en privado, cada una de su propia hora intocable. Y así el dilema del príncipe Jamalete, ¿ser del Madrid o no ser del Barcelona, o viceversa?, que venía desembocando en ir de partido a partido y te tiro porque me toca cada cuatro años como las olimpíadas, ha encontrado tercero en la discordia y acorde superador en la síntesis cholista. No es de extrañar el alivio popular o socialista de los socios o del pueblo de Madrid o de Barcelona o viceversa porque al fin ganen la pugna el Cholo Díez o Rosa Simeone, estando hasta las pelotas como están, parece, de que hasta las pelotas huelan a podrido en B de Binamarca, esta Marca Hispana que es solar ancestral de la doblez y el bilema.     Aunque el problema sigue siendo la Liga. Ese torneo de la regularidad que antes del cholismo se llamaba historia o idioma. Porque parte, por definición, se es de algún todo; quebrado, de algún entero, y partido, de algún total íntegro. Cuya sombra, ciertamente, suele ahogar de impaciencia o paralizar de angustia por el resultado que no acaba de llegar, cuando se sabe de cierto que lo habrá. Y ahí es donde babosas y caracoles apóstoles del cholismo hasta nueva revelación se saltan su predicada máxima como curas el catecismo o comunistas el manifiesto, apresurándose a jugar el partido del cholismo en todos los campos venidos y por venir, habidos o por haber. Donde no se sabe de cierto si resultado habrá, o sí que será nulo. Eso que antiguamente, antes del gol de Iniesta que muy pronto llegará a no haber sucedido, se llamaba ideología, y que según los más ilustres entrenadores del atlético pensamiento a lo largo de la historia ganaba partido tras partido con la táctica de no tener estrategia y la estrategia de limitarse a la táctica.       Que así llaman en ese partido a lo que bautizaron los poetas en el suyo como metonimias y metáforas. Dolorosísimo tropo, tomar al todo por las partes, sobre todo si además el tiempo aprieta y justamente en esa parte,  en la que se toma. Sin duda libera jugarse como si fuera el último, y el primero, cada pase y cada paso de palabra a palabra entre abuelo zaguero y nieto delantero o viceversa. Sin duda libera de responsabilidad particular ante una pregunta total aún por acabar de formular. Pero no es menos cierto que reglamento y federación se establecieron en prosa, y sin una gramática del balompié en uno u otro idioma ni el mismísimo San Cholo o el maestro Cholo San sabrían que de un domingo a otro iban de un “partido” a otro “lo mismo”, y no de una jira campestre con margaritas y redecillas a un mitin con gradas y rayas blancas antes de quedar en un tercer prado para practicar ejercicios de taichí.     Conque el “partido a partido” de los atléticos garañones tiene todas las trazas de tener todas las virtudes de un medicamento de urgencia para una adicción crónica: olvidarse deliberadamente de lo que permite deliberar pero no resolver. Tomar por estrategia limitarse a la táctica tiene una ventaja, ningún espía puede dar con el plan secreto de la historia, no habiendo. Bien lo sabía Marx. Lo escabroso comienza en cuanto tal se predica, ya que predicar responde a una intención, un sentido y una estrategia que se quieren anticipar de palabra. Conque estamos ante una advertencia moral, anticipatoria de que no conviene nunca y en toda parte anticiparse: territorio resbaladizo por el que se va a dar antes de advertirlo en la malfamada ideología. Territorio de fintas y regates de magos bajitos que, al parecer general, acaba de perder por partes la partida a partida ante la resuelta embestida del atlético garañón, pongamos la bestia morena y no de los bosques sino de los prados, por la sequía en el sur.    Y aunque a los intelectuales iberos, como los hubiere, no les parezca el fútbol espejo digno donde adivinar lo inminente, eso sí es para empezar a preocuparse en ocupar las maletas con lo imprescindible. Hacer de cada parte un todo se practica en camas y estrofas desde hace mucho con muchos notables éxitos y más silenciados fracasos. De los que aprenden algunos a no predicar en prosa y en la calle de los límites de la predicación, ni en forma de cholismo ni en la de escepticismo. Porque no hay dogmatismo más total que ése ni totalitarismo más feroz que el de la parte por el todo. La ideología del fragmento. La metonimia como metáfora de todo lo que hay y pueda haber y quepa en tiempo: no hay ni puede haber en el tiempo más que frase, más que paso a paso, más que sintaxis a medias ciega y a medias sin paisaje. Gran verdad que sin embargo no entendemos letra a letra como un ordenador, al final de una operación de liga tras liga, sino verdad sola y entera de principio repartida entre ellas por alguno. Como mejor pudiste, abuelo, yo te creo.     Conque lo asombroso en este caso del “partido a partido” que ocupa las bocas de riego de la actualidad momentánea no es siquiera que el “vayamos por partes” se haya vuelto griego antiguo como el “poco a poco” uzbekistano y el piano piano si va lontano castellano antiguo. Lo asombroso no es esa voluntad de olvidarse de todos, pasados o presentes muertos o vivos, para ir parte por parte, empezando casualmente por la que uno ocupa para tomarla por principio, qué feliz coincidencia. Lo asombroso es que tanto el “jogo bonito” como el “partido a partido”, tanto uno como otro lema como el lema del “sin dilemas” sigan saliendo solos balbuceo a balbuceo de unas cajas craneanas repletas de caudales y caudales de metonimiedades, tan decisiva y total cada una de ellas como una noticia en alguna parte que marcará totalmente una época en todas o un suceso memorable aun antes de acabar de producirse. Metódicas nimiedades, metáforas de toda una época semanal o diaria o instantánea, la pregunta por el cholismo es más bien la pregunta por los límites de una terapia de urgencia, si no será el remedio peor que la enfermedad a la larga, una larga que no existe, desde luego, cuando se va parte a parte desde un principio, incontestable desde luego por principio. Para evitar el descenso a infiernos de segunda ¿conviene predicar los de primera especial? ¿A quién conviene? Porque a Cholo San -y vamos así a otra parte aparte de este partido a partido que es todo, ay, lo que hay-, a San Cholo se le confiere o se le embadurna por ello de un producto en auge para poner los pelos de punta aun con gomina: carisma. Y ocurre como en el bigote de Aznar, ése que aun sin saberlo el políglota expresidente quiere decir en alemán “junto a Dios” o “con Dios de nuestra parte aparte”: que la cosa no va tanto con el engominado como con el engominante fabricante de carismas para cholas o para crismas. ¿A quién conviene que parezca principio general, tan consumible como fabricable en serie y en sintagma parte por parte, que los trances críticos los resuelva ese “carisma personal” que se tiene de una vez por todas en todas partes? ¿A quién, que la gramática desterrada de la prosa se instale en el genio poético monoplaza para que en “lo sentido común” sólo quede el sinsentido singular de cada cualquiera? No es de esperar que los leídos periodistas deportivos, tan poco lectores, desempolven a estas alturas la jaculatoria del “hombre providencial”, por más que se les trasluzca entre balbuceos la admiración, por ejemplo, hacia la arquitectura fascista restante en el Foro Itálico de Roma. Y eso que el “carisma personal” capaz de provocar “cambios de mentalidad en el vestuario” de la conducta pública en equipo, antes conversiones del alma, era pieza tan esencial en la negra indumentaria del Imperio como la filosofía del acto a acto que predicaban sus poetas aviadores mientras bombardeaban Etiopía y Libia parte por parte, metidos a Replatones tras el destierro preceptivo en todo martirologio digno de crédito: de que se les conceda a crédito el “carisma personal”. Y eso que el carisma cristiano es por definición conciliar tan impersonal como un sacramento, y tan ajeno a propósitos y méritos como el cumplimiento de un programa cuando se sigue partido a partido la secuencia prescrita de signos repartidos: que por eso se llamó “sacra” a esa manera de mención, por encarnarse y cumplirse sola como todo Word Perfect que se precie, a saber, en cualquier parte del todo.   Conque en fin, enhorabuena a los garañones atléticos, parece que su hora ha llegado. Se acabaron las ataduras y los lazos de viejos dilemas, fuera con el Madrid o Barcelona, el derechas o izquierdas, prosa o verso o cuerpo o alma. Lo que importa es ganar esta Liga y eso se mide con un metro que no está en cuestión: está en desechar en toda parte toda cuestión, si total… para ir parte a parte en todas: desde la mía, qué feliz coincidencia de principio, a la tuya, que queda para la final. Y que si estás ahí es porque habrás querido jugar conmigo a esto, quién lo duda, como no podía ser de otra manera. O si no, como no podía ser de otra manera te habrías ido desde antes. De este campo de todos, desde luego, para jugar al vozapié a patadas por partes en que desde ahora, qué feliz coincidencia, se habrá tenido desde siempre el resultado ganado yéndose o quedándose partido por partido, pero por entero, en cada parte del único Partido Total.

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