Na-nay

Me han regalado unos calzoncillos chinos muy ajustados hasta de precio. Parece que no sólo la crisis aprieta en lo más destacado de la persona, hasta en esa realidad íntima que le queda tan escasa ostenta ya marcas grabadas en prueba documental del drama. No hay sino poner la tele o tratar de agacharse. Pero dejemos los invisibles reveses de cada quién y ciñámonos al derecho entre las partes, a saber, los chinos y las mías: no traen bragueta. Ni una abertura practicable. Y así no hay derecho. Ni modo de distinguirse a oscuras una cara de otra con pocas luces, aunque tampoco importe ya esa falta de tacto donde cualquier revés es indiferente al derecho, y al revés.

Se acabaron los botones descuidados con esmero y la publicidad artesanal de aldea ibera, donde lo que no se anuncia único en persona no vende sus globalidades trinitarias adjuntas. Ahora lo predicado es el hábito de predicar y viene de Catay; la buena nueva sigue estando en el medio justo, donde la virtud, pero el medio, impracticable por todas partes a la redonda, sin fisuras ni braguetas hasta acabar en sí mismo cerrado en canal. Otra vez como quien dice rotundamente en salomónicas columnas en torno a nada, pero sujeto, y esta vez sin duda: me oprimen, luego existo. Adiós al parecer de la cultura española, del que nada se sabe como de Francisco Sánchez; al braguetazo barroco y la intriga retorcida, al ser marqués de Villaverde o poeta de primera con abrir la cremallera. Adiós al teorema de Tales demostrado en los portales locales sin sereno y con sirenas, tras haber acabado con ambos en los globales. Adiós a los ensayos para viejo de mocitos aún en pie meando ante una valla, con apremio hoy de alcohol en vez de tiempo. Es dantesco, me digo mirando por lo bajo. Quienes entreis aquí, aunque sea a duras penas, dejad toda esperanza: nunca más podreis salir a mear en cuclillas con urgencia. Y menos con cinturón.

Conque ciñámonos el asunto. Me han regalado unos calzoncillos chinos la mar de monos, como a tantos o tantas. Pero en esta clamorosa omisión de mi raja identitaria a escala industrial no me preocupa un carajo o una higa su violencia de género simbólico textualmente hablando, sino la de género textil literalmente meando. Porque estos bragoncillos tan monos, además de estamparlas luego por opresión del género en la piel, ya traen de fábrica estampadas cifras y letras y hasta notas musicales de acompañamiento tocando los bemoles. De suerte que la urgencia por expresar mi identidad oprimida entre tanto signo deja escapar inexorablemente, antes o después, unas tristes gotas contadas que acaban sonando a composición desde luego por principio, siendo deposición de principio que se tiñe de letrada luego. Y es esa necesidad difusa y así desleída entre signo y secreción la que me tiene en tal aprieto de colector coautor que es querer mear y sí echar gota encima: porque encima de un amor de monos estos calzoncillos son un regalo de amor de género bien distinto, aunque destiña. Y aunque un presente sea tan oprimente, siendo prenda de amor no puede uno quitárselo de encima a la ligera, esto sí es patente.

Conque un calzoncillo me mandan que enfundar violante por detrás y por delante. Y en seña de amor único en su género, una prenda de amor de género no menos único aunque hecho en serie, muy práctico para todos aunque del todo impracticable para uno, yo. Y por mi parte juro que en mi vida se ha visto en tal aprieto, porque amor con amor se paga pero la urea se mea. No se gira en letras a noventa días ni se calma con melodías impresionantemente impresas. Y metida en tan castiza situación límite, la del calzoncillo ilustrado, la mía nota difusa una confusión aterradora entre naturaleza y cultura de un género que sólo puedo llamar textual y textilmente sublime, pues me deja sin mear y sin palabras aunque con un poco de todo pendiendo suspenso en lo más íntimo. De hecho esta moderna sublimidad me está impregnando ahora mismo, y aun diría que efusivamente, pues ya llevo sentado diez minutos escribiendo sobre una prenda de amor estrictamente única en su género, pero además dentro.

Es lo que tiene esa figura sublime, ser juez y parte entre las partes, que se llama metonimia: que ahí cualquiera la mete nimia y la saca en efecto inmensa. Pues en efecto escénico la buena capa china todo lo tapa al tiempo que se adivina, y al amparo de un telón sin abertura todo se magnifica a medida de la imaginación ajena. Ésa de nadie en concreto pero del género en general donde puede cada cual meter lo que sacar quiera o viceversa. Conque por amor regalan a mi brevedad exigua esta nimia metonimia, metódica aunque única, hecha para resaltar mi singularidad en serie. Sublime como la Puerta del Sultán o de su harén, depende de dónde se vaya o se venga quién. Que nada como un umbral, y más uno inexistente sin botones, para estar sin ser entre las partes y figurar en las dos sin padecer de ninguna, aunque documentando por todas el drama con estampas en carne viva, aún no, pero casi y al lado como quien dice. Aunque por mi parte principal juro en directo que ella no miente y sí padece, ahora mismo, lo sublime patético en primera persona genérica o tercera singular: que ni marcha atrás retrospectiva me lo veo claro ni a vívidos tirones me saco de este trance tan difuso en que me encuentro de perderme, confuso, en éste que parece presente de amor al uso. Al menos al de abusar de semejante tratamiento dramático literalmente documentado de mis reveses más íntímos en púbico.

Porque alguien y los chinos me han regalado un calzibrago muy ajustado en parte a la realidad del precio, aun al precio de otra parte de realidad inapreciable y nimia a la que sin embargo aún pudiera yo tener mi aprecio como parte del que soy. Pero ellos lo han hecho por el que me tienen. No a lo que de mí pueda apreciarse en derecho, sino al revés, que en el revés se mide lo incomparable de la persona como del toro, en el castigo. Y a fe mía que lo hay, sobre todo en esa parte íntima que lo es todo en la persona aunque nunca se ve. Conque en un gesto inapreciable, como se ve, me han regalado un bragoncillo chino que me haga crecer por dentro como persona o como minotauro en lo que cabe, poco y a penas. Y aunque en materia de reveses inapreciables por el derecho mercantil la apreciación de magnitudes ajenas sea un problema en sí para una de las partes y un remedio para la otra fuera de sí, como se puede apreciar en síntesis en cualquier lugar común, que para eso se crearon la cultura y el sector servicios del mercado al fondo a la derecha. Y como en síntesis sólo se puede apreciar con justicia en algún aséptico lugar común, pongamos a todas las partes en un mismo aprieto sintético pero a priori :sin violencia de género ninguno, ni textil ni textual.

Y es que el más común de los aprietos, ya lo decía Kant aunque de la muerte, tiene esa ventaja. Hace que al instante nos vivamos no, pero casi, diluyéndonos por la pata abajo en lo más genérico que hay, estar a punto. De cagarla, normalmente, pero extensible como un calzoncillo (por analogía) al amor o la muerte o la micción desde su ficción inminente. Puesto que puestos en tal brete sintético impracticable se esfuma al instante cualquier distinción social con las diferencias naturales, y pasan a importar lo mismo una higa que un carajo: a saber, un bragoncillo chino de importación urgente único en su género. Ese tan sublime que hoy es el que mejor se compra, como nunca, por ser el que más se vende como siempre indistinto: el humano sin bragueta. Ese género de interés tan dramáticamente documentado como documentadamente fingido, cuya es encarnación en curso este humanismo íntimo de saldo al que ninguna de sus partes es ajena más que otra, comparativamente hablando de reojo en algún lugar común.

Porque sí, hablando genéricamente pronto seguirán los urinarios, como puedan, los apurados pasitos de sus visitantes, tantos o tantas genéricamente meándose.Y como aquí en mi intimidada intimidad también allí imperará categóricamente por necesidad, como es natural, la ley moral genérica de la taza sin género. Ya no ante la cual reverencialmente en pie, sino sobre la cual sentando cátedra hacer cualquiera indistintamente sus necesidades virtud cultural, claro, de sublime indiferencia a las diferencias materiales: que en llegándose al límite textual o textil se difuminan todas en dar satisfacción a tan difusa necesidad genérica en cualquier lugar común de comparación o semejante, el que más prójimo parezca. Pues qué más dará ya en tal aprieto si dentro o fuera de tazón o taza, braga o calzón, siendo lo bello comienzo de lo insufrible pero su fin la micción sensible. Conque haciendo de lo insufrible principio de belleza genérico y en serie, y además tan sucinto, asunto evacuado de una voz por todas, ay. Su micción no es mi realidad, y los micticios aprietos figurados de mis congéneres amarillos o blancos de envidia o del susto no le deben preocupar ni un semejante virtual a mi carajo zoológico mientras se encuentren en algún lugar común Sino que según su actualización vigente de este estético egoísmo 6.0, o sea sexoajenario ya, su necesidad de satisfacción le ha de resultar ajena del todo salvo en parte propia que le toquen.

Claro que según el programa estético no menos vigente de documentar reveses ajenos en directo y en primera persona, Alterofilia 0.1, ni aun el más leve alivio de un pesar ajeno a mi lado puede dejarme indiferente, como oportunidad que es de realizarme vívidamente en su micción y mearme yo en ella como quien dice. Pues cómo no va a resultar ser mayor la mía, incomparablemente mayor y más prolongada por comparación, que la satisfacción del vecino o vecina genéricamente hablando, ni qué decir tiene, con la suya sumada a la mía y la de todos mis compañeros genéricamente meando a una o en uno, como un solo hombrujercilla calzibragado. Conque esa virtual satisfacción de necesidad cualquiera que se adivina tan apretada tampoco me será del todo ajena por comparación de reojo con el rabillo propio, sino sólo en esa parte propia y nimia que me haya tocado en suerte en semejante comunidad de desatino en lo universal. O sea como a cualquier género documentado de antropoginecóloga impasible de oficio incluso ante lo peor, ese oficio suyo tan apasionante de mirar por el género propio en todo caso ajeno, o viceversa. Y es esta necesidad de satisfacer la necesidad de insatisfacción general para satisfacer la necesidad de asemejarse la que así desleída entre signo y secreción propia o ajeno día tras día me tiene en tal aprieto del derecho y del revés que es querer mear y no echar gota encima: porque encima me los han regalado por amor. Mis semejantes, y mis calzoncillos.

Pero me he metido en política sin querer hablando de cosas públicas no pero casi, sub limes del reojo. Conque ciñámonos de una vez el asunto, valor, y que mane sin trabas la naturaleza culturalmente hablando (y naturalmente, meando). Que de este amor en prenda broten diez mil flores y asomen mil capullos, como puedan. Parece que al cabo el presidente Mao sí encontró el secreto del sincretismo cultural sintético, aun entre las partes más apartadas en el espacio y el tiempo como las de Lao Tsé y las suyas. Y enfundado en prodigiosa calzibraga de Mambrino, tan vacía en castellano como yelmo en chino, gana hoy victolias después de muelto como un Sidi Campeadol cualquiela, meninfot más tulbante con o sin coleta. Así es que podemos, también aquí podemos una semejante revolución cultural. Que asomen cien capullos o unos cuantos, como puedan: y como pueden asoman, en efecto. Y otra vez la coletivización de las potencias más íntimas por confusión en lugar común se demuestra omnimpotentemente igualitaria, al menos por la cara que da al público. Puesto que así deja de ser cuestión que haya coletas y coletas, y pasa a serlo que no haya cuestión entre braga y bragueta en elección siemple más o menos dula. Abramos pues la mente a este futuro común sin fisuras, o las piernas a tan singular presente demente en otro caso sin abertura alguna disponible. Y que broten unos cuantos capullos, o al menos uno a tiempo, por favor.

Bien es verdad que en tal efusión igualitaria de tiempos y modos de decir o mear las letras destiñen y los perfiles se confunden, desleídos como un idioma olvidado. Pero a cambio se pone en escena memorable y marmórea, aunque sea imitación en loza, la coletiva colectura colegial en círculos de reojo de los lamparones resultantes. De suerte que ante un semejante Altar de Roca aunque de loza, deslocalizado eso sí desde Gavá a Pi Chong o Chao Chín indistintamente, ni las tablas de la ley son de piedra inquebrantable ni su entalladura en carne rigurosa, sino elástica o fláccida según. Cierto que no dando la talla nadie el mandato cultural no es legible, sino colegible, ni fluidos los mandados naturales, sino confluyentes. Pero a cambio, como no se le escapará del todo a nadie, habrá un poco de todo para cualquiera, como calzibragos bragoncillos reversibles. Aunque nada de alguien, pero eso sí, para todos.

Conque me han estampado unas braguicalzillas regaladas o viceversa. Curiosa figura, palabra. Palabra que ni es carne viva ni es cultura, eso ni muerta. Inquietante, esa inamovible inquietud como uniforme entre las piernas, como un Estado del Movimiento suspenso o una pinga espingarda de Damocles. Pintoresca naturaleza muerta viva, ese lienzo siempre húmedo aún en ciernes. Peculiar idioma éste de letras que rezuman significaciones y secreciones que parecen querer decir algo secreto. Ni mandarín ni mandarina, ni se lee ni se orina: pero adorna, eso sí, por igual los genitales de generar por ambas partes en general. Y con un tan generoso amor de género bien tramado, quien lo duda, pero sin bragueta, poder podemos todos. Aunque hacer a gusto, ninguno.

Emblemático, diría yo, como un micciograma chino. Será otra vez ese singular dialecto dialéctico de lo general en que el Lenguaje monologa consigo a solas, tan singularmente apropiado para tocar este genéro de cosas en público o aquellas cosas del género en particular. Y me gustaría poder decir que no me dolerían prendas en seguir hablando de este asunto, pero llevo media hora escribiendo sentado sobre y desde unos bragoncillos chinos. Tan ajustados a la realidad que me gustaría poder decir que ésta echaría fuego por su bocana de puro indignada, como tuvieran. Pero me falta el aliento. Así es que a lo mejor lo menos malo comparativamente hablando de reojo es coserme yo también los labios de mi bragueta, ya que no me vienen omitidos de fábrica, no vaya a ser que quiera asomar inaplazable entre ellos algo que otros no hayan conocido ni sentido dentro. Tan duro que no basten a ocultarlo ostentosamente ni eminentes martingalas jaidegerianas de inminencia en la punta del lenguaje, ni de allanamiento machacón e igualitario a golpes de vanguardia de la lengua guo. Minúsculos e insignificantes pero repetidos, repetidos, repetidos como maquinaciones mecánicas de una violencia de género tan literalmente textil como textualmente literal.

Será otra vez ese futurista dialecto de ciencia-micción que otrora llamara a mil capullos a descapullar a tiempo, como pudieran, entre ropajes culturales vueltos demasiado estrechos a saber por quién. Será que vuelve a proclamar por todo lo alto La Diversidad universal como algo que todos los bajos coincidieran en reclamar, uniformes. Con resultados dramáticos bien documentados, que el heroico traje mao se encogió del susto al parecer en tirillas homogéneos y bloque histórico sin fisuras, de bragueta ya ni hablamos. Será ese género de lenguaje tan textu-texticular que hoy proclama La Diversidad en esa universal versal universitaria, esa micciográfica manera de marcar el paquete emocional sin tocar la funda letrada del código mandarín ni tener que chuparse esa mandarina amarga de no hallar palabra. Ese arrebato emoticonal irrefrenable que de todo aprieto dramático teje figuras de género histórico al instante, como para no desear verse metido en semejantes aprietos uniformemente memorables ya sólo por el género de su hechura, o viceverso prosaico. Será ese virtuosismo en hacer de todo revés privado un derecho a la información, la asistencia hienicológica o el luto oficial en un accidente, y del derecho público un molesto revés privado, que le pregunten a los cuentacuentas del PP. Al que sobreponerse, menos mal, con sólo superponerse una calzonbrágica prenda cubierta de conjuros cabalísticos, y por si fuera poco, reversibles donde diga Diego. Capaz de poner todas las cosas en su sitio y en su sitio las cosas de todos, machas o hembras ricas o pobres blancas o amarillas de envidia española o furia oriental, y de sujetarlas otra vez a un nuevo lugar común que las iguale, por abajo, claro, como la muerte o un bragoncillo mítico de Sechuán.

Pues ¿no enseñaba ya la naturaleza en su dialecto dialéctico, desde antes de Mao desde luego, que la necesidad más génerica de generar comparte lugar común con la más privada de orinar, y sin la menor presión social? Qué mejor entonces que seguir, pero ahora ya a calzón quitado, sus lecciones. Y si aun las más singulares posturas genéricamente hablando caben en la cama de una misma generación intelectual, en pie de igualdad al servicio de esa única misión, ¿por qué no las más dispares posturas de orinar en la misma taza de una micción histórica única? Lo dice nuestra contitución orgánica, todos podemos ser iguales ante la ley natural de la loza, conque ¡en pie, camaradas, a mear todos sentados! ¿Quién dijo que más vale mear de pie que orinarse en cuclillas encima? Máxime cuando parece que sólo algunos hacen lo primero y lo segundo podemos, claro que sí, todos por igual. Y pudiendo, que es gerundio conjugable sin tiempo ni persona ni voz responsable por activa o por pasiva, pudiendo privarse de un gusto privado por el bien público, ¿porque no darse el gusto de hacer bien público su privación?

Así que no me han regalado unos calzoncillos chinos ajustados que da gusto incluso al precio de la realidad (y del gusto). Creo que me han regalado con un aprecio impagable, para que lo lleve siempre conmigo en lo más íntimo, un ilustrado diccionario portátil mandarín-mandarina / mandarina-mandarín. Chúpate eso, como puedas. Aunque haya una parte de mí que no aguante más la presión de tanto amor sin compensamiento posible e interrumpa esta transmisión intercultural con un anuncio urgente de interés genérico: Na-nay, naranjas de la China, ha patrocinado esta… ¡por fin!, emicción.

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