VALE

Un programa que se titulara saber y ganar, o saber vale por ganar, o por abreviar, I+D+iota, podría plantear a los concursantes la prueba “señale un sinónimo de valor”. Es seguro que hoy se agruparían las respuestas en dos bandos semánticos: uno, ser útil, funcionar, o sea valer para otra cosa. El otro, no temer, ser audaz, o sea tratar la vida propia como si no valiera, desprecio que también se suele llamar valor. Pero aún cabría imaginar un espectador no concursante que ante semejante bochorno, el que caracteriza a la hora de la siesta para arrullar la cual se usaría ese programa, se desparramara en su sofá a preguntarse dónde poner entonces el tradicional saludo de despedida romano, vale. Ése que aún pervive en despedirse con un “vale, quedamos así” o “en eso quedamos”.

Concesivo, conclusivo, acaso imperativo -”vale así, no te quieras más ni otro”-, lo único que sin duda nunca había sido ese vale era interrogativo. Después de todo una despedida es un después de todo (lo anterior), pero una pregunta es, antes de nada, un quicio entre dos ganchitos que invita a pasar a otro fuera de quicio, un toc-toc a otra mente humana, ¿hay alguien ahí que responderme pueda?.

Por eso es tan improbable que en la panoplia o panel de respuestas responsables apareciera en concurso ese uso del ¿vale? a modo de interruptus publicitario o llamada comercial, en cualquier momento de la conversación a discreción del interlocutor: de uno de ellos. Conque en verdad no se sabría en cuál de esos cajones dominantes meterlo, el de la utilidad ajena o el del desprecio propio, en el de las putas (que valen por lo que otro no se vale para vivir) o en el de los gladiadores (valientes por lo que no se valen sus vidas para vivirse). Que es decir, entre el “vale, pero acaba pronto para que me duche que tengo peluquería” y el “vale, hasta aquí hemos llegado, sobre todo tú que de aquí no pasas”.

Y como declaración fuere, ¿sería de amor que se finge o de guerra que se amenaza, esta jaculatoria que hoy irrumpe aleatoria en cualquier aparente diálogo? Que su efecto inmediato es crear distancia, es patente: la distancia de seguridad del actor con su actuación, el mensaje clamorosamente mudo de estar siendo dueño de sus actos, a empezar por el de estar hablando con quien está, oyendo. Circunstancia que así aparece sin más no como circunstancia, sino instrumento y parte de una obra ejecutándose (en varios actos), y desde luego bajo control desde un principio (intencional). Pues ¿cómo imaginar que otro no esté, donde y a la vez que yo estoy hablando, para escucharme? Y no por ejemplo para examinar entretanto, minuciosa mente, la pintura del techo.

Diría algún lingüista que cumple ese ¿vale? una función meramente fática, o aun enfática, que suena a fatídica de inmediato al ocioso oyente del concurso. El sino de toda palabra de ser discurso al menos desde que en tal concurso participan dos, obligado a ser discordia y competencia por un mismo querer y una apetencia, los de ella: el querer decir de la palabra. Un concurso del que se ha desterrado el ocioso a la hora sin fecha de la apátrida siesta, donde la fantasea desnuda a solas queriendo nada, estando sólo. Pero claro, eso no vale, que se vale sola. Eso es trampa, no valer para hacerse trampa como es de rigor. Conque ella se disfraza luego y sale a la calle a hacerse valer, ¿vale?, o sea como decimos los que sabemos y ganamos a hacerse la metáfora pero practicable, un símil como un amor o como una guerra discrecionales con interruptor para que me entiendas, interrupción: ¿vale?. En una palabra, esa suposición en una palabra de ignorancia ajena que hoy interrumpe todo concurso en una suerte de anábasis permanente que es, irónicamente hablando, caricatura de ironía: una retirada perpetua pero estratégica, controlada, histórica y memorable por principio, desde luego. O sea, desde el luego de su llegada a la mar y a puerto seguro donde escribir la historia de un fracaso como gesta, de una retirada por miedo como maniobra, y como victoria de una derrota errante: en la pugna por ganar certidumbre de otro. O sea, por llegar al amar, thalassa thalassa…

…¿vale? O ¿me explico?: que es lo que se preguntaba antes más cortésmente. Y no un ¿me entiendes (coma, zopenquillo mío)?, que es lo que tampoco se osa preguntar hoy abiertamente. Sino en forma de ese impersonal intemporal sin modales y en general amorfo “¿vale?”. Suspenso entre un clásico “queden así las cosas” y un postmoderno “¿qué queda aún por hurgar en el Así convenido de las cosas?”. Trance colgado como una pasa al que un epistemólogo en cambio (pero controlado) llamaría indudablemente locus de la duda o estatuto localizado de “corte epistemológico”, sólo que así miniaturizado, portátil, personalizable y de manga.

Pues ¿a qué podría haber venido esa manía del abuelo romano de despedirse con un vale que habría hecho sin dudar sinónimo de salve en algún concurso, inimaginable entre senadores valetudinarios, sobre utilidades de lo gratuito como una palabra regalada? Quizás a expresar el deseo “queda tú en disposición de valerte”, o sea virgencita virgencita que nos quedemos como estamos. O en lo que estamos. O a lo que estamos luego de lo recién ocurrido, haber hablado entre dos. Perspectiva ésta en que vendría a haber valido por lo diametralmente inverso a su actual uso, que es comprobar periódicamente si estamos a lo que estamos, o en lo que estamos, o como estamos, a saber, hablando entre nosotros. O sea, un vale que vale por un ¿me estás escuchando?, y del que sin embargo jamás cabe decidir si va dirigido a quien sin duda escucha -o si no ¿por qué preguntárselo?- o bien a quien también sin duda habla dudando de estar siendo escuchado, ante todo por sí mismo.

¿Vale?

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