DIFUSIÓN DE ESPECIES

La presentadora del noticiero nacional ataca gallarda la frase, incluso resuelta desde un principio, como una excavadora el yacimiento arqueológico: aunque resulte increíble en estos tiempos aseguran Los Científicos -todos juntos para la ocasión en su cuarto de estar- que quedan millones de especies por descubrir, tan escasamente difundidas antes del telediario de las tres que ni se las ve, a diferencia de las difundidas con su ayuda. Y escuchándola con atención me pregunto por qué resultará increíble la existencia de especies desconocidas siendo tan obvia la falta de conocimiento al menos de una. Pero la excavadora, una I+D+Iota de tropecientos mil caballos desbocados, no se detiene tan fácilmente, como el progreso del conocimiento: para compensar tan lamentable ausencia de noticias de especies vivas también se acaba de descubrir una muerta en el anonimato y que ha despertado un vivo interés en todo el mundo en Sudáfrica y sobre todo en Cataluña. Cierto que las circunstancias no quedan demasiado claras, pero será sólo por el momento, las tres y pico de la tarde somnolienta; y lo mismo podría deberse a razones geopatológicas que a causas paleosintácticas – a juzgar por la talla a hachazos de la frase- o aun del período neopolítico, por lo pulido de las formas en algunos bordes. Pero sí parece establecido que a semejanza de otras especies la de este exsimio prohombre también fue migrante o charnega hasta que llegó ilegalmente a Cataluña en su día, que ya es puntería, me digo mirando el calendario: hoy es San Jorge. Como lo demostraría haber aparecido su fosa silvestre con una mano en la rosa izquierda casi intacta y otra bajo la derecha con raíces profundas hasta en el metacarpio, de haber ocurrido tal hallazgo o de hablar el difunto en algún idioma que aún conservara su genuino potencial. Lo que sí está confirmado es que algo llama la atención en la difusión por toda España de semejante especie: que se difunda por haberse difundido incluso en Cataluña.

Pero una vez hallado el filón la excavadora no se detiene tan fácilmente como el progreso del conocimiento. Hasta que de repente da en hueso. Pues lo que hace de actualidad semejante noticia es que el semejante notado ya era capaz de notarse él solo, mediante signos y cifras, lo digno de mención en la actualidad, aunque sólo en la actualidad de hace mucho tiempo. Y tanto, por lo que escucho de la gallarda excavadora: hace ciento cincuenta millones de euros. Como lo oyen, contantes y sonantes. Así ya se entiende que resulte increíble no ya la difusión, pero aun la supervivencia de la especie, ¿quién iba a dar hoy crédito a semejante cantidad?. Claro que se trata de Cataluña, aunque fuera incluso antes de la invención del alambre. Y a más, que puestos a desconectar del sistema métrico universal qué mejor unidad de cuenta, si además ahora la avala una especie difundida por televisión.

No se sabe aún si a cambio de contar la evolución por euros la nueva hacienda catalana se cobrará en años, siglos o trisiglos de imposición; la patronal local sí se ha adelantado ya, con la intuición propia del genio, a fomentar el trabajo evolutivo o la evolución del trabajo cerrando contratos por minutos y rescindiéndolos por evos. Y como hasta los anuncios de un trago amargo que todos conocemos dan por hecho que el tiempo es oro u otro valor refugio, lo mejor con diferencia es de aquí a Lima pasarlo lo mejor posible de aquí al futuro sin pasar por Andorra. Que explicaría por fin el interés de la especie difundida, poner tierra de por medio sin moverse de la propia sólo con tumbarse a esperar; y confiando -es de creer- en que no les alcance la más reciente creación del Ministerio del Tiempo, su negociado para evasores crónicos.

Singularidades evolutivas aparte, mirando al origen actual de esa especie y su difusión lo más llamativo siguen siendo los rastros faciales de su ejemplar protagonista, la locutora, mientras cooperaba en su propagación. No por lo imperturbable de la mirada, que tratándose de medios de reproducción mecánica tanto da la lente de la cámara como la pintura del techo. Ni por la prosodia, no habiendo; y menos habiendo acabado de pronunciarse la evolución de la frase irrevocablemente por los ciento cincuenta millones de euros sin que pasara nada. Sino por los indicios evolutivos de que tras ellos tampoco pasaría, ni por ésas, ni por otras cabezas. Como así fué, ni un uy perdón ni un quiero decir. Lo que se llama una perfecta adaptación al medio, incorporarlo entero de un bocado, que es el modo definitivo de eliminar sorpresas desagradables por coincidencia instantánea de lo real externo y la versión oficial interna en cualquier aspecto y especie.

Porque eso sí ratifica que hay al menos una especie por descubrirse extinta por difundirse de impresión en impresión incluso sin tinta. Que es decir de viva voz muerta como de continuo discretamente secuenciado para facilitar su reproducción sin pestañear y sin titubear. Y sin duda alguna, la más original de cuantas se reproducen sin réplica posible por extinción preventiva de las demás. Esa de la que se dice ser se diga lo que se diga, conciencia la llamaban, a no ser que la interrumpa otro ser que no lo dice, con su silencio: que de cualquier modo es como decir que dice no ser con su silencio, comparativamente hablando inferior a todas luces a un noticiero. QED, ergo QEPD, y seguimos tras el anuncio. Conque a callar siempre y a no ser, claro, que la especie de su infortunada extinción sin causa ni razón aparentes merezca seguir difundiéndose, que es esta especie de difusión aparatosa de la especie que caracteriza a una evolución medida en verdad por millones de euros. La unidad génetica de cuenta corriente en el flujo de la vida que más intéres ofrece hoy.

O a no ser que quiera uno darse el gusto de seguir desenterrando fósiles y sacar a relucir aquí un acto follido o un lapsus cunilinguae, un fetichismo ideológico compulsivo u otras antigüedades. Que sería el viaje en balde y hacer miles de eurómetros o kilolenios en vano, porque llevaría a la misma conclusión. A saber, ¿en qué pensaba la buena mujer mientras ejecutaba el acto ilocucionario con nosotros?: en euros o en cualquier otra cosa, tertio excluso (concretamente nosotros). En balde pues, al ser todas expresiones sinónimas de idéntico dilema desde que se inventó el primer oficio del mundo, y que devuelven con o sin palangana disponible a la misma escena en el acto. Pues qué otra cosa querría significar un euro sino cualquier otra cosa mientras se trate de una cualquiera, la que jamás defrauda. O por seguir exhumando antigüedades, porque un euro es lo que se hubiera dicho en la edad media el aspecto que ofrecería el ser puro aspecto o la imagen del mismísimo imaginar, la especie de las especies; y en ésta, como aún hablara, quizás ofreciera el aspecto genuino de la expectación misma. Ni de nada ni por nada, sintetizada industrialmente como suposición automática de continuidad; pongamos del discurso, mientras lo que suene siga teniendo el aspecto o apareciendo bajo tal especie.

Y si un euro es todo eso, de ciento cincuenta millones ni hablamos. Pues ni que decir tiene, ni que callar, una figura que tan sólo sugiere el estar figurando y su continuidad inamovible como figurín figurado figurante. A lo más la locutora podría haber recurrido, de permitírselo el Kamasutra de estilo informativo, a la figura más equivalente al cambio actual de lo informe perpetuamente en ciernes, que es decir etcétera. Pues con esa cantidad incontable se hace patente por qué un informativo es hoy el género específico de lo sublime, como en cualquier noticia de tribunales de las que acompañaran ese día y todos a las noticias culturales. Digamos, ya que ella patentemente no podía, que el exsimio protocatalán difunto vivió hace un año, y otro, y otro, etcétera. O hace una noticia, y otra, y otra, y las demás semejantes. Más o menos como la buena mujer  tampoco podría dar la noticia de que lo defraudado por una ONG bancaria tras otra fue un euro tras otro y etcétera. Pero también, y es donde empieza lo que produce interés en Sudáfrica y aquí, como tampoco podría decir que para finales de Junio se convoca a expresar votando su juicio político, singular y soberano, a un ciudadano et caetera similia. Sobre todo porque correría el riesgo, por idénticas razones, de soltar en pleno telediario que ese día están convocados a las urnas treinta millones de euros, o un euro y los demás semejantes. Y ahí, por alguna ignota razón, no quedaría bien. Ni pasaría inadvertido.

De donde se sigue que vivimos en un peculiar Estado de Sublimidad inducida que pese a toda mayúscula deja al antiguo de la Sublime Puerta, con su Gran Bazar y su Gran Serrallo y su Gran Eunuco, a la altura de la babucha de Montoro. Un Estado estético a más no poder, aunque por otra parte no poderse más sea lo que define a lo estético; y así, a su realización política como redundancia interminable en su propio beneficio. Pues por hablar como el vulgo o como el difunto emigrante exsimio, que en gloria informativa esté, inventarse una forma nueva de hacer o padecer común pudiéndose aún en ésta es cosa que no pica por idéntica razón que la sarna, cuestión de gusto. Por caso, a la hora de decidir que sí se puede, o no, elegir asemejarse en las figuras de una constitución u otra, de uno u otro género. Donde la cuestión es que se trate de seguir buscando un criterio al respecto o bien se resuelva en juicio de gusto y pura arbitrariedad. ¿El qué?: el asemejarse al menos dos en una misma figura como semejantes, aun separados como… no sé, como Madrid y Barcelona o como dos planetas distantes por ciento cincuenta millones de euros. O por uno, y los demás semejantes.

Porque ése es el limbo en que estamos, vulgarmente hablando, el de tomar decisiones sublimes en culto, aunque a falta de oficiante con sobra de monaguillos.¿Bajo qué especie reconocernos?, ¿pan, o vino, o directamente a hostias por sintetizar, que hay urgencia? Que parece ser la preferida de los espectadores como de los locutores, ya que al parecer ellos han alcanzado hace mucho ese estado de indiferencia estética a un criterio de asemejar y diferenciar y otro y etcétera, ya se llamen kilómetros o euros o milenios o etcétera, mientras sea mucho, y cuanto más, mejor. Y por lo demás semejante, que sea lo que quiera. Ya que en el oficio más viejo del mundo saben que visto un euro, vistos todos; que todos los segundos se asemejan al primero por principio aun antes de seguirse, desde luego; o que desde luego no es descubrir el mediterráneo ni la bahía fecal de Río decir que la compulsión de la marca deportiva única y de batirla por un segundo un tercero es una forma de lidiar con lo infinito sin renunciar a la medida y el pulsómetro de mano o de pubis. O que por eso la figura de deportista es la especie política superviviente, la  más difundida bajo la que manifestarse semejante a semejantes semejantes: porque todos sabrán como el primero que segundo a segundo y partido a partido se hace uno con la copa del rey, la liga de la reina y hasta el carné de legetebariano del paje -eso está probado- gracias a la seguridad que da el Etcétera, y el saber que en cualquier otro momento habrá otros cualesquiera semejantes para olvidar a éstos, tan instantes.

Pero la cosa es que entretanto millones de especies o de aspectos o etcétera se  estén extinguiendo o existiendo a falta de nombre y nosotros sin enterarnos, ni siquiera de su aspecto. Que es lo que produce el interés informativo en todo el mundo en Sudáfrica y hasta en Cataluña sin ir más lejos por no ir más lejos: sino justo sub limes, hasta el borde del Ebro o de la propia especie desde el que fisgar la ajena y volver a la camita propia suspirando apropiadamente. Donde todo sea una especie de especie o algo así o etcétera, y los demás semejantes, algo parecido. La que mejor se difunde desde hace ciento cincuenta millones o algo más de algo. Y no tiene aspecto de cambiar, ni cambiando de especie.

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