EXCITADOS CON CITA PREVIA

Ahora que se ha pasado en una eternidad toda una legislatura, y ha quedado claro que veinte escaños no es nada, acuden a mi mente recuerdos de otros tiempos como en un baile de citas, seguramente un tango, y los buenos momentos que un día contemplé cerquita de una calle que siempre idolatré, la de las madres de todos, entre padres de la patria reunidos para montarse la mejor que se recuerda. Por ser más preciso, una histórica sesión de investidura, la del mejor presidente que el país haya tenido hasta la fecha, por no ser más preciso; no fuera a parecer propaganda nombrarlo, y más ahora que de nuevo dos escaños son todo, y febril la mirada perdida en la sombra los busca, y no lo nombran, y todo vuelve a empezar a volver.

Citándome de memoria recuerdo que era tarde, como siempre, entre sombras que sin alas asaltaban los suelos y árboles que sin hojas no sabrían qué decir, si soplar o sorber al viento, o al mismo tiempo. En los portales más visitados de la red de callejuelas las pocas luces alumbraban ya castizos postureos en trance de entenderse, ya ardientes neologismos de ocasión que sorpasaban todo entendimiento. Pero volviendo a la principal, la acumulación de citas en la Carrera de San Jerónimo rayaba en incomparable, salvo quizás con las Ramblas; aunque últimamente parecen indispuestas para el oficio de acordarse con extraños sobre lo suyo, salvo siendo del país. Y por allí pasaban de todo tiempo y lengua citados y pasados desde Winston Churchill, bien salido por los cerros parroquiales de Ubeda, hasta Nicolás Maquiavelo maltraído en busca de una virtud de oportunidad, o viceversa del derecho. O descuadernada por el revés en oferta de baratillo, que tanto monta en tanto montarse pueda en cita a lomos de piel como de papel ajenos el Principito a los principios, para ir aprendiendo del derecho, o al revés. Y en tanto por detrás de las anchas espaldas de los leones impasibles sus señorías seguían dentro metidos, en su tarea de excitarse citando como de citar excitados al derecho y al revés.
O al hecho del sufrir como causa de ley. O a la ley como causa de hecho del sufrimiento. O a uno y otro por causar efecto, uno en otro o de otro uno, y vuelta a empezar. O viceverso en una política de nuevo nueva, ya te digo: y como te digo, ya me dirás, pero como me cites te he de citar. Pues como te he visto me ves, pero como me ves como visto en frase manida y tuya, no te invisto como ves: es que visto y no visto tu acuerdo, me despeloto, y como te acuerdes, no te invisto, o si te invisto no me acuerdo. O viceversa del derecho ya sin vuelta ni siquiera a la vieja política moderna en ésta moza, de envase reciclable literalmente hablando sólo mediante cita previa en casa pública tan concurrida, como es de ley, donde se atiende necesidades tan comunes y sin vuelta de hoja que no hay más que hablar, y no hay más que hablar, y no hay más que hablar para volver a empezar a volver como hojas muertas vivas. Porque este revés sobrevenido del derecho al parecer irreversible, como el del juicio al opinar inconmovible por conmovido, y de su ideal de palabra responsable al admitir en todo caso réplica por respuesta y turno por diálogo, ése es el solo argumento dramático documentado sobre el estado del país, al menos aquella tarde, en un documental dramatizado en el país del Estado con diálogos monológicos de besugos viceversados en prosa. Eso sí, patética.

A más de ser el único argumento, lógico y mono a una, reseñable en tan insigne espectáculo poliestético de resignaciones de todo género, entre actores impacientes por reseñalar pensamiento de cualquier modo pensando en señalarse sólo entre una multitud ávida de citas a vida o a muerte, habidas con la historia en el acto o en la actualidad por haber, apocadas de presentes tartamudos o arriesgadas a todo pasado, eso sí, siempre cornamentalmente afeitadas de propia voz por el diestro ajenamente hablando. Un trajín, en fin, de principios afines a fines parecidos trocándose sin cesar de regatear de principio a fin de esa Carrera atestada por medio de todos, que es decir, cita tras cita entre prójimos vivos de ayer como entre remotos muertos de actualidad yendo o viniendo a decir próximamente: lo que viene a decir aproximadamente lo mismo en monodrama prosopoético que en correlato prosopopéyico, con o sin ayuda de espinacas, y me cito, un hablar solo en la luna sin espejo ninguno autocitable. Eso sí, como parece lógico, con una aplastante ilógica impresionante al momento, aunque reimpresa al instante de viva voz recién aplastada. Aunque a la vez por ser mono imitándose doblado simultáneamente en estéreo, que es decir con viceversa textual al instante de arrebato visceral al momento excitante citado en la actualidad, y cito, como de espaldas partidas al presente: y sin haberse movido de un respaldar de palabra, que ya es decir, digamos a la poética del vivir y callar comunes. Y todo a la vez aunque a la vez del todo en ese peculiar viceverso prosaico medido y ensayado y recitado sin medida, ya desde la primera cita, como estribillo sin yegua ni caballo por detrás ni por de antes. Ni caballero, pero viceversado en viceversar históricamente hablando desde Rocroi hasta Pavía y vuelta en general a caballo sobre todo en particular en tan singular prosa común.
Como si dos viceversos articulados entre decir y ser dicho, así los separen siglos o segundos y dos nombres o un espejo, por ir y venir más deprisa de cita en cita fueran o vinieran a sumar un universo diverso, sólo por divertido al parecer público en incontables versiones reversibles. Y más ahora que se acaba el dipartidismo para que impere la multiversión simultánea de lo único que no admite, en ninguna lengua, inversiones tan fácilmente rentables una vez verso: el propio tiempo ajeno al parecer a todo, aunque al parecer sólo en todo ajeno. Salvo tal vez en el orador que habla de una vez por todas como quien dice desde Churchill hasta desde Maquiavelo, pasando por la penosa ascensión al Gólgota y la fugaz Carrera de San Jerónimo traductor. Y de lengua en lengua sin salir de una todo pasando a la vez y a la vez pasando en público de todo, menos de público, en esa carrera tan atestadamente ocupada que en todo momento se está citando; incluso practicándose boca a boca sexo oratorio ante la cámara sin discriminación de género oral. Pero que aun así se explica hablando con propiedad como embargada, por un estado de ánimo que no alcanza ningún entendimiento, incluso en semejante trance de confusión entre cosa y palabra pública o privada de público o de intimidad: por puro ánimo de estado. Una emoción sin duda lógica en una situación lógicamente emocionante, como estar en trance de salir de un estado de la transición a otro, concitando sólo con citar cómo se acordó olvidar para alcanzar el que se abandona.

Ése que también se debió de alcanzar, en algún momento del que tampoco nadie puede acordarse, por un acuerdo asimismo único aunque sin par: usar concitadas a una todas las voces con equidad una equívoca lengua, lo mismo de carne que de aliento de ayer o de hoy, para acordarse prácticamente lo mismo ahora que entonces, sílaba o saliva arriba o abajo entre unos mismos labios presentes como ausentes besando como hablando, más o menos. Lo que se llama una teoría convencional de la lengua conveniente en el acto de hablar en cualquier Convención; aun cuando no venga al caso ni le vaya al caso nada en ella, como es el caso. Que es decir al hablar decir y al decir hablar, pero además a la vez concitandos sólo con citarlos, aunque con citarlos sólo por concitar su acuerdo: que no conviene hablar en parlamento de lo que es hablar en parlamento salvo en tiempos de crisis, salvo en tiempos de crisis. Y Ello en virtud de algún otro acuerdo aun más inmemorial, a concitar junto a la cita concitante, que ahora no se cita nunca por falta de tiempo, por no extenderse, o porque no hay quien se acuerde. Como es el caso.
Conque alcanzado por un desliz sin duda el único acuerdo que se hizo patente literalmente hablando en la carrera de San Jerónimo, traducitar por escrito propio recitable de viva voz ajena la pasión de un verbo por encarnarse en todos o viceversa; sellado así el Pacto del Beso con la Palabra, en presencia de sus escribas para dar fe de sobras por treinta escaños más o menos; y llevada al huerto del olivar a varearla como perdiz, de acá para ya y de acullá acallá todos, menos quien la concite al parlamentar, consumatum est el Tránsito. Y consagrada la Transición al nuevo Estado de Ánimo, el de un ánimo de estado hablando con propiedad embargado por una emoción sin duda o viceversa como lo exige la urgencia de un trance de confusión semejante sin pausa ni para respirar entre semejantes en todos los tiempos. O al menos en algunos semejantes. Por lo visto, el penúltimo grito a la hora de tener la primicia carnal del verbo o la última palabra encarnada por igual sangrantes: citarlas a ciegas pero en directo en el lugar de la pasión por antonomasia. Donde concitadas a una acaba el penoso calvario de la palabra de todos desoída y empieza la fulgurante carrera de San Jerónimo, portavoz de las oídas que en gloria estén. Que es decir en el lugar común de esa pasión, de palabra consumada, nuevamente la más vieja del mundo: consumarla sin sumarse pero con citar a todos para hacerlo en su lugar visto y no visto. Y por lo visto también el último grito y cito, señor señor por qué nos has abandonado, a la hora y pico de oro más o menos de conseguir de segunda mano citas de primera, con la historia o con la gloria: que es entrar a la primera recitando con segundas y salir por consiguiente de las conseguidas con inocencia consumada. Que es para gritar de emoción sin duda, y cito el grito, que me quede como estaba, virgencita virgencita, pero en el acto.
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Porque tal es la duda que ante la nueva función parlamentaria ronda por las cabezas arriba y abajo se viene a los labios sin querer como no se los muerda uno a tiempo, aunque sea a otro parlamentario en público: si será mejor maniqueísmo católico conocido, como bipartidismo en blanco y negro, que matizaje global por conocer bíblícamente hablando entre alardes variopintos de libre interpretación. Sin duda tan clara como en San Jerónimo quedó fuera de duda por adelantado -aun antes y mejor que en el retrete saledizo de Lutero- cómo sacar partido matizando una cita ajena concitada en traducción propia para hacerla resucitanda a los dos días: atiza, cómo matizan, que dicen que dijera Jesucristo que en gloria esté impactado por la lectura de una vulgar flagelación divinamente expuesta en latín vulgar. Y en ésas estamos nuestros fuímos o somos o seremos, en concitarnos en un hoy cansado de palabra al menos, cuando se alzaba o se alza o se alzará el telón de este auto de fe en el parlamento, recién estrenando como siempre con palabras ardientes como nuncas por auténticos protagonistas.
Conque dejamos la de San Bernardo a la altura del Humilladero y volvimos o volvamos o volvemos en directo a esta otra carrera atestada de sobras en la actualidad, la de San Jerónimo traductor. Que es decir como abogado o portavoz del verbo ajeno propiamente hablando en latín o romance, según, ante terceros extraños; ya que en griego antiguo no puede decirse ya que entonces ya se diría proxenetismo. Si la obra en tan ilustre carrera armada fué Vulgata o fue Traviata, se discute aún; que lo fuera por antonomasia, no. Como no se discute que todo divulgar sea extravío, extraviada toda palabra ajena divulgada, y todo traducir al vulgo desde San Jerónimo traicionar a la palabra trasladada como a la del otro lado. ¿De qué frontera entre tiempos o espacios o modos de hablar? De aquélla sin frontero confrontable por antonomasia, ni enfrente ni a la espalda partida o sin partir, donde el portavoz se instala y se queda a un lado, y al otro, con los dos: que es decir ablato entre latín y romance ablativamente hablando con errata divulgata o sin ella, o sin hablar, de un modo u otro visto y no visto. Pues también entre silencio y palabra -la traducción por antonomasia aun con antónimo anónimo- ocurre en cualquier lengua traducirse el silencio por no hablar, y aunque sea negándolo convertirlo al verbo, que es decirle callar. Con que se crece el trance en estado y se ensancha de frontera en límite sin fin por ausencia de afrontados como de aculados, o de afrenta de referencia a las espaldas como referente preferente políticamente hablando. Y más como hablando en inglés castellano sin distinción el frontero se vuelva borde, y el ser borde en limitación, pero la limitación en distinción de un selecto territorio profesional prometedor de sentido al momento y sin sentir.

Como quien dice en territorio soberano de un prodigioso estado de transición entre citado y citante, concitando como Siempre ahora o nunca por la urgencia, donde se queda con quedar sin más y con quedarse se lo queda uno. Uno que se diga lo que se diga aparecerá concitado en cualquier cita conseguida como habiendo estado para conseguirla, y por consiguiente, habiendo estado siendo, siendo estado aun sin haberlo citado. Viejo monstruo de la jurisprudencia, azote de notarías y covachuelas, un tal Concitando que es gerundio pero ordenado profesionalmente hablando aunque fraternalmente electo para vicepresidir como Fray, entre vicepatrón oficioso y viceaprendiz sin oficio, ese mismo colegio y oficio de viceparlamentar a fuer de tan desafuerado como hoy reintroducido fuero oratorio. Aunque en su sermón de hoy prefiera figuras más poliestéticas, como hacer literatura con el mundo una conciencia desvelada a diestro y siniestro políticamente hablando; y ya no la vieja imaginería del bipartidismo católico revelado, entre luz y sombra, más partidario de concitar cierto estado de animación en las figuras haciéndolas temblar a diestro y siniestro con la simple idea de montar un cirio por partida doble, uno a dios y otro al diablo. Pero que hoy como ayer en cualquier caso es decirse de cualquier modo vivamente lo que estando ahí como presente ni por venir ni por decir, sino por estar viniendo a decir, no podría decirse vivo ni muerto; aunque sí decirse que en todo momento se podría. Clamolorosas paradojas de un estado y a la vez condición tan gerundiano que no es otro, ni uno, que un oficiar yotroyuno entre maneras de hablarse y oficios del decirse entre divinos y humanos. A fuer de divulgador entre vulgos radicado en ninguno o extraviado en todos, pero conductor de cualquiera hacia algún sentido común concitando en cualquier momento y modo, tan consintiendo por común acuerdo de corazones como conviniendo por razón social de conveniencia del convento resultado, aún no, pero siempre resultando: en toda una lengua en una palabra tan razonada en principio como corazonada, desde luego, para que se la invoque convenientemente en cualquier Convención desde un principio convencional del consenso o consensual del contrato, social o comunitario según. O del hablar en un mismo idioma como un pensar acordado o un acuerdo compensado, sin corazón ni cabeza pero por igual, de todos recordado en todo momento como acordado en alguno.
,¿Pero por cuál acuerdo, y cuándo, que yo no me acuerdo ni loco ni cuerdo? Porque ni en mis peores brotes filológicos recuerdo negociación por que se alcanzara a sentir asentado algo semejante, pongamos, en la palabra silla de montar mundo adelante que en la palabra sillón donde sentarse, en alguna parte entre Roma y Tordesillas, a sentar acuerdo alguno; digamos entre la sede pontifical, para hablar todos en culto convenido en concilio, y la silla del pueblo, donde sentarse vulgarmente hablando largo y tendido a tender puentes y predicar con el ejemplo. Como tampoco hay acuerdo de que ninguno se acuerde por el que se pudiera empezar alguna vez a dejar de escuchar como semejantes, con entereza e integridad, una misma palabra en culto a la integridad del verbo original restante que partida por entero al vivir cada día con entereza, entre tantos intereses de los partidos y algunas pérdidas de las nunca vueltas. Pero el caso es que de convertirse a la versión oficial, y creer lo vertido en el credo complutense por verso en prosa vulgar, ésa es la sola conclusión unívoca aunque políglota que sobre la concitación del verbo de todos en parlamento público se puede sacar de la Carrera de San Jerónimo: que como en todo tiempo hubo de haber acuerdo para alcanzar palabra en que nos acordemos sin pensar, habrá de haberlo habido para tenerla olvidada de todo corazón. Fuera en la Moncloa, fuera con un beso, en Getsemaní o en el congreso. Pues si acordarse consentir es cosa que pueda concitar en prosa entre presente y ausente una negociación por partes entre partidos y quedados, lo mismo ha de valer para disentirse y no acordarse, uno de otro o del otro en uno, entre unos partidos presentes o no según. Lo que se llama una teoría convencional de la palabra tan convenida como compartida en cualquier Convención, según convenga al partido que habla sólo irse quedando a la hora de partir o además quedar en irse con lo repartido.

Y así también en la Carrera de San Jerónimo, en un momento en que nadie quiere acordarse, se debió de haber debido acordar por consenso-no hay más que oir a un portavoz que consintiéndolo mucho lo lamenta aun más- dejar de oír acordes entereza de las partes presentes e integridad ausente de los partidos. Justo lo que parece haber pasado entre la sede de Pedro y la silla de Pablo, que en algún momento la convención se dió por conventa y la congregación del verbo por congresa, y se acordó olvidarse de congregarse en regla para convertirse en disgresión; si es que no venían ya conversos con prosas de Almagrande Gandi o pequeñas jaculatorias del Cholo Simeone, como siempre animando partido a partido aun antes de partir. En una conversión a la disgresión, por seguir citando, tan repentina como la caída del guindo de un apóstol o la ascensión al olivo de otro, y por lo general singular, aunque particulamente peregrina por todos los caminos visto y no visto que todos llevan ya a seguir hablando aún hasta provocar sociedad: que salvo errata divulgata es aquello por lo que se paga en tales casas públicas de citas, donde se traducen por derecho necesidades ajenas sin vuelta en actos comunes apropiados o del revés. Y aquello que debería resultar de su gradual conveniencia por gradas congresuales salvo que en la traducción divulgata resultara extraviata por algún camino practicable, en la actualidad de una palabra excitada por concitarlos todos, aquélla citada precisamente por concitar alguno.

Curioso Estado éste. De ánimo, que todo está por decidir, y a parlamentar animosos partido a partido. Y donde no cabe pensar, claro, sino que así ya cabe que en la sede de Pedro no puedan acordarse en nada de la silla de Pablo porque no puede olvidarse del todo un Estado fundado sobre el olvido acordado, por consenso según su propio dogma, de pasadas rencillas. Mientras desde la silla de Pablo, la de caerse del caballo sin apearse del burro del Cid que es decir Eureca a cada paso, la repentina revelación paulatina que permitiría acordarse de lo que impide acordarse es que sólo cabría en cualquier caso en caso de acordarse la transición del estado actual de la transición pasada a otro, de consenso presentido, que nos tiene ya transidos en el aire por sentir que ya se siente, y en el cielo por tomar que se toma sin citar por donde se toma – ya que introducir la referencia expresamente sobre el escaño en los anales parlamentarios por la posteridad sería incorrecto por supuesto, y por suposición, doloroso-. Y entre que se siente lo uno y lo otro se levanta de una u otra silla o sede, la traducción del transido sentir común sigue en suspenso pero aprobado por común acuerdo, el único hasta ahora inmemorialmente vigente en el nuevo parlamentar de siempre: ello no está pero estamos en Ello. En la punta de la lengua o la vanguardia del idioma con integridad de partido y total entereza, que total viene a decir en suma ir a decir por entero más o menos lo que por partido no cabe en ninguno, pero cabrá con citarse solo.

¿Y qué es ello?: lo que nos anima a todos por lo visto, que no invisto, a seguir en esto de decir qué es Ello, lo que nos anima a todos. El espíritu de la transición operando por alguna parte, seguramente de próstata o de oído. El fantasma inoperante de la ópera más espinosa por antonomasia, aunque operada de todos los modos en prosa o en verso o viceverso. Ésa tan divulgata como extraviata que tan bien se montó en San Jerónimo o también en Brecht, la interminable ópera de cuatro cuartos partidos que no suman un total pero están en Ello: ni operado ni operante, pero operando con sólo hablar con ánimo de estado de ánimo no estante, ni estado, pero estando no obstante con prestancia mediante, aunque prestada; pongamos por lo restante de otra instauración no restaurante por citar en fin a algún otro Adolfo, restaurador oficial de la Marca Hispánica nunmehr en su heroica plaza delante del mundo entero o por detrás, que mientras salga redondo tanto da. ¿Y cómo? Hablando como quien dice entonces como ahora de consenso a concitar con citar un hablar de acuerdo ya olvidado: no de sí en lo olvidado, ni de tan generoso olvido a citar, pero concitándolos a ambos. Que con citar así vivo como muerto, pausa dramática mediante, ayer como hoy, basta al parecer para excitar por incitante e incitar por excitado a suscitarse algún lugar común, recitando a tiempo en cualquier tiempo.

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Y eso que cuando dos gitanos mienten ninguno se engaña -por no citar más a nadie sino a alguien, ni a excitados ecos sino a voz concitante alguna-. Mas por lo visto hay que volver a gastar en lo no visto, investidura, más sílaba salival y más viceversa de lo necesario. Al menos para acabar de reactivar este crecimiento del todo partidario, claro, de una contabilidad de la palabra presente tan doble por partida como por partida doble: en be, como en sílaba de baba presente pero contada -ca es gran maestría-, o con uve como en saliva de victoria al caer ya cantada. Como futuro inminente o pasado presente a la vez pero no a cualquiera, sino a la vez ilustrada con ecos ilustres por llenar el hueco con un canto ya dado en los dientes propios o una cuenta pendiente de oído ajeno, tanto da. A fuer de hecho verbal que se cita ya por derecho como actor concitante de hecho aún, según, cantando o contando con ser tan pronto excitante hoy -de mañana- como citado hoy -por ayer- como Recitando Siempre o como siempre recitando: que es gerundio por derecho o al revés inmemorialmente venerando como siempre hablando en la actualidad.

Y tanto, y tan reverendo, que en este postpremoderno paraíso de la competencia lingüística no sólo rige aún entre hablar y decir, sino que se corrige al instante sola como profunda gramática convencional esa sola regla y orden suya, nunca convenida pero autocorregente en todos los oradores de la Convención políticamente hablando: que a la hora de presidir un hablar parlamento ajeno, como modelo a citar de lo que es decir, si vales acabarás por salir elegido citando, pero si sales elegido citando, vales. De suerte que si sales vales y si vales sales es en este paraíso de saliverales la mano de santo aunque invisible de un evidente patrón de gobierno al hablar a medida de la realidad: que es decir en la realidad a medida que se va gobernando entre hecho de valor y valor de hecho, por tan proceloso libremercado, un hablar receloso con voz propia, por prestada, pero estando con prestancia donde tiene que estar uno porque haya Estado, pero otro: en la ajena. Que es decir en fin quedándose en citar o citándose para quedar citando sin decir o diciendo sin citar, desde ya mismo, en un Estado Concitando en principio desde siempre, aunque desde ahora distinto, que se cita precisamente sin precisar por lo mucho que se precisa. Ni constituido ni constituyente, pero estando en Ello, y aunque sin diván con escaño constituyéndose que es gerundio pero ordenado, aunque Fray, sacrosantamente laico.

Que es decir hablar en un mercado parlamentario autocorrector autocorregido de continuo por ningún hablante discreto, pero toda la corrección corregente del mundo políticamente hablando sola, pero consigo, por citas vivamente interpuestas de ausentes de cuerpo presente. En un idioma inmemorial de nueva planta, sea flor azul o un alcornoque, común al instante y al momento pasado de vuelta como presente de puro oído. Y aun con opciones de futuro y hasta de los masocultos pensamientos manifiestos, pongamos, en ilustrados politólogos castizos sobre la lujuriante castidad de ideas de una casta serrana o de Serrano. O como repongamos viceversa una vez más en la otra mitad del semibiciclo, para otra eternidad fugaz como una legislatura olímpica, a esas castizas ilustraciones del común y su mayoría silenciosa decorando mudos escaños durante años, y de lo que es ser parte de un todo patrio ejerciendo de patrón gratuito por un amor platónico sin necesidad. Pues para qué dar ideas de Lo Bueno que ya es en realidad para quien está en Ello estar realmente en ello que es lo bueno. O a.qué hacer declaraciones de lo que ya se sabe por pura cercanía al menos en ciertos casos, ya lo dijo Beltrán Rusel, si en cuestión de valores todo es alegoría y parecer y un cierto aire de familia concitable incluso con sus vaivenes y cotizaciones variables, y hasta con su prima de riesgo carnal. Y donde en su defecto presupuestario, ya que se paga por parlamento, basta con citar alguna declaración de la familia de las más allegadas a lo real, y como de lo real no puede hablarse, a callar. Por citar a alguna Wittgenstein.

Conque ni mano de santo invisible, ni de visibles legos: ley de bronce o un plomo semejante en este saliveralismo de palabra multipartito, por lo mucho y bien que la reparte al parlamentar entre unos presentes circunstancialmente circundantes con profusa liberalidad. Un parlamentarismo que cree en la competencia linguïstica como particular constitución de la palabra de todos, por su convenida capacidad innata para fundarse y defenderse sola en cualquier tiempo, persona y modo. Y tanto, que lo mismo defiende constitución tan valiosa de adanes innovadores, como cosa fundada con esfuerzo frente a viejos caínes inmovilistas, que frente a caínes inmovilistas con esfuerzo de adanes fundadores. Pero en todo caso tan engendrada como fundada en aquel tiempo inmemorial de que hay que acordarse para acordarse hoy, con la sola ayuda pero a fondo cita mediante de algunos padres de una constitución ciertamente singular. Y tanto, que siempre se citan a su lado todos juntos sin dar nombres en cuanto hay que ponerse a tratar sobre ella para cooperar en su renacimiento. Una constitución engendrada por consentimiento desde un principio aunque a conciencia desde luego desapasionada, por puro olvido generoso y un ferviente sentimiento patrio, más un toque de ruda para suavizar sin dudas el trago del alumbramiento. Y que así sólo puede calificarse de prematura o retrasada crónica aunque sólo por el momento desde que nació, hablando ya políticamente, transida en plena transición: que es decir hablando en culto sub limes o vulgarmente en el limbo desde que ni nació, ni dejó de hacerlo, ni hacerlo. Como la constitución de todos los españoles sin duda, ni tácita ni expresa entre lo único acordado, olvidarlo todo, y lo olvidado del todo: no acordarse en materia semejante sólo entre las partes presentes para hacerlo en el acto, y a los demás que les den cuneta si quieren dormir juntos.

Que parece haber sido el público parecer al respecto desde tiempo inmemorial ya al aparecer en público la criatura. Y que entretanto, entre tanto concitarla como espíritu imprescindible para su generación a posteriori, habría que haber bautizado más bien que constitución un carácter, no siendo fruto tal acordarse de lo dado por naturaleza como hábito -más bien cainita por aquí- , pero tampoco sujeto político elegido o siquiera escogido por sustituto de lo primogénito -que también aquella interinidad de Abel se resolvió aquí no sólo sin oposición sino por pelotas en un solo Set, eso sí, de la noche a la mañana-. Un carácter ni cínico ni hortera, sino de perro del hortelano para no perderse nada en el dilema, típico del lugar por supuesto común desde tiempo inmemorial, aunque recordialmente acordado a conciencia a partir de algún momento periódico puro. Que así nació tal Transición como estado sustantivo: como un carácter impresionante literalmente hablando de viva voz, impresionada como ella sola, y figurada unánime sólo por unánimemente figurada en una redacción de la actualidad con pasado incluso y futuro inminente, que es decir en prensa. Que es decir El País como quien dice como el país, menos Gibraltar, pero más Andorra y las Seychelles para compensar, por los que no compensaban ni compiensan en el país uno u otro: sino pensando solo, como luego se ha visto y no visto, sólo en el país yotroyuno, que por tan pintoresco carácter es el que compensa siempre y sin defraudar nunca. Y donde se acuñó entre mayúsculo y minúsculo por penúltima vez hasta ahora ese carácter fiduciario, divisa de transición en algún paraíso semántico extraterritorial donde, como atracadero de fortuna, la hizo a fuer de titular suplente del nuevo sujeto politico, a la sazón no defraudado por la historia ni por el momento defraudador. Sino por siempre defraudando, que en eso y para eso estamos.

Hecho políticamente patente desde luego en un texto fechado con derechos de reproducción -visite nuestra hemeroteca-, pero desde un principio patéticamente político en un modo de hablarse ésteril durante años concebido, aunque sin concepto -y cito, matria inmaculata orate pro bobis-, como consenso alcanzado penosamente aunque sin sentir en un santiamén ilocalizable de memoria en fecha alguna, y de recuerdo, en ningún corazón. Al menos hasta su remilagrosa reaparición en la actualidad de otro, no menos recordialmente sintético, en figura de una beatífica telerevisión ilustrada a mano invisible del santo patrón inmemorial; de un mismo imperativo catalegórico desde los tantos muertos que a sus pies Numancia hubo durmiendo juntos en paz hasta los de una inmaculada transición cornamentada de conflictos conyugales, que apenas: Recuéntamenos, más el IVA, menos la parte de Caimán. Y por Ello, inmemorial sin duda y digno de citarse con ninguna en toda fecha precisamente no, sino de concitarse con una cualquiera mientras se la den fecha precisamente cuando menos se precisa.

¿Pero con citar qué? Lo, que aún nos anima a todos a seguir en esto de decir qué es Ello, lo que nos anima a todos. El espíritu de la transición. El fantasma de la ópera más espinosa, la operanda, por ser de todos los modos concitando se diga lo que se diga. O un hablar de acuerdo ya olvidado en otro hoy, por hoy, tan imposible de olvidarse como de acordarse: pero que con citarse así vivo como muerto pausa dramática mediante se basta para suscitarse al parecer … Lo, a titulo de lugar común recitando a tiempo en cualquier tiempo. Y eso que recitarse una voz de una vez sin pausa ni pasión de oficio que hoy es siempre todavía basta para resucitar a veces muertas vivas como un hogar, dando aliento a su tiempo. ¿Con sus oportunos matices tal vez que no es tal otra? Tal vez, sí; pero sin duda no matizando sin pausa las lápidas sin vuelta y las cruces de ida como pausas de continuo discretamente reversible, como en discurso por turno cruzadas o lapidadas a guisa de argumentos en una misma variable función: comedirse el decir al hablar y viceversa pero comediando siempre. Y comediante comedido a una, traducitar propiamente hablando alguna pasión ajena que es el solo oficio comprobado en la carrera atestada de San Jerónimo, una noche cualquiera del alma, siendo oscura.

Atizar en la sombra las luces del verbo de todos una voz apropiadamente sin dueño, con sus oportunos matices: que en eso, en cuanto matices, te atizo. Como dijeron según se dice en San Jerónimo el apóstol Pedro gentilmente a los nuevos conversos en prosa o el apóstol Pablo con versos a los paganos de los platos rotos por hablar en su idioma en prosa, en todo caso con un mismo estado de ánimo divulgador. O al menos así lo habrá de haber citado o habrá de recitarlo en alguna oscura noche entre los tiempos todos, pontificando en su sedesilla, el apóstol Pablo Pedro a medias entre dientes o sílabas asaltando los suelos o los cielos. Depende, pendiente el acuerdo al respecto de momento y siempre, claro, de tener oportunidad en virtud de la situación citada. O de citar en la situación oportuna la virtud, la de citar al menos, o la de situarse. O mejor todas en virtud de un auto sacramental del automentarse el verbo profano, por no decir lego, entre colegos colegiadamente colegales; y cómo no, donde les basta con citarse para concitarse ley. Que eso es el misterio sagrado de este espéctaculo del mentarse sin pensar, pero para compensar comentando a perpetuidad: pues como me mientas te he de mentar, pero como no me mientas, te mentaré, y de paso a tu madre patria mía o viceversa. Y eso que, mentar por mentar, aun cuando dos o veintidós de sus mentores mienten al parlamento de todos ninguno se engañe porque al momento se desmientan todos. Ni se desengañe, que esa calle tan mentada queda lejos a su parecer.

O del espectáculo verbal de la retórica como revés irreversible del derecho. Y más ahora que recitándome con mi mala memoria quedamos en recordar que ya es tarde, como siempre entre sombras, y que ya se ha pasado en una eternidad fugaz toda una legislatura históricamente hablando para la postpreteridad. Y que ha quedado nuevamente claro que veinte o dos o veintidós escaños son todo o nada de nuevo. Y que febril la mirada los busca entre sombras en un baile, seguramente otro tongo, de citas con las urnas de votar o de yacer, hecho polvo en todo caso. Las que otra vez aguardan pero poco para repoblar como ánimas de estado en pena la carrera de San Jerónimo cuando cae la noche, tarde, y mañana, todo a una, volverá a empezar a volver. Aunque esta vez como nunca excitado desde un principio: nacer ya recitando. Como siempre con cita previa.

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