Pena de moscas

Estoy condenado a pena de moscas. Indefinida y no revisable, en cualquier momento podría llegar como siempre un indulto no deseado. Más bien temido por lo que viene luego, más pena. Pero no de ésa negra pequeñita y revoltosa en que uno quisiera evocadas todas las cosas: de esas moscardas azulonas que al volar no susurran, crepitan como carracas abocadas a crispar hasta los cristales y las lunas de los espejos. Con la joroba reluciente que parece purpurina a punto de reventar de sepa dios qué, como licras de viejas cabareteras. Sobre todo sobrevuelan la pila de la cocina, claro, y la servilleta y las migas del mantel inmóviles jugando durante días cualquiera sabe qué ajedrez indescifrable por sus cuadros.

            Yo creo que lo adivino, como cualquiera. Y eso que no me gusta el ajedrez, por más que su belleza no sea de este mundo y lo haga tan apropiado para reclusos en otros. O en uno mismo y solo. O peor en algún limbo inaccesible de cualquiera y nadie. Y eso que las moscas lo intentan y se posan en la pantalla de la televisión y tratan de pisar los cielos o los cadáveres, todos imaginarios, que pasan fugaces por allí. Pero ésas son de las negritas cursivas casi en silencio: los muertos de ficción no engañan a las moscardas azules, verdosa alguna, asquerosa, que siguen a lo suyo buscando carroña, basura, cualquiera de los nombres para vida desarticulada y muda. Que lo intentan conmigo y las espanto. Que se posan en el sofá y en la pata de la gata, y las espanto. Que se van a las orejas de las perras, y se las zampan; sobre todo Mía, que es más lista aún que aun el hambre que pasó de cría a pesar de convivir con el hombre hace ya años.

            Estoy condenado a pena de moscas y no se me ocurre quejarme como cualquiera, porque me la he impuesto como yo. Cuca apenas puede moverse, empieza a hacer frío fuera y la gatera obliga a un doblaje de vértebras que no está en su papel. Y tampoco hay dobles para esta escena final. Así es que le he puesto dentro de casa una bandeja de arena, de ésas que dicen absorberlo casi todo y sin olerse casi nada. Pero no frente a la tele en el salón, ni en el baño como probé: tantos años lleva conmigo que trataba de mear como yo, lo más cerca posible de la taza como es natural sin acertar nunca. Está claro que no damos la talla ni estamos a la altura. De esta escena final, por lo menos, yo. Así es que se la he puesto en un rincón de la cocina debajo de la encimera, ése inútil que un mundo cuadrangular claro y distinto produce inexorablemente en aras de la eficiencia en el quehacer culinario. No en el padecer urinario, que eso es distinto, claro, y se huele a la legua. Que es un decir como es natural, o espero que algo menos, pues en otro caso acabaran viniendo naturalmente vecinos y semejantes como moscas a reclamar, lógicamente, que un mear es un mear y como es lógico se lo huelen todo. Y que es una pena pero ellos no tienen por qué soportarla. La naturaleza, supongo, o será la lógica.

            Y estarán en su papel. Y tendrán como siempre la razón de su parte o su parte de papel, dar razones a compartir: como si con eso ya fuesen corazones. El nuestro, que por una parte se parará cualquier día, por la otra sigue sin encontrar ninguna ni preguntar por ellas. Ni siquiera por circunstancias como cuándo y cómo habrá de ser, en adelante, lo que un fantasma, tan sólo un nombre y un mundillo entero hasta el final de caricias y arañazos. Porque Cuca ni rechista, ni gime ni maúlla. Sólo ronronea cuando le espanto la moscarda azulona y odiosa de la pata.

            No, de preguntar aún, que alguien que se huela de verdad lo que pasa venga a preguntarme por lo que queda de verdad al final, qué merece la pena. Y no encontrará cosa que pueda responder por esto, todo lo más un zumbido asqueroso al acecho por todas partes de la noticia. Pena de moscas carroñeras del final, ¿qué no dirían como pudieran? Todo lo más, que por esa pena sólo podría responder alguien que, como pudiera, nada diría. Pero no se lo merece. Por eso estoy aquí.

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