Esas cosas pasan

Suenan los disparos a mansalva, nadie pedirá cuentas a sus manos. No las tendrán manchadas de sangre, o poca, un arañazo al cobrar o al despellejar. Colateral, mera concomitancia, matando que es gerundio coincide que esas cosas pasan. Salpicaduras, anécdota, coincidiendo con un día de caza. No es la guerra, sólo son bestias. Sin ánima, eso lo empuñan otros. Y aunque la hubieran, otros se la cargarían asimismo y asimismo se la apuntarían, tendrían en un puño, vaciarían, desarmarían, llegando el día. El gran día prometido, prometedor, de caza por coincidencia. Gran potencial, el del verbo desde las cavernas. Altas miras, de fábrica, ser preciso es otra cosa. Que zigzaguea y se escapa, que aguarda latiendo oculta. A que nada pase y todo siga. En vano, bajo la piedra. En alto, entre el ramaje inmóvil. Donde toque, entre absurdos fogonazos de dolor a mansalva. Donde empieza lo que no acaba Coincidiendo, es un día de caza, esas cosas pasan, y no vuelven a pasar. Lo que no acaba en pieza.

            Testigos, ninguno. Huellas, pocas y confusas. Por aquí ha de haber pasado algo. Imposible acordarse, suenan disparos a mansalva. No es la guerra, pero tampoco hay tiempo. Eso grande que mata llega. Donde todo acaba, empieza: un rumor escandaloso, torpe en la maraña. Se lo huele a la legua cualquier ser vivo digno de ese nombre. Menos uno, que no es cualquiera. Armando su barullo a trompicones, cargado de razones, entre sus altas miras se apunta una vida en blanco que se escapa. Una de esas cosas que pasan. No iba a ser así, ha de haber pasado algo. Algo que se le escapa. Que no acaba ni en pieza. No volverá a pasar. No hay tiempo.

 

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