Conato

Un conato irresistible de partir una cabeza en dos. Con una badila irreversible de hierro viejo, sin mango, para ascuas de mucho tiempo extintas. Parece ser cuanto puedo hacer, hacer cuanto Se pueda, y por que me deje descansar mejor, mejor hacer que descanse en paz ella. Violencia de género impersonal conmutable por reflexión, Solidaridad gaseosa, ética-política more postmoderno demonstrata.

La gata Cuca, que va a cumplir al cambio los ciento treinta, maúlla. Intransitivamente sin objeto o peor, con cualquiera. Día y noche, como sólo había oído a los cachorros de la casa vecina al llegar al ancho mundo, a saber por qué en el breve espacio entre una caldera estanca y un muro de hormigón. Y recién aún, o ya a penas, sin pedir ninguno nada que pueda nombrarse al parecer, ni al desaparecer. Como yo, aunque el dudoso don de la palabra me permita entretanto llamarlo silencio en mis rogativas, mientras maúllan en mi lengua mil muertos por lo bajo. Ya he roto un par de vasos y una puerta porque no soy el Buda, y porque un maullido que se lo ve venir o que se ve marchar de la noche a la mañana y del alba hasta el ocaso, eso no hay quién que lo resista, dentro de este cuerpo que lleva mi nombre al menos. Y menos tras los cinco años de demencia postrera de mi padre, sin parar pidiendo madre, los diez de hembra niña pidiendo a gritos padre, los sesenta de hablar sin quién que lo soporte y sin descanso, y las perpetuas visiones de televoces en añicos pidiendo por el espectro entero oídos, pellejos, trizas, carne de embutir en el nombre de las cosas.

            Porque así parece ser la cosa. O al revés, el ser cosa. O al menos un común apetecerlo, nombre la lata que se da y darse la lata un nombre. Porque parece que en este maullar omnipresente algo se pide en cuanto se puede, sin importarse en cuál nombre ni saberse qué quién. Porque a una mala se importa de China o de Nueva York, o porque sabiéndose se puede menos, o porque así parece ser el último pensamiento global local desde los tiempos de Espinosa o Spinoza según. Hablarse converso en prosa del lugar o viceverso a conveniencia enlatado hasta en el nombre propio, que de otros para qué hablar. Hombre o gato, miau o conato, como quien dice siendo autor de uno mismo o varios sin ser y sin descansar, por güevos o por ovarios, de decir o maullar depende, según qué especies sean a la sazón las más difundidas alrededor. Es lo que tiene que todo quiera decir lo mismo, un querer decirse en cuanto se pueda. Aunque lo mismo ese lomismo que se adivina de restregón y refriega entre querer y poder resulte ser nada o lo que es peor: un ni se sabe, pero queriendo, ni se quiere pero sabiendo: que todo viene a ser lo mismo, lo mismo que se va. Que es decir, todo un puro conato, conatal eso sí, de nombre tan conativo a solas como por nacer a medias entre romance latino y latín de divorcio notarial, pero entretanto pido que es decir necesito, o necesito, que es decir pido o natura sive ratio o si vis pacem lo contrario, que es decir: ser, o decir ser, decir, o ser, o al menos querer, querer decir ser o querer ser decir etcétera, por ejemplo, paralelepípedo, por necesidad, opíparamente, ad libitum calagurritano o to be continued or not to be.

O quienquierequé dijo el gallo, y marramamiau la gata: que ya está bien y que ya se vale, que venga todo el rato a dar la lata con el conato y como al final viene a dar lo mismo con o sin lata, de momento venga a darla nadie como quien dice. Porque aquí en este cuerpo maullido con palmera donde no hay quién que lo resista todo, desde el alba hasta el ocaso pasando por el picudo insaciable y el apetito sin dátiles del tiempo, todo el tiempo arañando garabatos en los troncos por las uñas de los gatos muertos o vivos con o sin física cuántica, por las sombras de las nubes y los ecos de los pasos en la grava con o sin historia, por todo lo que no se importa donde se produce todo, aquí lo único que ni se quiere decir ni ser pero se nos merece a ambos es este maullar confín, rincón y sillón de mimbre sin fin y sin principios. Este no olvidarse hasta que un día quiera nombrarse acaso, sin importar en nombre de qué sino en cuál nombre hay quien resiste con todo, y no aparte, porque no resiste a nada y a ningún poder ser, y a poder ser al sol dando y tomando la lata que toque. Porque no hay palabras aquí ni hay diques, ni dímes ni diretes en este Maullar Cuca que habría acabado con la paciencia de una piedra muerta y enterrada en las murallas de Jericó, de estar donde no estamos y ser quienes no nos nombramos. Y no aquí, donde sí, cazándonos deduños a manzarpa por las rendijas del mimbre donde maduran su siesta eterna los limones.

           Entidad única en su género, el de los cucamonos enredándonos como nombres al sol por las baldosas en torno a un gesto, la nimiedad de un gesto sin nombre y sin edad suya ni mía, darlo al instante. A eso me agarro, y al mango de la badila, cuando con gusto partiría una cabeza en dos con tal de recuperar algún silencio. El de la mañana en que nos aparecimos, sentada ella sobre la valla en la esquina más prudente tratándose de humanos, la lejana. Examinando al hombre, día primero, y viendo ser bueno sin añadir para ella o para mí o desde su punto de vista o en mi opinión, o bajo el uno y la otra siendo en inglés, que no hablaba. Y quedándose. En una nimiedad todo su todo, toda nuestra su vida cayendo y callando unánime. El día del gran extravío por las acequias enterradas de la mano del hombre, siguiéndose como locos perdidos por el huerto él arriba y ella abajo, partidos en dos entre los vestigios de un maullido subterráneo y un nombre al viento. El día del terror mientras el tornado arrancaba pinos por las laderas, losetas por la azotea estampada de flores en las paredes con tiestos incluídos, apiñados a oscuras perros gatos y cagones de todas las especies junto a un pilar de la casa. El día del ratón envenenado, a mayor gloria de la productividad del sector primario y de la noche envuelta en vómitos de sangre y mis zapatillas, triste amparo. El día cualquiera de la panza al sol, negro azabache arrebujado en la cesta oro y verde de limones. Todo su todo, mi toda su nuestra vida.

            Que habrá sido todo un conato no lo dudo. Aunque podría, no me apetece. Que el de hacerse uno cuanto se pueda, incluso el hombre a gatas o la gata en pie por las baldosas en reparación del tiempo, tampoco. Pero incluído el de no hacérselo pudiendo, caca fuera de una caja o mear fuera del tiesto, cosas con palabras y el silencio a badilazos. En la televisión un coche me aconseja que no renuncie a nada. Espinosa sugerencia, pero tomo nota. Y en cuanto pueda, seguiré su consejo. Y maullaré y mearé y llamaré y amaré y me haré Cuca en cuanto pueda. Aquí cazándonos deduños a manzarpa por las rendijas del mimbre, donde maduran su siesta eterna los limones.

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