Santo oficio

Ya dijo Saavedra Fajardo que no debe el príncipe legislar costumbres, pues ni se respetará esa ley ni cambiará esa costumbre, sino que se fomentará otra, y la más perniciosa: dar por sentado de toda ley ulterior que tampoco habrá de cumplirse. Y que se modelan costumbres ajenas sólo con el ejemplo del propio gobernarse. Claro que Saavedra Fajardo escribía antiguamente, antes del gol de Iniesta; pero lo hacía ya glosando unas “empresas políticas” que eran los carteles publicitarios de la época, y del producto estrella de aquellos tiempos, los valores intemporales. Por ejemplo, la salud de cuerpo y alma propios, es decir de cualquiera, es decir, de momento y para empezar, los ajenos.

Amamantados de ubres psicopedagógicas más que bíblicas, los jacobinos hoy gobernantes dicen tener otros conceptos acerca de la salud pública. Está por ver. Porque el maltrato pulmonar no es para ellos objeto punible por pulmonar, que tocaría siempre a uno u otro pulmón concreto y ahumado, mas por maltrato: como caso particular de una figura cuyo nombre proclama a los cuatro humos definirse por su contrario, el buen trato, que no se define en parte alguna. Como no sea en una intuición de esencia vedada al resto de los mortales y accesible sólo a los arcontes de la República y en alemán, o en griego: tratar a cada existencia conforme a su forma ideal, o como se dice hoy más deportivamente, mantenerla en forma, si el contenido en cuestión quiere como si no quiere. Es por su Bien, que es el de cualquiera, es decir el nuestro.

¿Cuál sería pues el buen trato a los pulmones del público urbano, prohibir la atmósfera en las ciudades públicas? ¿O prohibir las ciudades públicas en la atmósfera? ¿O prohibir asfixiarse con yerba pero no con aire? No hay sino ver sus perspectivas políticas a gran escala para darse cuenta de hasta qué extremo concuerdan con la pequeña: se prohibe fumar en los bares y humear en las fábricas chinas, así como encender televisión en espacios públicos donde haya quien quiera silencio para pensar. Acústica o química, polución es polución, aquí y en la China: y la ley española no va a ser menos. Conque si uno habla en universal, ¿no ha de oirle el universo?

Entrevistada en público, la ministra de los dineros repite compulsivamente con los labios–cada cual practica sexo como quiere, mientras no sea en público- que en la reforma laboral se trata, rigurosamente hablando, de flexibilidad, flexibilidad y flexibilidad, para que cada empresa se acople idealmente, a las circunstancias, claro. Menos los bares, que no deben de ser empresas, a los circunstantes, que no deben ser circunstanciales, sino ideales: altos, rubios, vegetarianos y no fumadores. Al menos de momento, mientras no cambien las circunstancias.

Por no multiplicar los ejemplos, sino ir directamente al arquetipo de esta locura, legislar circunstancias ideales con ideales circunstanciales o viceversa: como uno acaba creyéndose en general lo que se cuenta en particular, si lo repite mucho en público y se lleva la frase hecha a la boca frenética, compulsivamente como un fumador, es de creer que a los demás les pasará lo mismo. Tal podría ser un diagnóstico de la enfermedad reincubada, larvada y eclosionada en la desdichada Iberia peninsular a lo largo de esa interminable transición que dura ya tanto como el franquismo. Se necesita al Otro (marca registrada) para que escuche la mentira propia el número de veces necesario para empezar a creérsela uno, y entonces se lo recicla (en el cubo policromado, heterogeneidades y mestizajes). Se precisa al judío para creerse cristiano, y al fumador para creerse sano: mas no por la salud predicada, sino por predicársela sin necesidad, pudiendo quedársela y disfrutarla uno sin rechistar.

Ésa, que sabrían disfrutar del vivir y el morir sin rechistar, es la mentira a cuyo sostenimiento coral nos convocan los bocazas de oficio, llámense tertuliano o parlamentario, predicador o familiar del Santo Oficio. A esto se llama hoy en culterano dialogismo y polifonía, y tiene en la corte y villas principales convento y escapularios (disponibles en la red). De alguno es parroquiano sin duda el momentáneo presidente del gobierno provisional, tan devoto creyente en las virtudes del diálogo que no pasa día sin que lo invoque en sus soliloquios.

Así se explica que hoy baste acudir a cualquier bar en esta parte peninsular de Iberia para comprobar cómo funciona la alianza de cvilizaciones y el diálogo entre culturas distintas; entre una misma, está por ver. Pero dialoguemos, que hablando se entiende la gente siempre que sea gente; es decir, que no fume (esos no son gente, sino antisociales solitarios, que ni pisan jamás un bar). O mejor dicho, ya que lo ideal es hablar en positivo: no que no fume, sino que sea, por ser algo positivo en esta vida, nofumador. O nojudío. O noviolento. O en general, noloquetú. Es lo que se llama constructivismo crítico, en culto. En vulgar se llamaba el perro del hortelano, pero han prohibido la expresión en lugares públicos, como brazo de gitano o pasarlas negras: era vejatoria para los perros, o los negros, o los gitanos o los hortelanos, entre otros circunstantes idealmente posibles. Que no han dicho nada, siendo como son sólo posiblemente; pero si supieran hablar y fueran, lo habrían dicho. Más o menos como la salud ideal de los que estén circunstancialmente a su alrededor de usted, lector, idealmente posible o posiblemente ideal: por ejemplo, realmente ideal, yo. Lo que de nuevo demuestra quod erat demonstrandum: nada como el diálogo entre personas distintas, a ser posible, la una circunstancialmente real, la otra, idealmente posible. Por ejemplo idealmente real: el diálogo platónico a una voz entre la salud pública ideal, que habla, y la de los que estén (circunstancialmente) a su alrededor, que callan y pasan por los calendarios. Fugaces, como se alza y desaparece de entre los labios el humo de una moral de boquilla mentolada.

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