mediterráneos

Ello parece pensar, por lo que dice, que vale del mar lo que no de la tierra, y de lo movedizo aquello que no vale para lo firme. Que sólo hay lugar para lo transitorio y a medias en imaginarias Transiberias, pero no en los mapas aéreos y graves de lo corpóreo. Pongamos las Nubes.

¿Y el Mediterráneo? O los mediterráneos, mejor, convengamos con Ello en eso: plurales, como transiberianos, antes de su reformateo imperial en mare nostrum único y así ajeno.. Pero ¿no han lugar, con tal de hacérselo, claro, otros mediterráneos minúsculos y plácidos, o borrascosos, o escándalo de paellas por los contornos o alharaca de palmera en viento, habitables, en una palabra, nada más que de palabras? ¿No de verdad de piel, de nariz, de tacto, no de todas esas otras verdades? ¿O es que verdad, como Mediterráneo, sólo debe haber una, imperial y nuestra, y así, ajena?

Eso piensa Él, a la par que cava el cuadro para las coles, o pasea con Los Perros el camino de esta tarde, o esta tarde del camino. Porque lo mismo cabe pasear una Vez por muchos caminos que El Camino muchas veces; y por qué no, piensa Él, el que asiste a su ser hombre, pasear en el espacio como en el tiempo, o pensar como cavar, o construir intermedios habitables y plurales de presencias como de ausencias, de palabras como de lenguas, de voces como roces, poblados de azahares y sinsabores. Quizás sea eso lo que más le separe y le acerque a Ello, que todo lo ha de pensar de lejos, desde  donde no se toque, desde donde pueda verse. Al menos así lo piensa, y lo cava y lo cementa y lo poda y lo cosecha, desde hace ya algunos años, o El Año unas cuantas veces. Él, el que siempre ha buscado -desde que hace memoria- ser libre de asistir a su ser hombre. Al besado desgarro de irse siendo, de ser yéndose, pero humanamente.

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HISTORIAS NUBES

Historia de una nube que quiso echar raíz: tras mucho no llover sólo dió frutos de sombra.

Envidia de los árboles. Quietos por las faldas viendo pasar vientos. Sumidos en otros negocios oscuros, de piedra, duros. Durar. Envidia de dedos rasgados en lo oscuro sin entrañas. De troncos escritos de esfuerzos a otros ilegibles.

Demasiados arabescos de nácar espléndidos y fáciles. Demasiados castillos en el aire de perlas sin morador, arriba. Demasiados ojos demasiadas hojas demasiados hijos demasiado lejos, abajo. Demasiado abajo. En la raíz de la sed a ella incomprensible.

Historia de una nube que quiso echar raíz. Sólo dió frutos de sombra. Tras mucho no llover.

 *

Irisaciones. Almendros florecidos en un campo abandonado. Caídas las vallas, piedras esparcidas, flores por las ramas: profecía de mariposas o cita de erudito orientalista. Donde el hombre suele sacar a sus perros. Unos treinta almendros abandonados en un campo. Febrero en viento indeciso es calor frío.  Sin dudar los almendros florecen. La sierra gris en lluvia distante y sin raíces. Al fondo de un campo sin manos de hombre. De hombre sin flores sin perros al trote entre la esparcida memoria de la nieve. De hombre sin almendros, abandonado, sin vientos.

Piedras desparramadas. Tomillos. Flores y vientos. Campos. Hombres. Sierras, manos. Al fondo de la sintaxis abandonada. Palabras. Desparramadas. Imparamados.

*

¿Por qué no le valieron raíces de cristal? ¿Por invisibles? ¿Por demasiadas? ¿Por breves, por necesarias? Respuestas a una sed de tallo que no entendía. Ajena. Que no sentía. Desconocida. Desparramado en parodias de historia y cicatrices, en hilos sin cuento, en cuentas sin contar se vino abajo. Ábaco de gotas y derrotas imparamadas por faldas de piedra corrió a perderse entre dedos ciegos. Salvo a su sed.

Y tan cerca de la mar, no se llovía.

*

Irisaciones. Ladrillos momentos: piedras veces. No es posible saber cuántas piedras entrarán en un metro de muro. Por los ladrillos el agua no baja contando, se desploma. Extenuada, no bebida. Sin vivir, transcurrida sólo. Es difícil prever dónde hallará una piedra sitio. Es difícil recordar un ladrillo. Es fácil ver que difícilmente encajan, ladrillos fechas y piedras veces. Historias, nubes.

*

¿Cuántas veces cuántas gotas son la lluvia? Quieto todo menos un corazón y un gorjeo que juegan al dentrofuera, en la inminencia gris de la tormenta se ve rodar preguntas mudas de árbol en árbol. Siguiendo sus saltos unos labios forman repliegues o avanzan, las notas del pájaro resbalan o trepan tras ellas como gatos por las cortezas, arañazos y comisuras forman entre todos de repente la palabra viento.

¿Cuántas veces cuántas gotas? El fantasma de la lluvia se esconde en los árboles del sol, en los árboles de la luna, en los árboles del mar y de imposibles planetas de papel. Conoce charcos y espejos, se ha asomado a lienzos de puntillas por encima del hombro dolorido del pintor, ha mirado en vano en las polveras de las señoras que aprovechan el bamboleo rítmico del tranvía para arrullarse de sueños las entrañas secas. Sólo ha visto sílabas y astillas, ídolos y respuestas. Pero su pregunta fantasma sigue saltando de rama en rama y de añico en añico por su sábana invisible de intersticios. ¿Cuántas veces cuántas gotas son la lluvia?

Lleva contadas hojas, muchas hojas. En muchos veranos de muchas vidas. Los árboles son los santos de su retablo de piedra. Son la sed de los dedos y el tallo de la oración y el testimonio sombrío de pasados milagros. Nubes verdes, esmeraldas, verde oliva, ceniciento, verde culebra y verde musgo del ciprés, nubes verdes y hojas, muchas hojas, ¿cuántas hojas, cuántas veces, lleva contadas?

El fantasma de la lluvia conoce esa cifra. Se fragmenta y se despliega, se reparte con exactitud a lo largo de las ramas, en las arrugas de la corteza, por las fibras y tendones de las raíces. Por un momento se vuelve talla y réplica del olivo. Le ahonda y le da cuerpo en la dimensión desconocida de volúmenes soñados, y el olivo entero tiembla. Unos labios se pliegan y se extienden siguiendo ese temblor, unos trinos enmudecen a compás de escalofrío, y se oye un trueno.

Pero no llueve. En la inminencia gris inmóvil, gris pantalón de diario, gris recoger el mantel de la cena, no llueve. Tiembla todo de olivos a escondidas y no llueve. Tiembla esto de aquello y de paces prometidas todo y no llueve.

El fantasma de la lluvia desiste del rito y se reúne. Que el cielo esté vacío, si lo sabrá él, no quieren ni oirlo las antenas que zumban, y a las avispas no les preocupa. Pero es una vieja magia que recuerda desde su siempre, y cuando quiere llorarse y se encuentra sin con qué, a ésa su manera rara de fantasma reza. En vano. En su retablo de piedra. A sus santos de madera retorcida que son talla y testimonio de milagros lluvias. Recordatorio de fuentes. Memoria de ascensiones invisibles. Huella de oscuros cúmulos y estallidos. Diluvio verde momia de hojas contadas. Si lo sabrá él.

Que desiste una vez más del rito y se reúne. Y salta rumor de árbol en árbol seguido por los gatos y los trinos y los labios en la inminencia gris peremne forman los trazos de la palabra viento. Sofoco de piedra el mundo en vano de copa en copa reza.

*

Una rana basta para cambiar la geometría de un mundo. De una alberca que fué piscina que hoy vuelve a ser alberca. Los mundos y las albercas dan muchas vueltas, por mucho empeño que manos humanas pongan en hacerlos cuadrados y pintarlos de azul. Y a veces el tiempo se viste de centro escurridizo y con ancas y se instala a vivir y se deja escuchar en ellos.

En la vibración del calor todo es cascabel y vibra. Un croar en el centro de la alberca en el centro del jazmín en el centro de la luna llena en el centro de la noche el centro del silencio de repentes. La geometría de las rectas y el cálculo de lo quebrado subsisten y se acomodan, pero ya no mandan. Medio alberca medio piscina, vacía a medias y a medias llena, en el centro movedizo un miedo enmudecido de súbito cascabelea chof el océano informe encerrado en cuadro, la altura anfibia hendida de mugre y de hojas secas y de insectos muertos se rehusa espejo chof y se recompone esfera, cascabeleo de ondas agua a través, silencio a través, valle y cielo a través hasta el halo de la luna y las estrellas y el repentino jazmín. Calor. Verano.

Roca mediante, muy cerca, bajo la casa cuadrada del hombre duerme en el aljibe la memoria intacta de su lluvia. En el mundo sin rana de ángulos y fracciones, de quebradas y quebrados, es apenas un residuo cuadraerrático y evanescente, perdido entre nombres extraños como un caballo blanco en un aparcamiento subterráneo. ¿Cuántas gotas, cuánta lluvia se ha perdido y se perderá su gesto blanco de cal y hueso alzado al cielo? Pero toda ésa no es su lluvia, la que le toca. En su mano de azotea nunca estuvo sino abrirse esforzadamente en cuadro y acoger a su lluvia, la que le toque, llevarla redonda y rota garganta abajo a sus entrañas. Abiertas a pico de ave sudor en la roca. Muy cerca, suelo mediante, del centro escurridizo de los tiempos, duerme intacta la memoria de su lluvia.

Un millón de zapatillas fantasmas de cristal sin ruido vagan por las curvadas salas del agua oscura. El fantasma de su lluvia que ya no se llueve se recoge y se recuesta entre la roca y extenuado duerme. Bajo la casa de un hombre alzada junto a una alberca que fue piscina que es alberca. En el centro del jazmín del verano y de la luna.

*

La Gran Araña vive abajo entre los escombros. Acaso estuviera ahí desde siempre, parodia momia de un sol exhausto con sus rayos contados y peludos, y su noche finalmente gris y vencedora por todo pellejo, insubstancial y vaciado. Pero el hombre sólo la ha visto ahora. Acaso no, y sólo recién naciera de esa sudorosa montaña de cestos, mañanas y polvaredas que ha arrojado de su casa porque el hombre quiere luz, espacio donde moverse el aire y él, arcos blancos y cristales donde vivir entre la alberca y la luna. Sin más fantasmas que el de su lluvia bajo los pies y en el cielo.

Fundada en memoria de esperanzas, alzada a una esperanza de memoria que ni asoma ni tiene trazas en el azul candente, entre tanto su casa poco a poco se levanta y a falta de su lluvia escucha al aire. Y cuando aun él le falta, canta. ¿Si será su canto el que ha atraido hasta ahí a la Gran Araña? Al borde del Jardín, donde en un tajo empieza lo agreste y el Barranco, perdidos huertos ajenos y árboles muertos entre herbazales secos donde se adivina a Las Serpientes. Donde los gatos apenas entran y los perros sin mirar corren felices si el hombre está con ellos. Los gatos saben, los perros aman.

La Gran Araña barrerá zumbidos importunos, seguramente también tenga a raya a tantas babas excesivas que cortan las dulces manzanas en ciernes por el tallo. Hipócritas de la paciencia y la renuncia anacoreta en su caverna turista, esa automóvil avidez de caracoles ha encontrado a alguien de su talla que no necesita concha. El silencio se lo teje la Araña alrededor, por donde pasa. Ni monda concha craneal de buda, ni rastro de brillos que son moco, ni premiosas exaltaciones que no sacan los ojos de sus órbitas, simplemente las estiran. Nada. La Gran Araña Gris es limpia y fulminante como un tajo de fuego cristalino. Su desierto es un escombro ajeno, el mundo; su mística, si tal hubiera, mortífera y sincera como un eco en el hueco de un círculo cerrado. Su infierno, lo lleva dentro.

El hombre sabe que Ella no subirá a su casa por ahora. Ni se temen ni se buscan, aún no toca. Se conocen. De otro Aquí, de otra vez, de otro círculo en los ecos. Donde Ella era crecida en cielos grises gigantesca trama de seda sucia y sangre, donde presa su lluvia a duras penas lograba llorarse viscosa y opaca, en gotas de cera verde y orín de hierro, hasta el suelo asesinado bajo una manta de asfalto entre aullidos de sirenas y consignas. En aquella madriguera el hombre joven corrió a su trampa, perdió sus armas, sintió su nada entrarle ardiendo torrente negro por las estancias del aire, por los antiguos patios hasta el centro del palacio, donde está lo que habla.

Allí le salvó un perro. Un nombre arrojado fuera por la última ventana. Uno que su veneno no pudo alcanzar, pues no existió hasta entonces, hasta aquel entonces de aquel último grito. Sin más rastro que sus pasos, sin más norte que el contacto de una mano que acaricia, asido a aquel minúsculo centro a la deriva escapó, sanó, por caminos y ciudades se recompuso. Su lluvia le alcanzó a veces, a ranas, a charcas de cristal de bar de otoño, a mesillas de pastillas y besos y dolores. Su lluvia le alcanzó a voces, minúsculas y muchas, y quebradas, le lamió el dolor, le lavó el odio. Ella nunca odia, él ya tampoco. Corrección definitiva de silencio, ni la teme ni la busca. Aún no toca. Sabrá hundir la mano en los escombros, cuando le toque, cerrar los ojos, quedarse mundo en un adiós verde de manzanas.

Entre tanto, los perros, la alberca, saben, las manzanas, los gatos, croa, la luna, aman, crecen, la alberca, corren, el aljibe y el jazmín, habla, la Gran Araña Gris vive en el escombro, al borde del Jardín, y el hombre alza poco a poco una casa vana, blanca y voluntariosa que cobija en sus entrañas al fantasma de su lluvia.

*

Las acequias cantan. Estos tubos de goma negra babean. Cuando les meten presión, porque aprietan los calores, por todos sus agujeros tan diseñados babean, hasta parece que giman. Pero no cantan. Por eso ya no se ruborizan las naranjas, ni los melocotones, ni siquiera las manzanas, sólo se entregan descoloridas e insulsas a las manos y las bocas que las compran. Nadie les ha cantado bajito y para ellas solas la canción del río corriendo hacia el amar sin prisa la noche entera, entre el olor de las flores, los grillos y los manotazos del coco palmera metiéndoles miedo a todos, buuu, que viene el viento y os echará por tierra. Y sin miedo ni orgullo ¿cómo puede alguien avergonzarse, ni saber? A manzana o a naranja, a lo que sea, aunque sólo sea amar. Aunque sea de oidas.

Desde que las acequias están mudas el mundo es un plantío de macetas. Las afortunadas que han logrado hacerse con su agujero un porvenir se le abren y se ensanchan rutinarias, hasta donde den de sí sus sílabas contadas con cuentagotas; se aprietan, vanos rentables, contra las paredes de barro cocido de lo restante, como si aún hiciera falta sujetarlas para que ni se hundan ni les entre nada ni nadie más. Y dan retoños que crecen deprisa y mucho, y dan el mismo fruto muchas veces, y no saben. Ni se avergüenzan. La canción del río que las acequias cantaban de memoria pasaba por todos y no era de ninguno.

Sin ese rumor confuso como un recuerdo, hasta las acequias se disgregan en un suelo y dos paredes, que se miran perplejas de verse siempre sin tocarse nunca. Sólo alguna vez, cuando llueve… pero hace mucho que no llueve, ni se les mete lo mismo a todas a la vez por las entrañas arriba, despacio. Sin el rumor del río de la memoria las paredes de las acequias inventan sueños desiertos, y el suelo, cardos, que es lo más parecido a un palmeral que logra soñar a veces. Inventan cantos y manos y hasta turbantes, y no saben ya si sueñan o si recuerdan, y en las noches se hablan en muda algarabía que nadie entiende, salvo acaso el fantasma de su lluvia que suele columpiarse en una rama a oir los grillos.

Algunas enloquecen de tanta sed y se deliran murallas del redentor macetero universal. Y les crecen coronas de alambre por las frentes, y se sienten importantes, y ya sólo son impares y una. Mientras su otra mitad se hunde secarral impenetrable entre las brozas del afuera. Otras sencillamente no aguantan esa eterna tortura paralela, y por reunirse en seco se desploman. A otras se les va llenando el alma de barro y al cabo se resignan a ser improvisado macetero de segunda sin tubito. Y eso que en alguna parte feliz y antigua dicen que hay aún una clave oxidada y grande que esconde el río, y una mano que la entiende y sabe de su dulzura lenta y penetrante. O eso cuentan los grillos.

El hombre lo sabe, aunque sea de oidas nocturnas, y a veces, a martillazos o a pedradas, aún consigue entreabrirles la compuerta oxidada de la alberca que fue piscina y vuelve en un instante a ser alberca, a cantar felices gorgoritos y ponerse cintas espirales en el pelo. Tampoco puede darse todo de una vez, o la rana del tiempo náufraga en su madero –un viejo quicio carcomido que el hombre le echó por isla- moriría. Pero un canto breve ya es un canto, aunque algunas veces el cantazo le haya pillado el dedo, y otras, casi dislocado el hombro en el esfuerzo. Es lo que tienen las viejas claves roñosas, gordas como hélices de vapor o plancha de imprenta, con su rosca interminable y chirriante como el pensamiento. Aunque el hombre siempre olvide el dolor y los juramentos cuando al otro lado del muro, abajo entre los árboles, empieza a cantar el agua y una brisa se estremece por el huerto entero.

*

Mediterráneos minúsculos como abejas o gotas de sudor o flores. Esparcidos por medio de los días y las tierras y los cantos encapsulados en barro seco ¿Si serán los mares gotas de otra lluvia, de la Grande, la de nadie, la de todos? ¿Si serán las palabras mares de gotas y de veces de otra lluvia?

Pero el hombre frunce el ceño. Suelta un viejo juramento. Bastante tiene con sus cuatro naranjas y sus seis matas de flores. Y vuelve a hundir la vista y el azadón en tierra. Eso Azul, que haga lo que quiera. El hombre ya no espera, será que lo habrá hecho demasiado. Aunque doblado por la mitad, se siente cerrarse, redondo y negro, elástico ataúd interminable de un tiempo muerto de racionamiento, de raciones racionales razonablemente racionadas. Del que sólo un barboteo de sílabas y babas ininteligibles le recuerda puntualmente cada tarde de verano qué no era el río.

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