Timologías transiberianas

Convencido por  más de veinte años traduciendo de que la historia humana  es una sucesión errática, de erratas en la traducción de un original que nunca existió, Ello ha resuelto reunir sus varios géneros con que hubo de tropezarse en esos años como otros se empeñan en reunir los géneros anatómico-forenses mediante el matrimonio, la pareja de hecho o el torpe concubinato. Son a saber, timologías falsas que mejoran lo presente con pasados a medida, bajo el apócrifo patrocinio de don Federico Nietzsche y don Juan de Mairena; y sus complementarias, filologías  y traducciones académicas con todos los certificados de rigor mortis, sólo que erróneas: lo que no las hace menos incorregibles, inamovibles y canónicas. Y mientras las primeras, que hacen más real la realidad pues la vuelven perceptible, se ven obligadas a presentarse como ficción, las segundas, que lo son, se expenden y cobran como memoria recobrada, que no deja de ser literalmente cierto.

A lo que se ha de sumar ese tercer género de errata hermafrodita entre cuerpo y alma, mirar la letras como quien lee las Cosas: que cumple sin saberlo aquello que proclaman de sí con ostentosa humildad las erratas eunucas conocidas hoy como Ciencias Sociales y antaño por Teología. Son erráticas miradas a los parias de la tierra transiberiana, que es decir su iberiana lengua: comillas, paréntesis, el punto de la fecha, todo lo insignificante sin lo que no habría texto, en cuya compañía pasó Ello y pasa tantas horas desatendiendo el rumor de los naranjos o de los párpados de Ella, o el manoteo con que trata la palmera, en vano, de pedir socorro, socorro, que me pican los picudos las entrañas: a Ello le pasa lo mismo cada vez que oye hablar a un ilustre periodista, o un ínclito comunicador del, por el momento, último régimen de uso de las, digamoslo así, nuevas preposiciones castellanglesas con, naturalmente, sus comas, las clínicamente irreversibles y cínicamente desechables por gentes sin aliento coma. O cada vez que ve a un cretino entrecomillando con los deditos como orejitas de liebre lo que quiere decir cuando dice conejito, o trastabillando por un campo de gerundios antipersonas que él mismo ha venido sembrando por la frase.

Y dicen que estos diarios que ahora se llaman blogs como antes carnets, según quien va mandando en los mapas del espacio, son para hablar de lo que se vive, y no de conceptos o palabras.  Ello es que hay quien vive entre conceptos y palabras,  no de ellos. Comillas y ganchitos interrogantes como percheros de cejas son su paisaje, sus grescas de la oficina, sus atascos de tráfico por el camino o sus salidas de juerga por una nota del traductor al pie; así que no otras han de ser las entradas de sus diarios. A cambio, eso sí, hay quien puede permitirse hablar y pensar en su lengua castellana del brillo de salones rococó y el sudor de caballos a la carga y el rielar de antorchas lejanas en el puerto de Cartago y de vidas cotidianas en días y en vidas que ni él ni nadie podría haber vivido en unos palotes negros pero en alemán, o francés, o latín. Por ejemplo, Él. Que aún tiene la cara de jactarse y atribuirlo a su gran imaginación.

Ello no. Paisajes blanquinegros de palabras, párrafos con campanarios. Palominos como puntos y seguido caídos de repente y de las nubes sobre un párrafo de tarde límpida bajo la parra. Ahí, entre el español del Aquí y el del Más Allá y el de cada una de las Españas habidas y por haber, en ese transiberiano interludio donde se escucha el ningún idioma del traductor, se ha ido y se va topando Ello con tales criaturas.

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