LOS PARIAS DE LA LENGUA

De todos los parias son las comillas aquéllos a quienes su cambio de fortuna ha trastornado más, hasta rayar en el delirio. Antaño fueron heraldos de calidad, fieles anunciadores de palabras de otros en que podía confiarse: sin que importara el sujeto en esa frase del fiar, donde tanto monta y monta tanto palabra o autor o heraldo. Por eso cuando aparecían comillas se detenía un momento el trajín de los párrafos y se les abría un hueco, para escuchar atentos: porque la confianza, ah, es un bien precioso sin el que se desmorona la página, el libro, y la república entera de las letras, convertida en amasijo de rayas, gestos y ruidos.

Pero héte aquí que hoy se las ve dispersas por las frases o las voces, disfrazadas de bufón o maledicente arcediano, con gorros de cascabeles que parecen orejas de conejo. Y que su mera presencia anuncia exactamente lo contrario, a saber, que todo cuanto siga y se oiga por su boca o sus orejas no es de fiar, y ha de sospecharse algún otro sentido que, por supuesto, nunca será propuesto, expuesto ni compuesto sobre el tapete.

Obligadas así a arrastrarse por las frases sobre un reguero de baba y bilis, las comillas han perdido la razón, y el ser, y la razón de ser dos. Porque una pareja, es sabido, abre o encierra un espacio de confianza que puede ser margen o paréntesis (vid. paréntesis), o incluso un aparte que abran los dos juntos: pero su espacio ideal,  del que toda pareja surge y depende, es la cita, una palabra dada que se cree y se cumple. Baba y bilis, por el contrario, son como se sabe sustancias disolventes, y por ello a veces cauterizantes; ciertamente beneficiosas cuando se trata de cerrar una herida o unos labios hechos pura grieta, pero no de abrirlos. Que es el caso cuando de fiar se trata.

Los resultados, a la vista están. Porque puestos a disolver, deshacer y desconfiar, ni siquiera una comilla es ya de fiar para la otra. ¿Y si no aparece, y la cita se queda en el aire y yo colgando? Yo no me abro hasta que tú no estés aquí, ah, pues como no estés a la hora de cerrar, yo tampoco, ni por pienso, ni hablar. Sino gesticular airado e insensato de conejos y bufones en el aire.

Y es que el amor de las comillas acaso no sea de este mundo. O tal vez sea este mundo el que no está hecho sino deshecho de ese amor sin límites. Porque, si bien se mira, ¿qué separación o qué distancia no podría salvar una pareja de comillas? ¿Tres mil años? “Cantaré oh diosa la cólera de Aquiles…” ¿Kilómetros? “Un viaje de diez mil li comienza por una comilla…” Hasta hay quien dice, aunque suene a cábala y a deseo en disfraz de argumento o de arcediano, que en el primer día del mundo lo que hizo el señor Dios fue plantear una cita, y plantar una comilla, que hasta la fecha sigue esperando cumplirse en su semejante y fin; de modo que el intermedio todo vendría siendo fiel transcripción de sus proposiciones, y los demás, esperando a que termine para poder contestarle.

Pero cábalas aparte, “¿no cabría cualquier discurso humano en el regazo que abren fieles unas comillas? ¿O unos interrogantes (o unos paréntesis, en la confiada certeza de que al final todos se cierran)?”. Que así dijo una vez un hombre a quien yo conocí, al que ustedes no podrán, jamás, por más que quieran, como no sea fiándose de mí. Se había citado a sí mismo desde el día en que nació, y poco después acudió a su cita, y cumplió su palabra. Y yo podría escribir hoy su nombre entre comillas, si no me las hubieran dejado chorreantes de baba que me da tanto asco.

 *

 No faltará quien diga que todo esto no deja de ser también “baba sentimental”. Que el asunto de las comillas es pura lógica, y no esta “lógica” de que me valgo para confundir lo que no está junto. Pudiera ser. Las buenas de las comillas, como heraldos cumplidores, jamás han ocultado la condición de palabras de cuantas decían, ni siquiera la suya. Pues ni siquiera en sus mejores tiempos han hecho su trabajo de memoria sólo, y siempre tarde. También eran conocidas y respetadas en concilios y conventos de lógicos y arcedianos, donde solían aparecer para anunciar un mensaje siempre idéntico: que “esto es un mensaje” y así, lo que dice ser. O en otras palabras, para anunciar que las palabras presentes hablaban de otras ausentes. Por ejemplo, de “palabra”, o de “ser”, o de “anunciar”.

Pero por mucho que digan de lógica, ni conventos ni arcedianos se han librado de la plaga de conejos y su forma de hablar de orejas. Prueba es que hoy, despedidas las comillas de la lógica, ya no se habla del concepto “electrón”, sino del concepto de electrón (cuando no del electrón, que el imperio del artículo consumible alcanza a todas partes, pero ése es otro cantar). Y mientras aguardan en la cola del paro estrechamente abrazadas y abrazando nada, más que un silencio, dos, las pobres comillas aún se siguen preguntando qué clase de conceptos son los del electrón, y con quién los concapta y conceptúa estando más solo que la luna en su órbita. O qué les habrá hecho la preposición “de” para que la tengan ahí, cuando nunca se ha visto electrón que tenga ni que engendre, que es lo que el pobre “de” pregona sin convicción haciendo de pareja él solito y desfalleciendo en el intento. O bien hablan de un “concepto de clase”, donde ya no es de extrañar que las pobres comillas enloquezcan y corran de una a otra y viceversa tratando de entender si se trata de la clase que concibe o de la concebida. Por no hablar del concepto “entre comillas”, que es donde pierden definitivamente la razón y se dan resueltamente a la locura bufonesca, o arcediana.

De modo que no, no es cierto que las comillas hayan sido despedidas por razones lógicas, sino por razones “lógicas”: por la lógica de la calumnia, por la razón universal del recelo y la sospecha. Caricatura de la cita de amor, este oficio baboso a que hoy se las ha arrojado no es sino el fiel y exacto vaciado de la bendición, maledicencia sin tasa que bien podría, como aquélla, extenderse desde la apertura del mundo hasta la clausura, que promete inminente siempre la aparición de un par de antenitas babosas como gorro de arcediano por un rincón de la frase. Pues, en definitiva, ¿qué palabra no quiere decir más de lo que dice? Seguramente sólo una, la babosa, que no dice nada. Y mira que entonces lo tendría fácil, con sólo decir algo.

Pero no. Porque en realidad sus dos deditos con los ojos en las puntas lo que hacen es el gesto de agarrar para llevarse a la boca; en disfraz de mirar, eso sí, que parece más “respetable” que tocar. Pues ¿qué significan estas comillas conejiles, prolíficas e insaciables, sino un ansia de palabra comestible que nada sacia? De palabra embaulable que pueda hacerse mía, a buen recaudo en unas entrañas mías que en realidad consisten en un agujero periódico imposible de colmar en el tiempo. De ahí que sean las fértiles extensiones de diarios y revistas uno de los predios en que medran estas “comillas”, que en consecuencia mejor sería llamar “comidillas”. Y que hoy no transmiten más mensaje que éste, “yo que no soy tú no te creo”; aunque, quiá, a mí me van a engañar, esa frase hay que leerla “entre comillas”. Pues en verdad quiere decir otra cosa, a saber, “para ser yo, no te creo”.

Triste manera de afirmarse, pardiez, no en un hueco abierto en la palabra ajena, sino abriéndolo hasta ella. Poniendo tierra por medio, y oreja y baba y gesto, en vez de tiempo, espera y silencio. Aunque claro, ya sabemos qué nos quiere decir éste cuando dice “yo”. O “tú”.

Así es que hoy, cuando el azar y la abundancia hacen que me tope a cada paso un par de comidillas por la frase, me apresuro a alzar dos orejas protectoras. No para oir lo que quieran decir, que no lo dicen, pero ni siquiera lo que no quieren decir: sino para no oir que no quieren. O de lo contrario pronto estaría tan loco “yo” como un par de comillas sin pareja.

 *

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 Vuelta paria por el triunfo, la barra es hoy todo un símbolo: a saber, una barra. O mejor dicho, lo era: pues de repente se ha visto sacada de sus apacibles ocupaciones, ordenar quebrados por las baldas del párrafo o arreglar estrecheces de espacio para que cupieran unos versos invitados. Sencilla, resuelta y minuciosa, no le han ido nunca a la barra sutilezas y disquisiciones de género alguno. Lo suyo era la faena de puertas para adentro, el orden doméstico en que no importa ser provisional porque no está en los calendarios, los coloca, mejor o peor torcidos. Alguna vez incluso se la veía salir a la calle con lo puesto, es cierto, pero era para echarle una mano a unos paréntesis vecinos, demasiado ocupados para multiplicarse más, o a unas comillas despistadas a las que había pillado un cambio de página y no podían ya suspender su cita. Pero poco más.

Y de repente el Texto se llenó de barras, y de todas lenguas y oficios venían a buscarla para discursos en público, como si todas las palabras/os se hubiesen convertido de repente en barres/barras de alterne/terno/terna, como si de repente ninguna/no quisiese perderse nada alternando todo, y como si hubiese de darles la alternativo/va precisamente ella/llo: diestra/o,  sí, pero en otras faenas sin tantas luces ni lentejuelas/los.

A la barra el triunfo en el alterne social la ha vuelto infeliz. En cuestiones de género/era era/ero eróticamente inculta, puede, pero sabía lo suficiente para entender que eso era cosa de teatro o de novela. En el mejor de los casos, de poesía, que era lo suyo; eso sí, sólo cuando tocaba arreglarse para salir, que la barra siempre había sido muy ordenada.  Cada cosa en su sitio, el pan pan y la prosa prosa, y entonces sí, ya no hay más que hablar: que otra cosa era/ero lo del sexo/exa hexagonal, poliédrico, de caras infinitas en infinito alterne, y vertiginoso, cuando toca ponerse en el sitio de las cosas. E incluso sabía de alternar lo uno y lo otro, sólo que no a esa velocidad y con tal frecuencia. Porque una cosa es el régimen doméstico, de relojes para adentro, y otra bien distinta cuando las palabras se ponen nuncas a jugar y a tratarse como cosas, y a tocarse y oirse confundidas por las almohadas o con los embozos o al revés, o del derecho. Y si algo creía tener claro era eso, cuando tocaba ponerse en el sitio de las cosas no se le ocurriría ponerse a poner las cosas en su sitio.

Pero no, mira tú, que ahora en cualquier parte se ha vuelto norma de trato el alterne, sin alternativa posible. Y en cualquier parte, en el Ateneo Mercantil o en una ponencia del Congreso de los Diputados/das, de narices y sin esperarlo, te topas con una barra por la que hay que pasar para no desairar a alguna/no. Y no, para la barra no hay alternativa.

Bueno, o eso creía, la pobre. Que la cosa ha llegado tan lejos en la palabra que hasta su resto de vida privada/vado se ha visto convertida/vertido en aparcamiento público, y lugar de alterne por donde entran y salen como reportero/portera por su casa/caso. Y la pobre barra supo que su ajetreada vida/do era apenas la primera nota de una sinfonía infernal que se avecinaba el día en que, al ir a abrazar de palabra a su pareja de hecho, se encontró a su querido barro/barra alternando con otra barra/barro, al otro lado de una barra, barra barro… y todo se le abrió de repente como un abismo fangoso e infinito, y corrió al espejo por recordar quién era, y del otro lado del cristal, como de una barra extendida y multiplicada, la miraba… un rostro de barro… barra barra, barra barro, barra… barra barro…

Entonces algo hizo clac, y la barra, con un tajo sin fondo en sus entrañas, sigue circulando por ahí, esbelta como modelo de moda, prototipo de una nueva lengua superior, inmune a toda contradicción ya prevista que pudiera salirle al paso. A su marcha sesgada e insinuante de un cuerpo y una historia de los que siempre escapa por su tangente intacta, hermafrodita y sagrada casi, resuelta y resolutoria, requerida, admirada y deseada… pero paria/ario.

 *

R.I.P.

            Como I.N.R.I, mínimas y diminutas y llenas de íes, esas abreviaturas de eternidad parecen ridículas en tiempos con prisa, con todos esos puntos sobre las íes que se les caen por ganar tiempo a máquina, o haciendo inestables malabares como payasos que se tropiezan de repente con sus pelotas en sus narices, o entre los pies, como hombres venga a dar vueltas a sus recuerdos delante de sus narices, en las ajenas, o entre sus pies, por no hablar de focas, dioses o planetas.  Los pobres abuelos chochean, ¡si hasta siguen saliendo a la calle con esos anticuados calcetines de puntos! Se ve que en sus tiempos ganar tiempo era algo solemne y trascendente, que sólo se hacía una vez por todas. Como morirse o salvar al mundo. Así pasa, que vagan perdidos por los renglones de esta vida abreviatura, se diría que buscando sin hallar la versión extensa. Porque el caso es que algo quería decir aquello, ¿pero qué era? Y se juntan en los parques y otros cementerios de la prisa, y apurando los últimos soles en los bancos hablan del tiempo, que algo iba a decir, pero se me ha olvidado, ¿se acuerda usted de qué era? Y no, no consiguen recordarlo, pero siguen dándole vueltas y vueltas, cada cual a su abreviatura aunque todas recen igual.

 *

CH

             La pobre abuela se junta en el parque con el R.I.P. y los demás, pero ella no dice nada, los oye. Si acaso, cuando está varias, chsss, les manda callar un poco para oir jugar a los niños. Ella no es como ellos, ni frecuenta lápidas ni tallas ni ha tratado con mármoles y bronces, ni lleva calcetines de puntos en los pies, los hace. Con su ganchillo paciente e infinito que hace uno de dos, dos del derecho y uno del revés, o al revés, mientras dure el hilo, sin rechistar. Su voluminosa literalidad, sin querer, se hace centro allá donde se posa de algún breve horizonte en que se congregan chistes y chismorreos, achuchones y chuchos meneando el rabo, chocolates y estornudos, Jesús, a ver si se me va a enfriar el Niño. El de la vecina, o el de la sucesora, ¿qué más dará, en ese ganchillo de hilo sin cabo que teje madre o hija, dos del derecho, uno del revés, callado entre los Ripis y los Inris que aún siguen dando vueltas a sus historias y sus bufandas, siempre tan mal rematadas, ¿quieres que le ponga unas borlas?

            Pero ahora, al parecer, ya no se la precisa. Los filósofos sesudos proclaman en los libros el fin de la bufanda y del estornudo, y los anuncios de las tiendas ofrecen por una de ganchillo tres memorias recuperables.  Con borlas de espejismo que no abrigan, es verdad, pero con muchos colores, y ruidos, y hasta chismes y cachivaches muy animados que se mueven solos, dicen. No como ella, tan gorda y pesada que ya sólo es, ¿por qué no lo dirán de una vez, como si no los calara?, un estorbo en sus renglones. Que ya no se tejen a mano y de espacio, sino de prisa y a luces. Alucinaría la che, como dicen ahora, si no fuera porque a ella las luces nunca le hicieron pensar en siglos de letras y renglones, sino en ruedos y trajes de sangres y miradas, y espadas, y abanicos. ¿Cómo va a meterse en esas tertulias del banco de al lado?, si sus perlas de recuerdo son ésas, tan falsas y bisuteras, y no fines de proyectos ni trayectos fracasados?: chanclas y apapachos, y chocolates con churros, y chistes, y charangos… La che, que es vieja y gorda, a estas alturas de bajada sabe que ellos, los solos, los que se cuentan de a uno, no la han acabado de entender nunca, aunque algunos entonces se le acerquen como a enigma y los demás, los más, corran a parapetarse tras un tramo de burladero que a ellos, con las prisas y mirando sólo dónde poner los pies, les parece recto. A clavarle interjecciones, a chistarle y lanzarle insultos o piropos, a animarla o curarla o convencerla, o hasta matarla en dos de una estocada de silencio en todo lo centro, con tal de no acompañarla sin más en la faena. Y no iba a ser distinto ahora. Porque la che sigue soltando salivilla al hablar, y teniendo morros y una lengua húmeda y rosácea, y ocupando mucho más sitio del necesario, el doble, y a ellos, los de a uno, los solos, siempre les ha preocupado lo preciso. Y no van a cambiar, a estas alturas de bajada.

            Así es que la che es hoy un paria manso que apenas rechista, repartida en dos letras, en dos generaciones, en dos géneros, ella que sin embargo sigue siendo sin querer, allá donde se planta, voluminoso centro de horizontes diminutos que congregan infalibles en la boca los chistes y las chanzas, lo que hace reír, lo diminuto, los chapines nuevecitos y el chapoteo en el charco,  menudo chasco, cuanto se mima y se prolonga entre la lengua y los dientes como queriéndolo hacer redondel, de luces o de sombras, qué más dará, como mama el Niño chico o el que chochea, sin achuchones apresurados por salir de estampido entre los labios a alguna acera recta que lleve cuanto antes, por el camino derecho, a algún horizonte.

            Si chusco o chabacano su destino, si para chillar o atender sin rechistar, díganlo otros. Cierto es que compararlo, con otra de su pueblo por ejemplo, la eñe, que también se vino de la ciudad a la aldea global en busca de fortuna, podría acaso ser materia de una bonita tragedia. O de una comedia chusca. O de algún entusiasmo postizo y chabacano. Díganlo otros, que la che, a diferencia de su tocaya, ni chilla ni rechista. Aunque a ella no le hayan quitado una exótica montera, sino la vida, ni le hayan rebanado un postizo, sino el alma. Pero es que hay pueblos y pueblos, aun en el mismo. Y la eñe siempre anduvo metida entre dueños y señores, frunciendo el ceño y haciendo enseñas, en lugar de calcetines de punto que abriguen para los pies. Y mira que lo decían en uno de los pueblos de su pueblo, quien siembra cizañas recoge malas sañas; pero se ve que la eñe nunca escuchó a nadie. Por eso será que es tan popular en tiempos ensordecidos, en uno de los pueblos de su pueblo.  Porque ni ella ni sus admiradores entenderán nunca que pueda haber dos del revés y uno del derecho.  O al revés.

Que sigan pues con su apaño del derecho, que si te frunzo el ceño me pondrás tu cuño o al revés, que si me ciño a los hechos, que no te llames a engaño, que tú lo que quieres es meterme un caño, dando vueltas todo el tiempo a lo más obvio, lo que a estas alturas de la frase redondel está claro en todas las cabezas, coño, por hacer misterio de que sacar tajada del sencillo redondel de la faena del que salimos todos, en el que entramos todos, unos de revés, otros del derecho. Por eso es que la che hace ganchillo sin rechistar, madre o hija patria o matria, jubiladita en su banco y descuartizada. ¡Derecho!, ¡serán chapuzas!… anda, anda, traed aquí a ver cómo os lo arreglo, ¿pero cuándo se ha visto hacer derechos lo que son reveses, o al revés? ¡Que eso no se tiene que ver, que es lo que sujeta!, anda, trae… pero el nieto, o hijo, o padre -el abuelo no, por la reuma- a estas alturas ya ha salido corriendo a la gran superficie redonda a comprarse diez pares estampados con banderas o con ositos por el precio de uno; claro que uno siempre es otro, así es que sale gratis. Y la che sin refunfuñar y sin montera sigue tejiendo descuartizada en el parque.

Y es que ella no se importa, sino sus calcetines, de ellos. Después de todo esa era la razón de tanto tejemaneje, ¿no? Los pies calientes y la cabeza fría, dos del revés y uno del derecho, es proceder viejo y probado para entretejer madejas. Un sonido y un silencio, una ce y una hache, un hombre o una mujer, en fin, dos del revés, uno al derecho, ¿por dónde iba, que me hacen perder el hilo?… pero ¿hacer derecho a estas alturas de reveses anudados, con lo que me han costado?… es de suponer que la che siga repasando sus perlas de bisutería, tonterías, el ho que la dejó por una eñe, aquel ocho infinito de una calle en que juntos tejieron algo, en fin, redondeles falsos y diminutos, chorradas, chascos, sueños chafados, churros repartidos en una cama, dos por el derecho, uno en el revés,  chatos en la esquina los domingos, y chuflas en cumpleaños, y también chozas y machetes, achiques desesperados, naufragios chicos, salen dos del revés,  y uno del derecho, y muchos hechos, otra vez ha venido el frío, y muchos dichos, parece que ya alargan los días, y a lo hecho, pecho. Y mejor si es repartido, ¿no querrá usted el mío, señora?…. chssss…

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