EL HARAPO MALVA

El hombre está quitando un montón de arena y grava crecido en una esquina, entre la acequia y el muro. Entran en escena las herramientas, esa peculiar familia de Las Cosas. Donde las metáforas se complican con la inteligencia.

Es un montón cualquiera. El hombre sabe que si fuera niño le inventaría un rey y un río, y un pueblo abajo y alguna batalla, todos con sus nombres. El hombre sabe que el niño no podrá hacerlo con el mundo entero, como cree. El niño sabe que el hombre no podrá olvidarle, por eso lo hace. Con sus manos desnudas y sus palabras sin vestir.

Al montón parece darle igual. Y a la mata de yerba ser un bosque. Y a los viejos cascotes exhumados ser castillo. El azadón, ah, es otra cosa. La madera y el hierro que hay en él ya huelen a hombre. Su nombre ya no flota como una nube o una niñez de verano sobre su cuerpo flacucho y desgarbado, cabeza dura; echó raíces como mangos, y si lo perdiera, ya no sería él, El Azadón del Huerto. Por eso las metáforas y los cantos rebotan en su cabeza de una manera distinta y a veces peligrosa.

El Azadón ha perdido la cabeza. Le venía pasando hacía tiempo, se le iba a un lado o al otro cuando no venía a cuento, sino centrarse en lo que estaba haciendo. Pero no podía evitarlo, su cuerpo de madera se había consumido demasiado, o bien su cabeza de una pieza había dado demasiado de sí. Y ahora baila, sin eje de árbol muerto ni columna vertebregetal que la sujete. Será que no quiere hacerle daño a otras Cosas como él. Será simple locura, que es como se llama a una herramienta sin objetivo. Acaso tenga miedo, pues Las Cosas en el taller se cuentan por las noches qué destino dan los hombres a las herramientas locas.

Ahora el Azadón, y de paso su hermano pequeño el Escabillo, están de vacaciones en el balneario de la Fuente. Tumbados en el agua y a la sombra del Naranjo Gordo todo el día, eso es vida. Aunque la cabeza se oxida un poco. El hombre nunca ha tirado una herramienta vieja si podía hacerle un sitio. Siempre le ha parecido injusto. Sería como tirar al Niño sólo porque ya han salido las listas de las oposiciones, o alguien ha hecho un garabato en una hoja, o te ha pedido que le hagas otro niño. Claro que podría bajar al Pueblo, claro que empezar otra vez con un Azadón nuevo. Pero éste es Hércules Perote, el más grande que había en la tienda, el primero que empezó a hacer del monte huerto, el que le hizo un sitio en el mundo al Peral y al Melocotonero. ¿Y no se acaba el hombre de comer sus primeros melocotones, dulces como metáforas inesperadas entre los labios.

Y ahí están, en el balneario que de la Fuente sólo tiene aún el nombre. Holgando y ensayando la jubilación sin babas de anuncios bancarios, sólo caracoles al amor de la humedad. El montón cualquiera puede esperar. A él le da igual ser montón que ser castillo o escombro, cuestión de tiempo que no le afecta. Pero ser Azadón es otra cosa. Es haber venido al Huerto con un fin. Por eso cuando una herramienta pierde la cabeza rebotan cantos y metáforas de maneras raras, a veces peligrosas. Porque en su cabeza estuvo desde siempre la del hombre.

 *

La guerra con el polvo está perdida, eso lo sabe el hombre desde el principio, desde que empezó a construir su Casa. Bayetas, plumeros, responsos y aspiradores, todos han perdido en el combate su sentido, y yacen metafóricos e inútiles por las esquinas. Ni aspira un elefante a ninguna jungla tras esa trompa de plástico, sólo un motor, ni vuela pluma alguna de mueble en mueble inmóviles y lapidarios, como no sea ave la mano; y trajes de bayeta, aquí sólo los luce el polvo en sus tronos tornadizos. Volar, sólo el viento encarnado, hecho polvo de puntitos sin interrogante que se ahorcan por las viejas perchas de sus almarios.  Por las respuestas, ya ni se pregunta.

Polvo encarnado, de arcilla o de sangre seca. Polvo que se muda incesante de artefacto en artilugio, de invento en aparato, de trasto en chisme. Polvo que vuelve y envuelve todo en Cosa y metáfora de suelo. Tampoco puede ser de otro modo en la casa del hombre, blanca y expuesta a todos los vientos.

Acaso si lloviera se calmara. Acaso, gota a gota o mar a mar, el polvo se fijara y aprendiera a fijarse y confundirse consigo en cuantas veces no está, aunque se rodea. Pero el polvo circunstante jamás, desde que el mundo es Welt, ha logrado aprender alemán, por más que en esa casa del ser transeúnte tampoco ser y estar coincidan nunca. Y para humillación del plumero, que se creía saltarín y pico inquieto, esté donde esté siempre se quiere en cualquier otra de sus partes.

 Y más, en una casa blanca y abierta a todos los vientos que nunca se acaba. Que siempre está en amores y no en buenas razones, de ésas bien cimentadas, lúcidas e irrevocables, que uno habita sin pensar lo que cuestan porque otros se las alzaron y mantienen. Un soneto de yeso a medias por el suelo, una ocurrencia galante de serrín sobre el piano, y por todo, promesas y piopíos. Y la pila sin fregar, y la casa sin barrer, y el polvo sin remover desde hace meses, mientras el hombre sigue acoplando, tan despacio, ladrillos y palabras, piedras y papeles.

Serse uña y carne, naranja entera. Si es posible, eso sí que es arte. Ahora su hombre y su mujer, su lo niño viejo y vieja, juegan a lo de siempre en un solo cuerpo. A que te quiero, a que te pillo, a que te mato. Como paredes de acequia, como ranas y calendarios, alberca y luna. Donde lo hombre sabe que en el centro del jazmín y del verano la cuadratura del círculo a veces pasa, a voces quedas. O eso cree. O eso croa (bajito).

*

Al caer el sol el hombre baja al huerto con sus perros y a la vez que los gatos. No es mucho como ejercicio, Tarde y Mal. Pero Antes ya es imposible (la memoria debe de ser un huerto). Demasiado bochorno acumulado en puertas del otoño. A veces se obliga a ejecutar los pocos gestos de juego que recuerda: tirarles una naranja pocha, darles voces o tres pasos de una imposible carrera, como para coger a un podenco. Casi siempre se sienta a verlos o los deja a sus anchas –lo que dan de sí las vallas- mientras da de beber sin convicción ni misericordia a los sedientos: geranios, dalias, yerbaluisas, etcétera trepador, voluta silvestre de fumar con cuidado, por los incendios, y sobre todo, la planta puente, ésa que arqueada en goma y agua salva la hora más triste hasta la noche, la del tránsito.

 Hoy los perros han cogido el Harapo Malva, cada uno de una punta, y se han puesto a jugar a la pareja. Y el caso es que aún no se ha roto.

Piensa el hombre en su envidia de los perros, para no tenerla (ese de pensar es método acreditado para morir de algo sin haberselo vivido y defraudar a los forenses morales en la autopsia). Piensa que debería darle envidia tal entrega a tal harapo. Que debería pensar en este instante que los perros sí que son idealistas. A ellos sí que les da igual el objeto. Otro tanto harían con un palo o una sábana nupcial o el cadáver de Jesucristo llegado el caso. Uno tira para sí, la otra para también. Y el caso es que aún no se ha roto.

 Hacen lo que saben. Lo que pueden. Sin distraerse con zarandajas: ni por traerse al otro al huerto, que ya están, ni por probarse uno. Ni siquiera por distraerse o conllevarse, que no se mueven en total un palmo de sus sitios. Donde el único problema (piensa el hombre para no tenerlo) es en cuál iglesia de este mundo podría Dios ser dos perros. No uno, como Anubis, y eso que Tristán como buen podenco se le parece, y tampoco apoya los cojones que no tiene en el suelo terrenal cuando se sienta. Ni tres como en Trento trabalenguas, a menos que en la trinidad pudiera entrar, sin complicarla aun más allá de las posibilidades del dogma, un Harapo Santo con la Santa Faz Única de dos perros. No: dos perros, el mundo harapo. Cosa. Imprecisa e indiferente.

         Donde el único problema es pensar (por no tenerlo, piensa) en ese lugar infinitamente distante desde el que tanto diera urdir o desgarrar hijos, imperios o paellas, desde el que valiera hacer caso omiso del Harapo entre cuyos pliegues las pulgas hacen lo que saben, con este o aquel cuerpo, los hombres lo que pueden, con pelotas de cuero o cabezas de vencidos, las mujeres lo que quieren, con hijos de sus entrañas o tapetitos para el recibidor. Donde todos son inocentes menos la lluvia ahorcada. Ese lugar, el único en que valdría la indiferencia. Donde el problema consta de dos perros, poderlo concebir, saberse sin derecho, quererlo con pasión, más un Harapo Malva.

El Harapo Malva fue un Bañador de Flores. La funda prieta de alguna tierna Ballena Madre. Un Estuche de aguarrisa, todosjuntos y verano descuadernado (esto es, sin cuadernos pero con lápices de dibujar, más un sacapuntas de metal de los redondos), Uno de esos con cierre de entredientes corredizos, con dibujos de espuma, pulpos y estrellitas por las tapas, que te roban sin falta tus semejantes en cuanto chispean puntuales sobre la vida otoños y colegios (el de la soledad, el de la impotencia, el del aburrimiento, mamá, ¿cuándo se acaba de estudiar?, pero mamá no contesta hace mucho tumbada bajo los chopos).

Naturalmente, éste lo robó Tristán, que aprende muy deprisa del hombre y de su nombre, todo un caballero. Estaba en una caseta donde quién va a entrar aquí, a qué, si no hay nada de valor. Y es que cuando se discute de valores nunca se piensa en los perros. Ni en su instinto infalible, por inmune a la comparación y al calendario.

Naturalmente, en cuanto llegaron a casa de aquel paseo el hombre trató de devolver la funda, ¿pero a qué madre? No había Ballena Dulce alguna en la caseta cerrada ni en sus inmediaciones, ni en la piscina vacía se oía gritar a nadie a nadie.

Naturalmente, en cuanto llegó a casa el Harapo Malva se lo quedó la perra Frida. Aunque lógicamente le hubiera dado igual el cadáver de Jesucristo, una goma vieja o un renglón, que también se estiran como una carretera en la memoria. El caso es que lo había traido él. Y la verdad es que no se rompe. Entre dos perros.

& & & 

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu email nunca será compartido con nadie.Los campos obligatorios están marcados con *