Ellos, yo

Naturalmente, el hombre podría decir “Eso soy yo”, pero eso le pasa a cualquiera, lógicamente. Este olivo, en cambio, no. Se llama Oliverio, y es trinitario. Está aquí, junto al Balneario de la Fuente al pie de las escaleras; allá, junto a la Charca al borde de la valla y la Escombrera de la Araña; y por último, a la derecha, junto a la Malla Verde en función de puerta que siempre pesca perros y siempre se le escapan, por un agujero consabido, a la Muerte del Camino, donde éste se sueña plazuela ante la casa cuando le da mucho el sol, y que los perros entienden al revés, como todo, lugar de nacimiento del Paseo.

No por eso de parecerse a Dios se le han subido a Oliverio Trinitario los laureles a la cabeza, ¡quiá!, los mira desde sus tres arribas alinearse más o menos a ambos lados de la grava, peleando con los caracoles, esperando cada tarde el paso del hombre en triunfo o en alpargatas desde la Casa a la Charca para regar un poco. En los olivos lo de ser parte se lleva muy mal, no es de extrañar, con esa antigüedad en el cargo que suelen tener todos. Al pino, por ejemplo, como al europeo culto o al abedul debastado, le resulta connatural la formación, la hilera y el renglón, una prolongación de la veta, algo así como una corteza o un hogar circunstante. Por eso se los ve extenderse disciplinados y firmes por los valles. Bueno, en el mediterráneo se les ve más a menudo retorcidos, en posturas de derviche o de amante pompeyano sorprendido con las manos en la lava, pero eso es debido al sol y a las malas compañías, los tomillos, los volcanes, los tritones o los olivos.

A los olivos no. En lugar de ser parte han optado por ser cada uno varias veces, tampoco se sabe cuántas, depende. Las que puedan, las que sepan, las que deban o las que salgan. Oliverio ahora, por ejemplo, tres. Antes, mientras La Casa estuvo en venta o en capilla, se era más. Por un lado se estaba hasta en el alto de la Balsa Blanca, treinta o cuarenta veces salteadas entre los soles; por el otro, hasta la falda invisible del Cerro, la que mira al mar desde la perrera municipal; aunque ahí cinco o seis veces nada más, y apesadumbradas, seguramente por oir de continuo aullar tan triste. Luego llegó el hombre, y tras él los perros, y se ve que Oliverio decidió que ya no era necesario por el momento serse tantas veces ni tan lejos. Y se retractó entre las vallas de la Casa al amor de los Nombres. Eso les pasa mucho a los olivos, y a veces les pierde. Una debilidad por los hombres que también viven por nombres y por veces, aunque a veces les den ataques de pino y busquen como locos filas e hileras en que formar.parte Aunque sea de nombre.

*

El primer verano, Oliverio se mosqueó, y las aceitunas le salieron todas agusanadas. El segundo, le cayó un pedrisco como de lluvia congelada y hecha añicos, pero salada, que no paró de caer durante meses o minutos en el vallejo o de los ojos del hombre, es difícil distinguir esas cosas tratándose de olivos. Cuando escampó, y el sol se puso a repasar a gubia los perfiles, de tanta claridad le salieron hongos baba en las heridas.  No es grave, se forman labios por todo el cuerpo y se hinchan de sílabas de madera que no acaban de pronunciarse, con lo que el tronco entero y las extremidades y aun la cabeza se le llenaron de bultos como peldaños de una escalera sin destino. Dí que entonces apareció el gato Mico, que recién recuperado de su cojera necesitaba demostrarse que aun era él, el gato piloto que se estampó en el callejón, el acróbata del circo con un mostacho blanco. Y cada tarde, con el buen tiempo, cuando los perros hacen crujir la grava al salir escopeteados al recreo, el gato Mico les sigue cola en alto y a la altura de Oliverio principal vira sin frenar y sin parar de un tirón lo escala. Aprovechándose de heridas ajenas, que para eso es gato, hasta donde puede.

Que es cada vez más alto. Los gatos, que saben y no se engañan con los nombres, se reparten instantáneamente de la forma que convenga sin hacerse más cuestión ni más memorias. Y si al Subirgato le viene bien incluir en su ser los bultos, pues se son también esas heridas, que Oliverio sigue considerando suyas, y a otra cosa. Así llegan adonde llegan, subiendo siempre por uno mismo, así cualquiera. Aunque es de justicia señalar que los gatos se atienen a esa ley suya también cuando les toca ser peldaño, o comida para una caricia hambrienta, o relleno circunstancial del Correperro.

No se puede decir por tanto que la providencia haya mimado a Oliverio trinitario últimamente. Claro que un mal bienio lo pasa cualquiera cuando se vive milenios. Este año que no llueve el hombre en cambio llora y riega de corrido, y Oliverio da muchas hojas y muchas sílabas sanas, de las que se salen en viento como es debido. Cada cual tiene sus ritos, y no será el gato Mico quien se meta a discutirlos, con lo bien que se está rabo colgante, sesteando mecido en lo más alto de una rama combada y pasándole las puntas de una y otro por los morros, dos metros mediantes, a la señorita Gatarrita, que no se atreve a subir.

Seguramente porque ella sí le vió estamparse contra el cemento del callejón. Entre La Casa del Hombre y la valla que no es suya, sino de La Vecina, en la parte sombría y trasera por donde rara vez pasa y se acumulan chismes viejos y falsos jazmines, ese angosto medio metro sin embargo se rehúsa a ser de nadie. Pero con ese sistema suyo de ser, tan instantáneo, a Mico le debió de parecer que la distancia hasta el hombre también podría incluirse sin más en su Hambregato abandonado. Y saltó confiado en que se saltaba a sí mismo. Pero no. Le falló el cálculo. Para su asombro, el hombre es siempre otro; en este caso, podría decirse, “yo”, pero eso le pasa a cualquiera. Su hermana la Gatarrita, que es hembra y es la guapa, debió de olérselo en cambio de algún modo, y hecha toda un Hambregata de caricia o de comida sin embargo no saltó, maullaba. Y miraba. Y maullaba.

Fue su maullido lo que el hombre oyó, no el choquetazo. Cuando salió, los cuidó, y al cabo les abrió su casa.

 *

 Si puedo escribir en cursiva, no debo de haber perdido la razón. Tomar distancia sin perder contacto. En eso los pensadores más solventes del mercado parecen unánimes–o mediánimes, o terciánimes, o nulánimes: primum vivere, deinde philosophare, o viceversa, pero no a la vez. Oliverio en cambio me asegura que es un problema trivial, cuestión de hacer una Vez suficientemente amplia, pongamos como una acequia en vez de un tubito –por no hablar de Heráclito, que era un olivo amigo suyo de juventud que nunca se repetía – .

Si puedo escribir en cursiva no debo de haber perdido la razón. No, sólo la Mujer, comenta Cuca la Rabona sin dejar de atusarse en la cornisa. O la ha cambiado de vez, masculla Oliverio Principal junto a la Fuente ¿Me llamabas, me llamabas?, aparece la perra Frida meneando rabo y lengua propios. El hombre que soy yo, aunque eso le pase a cualquiera y no merezca mayor comentario, se está hombre en mí y mujer a mi alrededor. Un simple cambio de reparto en el olivo que eres, eso nos pasa a cualquiera. Gracias, Oliverio. Sin duda no es el mejor reparto, pero el estreno es ahora y no puede esperar. Que la razón se distinga de los sentidos por fijarse y atenerse a límites y contornos, sin renunciar a su afán de penetrarlos, acaso se explique por ser Kant soltero, o viceversa. Que unos exploren los paralogismos trascendentales en tipos góticos y otros a pajas de madrugada ante un video porno quizás tampoco, o viceversa. El caso es que en este escenario mi harapiento reparto en lo hombre y lo mujer no se puede ajustar a los anuncios de hipotecas para vivir felices o pastillas para cagar fluido. O viceversa, y entonces es que he venido a parar en este escenario por mi pertinaz estreñimiento fiduciario. Una cosa sí sé: como Harapo Malva lo prefiero a cualquier otro del extenso surtido de antinomias. Me parece muy bien que el Pelma se lo haga reconciliando espacio y tiempo en nolugares, o el Archipelma comunidad y sociedad en reuniones comosuciales, o el Fray Gerundio de Turno esto con lo otro, diferencia (de ingresos) con oposición (restringida), etcetera cum ceteri. Ah, y aquí, además, sin escena primaria ni primera casilla (de citas) en las Veces. Que son piedras, y no ladrillos.

Y todo, todo ese griterío en polifónicas algarabías, por no fiarse de que los demás entenderán aunque no se la marquen la pareja de la oveja y el etcétera de la metáfora. Así que al final de la complejidad de los ínclitos pensadores está el mismo postulado de la cola del supermercado y, en general, de la vida en común: mis semejantes han de ser imbéciles, si lo sabré yo.

*

Quizás por Eso, inaudible para Ellos. que acaso zumbe enjambre allá arriba en su cabeza, frunce el hombre el ceño como un labio del Hueso que aún no está, emergido en lo visible. Mientras los riega con lluvias artificiales de gotas o de veces, de dedos o de voces, como a cuerpo circunstante y suyo, y sólo a regañadientes, mudado de Vez en Cuando ante el teléfono, pronuncia el pronombre yo.

*

Llega una carta, y con ella la memoria del hombre, que es esa figura que parece siempre que van a formar las gotas en los charcos. Eso que no pueden darle sus animales, ni sus olivos, ni siquiera sus esforzados azadones como letras un poco tocadas.

Cuando la escribió, el hombre llevaba 16 años bajo ese nombre que aún lleva; hoy vuelve de entre los papeles de un amigo muerto. Dieciseis años es poco para haberse hecho con este juego del hombre, o demasiado, depende si se pregunta a los demás o al afectado. Apenas rudimentos del manejo de las partes llenas; y de las vacías, de espejos y figuras de inminencia por las niñas y los charcos, nada, salvo deseo acaso.

Eso, si se pregunta a los demás y los deluegos, los sucesivos inquilinos de ese nombre propio. Pero lo cierto es que la carta, una vulgar postal de veraneo a un amigo del cole, se abre con un endecasílabo perfecto. Por si acaso, el hombre lo ha contado: es que ahora ha madurado, sabe más, va más seguro por las cosas. Salvo quizás por los endecasílabos

Claro que, luego, éste de luego ya asomaba a renglón seguido, tras un punto, con un adverbio de modo como una manoletina, que es esa treta que usa el toro para ganar tiempo e ignorarse un poco más matador y muerto; más un adverbio de negación como no sé, como una responsabilidad o una moral judeocristiana, o tal vez una almorrana: “Las ascuas de un crepúsculo dorado… Francamente, no.” Así era el principio.

En el principio era esa postal, de un faro al atardecer, o esa postal era el principio. Pero aunque todos nacemos junto al culo, la mayoría no vamos muy lejos en la vida: eso también se lo contó una mañana el hombre mozo. Ergo, a ver si va a resultar que en esa postal de un atardecer de postal el mar que se ve al fondo va a ser el Mediterráneo, como ya decía el rótulo. Claro, con toda una postal en blanco por delante para rellenar de palabras, ¿cómo iba a fijarse? A ver si va a resultar que en esa postal descolorida y cursi por el anverso y por el reverso ya estaba todo, y pese a las apariencias de algarabías y trajines, de gozos y dolores que se amontonan en luegos, nada se ha movido sino en círculo, como no sé, como un faro en una instantánea. O un toro torero en un ruedo redondo. O el redundante verterse el verso por los acentos.

El verso de inmediato eludido y a continuación negado. Pero ni siquiera de frente, sino envolviéndose en trapo de adorno y engaño. Por lo demás, ¿de qué va a hablar la postal del hombre mozo al hombre mozo en otro nombre, y que además padece a los mismos viceseres colegiales con sotana?: pues de francesas y de polinomios, es decir, las dos entidades míticas que definen aquellas adolescencias (1.972, dice el matasellos, aunque nadie se lo crea a estas alturas de regüines, agendas rebobinables y mandos a distancia, como siempre ha sido el mando; que le pregunten al padre Avelino, el pobre, que debe de seguir mandando desde el otro mundo aunque sólo sean botellas de ectoplasma con mensajes de socorro).

Matemática y mujer, tras la negación pusilánime del verso. Perdida santa Inocencia, se busca escapulario, se gratificará, teléfono etcétera de voces a distancia como siempre ha sido el mundo. Perdida la inocencia del compás y la brújula de los culpables, comienza la larga evasiva a la deriva de cálculos y fantasmas. Francesas y polinomios. Deberes para casa. Tener razón, tener una historia, o mejor, a qué privarse, las dos cosas. Como no sé, un florido invierno, o una vida razonable.

Y el caso es que siempre llegó y llega una carta que seguirá llegando, acaso porque no se ha movido de su puesto al borde del Mediterráneo descubierto descubriéndose perpetuamente por descubrir. Tiesa como sí sé qué, pero no lo voy a decir, sino como un faro o una unidad o una mujer desnuda en pie en el centro del redondel de la noche. Guiando a los barcos que han perdido la inocencia del compás y la brújula de la culpa, con sus guiños amorosos, a la exacta posición de los escollos.

¿Luego entonces ahora…? Llega una carta, o el huerto y los gatos y el azadón y los perros llegamos a ella en nuestra derrota redonda. Y con ella o en ella el mediterráneo del hombre y su memoria. Esa que empieza con un endecasílabo perfecto y sin querer. Esa que sigue por un querer querer y querer saber cómo se sabe, cómo se quiere. Francesas y polinomios. Para hacerlo perfecto. Esa que sigue a la deriva por una novela en prosa gris de colores demasiados, de tanto color mezclado, por una algarabía de rostros y ciudades donde las gotas que caen de alguna parte por el cielo de lo mirado, no sé, de las niñas tal vez, tal vez de los charcos, parecen siempre a punto de formar una figura por los suelos con ínfulas de espejos.

Por los suelos con ínfulas de espejos. Las ascuas de un crepúsculo dorado.  Luego entonces ahora en donde estamos. Pertinaz persistir de la inminencia. Mediterráneos de hombre y de memoria.

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