Después de todo,

Todo noticiario se lo atestigua: no funciona la novela vida. No navega. Avanza a remo. Y ponerle motor no viene al caso. Para eso ya hay bastantes fogoneros, incluso impresos: la novela del verbo hecho carne, o picadillo para hamburguesas; la de que el único protagonista de la única historia que merece la pena (la de contar, la de ser contado) es el lenguaje; que el Quijote es la novela porque lo es de la lengua que es la vida que es el sueño cuando se echa a rodar por el mundo confundida con la plana o con la mancha; que un palanganero manco en un ínfimo burdel alcalaíno no es mala figura en prosa para el destino del verbo encarnado entre hombres tan animosos, tan animados, tan animales; que tiene que ser posible un invierno florido y un huevo, de Colón si quieres, pero la novela vida no navega.  Con el gozo que da ver nacer versos naranja. Ceporro.

*

            Contar horas, contar sílabas. Al hombre le quedan cuatro días, no sólo en general, que eso le pasa a cualquiera y no es digno de mención, sino ante todo para quitarle los puntos a la Gatarrita, poder abrir las puertas, dejar de escuchar mientras escribe, de fijarse en dónde pisa, mirar de reojo mientras cocina de reojo, acordarse de la hora de chutarle su ración de honguitos buenos comestafilacocos, ah, y el trozo de vidaeterna de york de recompensa. Cuatro días, noventaiseis horas de sacar a los perros asfixiados y nerviosos de tanta puerta cerrada sin que se escape de la cueva, escondida entre sus patas como un Ulises con cucurucho, la gatalámpara con rabo y sin ovarios, harta de recontar los baldosines del baño y las telarañas de las esquinas.

         El caso es que ya van diez, es decir, doscientas cuarenta horas. Después del Rompersepata Mico. Del ¿Noteduelo Espiga en mi oreja? de  Tristán y el Aquetambién Yoteduelo de Frida. Después Del y del y del, a ver si después de todo va a resultar que al hombre no se le da tan mal la prosa. Aunque no se llueva.

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            Llega una vieja postal a un amigo muerto, resucitada de entre sus papeles. Viene  envuelta en papel malva, como harapiento, junto con unas letras de quien fuera sucesivamente su torpe concubina, mujer que convivió con el difunto, compañera y pareja de hecho deshecho: que ha llovido mucho sobre un matasellos del 72, aunque aún no se haya solventado el papeleo para que los periodistas pongan la terminología adjunta a los gorgoritos de cantautor desgarrado, como harapiento, en la sección de memoria recuperanda, perdón, la que hay que recuperar (sin perjudicar la de los que le están a su terminología alrededor rodean).

              Como pronto será difunta también esta lengua, que el hombre aprendió de madres con velo y de curas automóviles con aromatizador seminal en la entrepierna, se ve que a los de entonces nos sale ya el castellano en forma lapidaria de preinscripción (perpetua). Dice así su viuda en el envoltorio: Las personas que les roban la alegría a otros deberían ser condenadas a cosas malas. Y debajo entre comillas: “pensamiento muy infantil”.

              Recibir una carta de un amigo muerto sí que es una experiencia religiosa, y no un lugar común berrido. Sobre todo cuando la carta fue tuya. Un bocadito de Nosotros caliente y encarnado flotando en el tiempo, pasado por más de unas entrañas, pizca de hombre sin maceta en ningún catastro. Una carta, eso que va camino de reunirse con diplodocus, buzones y calma en alguna página arqueológica de la Interred, produce efectos como no sé, como una chofrana que busca refugio bajo el agua, o como una gota de lluvia al acercarse cuanto puede a su semejante en el espejo de un charco. Rotura y ondas. Y al hilo redondo de ese cascabeleo de aguas pasadas, que no mueven molinos pero riegan las noches de las naranjas, el hombre descubre otro mediterráneo pequeño entre los olvidos, y recuerda que su joven se reía mucho. De todo. En prosa y en verso. De todos. Por no llorar. Y a veces haciendo daño. Perdón, perjudicando la de los que le alegría rodeaban. Sin advertirlo, y sin autoridades estilísticosanitarias.

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¿Y si la cursiva es la locura? Locura de la razón. Locura hombre es decir mujer. O viceversa. Cortar para zurcir, discernir para amasar. Separarse piernas para juntarse más.

No. La locura es sacerdotal, celestinesca, intermediaria. La locura es lo sagrado fracasado. La locura es un curso de escritura en cursivas en vez de escritura en curso.

Locura de administrar lo uno y lo otro, de ser juez sin ser parte. Y el juez es el único que pierde el juicio sea cual fuere el resultado, porque le da término. Sentencia, y final. Locura de tercero en la disconcordia. Que siempre lleva la razón, ¿adónde?, que siempre queda sin ella, aquí. Con todo, y sin nada. Con sinrazón.

¿Razón dialéctica, vaivén que todo lo abarca, síntesis de contrarios, razón dialogal…? Todo eso se ha formulado en otras lenguas. En castellano, una razón a dúo se dice corazón.

¿Que la novela vida no avanza? Pues llámala hache. Aquel joven aún no sabía que el ínclito Quevedo, el estatuario de la glorieta, aún se ríe sotopiedra dirigiendo el tráfico en redondo que va con prisas y muchos humos a alguna parte. Ni que lo mismo escribe sonetos para felicitar cumpleaños o entreabrir unas piernas que para solicitar un refrendo sobre el estado de los muros de la patria, de la suya y de la de los que le perjudican rodean. Aquel joven no lo sabía ni falta que le hacía, para eso era el Joven del Hombre.¿Poesía, prosa?, llámale hache, esa letra locura que está entre todas sin ser en ninguna, que permite decir y que no se dice, como la voz en la lengua, como la luz en la vista. La que es silencio y palabra a una.

A ver si la locura va a ser la cursiva, el tajo, el prosaico funcionario paterno clasificando las cosas por los armarios del mausoleo, balsa de goma roja, una, remos desmontables, de madera, cuatro, cocina de campingás, una, con su bombona; hijos, dos, macho y hembra; sillas plegables de aluminio, con loneta de colores, seis, una con brazos, para papá. A ver si la locura va a ser la poética confusión materna que no se entera, no hay manera, ni aunque haga veinte años crezcan chopos de su madera, de que eso que llevó dentro está ya fuera. A ver si la locura va a ser querer casarlos a estas alturas de divorcio racioterreno, carnijuicioso, prosopoyético.

Hay mediterráneos prosaicos, que se miden en kilómetros (¿o en brazas?), a ver si va ser que ésos no conviene ponerse a cruzarlos en balsa de goma roja, una, con cuatro remos, desmontables, de memoria..

         (¿A menos que estés ya negro y desesperado? Y no te dé el pamatrimonio blanquinegro de historia lívida y naturaleza quemada para pagarte un diván de primera en un crucero carero sin cara, interminable, a bordo de un trasatlántico que se confundió de mar).

 

El caso es que Bach les gusta a los gorriones. Con los días y la confianza, últimamente hasta se paran un poco en la barandilla entre las uvas comentando mientras mascan lo más granado, esa disonancia o aquella resolución. A los vecinos en cambio no. Les gusta tirar cohetes de artificio.

 Después de todo, se dice el hombre, parece que hay una diferencia entre naturaleza e historia. Y por si fuera poco, hoy hay qué fregar.

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 La historia del hombre ha traido consigo cambios irreversibles en su mundo; por ejemplo, Las Vacaciones sin ir más lejos. Ahí al otro lado de la valla del callejón hay ahora gritos, y tiros por las laderas del Cerro (muchos, diría el hombre que innecesarios, él al menos nunca ha visto por aquí bisontes. Últimamente).

 Pero tiros y gritos no se corresponden aquí más que en la frase. Los unos van dirigidos a otros hombres, los otros, a otros animales.Se trata en fin de pasar el tiempo y contarlo. Dos días, cuarenta y ocho horas quedan para quitarle los puntos y la lámpara de la cabeza a la Gatarrita. Veinticinco aún, seiscientas horas (y sin calculadora, cosas de haberse educado en los escolapios: 24 por cien entre cuatro) para que acaben suslas vacaciones, las de los que le roderjudican. Casi las mismas que páginas por corregir de esa traducción equivocada, no en el texto, que jamás podría ser errado lo insensato, sino en haberla aceptado. El hombre cuenta y sigue contando.

Se ponga como se ponga, el hombre ha de admitir que la historia está irremediablemente presente en su naturaleza. Hoy, hasta se les ha caído la pelota por encima de su valla de ellos, a su callejón de él. Naturalmente, se la han pedido. Históricamente, el desnivel se debe a alguna fantasía erótico televisiva de la actual abuela del tocapelotas lanzapelotas, que quería tener una piscinatalaya sobre Malibú. Así es que levantó, o mejor, hizo levantar –esa expresión francesa inapreciable a la hora de discutir  precios de obra- la valla divisoria desde medio metro a cuatro, y detrás se hizo erigir una mastaba de hormigón armado, con tirachinas, a la valenciana, mucha grava, poca china y cemento apenas; y en el vacío corazón de la mastaba, una piscina paralímpica de veinte metros, a metro y dos mil litros por día de uso anual.

La historia ha traido consigo una calidad de vida impensable en la naturaleza (aunque algunos no la consigan jamás en primera persona, pero en la historia se trata de sujetos colectivos). Aquí abajo, al pie de la gran mastaba de los diosecillos paralímpicos, aulladores e invisibles, la puta diminuta manguera sigue rajándose por el calor y se ha inventado en el cemento un gota a gota del que brota un cardo con delirios de cactus californiano, es la insolación, en medio de la grava entreplanta entre la Casa y el Huerto, sección cachivaches, gatos al sol, artículos de consumo en bolsa plástica al salir del maletero, Lucis uno, blanco, diesel, de cuatro puertas (por eso no lo quería nadie, como a Tristán y Frida que también eran feos, perdón, de estética inadecuada a las sensaciones de los clientes). La puta goma de mayor quería ser goteo científico, y a su modo lo ha conseguido. Y un gorrión, que quería ser buitre de un pueblo con saluún y almocherif con pistolas, también, y se posa en el cactusardo tras bañarse en el charquito olímpico de la grava tan ufano como no sé, como un dios griego o una gota de lluvia con plumas. ¿Nos podrías devolver la telepelota con infracojos?, es que se nos ha caído desde un alto nivel de vida, y claro, no podemos bajar a por ella sin perjudicar gravemente la suya, la del que los propiedad vida rodea. Desde las alturas de esta historia suya gateando por el callejón mío cuarenta siglos de historia en común contemplan. Y un gorrión, y un cardo.

Y desorbitadas por la presión expectante contra el parapeto, dos tetas. Sí, sí, no hay duda: son dos. Derecha e izquierda. Aunque eso les pasa a cualesquiera, no por ello deja de ser digno de mención, o de mirada. Es una primera aproximación a bultos, quiero decir, cuaritativa, lugares comunes como no sé, ¿estudias o trabajas?, qué tal te llevas con tus sujetadores, te dejan salir por las noches, te amo, cuánto es, y eso. La usufructuaria es la hija de la faraona y madre de sus nietos (y no es pleonasmo, en estos tiempos in vitro), que también pasa el verano en Benimalibú frente al pacífico oleaje de chicharras, escuchando el rumor interminable de los cuarenta principales con Alí Babá en cabeza. El calor de tanto mediterráneo acumulado produce espejismos moriscos, derecho e izquierdo. Los gorrones prefieren Bach o el cardo. Sí, cómo no, ahora mismo te las cojo digo la cojo. Seguro que no se le ha escapado la dirección de la mirada del hombre, para algo es mujer. Al hombre le da igual. Al Joven no. Sin duda la historia ha mejorado la calidad debida. Se acerca a la valla y de puntillas le alcanza su ofrenda entre las suyas, muchas gracias, dos de nada. El hombre vuelve a la sombra de la Mastaba a contar días, horas, sílabas, páginas, derecha, e izquierda. Después Del y del y del, después de todo, a ver si va a resultar que al hombre no se le da tan mal la prosa. Aunque no se llueva.

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