[No Title]

Los mediterráneos suelen descubrirse al despertar, debe de ser una tradición marinera. Aunque no llueva, aún gotea melaza de sueño por los canalones del mundo de estar. El hombre lo sabe y se sienta a desayunar su cigarro en la escalera, para eso la hizo, y para ponerle macetas con geranios a los lados. A pescar mares.

Dura poco. Hasta que el piloto del día se levanta a coger el timón, que es lo suyo, un poco más tarde que la tripulación que es lo suyo: marinería de huesos y legañas, dolorcetes bisoños con jersey de joda a rayas de cintura para arriba, tripanismos y mecavísceras y airosas blasfemias fogoneras para arrancar, y la chimenea marsupial humeando a saltos entre los labios azules del día. Donde el mundo se limita con este barco viejo a darle unas chupadas contadas y a gusto, antes de volver a sus faenas de restregar órbitas y sacudir el polvo de las estrellas. Que señalan el momento de que a bordo las faenas se hagan cargo a regañadientes de los marineros y se acabó la fiesta, a seguir el cabotaje calendario. Menudo es el piloto.

Y es que la historia no se detiene, siempre acaba apareciéndose puntual por el idilio a tocarle los teócritos. El hombre, contra costumbres que sabe que tuvo, procura levantarse pronto. Al menos, hasta que pasen las de los que le vacaciones rodean y le dejen con la suya, que resulta que es en donde vive, eso que se decía su hogar. Donde saborea sus buchitos de vida con leches con tabaco y con placer y sin reformistas a la vista. asta que una mariposa llega errática y dudosa a posarse salerosa sobre un pétalo de geranio, ay, la prosa. Que barrena y no perdona las cabezas y las flores y siempre acaba llegándose errática y puntual hasta esta costa móvil de palabras. De allende todo mediterráneo. A poner el culo en una hipoteca florida de modismos jurídicos y llenarla de reproducciones que se la coman cuanto antes.

Piensa el hombre que una golondrina es muy dueña de hacerse veranos monoplazas, allá ella, concentrada en dispersarse por lo azul tras un zumbido. Pero aquí abajo basta una mariposa errática y dudosa para hacerse un mar a medias, o entremedias. Por ejemplo ésta de hoy: ¿para eso ha hecho él la escalera?, ¿para que venga un inmigrante ilegal y africano de allende la mar nuestra, de los que la urbanizaciones rodean, a fundar un hogar en sus geranios? Pues a lo mejor sí. Cosas más raras se ven. Hay quien se casa para que le regalen una angosta jardinera con dos cuartos de baño y sin acequias, o una maceta envuelta en Pirineos y Peñones con un lazo de colores. Así es que  nada de levantarse, nada de espantar, nada de matar: seguir desayunando. Sobre todo los ojos, ayunos de prosa realista. Y, sobre todo, nada de ética, pura pereza sagrada y azul: es su cuarto de hora descubridora. Y así, el hombre sigue fumando sus maquetas de nubes ya que no se llueve, y la mariposa salerosa, pariendo como un Gattling en sus geranios pareados.

El caso es que la historia siempre llega al idilio. ¿Y qué va a hacer con ella, echarle un insecticida natural?, si está hecho de geranios. Eso sería como no sé, como echarle legionarios germanos a los visigodos. ¿Encima se lo va a dar ya masticado, en potitos con aerosol? Ni hablar.. Que se lo curre, no va a pasarle encima pensión alimenticia a mamá naturaleza para que le exfolie. Eco lógico, eco lógico… algo le suena. Como si su oikós fuese un modelo por ser suyo, sólo por haberse sudado su parra y su escalera. Como si en esta ribera de la maceta mediurbanizánea la historia fuese edén y no mordisco. Caridad exporto, que aquí no la soporto… ni hablar, mariposona: tú a parir y yo a fumar, y que sea lo que el Harapo Malva quiera. Geranios y foráneos, montescos y capullitos, Caín y Abel, León Felipe… que aburrimiento, la historia y sus conjunciones.

Los geranios hacen lo que pueden. Pero su ámbito de aplicación es limitado como toda soberanía. Solange die Belangen langen. Los mosquitos de la Charca presentan ante ellos rutinarios expedientes de susto, puede que las babosas escupan con asco ante su extracto de la cuestión y se vayan a por las dalias. Pero estos maripósitos huérfanos vienen de fuera, no conocen las leyes ni las costumbres que son leyes sin chupatintas. Y se chupan de gusto las patitas tras zamparse su macrepelente de geranio con macmostaza y geranio, encantados y tan macontentos como si fuera ambrosía. Unos bárbaros, en fin.

Es lo que tiene la naturaleza histórica: ahora incluye extracto de geranios para proteger geranios, nativos, de nativos foráneos que acuden a extractarlo para sobrevivir. Ahora las esencias patrias y el extracto de siglos hispanos se difunden para atraer y se concentran para repeler mariposas africanas y hamburguesas pittsburguesas. El vaivén dialéctico y sus fricciones siempre se han sabido excelentes incubadoras calientapollos. Ya Carlos Marx (cita al pie de la chumbera, hoja dos, mañana o pasado), vaticinó este triunfo glovulval de la hamburguesía, esa plaga que se instala siempre en maceta ajena a plantificar geranios para parir etcéteras. De momento, devorando los etisteras. Luego llegan de vuelta los etcéteras. Pero al pobre geranio mediterráneo y extemporáneo  le ha llegado esta transición al revoloteo glovulval sin enterarse, y no reacciona.

Y es que la transición es como una plaga. Se extiende y se extiende y no acaba nunca, ni de acabar ni de extenderse. Errática y pomposa, ya la llamó un griego padre de toda cosa. Sólo que no hablaba aún latín, por razón de historia, y en lugar de transición le decía metáfora, que significa mandar tropas a otra parte. Transición es como no sé, como un jueves o una mesita de café en mitad del salón, o una piedra fundacional dos veces, o un enmedio interminable como un mar. Pero lo que más molesta al hombre, que disfruta de su breve cuarto de siglo con leche sentado en su escalera, es lo indeterminable del artículo, no se sabe si indeterminado o numeral. Es que “una” transición, histórica y enumerable, sea una redundancia. Como una primera piedra, vaya. Primero, porque primero en una serie siempre es uno solo; y primero, porque transición de cuanto haya sólo hay una, grande, y libre de fagocitar lo que quiera de cuanto halla: nubes, mariposas, y geranios.

En la parte peninsular que le toca, el trance ha conllevado y contraido principalmente putas y gladiadores, mariposas dispersas y extractos concentrados; es decir, sicut erat in principio, pero habiendo hecho turismo, de suerte que el viaje habrá cobrado la pena que acaso no haya valido. Como la historia universal, que es esa transición una, grande y libre de prolongarse por dónde y con lo que quiera en macetas ajenas. Como quien dice, esa patria humanista en construcción a la que nada ajeno le es humano.

Y así de pronto, mirando una mariposa bárbara y foránea extractar con fruición sus geranios sin dueño -que los plantó por regalarle la visión matutina al Azul-, el hombre descubre por qué ha perdido esa parte de su memoria sin dueño, que no la plantó para extractar esencias, acaso para regalarle la insondable oscuridad al tiempo con unos tachones de rojo: la ha perdido porque le roía la marinería y los fogones y los huesos como no sé, como una burguesía africana y salerosa. El meditérraneo nuestro de cada día dánosle hoy.

O como sí sé, como una burgesía española y pomposa, o una plaga de documentales recuperadores de memoria de vidrio o de otras cosas provechosas. Una consistente en manifestaciones, programas ideológicos, palabras, trincheras de Brunete, la sabina de Durruti, el alcázar de Toledo, Moscardó el Bueno tirándoles su puñal desde la almena… ¿dónde ha visto el hombre eso antes?, ah, sí, ya cae. Y eso que sigue sentado en su peldaño secular, para eso se los hizo. Uno tras otro. Una memoria extraible, de quitaipon y metesaca, pasmosamente parecida a un noticiario o un culo de botella, pues consiste en lo que pueda entender de cualquier otro este Ahora de putas y gladiadores, atractivas repulsiones y repelentes atractivos, mira qué horror, horror, me mira. Este circo máximo u ombligo autocanónico por partes interpuestas como… no sé, como geranios, que sin huevos para ponérselos reflexivamente se busca espejo máximo y redondo para hacerse canonizar como… no sé, como siempre.

Una memorioa histórica en que de la reforma agraria importa la reforma, no los nabos. Una que recuerda igual que vive, rodeada o globalizada por cosas como no sé, como Moscardó en el alcázar de Tarifa, y sin mirarlas, saca una foto y prosigamos, transeúntes, transicionando en trance. A empezar por su propia marinería de huesos y tendones o de pueblos y vegas desatendidos. Podrido y exhumado el ejército rojo de una cuneta, la guerra por la recuperación de la memoria civil ha terminado. De una grande y libre en que, de la colectivización de la producción (de zapatos). importa el ción ción chinpón, nunca el zapato, ni la diferencia entre un mocasín y un bucher, como decía mi padre en su alemán de Brea.

Una en que no aparecerán jamás alféizares de baldosines amarillos con macetas de geranios más o menos bien regados pero aún sin mariposa. Ni torpes concubinas de amigo muerto que recuperan en papel malva memorias sin alcázar pero con barrios salpicados de palmeras de chocolate al atardecer . Ni cartas que se franquean con caras de franco, pero precio en pesetas, qué raro, ¿será Franco francés?, esas bobadas que se preguntan los niños. A lo más a lo más, puestos a personalizar -que es como se le dice ahora a ser alguien- recuperar algún drama hormonal costumbrista: padrijo, madrija, mamantes-comadrijas y demás combinatoria, eso sí, con fondo de cañones y cartillas de racionamiento. O a lo más a lo más, porque la transición es como el condón, padre de todas las cosas que se estira y se estira sin llegar a penetrarlas nunca, algun catálogo comercial de radios de galena, trenes de cuerda y teléfonos de baquelita, pero sin el hombre adjunto. Que viene a ser, se dice el hombre en su peldaño apurando su colilla, como lo que saben en el catastro de esta Casa Blanca y de Su Huerto.

Así es que la interminable transistoria de galena acaba llamando a la puerta de cualquier idilio, para venderle unos teócritos de repuesto con barbaritos incorporados, ¿nos pasas la pelota por favor?. Memorias extraíbles. Su cuarto de siglora se acaba en el peldaño, todo a babor, el piloto se ha levantado, hay que esto y lo otro y quedan treintaiseis horas, cifra gloriosa, para el alzamiento definitivo de los puntos de la Gatarrita. Pero el hombre se levanta sabiendo un poco más por qué ha perdido la memoria. A conciencia, meticulosamente, que para algo es hijo de funcionario: para no perder el páncreas y la vesícula biliar. A veces hay que elegir, sin opción Guardar Como. Y subiéndose los calzoncillos viejos pero holgados, que no le aprieten los teócritos, zarpa para el calendario. Tras esparcir cuidadosamente por las hojas afectadas de amor materno y naturaleza histórica un esputo con tabaco masticado. Por lo que dicen las autoridades sanaistorias, perjudica gravemente la de los que geranios están a su salud alrededor revoloteando. A ver si es verdad.

 *

 

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu email nunca será compartido con nadie.Los campos obligatorios están marcados con *