Valido

VALIDO (arc.), masc., pp. sustdo. o adjdo.

 Voz del ovejo; lo que dice. Por extensión, voz principal que se hace valer por otras en una congregación. De claro origen onomatopéyico, prefiérese hoy la voz “ministro”. Corominero señala como nexos posibles estos proverbios, “ovejo que vale, bocado que gana” y “reunión de validos, ovejo muerto”; dando por nota común el apretar la necesidad, que es ser menester, de donde “ministro”; e ilustrándolo un último proverbio con este comentario: “es sana máxima moral que ya está en san Pablo, bien que en subjuntivo y no en indicativo: quien no vale, no coma”.

Estudios filológicos posteriores han sugerido que el verbo de san Pablo era puramente indicativo, pero eso poco estorba al curso de las lenguas. Son innumerables en efecto las erratas entre valar y valer en la historia del castellano -véase “avalar”, “avalorio”, “validez en contexto” (florido o montuno)-. De ésta hacemos mención por la confusión entre presente y pasado que supone tratar al “valido” de “valiente”, o viceversa; confusión harto extendida en la actualidad presente, o presida.

Así, es hoy lugar común decir ante un acto valiente que “habrá valido” (a alguien de algo), es decir, remitir el acto en curso incierto a un hecho… aún por hacer. O a la inversa, de una declaración de aquellos hechos que hacen inevitable tal o cual medida de gobierno, decir que es “valiente”, siendo valida, pues se vale de hechos pasados o futuros, o aun meramente posibles, para eludir una decisión y un responsable: el valiente valido, ambigua figura que así surge, indecidible por indecisa o viceversa.

Equívoco que ya aparece en las más antiguas traducciones de Homero, donde Aquiles es valiente “por que toda generación futura tenga algo que vale”; lo cual, fuerza es reconocerlo, hace del héroe homérico acampado ante Troya un ministro efímero en campaña electoral, valiente hoy merced al valido colectivo que no será, si acaso, hasta mañana. Subyace a esto el valor provocador o revocador de la voz, en virtud del cual “vale” como presente lo que quiera que se “vale”, siendo así que la voz siempre llega tarde por necesidad al haber de producirse en el tiempo. El sentido figurado de “valido” como “ministro” remite pues al estado menesteroso en que pone a la congregación humana fundarse siempre en lo ausente, y por ende, la carencia o menesterio crónico de voces para el presente; tarea que se delega, esa confusión mediante, en un valiente valido. Con que se aclara algo más el sentido de la ambigüedad paulina arriba mencionada: aquello que es en subjuntivo posibilidad enunciada, “que vale”, se toma en indicativo por realidad efectiva, “que vale”. Y es justamente esa confusión del poder ser con el ser del poder la que toma figura en el “valiente valido”, y por metonimia, en cuanto lo rodee.

Por último, hay que señalar la estrategia escogida por el castellano para discriminar, siendo menester, entre una y otra cosa, que alguien vale por necesidad o que vale por valentía: a saber, un sencillo acento, que es decir un leve matiz en la voz presente, para distinguir lo que es “valido” de lo que es “válido”. Tratándose de señalar que no todo pasado o ausencia, por frecuentada y colectiva que sea (valida), tiene por ello que valer por modelo para un presente (válida), es procedimiento simple que, además, realiza el fin en los medios. Aunque casi nunca vale.

 

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