ANGELA ORTIGA

Que el lenguaje ayuda a entenderse a los pueblos es cosa que he comprobado, por mi oficio de traductor, rotundamente errónea. Baste reparar en que lenguaje es singular, y pueblos, plural.La remota esperanza de que los pueblos se entiendan pasa por los idiomas. Ya dijo un político inglés que de haberse traducido bien el idioma de Hitler acaso se hubiera evitado la guerra; pues los armónicos que hubieran permitido captar en el extranjero desde dónde hablaba desaparecían en pulidas traducciones, pasadas por ese “lenguaje alemán” que jamás ha existido salvo en los libros, como el latín de la iglesia. Y resulta que hoy por la terrible estepa castellana, polvo sudor y recorte, un patriótico rumor cabalga rumbo a Santa Gadea y sus juros a tres, cinco o diez años, al Dos de Mayo de Vicenta Malasaña y su prima de más riesgo, incluso a los calculados éxtasis patrióticos de la III Internacional pero hispana en el año 36: ¡Que se nos los llevan!, los ahorros, los alemanes, la morisma, españoles, la patria está en peligro, y la empanadilla, acudid a salvarla, firmado el alcalde de Móstoles. Y como yo no puedo dejar de sentir la llamada de la patria a plazo fijo, necesito aportar mi granito de arena a la justa indignación. A alguna de ellas, tanto me da, puesto que todas están aún en disposición de hablar sin haber leído a Shakespeare, donde dice “no es lo peor mientras aún puedas decir que esto es lo peor” en inglés.

     Así que yo, enmudecido hace años de pasmo ante la, sin duda, forzada ocupación del castellano por, entre otras cosas, alguna amenaza física que debió de, es claro, practicarse contra sus por el momento hablantes, aunque yo no la ví; yo, aquejado de sordera psicosomática en legítima defensa cada vez que empieza a hablar la galardonada presentadora de cuéntanos lo que ha dicho, Pepita Jiménez,  Obama en la por ahora más importante cumbre de la sintaxis; yo, a quien tachan hace años de sus trabajos la palabra “allende” porque era un presidente chileno, que lo pone en la Red y además es con mayúscula, yo quiero en un hérculeo esfuerzo como la ocasión y el rédito merecen arrimar el hombro a la salvación de una patria ocupada, sin responsabilidad alguna por su parte, en llamar barbacoa a la parrillada y livin al cuarto de estar, qué atroz imposición, qué tiránica germanía. Y me dispongo a pasarle a los patriotas, para que la usen a su albedrío, información confidencial –garantizada por Estanendar al Poor por donde le toca-.

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   La ocupación de países comienza por las cabezas, y la de las cabezas, por el idioma en que éstas se hablan, sobre todo cuando creen que nadie las escucha. Por ende –que es expresión de un idioma extinto-, es verdad la contraria, que llamar a las cosas por su nombre en el propio idioma, y no digamos a las personas, es quitarle el suelo bajo los pies al ocupante. Así es que me dispongo a publicar el nombre secreto, como quien dice el pasgüor, del presunto enemigo/iga público/pública número eins, la cancillero/era alemano/manita. A la que despreocupadamente llaman nuestros representantes Angela Merkel, entregándole así el campo de batalla antes de empezar. Cuando todo el mundo, o sea quienes hablan alemán, sabe que se llama Angela Ortiga. Y pica que se jode, pues las maneras de joder son muchas y todas respetables sobre todo en Chueca, donde no se respeta otra, digamos, verdad que ésa a posteriori.

    A partir de una denominación correcta comienza a surgir una comprensión más justa. Eso es una verdad como un templo gótico o un tratado de metodología germánico. Sólo tiene de malo que es universal y se extiende como picada de ortiga, más cuanto más se le restriegue tal verdad a alguien; así por ejemplo, ese señor que rajó y rajó y rajó y su sillón consiguió, y que ve hoy llegado el momento de actuar y dejar de hablar, cosa muy cierta y loable salvo que se trate de actores de teatro. Y sin duda en su función le vendrá bien poder llamar a la cancillera en el momento oportuno ante algún foro público a su medida, pongamos en la ciudad de las coles enanas, “nuestra querida señora Bingelkraut”, que allí sin duda le entenderán.  Pero no son estas coliflorituras retóricas las que más importan, sino las consecuencias que una denominación de esencia permite anticipar y prevenir, como prevenir se pudiere.

   Pues es la ortiga como queda dicho paradójica de suyo, y así, figura de otros atolladeros en que no se alcanza salida al dilema. Cómo proceder habiendo sido picado por una pudiera pues valer como modelo de proceder en este brete en que nos hallamos: no hacer lo que a todas luces parece pertinente. No rascarse, pongamos el bolsillo, que ya se sabe que en el rascar todo es empezar y no saber cómo se acaba. Queda claro asimismo en tal figura que el interés de la ortiga está en lo contrario, pues que así se extiende y propaga. Y más, que hánse demostrado equivocados remedios populares sin otro fundamento que el demasiado crédito otorgado a la ligera; por ejemplo, que ahorrar aliento o recortar otras funciones del cuerpo, y ni chistar siquiera mientras se trata con la Ortiga, evita su quemazón.

   Otro rasgo no menudo de esa figura es de qué suelos nace y se nutre y medra, son a saber escombreras y muladares. De muladares y banca, no hay qué decir; de escombreras en las inmediaciones del Oder y el Neise, ya poco, que se está rearticulando la sintaxis. Sólo que entre ellas creció la Angelita, y escaseces de niñez, pregunten los hispanos a su abuelo como les quedare, mucho marcan. Sin ir más lejos, padres de posguerra conozco que por ahorrar se han ahorrado hasta la vida, haciendo  horas ordinarias hasta las extraordinarias, las de estar y jugar y no hacer nada, para que fuera más fácil privatizársela luego toda en junto. Quede pues que el ahorro no es para la Ortiga circunstancia eventual, sino modo de ser superviviente en la escombrera, tan loable allí como dañino en huertas o parajes más amables y fecundos. Que los había.

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    De trabajar como chinos se hablaba en la Península antes de que otros los descubrieran en la tienda de abajo. En la tierra del purismo protestante, empero, no hacían falta modelos de importación, que además son un dispendio. Donde las obras buenas o malas se tasan a solas con el Patrón Dios, luego hace falta todo un siglo de teorías estéticas para avizorar al menos un atisbo de otros criterios, que tengan que ver con los demás parroquianos y su mirar. Y donde aun la enfermedad es culpa del pecador degenerado que no se cuida, naturalmente de SS ni hablamos (me refiero a la seguridad social, no a la del Estado, que eso es la otra ese en alemán).

  El padre de Angelita era pastor, pero protestante; eso conlleva que sus ovejas duermen y se levantan y deberían acostarse juntas pero sin visillos. Pues quien nada tiene que ocultar a Dios, nada tiene que ocultar, ¿acaso hay alguien más?  Algo de esto es lo que no parecen entender los católicos irredentos de esta península, disfrazados a toda prisa de luteranos hace veinte años para optar a un sillón a su medida entre las coles de Bruselas: que la Angelita no quiere desmantelar el Estado de Derecho, sino realizarlo íntegramente, conforme a una añeja costumbre de la zona. Cierto que una consecuencia plausible y aplaudida en su día de esa integridad (física y moral, privada y pública) es aprovechar íntegramente el cuerpo social, incluyendo huesos y cenizas, en aras de su posteridad, asegurada Estado mediante. Pero hay que comprender que en alemán “posteridad” no se confunde con “culo” en ninguna manera ni postura. Como se sabe desde Quevedo, el culo es esa posteridad imposible de ver para sí misma, aun siendo un ojo: para ello depende de otro, conforme a la memorable sentencia de Juan de Mairena debidamente deslocalizada, a medida de estos tiempos.

     Que Angelita nos de por un tal ojo revisor, incluso que nos mande a tomar por tal, recíprocamente, el suyo, no puede entenderse correctamente sin recordar estas precisiones teológicas, por las que hace algún tiempo ya discutimos seriamente con los germanos. Lo de que el ojo de Dios no necesite intermediarios, administradores ni imágenes, sino que uno se lo alcance a solas por sus propios adentros, dándose la vuelta como un guante o echando el bofe como un buey en el intento, no nos lleva a nada más sustancioso que psicología pero científica, ese invento germano que nos devuelve al muladar y la escombrera. Pero otro extremo en cambio, el de por fuera, nos devuelve a lo paradójico de todo protestantismo tan pronto se acerca a la hegemonía global, lo que en griego se llamaba catolicismo, y en latino, imperio. A saber, que prescindir de intermediarios locales sea verdad tan universal que necesita intermediario, pero global, para propagarse. Kítate tuleison, kemepón goyoleison. Adiós Botín, hola Herr Äuber.

   Pero en busca de título para esta pasmosa letanía, nada como Machín y su tremenda cantadera de negros y angelitos. Pues “ángel” o Angelita, eso no es otra cosa que “intermediario”, sólo que griego; y así, naturalmente, poco de fiar. Y si deberían suprimirse sotanas y liturgias que distorsionan el divino intercambio (de deudas por indulgencias), cómo no sus contrafiguras con alitas. Como se sabe, la iconoclastia ha sido siempre consustancial al protestantismo, fuera celestinas imaginarias; aunque ello no haya obstado para que acabara, a un lado del Atlántico, fascinado por las liturgias de Bayreuth con valquirias o Nüremberg con banderitas, y al otro, recurriendo a los retablos animados del Holly-Wood para mantener alguna unidad entre la parroquia multiracial, multicultural, y sobre todo, multidiomática. Parece que de momento hay que transigir con los becerros de oro, de modo que fabriquémoslos nosotros. Kítate tuleison. Pero eso sí, a nuestra imagen y semejanza, kemepón goyoleison. “Pintor que pintas iglesias, pero nunca te acordaste de pintar ángel la ortiga”, etc.

 Se diría que en lugar de una dosis opiácea mínima y constante, como los latines de la misa dominical, el capitalismo protestante optó por una rigurosa sobriedad sin ilusión alguna, por un tiempo y un lenguaje profanos sin adornos ni angelotes, de austeridad, ahorro y capitalización continua… que de vez en cuando revienta en una ceremonia del derroche aún más ilimitada por falta de práctica, el de ahorros y sacrificios humanos; un auto de fe en lo fiduciario sin sombra de Ilustración, un yahatajó de cifras con música de Robustiano Carrero, que es lo que significa Richard Wagner, y que también quiso volar por los cielos. Pero en el carro de los dioses y sin angelitos, canónicos o al menos con chapela: sino a capricho, que es lo que quiere decir “valquiria”…

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…pero ¡un momento!, ¡pare el carro, o el Carrero! Los nombres propios no se traducen. En ese dogma de fe me tropiezo, una y otra vez, con mi versión profesional de este pasmoso esperpento. Así que el mercado del intercambio de signos tiene un límite, vaya vaya, quien lo diría… Y esa es la cuestión, si así fuere, ¿quién lo diría? ¿Bruselas, la Ortiguita, el Vaticano como antaño? De manera que, por todos los conceptos –fontanero, cabeza de familia o cuerpo grave- estoy en el mercado y soy intercambiable por una cantidad equivalente –de salario, de impuestos o de kilos en canal-. Menos por una parte que se llama istmo o Gibraltar, y al parecer es intransferible e irrenunciable. De manera que no se puede traducir “Angela Merkel”, pero se puede cambiar una forma de vida por otra a toque de reglamentación. Y no se puede tocar la grafía “ñ”, pero sí hipotecar una costa entera por unos signos alfanuméricos en las memorias de un ordenador bancario. Y así sucesiva e indefinidamente… salvo en un punto. Ése que al parecer designa el nombre propio. “Yoporejem”, por ejemplo.De manera que ni España ni Merkel se venden ni se traducen. Pasmoso estado de excepción, entre tanta democracia significativa. ¿Dictado por quién?, ¿la costumbre, la superstición, la conveniencia?…

Si aquello que nuestros nombres “significan” es por definición intercambiable, mejor desde luego un número de serie, o un código de barras implantado en el embrión. Y si no es un “significado”, ¿qué es? ¿Es, incluso? ¿O meramente “está”? Si se define un signo por las “operaciones” que desata o interrumpe, mejor numerar el mapa de Europa y llamarse los “países” 1, 2 o 3, y nosotros los uniotas, por supuesto. Tiene gracia que los mismos que hablan sin mirar en gastos de la “marca España” apelen a la vez a lo idiosincrático, idiomático o idiótico. Conque el caso viene a parar en las paradójicas “marcas comunes de diferencia singular” que parecen ser el producto principal del sector servicios, tan caro en esta Península: hacer que usted se sienta diferente indiferentemente, mediante el proceder establecido, perdón, el “protocolo”. ¡Y yo que seguía preguntándome desde hace años cómo sería una economía basada en el sector servirtudes…!

Aunque mucho me temo que llegados a este punto la crisis de especulación con divisas pero intransferibles pero divisibles se vuelve verdaderamente seria, y se merece un cerebro más fresco y otros días para abordarse. 

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