NOMEN OMEN

Como los actuales colonos de Hispania se toparen esos signos en la puerta de su casa, buena parte entendería lo de nomen enseguida: ah, ya, está en la lengua imperial, y veta la entrada a animales con rabo. No men: tal vez los recortes han obligado a compartir servicios, y a su casa le ha tocado el de señoras; tal vez sus recortes han acabado de hartar a sus señoras y se han buscado otros servicios entre las vecinas, más comprensivas. Más fácil es, se dirán de inmediato, que sea publicidad, como todo lo que no se entiende pero tampoco importa hasta que es ya tarde, en la caja. Pero si anuncio, ¿de qué?, ¿de una tortillería, de un plan de subsidios al desempleo fálico? No men… en su esfuerzo posmoderno de integración cultural, algún colono aventajado de fruncido ceño recordará entonces lo del género, esa nimia metonimiedad que los nativos preglobales cometían con sus lenguas antiguamente, antes del gol de Iniesta, en el mundo entero o al menos en ciertas partes, nombrando al género por un caso y al todo por la parte que más les tocaba: a la humanidad, “el hombre”, al pueblo, “deutsch”, y a toda lengua que no entendieran, “algarabía” o “barbarie”, según. ¡Pero coño claro!, si es que no es man sino men, que es plural y somos todas/two… conque nomen, nada de humanas/manos, pero ¿qué sentido tiene un anuncio, que ha de ser hecho y visto por ellas/yos, prohibiéndolos?… Alguno ominoso.

             Pasa entonces a la segunda parte, y la perplejidad le invita, siempre buena vecina del pensamiento, a caerse de culo en su rellano regazo, de tan planchado. ¿Será un dilema, como el de Hamlet?,  “o men o no men, ésta es la cuestión”… pero no, que ahora se dice or,  para que rimen sin duda con el amor y el olor, por no hablar de la flor, o el resquemor. Será admiración entonces, o times, o men!, pero coño, no, que eso sigue siendo con hache muda… Cortés, su perplejidad le invita a pasar a su boudoir y conectársele en red a su genérico. Bienvenido a su buscador, ¡Joodlel, si resulta que es latín y el tal omen es Agüero…!, ¿ése no jugaba en el Atleti? Será un anuncio o un presagio de la Eurocopa Mundial. Donde estamos destinados a ganar porque nos llamamos España con eñe: que es, salta a la vista, llevar el mundo por montera (≈ o poco más o menos)

 &

             Conque el nombre es un agüero. Hay que figurarse cómo y dónde leían sus agüeros los romanos, en los mismos parajes que los psicoanalistas. Que el destino del hombre se inscriba en la funda del mondongo sólo es una fase avanzada, probablemente anal, de arcaicas verdades de transmisión oral desde Venus; ante todo, aquélla de que el hombre es lo que come. Gracias a tal conocimiento se alcanza entonces como inexorable fase de conciencia posterior que el hombre es como caga. Al talento del mamón, abrir y cerrar la boca a discreción, le sucede su reconstrucción en una función psíquica superior, hacer lo mismo con el culo, el propio para empezar. Y de ahí no hay más que un paso, seguramente fálico por la forma, hasta el lenguaje conceptual y su doble articulación: el que lleva cañón adelante hasta el percutor y su ruido característico, un doble clic. La digitalización del continuo y su cósmica diarrea está servida, y los mojones contables marcan un hito en la historia de la conciencia artificial. Either-or, no confundir con “hay terror”: la Alternativa está servida, sin alternativa, como un sino (no confundir con un si-no computable). Y todo lo que se llama por un nombre tiene al menos otro, no llamarse ya. Clic-clac.

             Seguro que descubrir un método para triunfar de angustias semejantes, boca mediante, estaba presagiado en el nombre Bocatriunfante Alegre; sólo faltaba traducir el agüero al alemán con fines publicitarios, a fin de que el exotismo y la seducción de redescubrirlo atrajeran clientes a la consulta de Sieg-Mund Freud. El alemán, que viene siendo como el latín del norte sólo que pervivido, es suelo fecundo por asilvestrado en tales agüeros nominales. Por no salir de ese ámbito familiar que tanto y tan inexorablemente marca,  quien predicó la importancia del complejo de inferioridad entre hermanos se llamaba Águila Apacible, no como su hermano Águila Triunfante; mientras que el primo apóstol de los arquetipos, ajenos a tiempo y caducidad, se llamaba Carlos Joven.

            Pero no se piense que el destino alcanza sólo a sus profesionales autónomos, como Hacienda; también a los amateurs del saber. El filósofo que predicara hallarse el Yo más sólo que la copa de un Fichte se llamaba Pino, mientras su compañero de equipo, que veía al espíritu realizarse en lo objetivo por doquier a la redonda, se apellidaba Chelín. No voy a extenderme en esta técnica de retropresagio timológico, que tan generosamente refregara por la cara a sus colegas alemanes Federico Restregón, quiero decir, el apacible Plumifacundo Nietzsche. Quizás tan sólo sugerir su ampliación interidiomática, en estos tiempos tan globalmente hinchados en adjetivos que no les vendría mal un poco de atención a los nombres: pues de poco valen prendas o predicados anunciados sin cuerpo sustantivo de usuario al que endosarlos, que es la actualización 2.0 del argumento ontológico y su crítica. Valga por ejemplo el destino histórico de ese idealismo crítico que, pretendiendo profetizar en su tierra idiomática hasta dónde podemos, pasó a ser comprendido en la ajena como confesión de impotencia propia firmada por I Kan’t.

            Si nos asomamos a la literatura, quizás sólo una cosa salimos ganando: los afectados siempre han sido más conscientes del caso, dado su oficio, y no se han privado de usar tal conocimiento en sus querellas intestinas, quiero decir, ominosas. Baste recordar aquí al autor de los más airosos rizos rizados de la lengua alemana, Carlos Crespo; o esas esplendorosas cumbres de la ironía que el físico Montedeluz dejó sin publicar. Hasta el punto de que algunos, como es sabido, hayan solido refugiarse en un seudónimo comercial, véase Jean Paul: en la esperanza de que la mejor defensa es un buen ataque, y contra el destino colegido por colegios de colectores sólo cabe el escrito por unomismos. O en fin, recordemos a uno que ni tuvo que heteronomizarse para autonomizarse, por autonominación, como soberana voz de todos o de uno cualquiera de sus paisanos: venía predestinado de fábrica, pues le llamaron Unpepe Pepín, o Paisano Deaquí, o Quisqui Quiquín, o Heinrich Heine, que tratándose de Aquíes la cosa es tan variable como inexorablemente inconfundible (siempre que seas de aquí).

            Viniendo en fin a lo político, me contentaré con recordar al palanganero recadista de Carlos Marx –cuyo apellido, claro, no tiene traducción fija, sino tácticamente variable según la estrategia calendaria-. A saber, Federico Angelita-lito, esas criaturas recaderas del sector servicios y sexo a discutir, capaces de adoptar cualquier forma para una idea o cualquier idea en sus formas, con tal de verse dialécticamente caídos por toda la tierra a compás de antinómico vaivén. De modo que, conforme al propio marxismo ajeno, la anatomía de lo Angelito es la clave de la anatomía de Marx, y su vulgarización evangélica en materialismo dialéctico era, desde el principio, el destino histórico del materialismo histórico: ése que pone en la materialidad de la palabra la raíz posterior de su significado anterior, desde luego.

             Sólo que, a mí, lo que me sigue teniendo preocupado y perplejo de culo en el rellano es que la cancillera de Aquí, o sea Europa de momento, se llame Angela Ortiga.

 &

             Se oye a menudo que el dólar es la “divisa de referencia”, y que parte de esta crisis es la pugna por tal puesto con el euro. Lo que no suele escucharse es “divisa”, ni “referencia”.

            Divisa es eso que ostentan en lo más alto, donde se divise bien, para organizar la muerte y su escena, los toros y otros cornúpetas, pongamos un portaestandarte o Standartenführer. Para asombro de constructivistas y otros ingenieros de inteligencia artificial, parecería haber inteligencia en el idioma antes de su diplomada aparición, de modo que sin pagar un máster ya sabían algunos que el ojo también divide, discrimina y discierne, siempre que pueda disponer de divisas que le ayuden. Sólo tiene que educarse, como el oído para aprender a distinguir entre un “se” reflexivo y uno impersonal, por ejemplo. Pues como saben también los estudiantes (antes de diplomarse), la necesidad de educarse se remedia sustituyéndola organizadamente por la de educar Se; la prueba es que ésta elimina de raíz las ganas de aquélla en alguien, dado que uno resulta para Se tan prescindible como un argumento en una función. O una divisa en una batalla, o un nombre propio en una declaración de Hacienda.

            Así que “divisar” el ojo ya significa una operación cognitiva tan compleja como dividir con signos, donde quien parte y reparte se lleva la mejor parte: es a saber, quedarse en tal puesto, instituido de acto afortunado en oficio rutinario (en la nomenclatura oficial, de “conducta” y “función” en “estructura” y “patrón”). Nada tiene de raro que las palabras también sean divisas por divisables, además de divisibles. Sobre todo desde que Se las escribe y Se las imprime: de viva voz, la divisa tiene una prima de mucho más riesgo de perderse confundida en el continuo fragor de la batalla vocal. Donde se puede oir de todo, como en toda pelea que se precie, incluidos gruñidos y secreciones en que resulta indiscernible ser palabra o borbotón. Basta extraviarse en alguna tertulia de intereconomistas, televisada y proxinaudita. O en el parqué de la Bolsa un día de visita de la prima aventurera.

            Pero el oído, aunque no tenga párpados, tonto no es. Y en la bolsa como en la vida cabe en saber confundirse tanta inteligencia o dislate como en saber articularse. Vamos, que cabe tanta ortiga en prosa como rosa en verso y viceversa. Y en la bolsa del lenguaje una de las que más pican es la de los nombres propios, que se dirían un irracional enclave de totalidad poética en mitad de la autopista de la información y el tráfico de significantes. Como un domen salvado en una isleta de autovía, entre los carriles de sentido y contrasentido, los nombres propios resultan un tragicómico anacronismo entre renglones que son a su vez mera divisa ilusoria: en realidad, un único flujo continuo e inaudible para humanos (un genuino nomen’s land). Donde todo significante es insignificante sostén del significado, y así, permutable como sujetador para ubre jugosa, funda para el mondongo de los presagios, o vaina para el arma de su cumplimiento.

            Se les haría a los nombres un sitio en el coto de Doñana con otras especies en trámite de extinción, tales como la firma o el humo por que se sabe dónde está el fuego: a fuer de secreciones o emanaciones directas del referente. A título de “indicios”, de no ser porque hay indicios que señalan, o señales que anuncian, un ominoso riesgo de quiebra fiduciaria en caso de hacerlo: eso equivaldría a hacer del nombre propio un espacio natural, una relación no reilable en mitad del texto global urbanizador, o perdón, civilizador. Un relato no relatable, un precio no reapreciable, en fin, un ominoso sino, sin más vaivén ni regateo entre el sí y el no. Pero si respetar combinaciones genéticas sabiendo de otras posibilidades combinatorias ya plantea dudas de fe (en la omnipotencia creadora del mercado y el intercambio de opinión),  no digamos con una unidad tan importante a efectos de cómputo tributario, judicial y electoral. ¿Qué sería de Montoro, de qué Guindos se caería, como pudieren los particulares defraudados por el Estado cambiar de nombre con tal facilidad como las empresas defraudadoras?

            De manera que el nombre propio, pudiendo tener “significado”, no debe: sino sólo referencias, a ser posible buenas y en alemán. Nada de traducirlo. En una excepción que confirma las reglas todas, nada de relación funcional modificable: sino referencia y deíctico. Pepita es “eso” y aquí estoy, ecce homo hetero et cetera. Pero entonces, ¿qué hacemos con los campos del ordenador?, ¿sustituir caracteres alfanuméricos por muestras de ADN o pulgares nobiliarios, como otrora?

             Arduo dilema, nomen o men o viceversa. Suerte que cerebros preclaros y postoscuros o viceversa,  los de prohombres exsimios o viceversa como Sigmund Freud, hallaron para la preposmodernidad la solución intermedia del claroscuro (o viceversa, claro). Es a saber, ese estatuto “mediacional” que da de comer a tanto semiota semidiota y en castellano se viene llamando desde antiguo, antes de las diplomaturas y el gol de Iniesta,  “alcahuetería” o “celestinaje”, ése que los médicos prefirieron oscurecer, claro, llamándole “síntoma”. Ese estado que hoy, en la pospremodernidad, prefiere llamarse, encabezando la, por el momento, presunta página global, “en Construcción”, hasta convertirse en divisa ideológica en figura de “constructivismo simbólico”, que es como decir “hormigón movedizo” o “arena armada”. Pero que tiene la ventaja inestimable de excusar, dilación histórica mediante, cumplirse cada nombre prestado en un destino, pudiendo vivirse perpetuamente a crédito aplazado: en las múltiples posibilidades de los múltiples yóes de cada quisqui y sus avatares, perpetuamente renegociables como una hipoteca. A menos que la burbuja vaya a dar fatídicamente con un cactus o una agudeza más literal que la de las letras de cambio.

             Así es que un nombre propio, “yo por ejemplo”, no por definición ni por lametón confirmatorio, no designa pero casi lo mismo o casi que “España” o “Angela Ortiga”, la identidad de un corpus (fiesta variable) que no admite aunque podría “múltiples relecturas coautoras”. Y es ese Estado del Movimiento perpetuamente en ciernes lo que acaso debiéramos conocer bastante mejor en esta patria de la Transición, ni ínsula ni continente pero casi ambas cosas, para no perderse ni lo uno ni lo otro o viceversa. Esta cuna del jesuitismo, catolicismo protestante o viceversa, con tan larga experiencia en bautismo y rebautismo y reconversión de divisas, en lo peninsular, lo penibético y lo penúltimo, que es casi lo último pero no del todo, ya no pero aún un poco, o viceversa; este solar patrio del “estamos en ello” y el “pero hoy no, mañana”, suelo natal del ir tirando y el Fray Gerundio sublime y grotesco respectivamente, o viceversa; este hogar de lo tornadizo que es un ideoma entre idea y soma, debería conocer bastante mejor que otros qué ocurre cuando el Movimiento de fe se instituye en Estado de crédito, y entre deseo y acto se instituye el Gesto como alfabeto del “ir a hacer”, pero aún no, aunque ya casi; lo que podría también rebautizarse, visto lo visto, como estado permanente de Promoción pero Inmobiliaria. Como quien dice, a estas alturas deberíamos ser expertos consultores en vez de víctimas en ese sistema de anticipo de sentido a crédito, el bautismo, que alcanzó consagración canónica en un famoso consejo de sabios de toda la unión europea, o casi, pero estamos en ello, celebrado en la villa de Trento, y protagonizado por sorianos y toledanos: ése que declaró al bautismo “sacramento”.

             Sólo que, en la tierra de Angelita Ortiga, ni los apellidos son dos, ni el nombre de pila es “de pila”, sino “pronombre”, ni eran muy partidarios de anticipos de buena fe, sino de embargos por mala conducta demostrada. Y eso ya nos causó más de un disgusto. Aunque sin duda esta clase de especulaciones con esta clase de divisas no les parecerá a los economistas ni explicación, ni pertinente, sino más bien lo contrario: vamos, como si alguien llamara a una entidad de Ahorro, siendo de Despilfarro.

 &

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu email nunca será compartido con nadie.Los campos obligatorios están marcados con *