FUERA DE SÍ (bei sich)

Es de suponer que algún fiscal concienzudo y rencoroso pueda hallar aún en alguna biblioteca alguna edición decimonónica y rancia responsable de este entuerto. Más dudoso es que la encuentre firmada. En todo caso, un abismo de perplejidad y asombro, comienzo de la filosofía, se abre ante esta afortunada traducción del alemán bei sich.

Qué duda cabe, para hallarse “cabe” es forzoso hallarse “fuera”. La diferencia obvia, que le pregunten a Vellido Dolfos, es que “fuera” o extramuros de Zamora abarca hasta Morón de la Frontera o el seminario de Tuminga, en tanto “cabe” Zamora no permite alejarse mucho más allá de la posición del rey Sancho. Cuestión ésta que no deja de tener su interés cuando de trata de lo que algo no es, como es el caso en filosofía. Pues es claro que hallarse un lugar cabe Zamora significa “no ser”, pero “Zamora”, sin duda ni equívoco posible, aunque sea por un recurso tan poco sublime y metafísico como la mera contigüidad. “Fuera de Zamora”, en cambio, hace de ese no ser una indeterminación absoluta.

Cabe figurarse el cacao que podría montar ese “cabe” convertido en “fuera” como se tratara no ya de la noble villa de las tupidas mantas, sino del ser en general, y aun más, alemán. Pues si tomamos como ejemplo lo que más interesa a un metafísico, cabe una manta zamorana no es lo mismo hallarse “cabe tus pechos” que “fuera de tus pechos”. Pero como algún filósofo argüirá que tal diálogo es mero juego de palabras, dejémoslo estar. Sigue siendo cierto empero que, puestos a no ser “Grecia”, no es lo mismo ser persa que yanomamo o uzbeko, por coger un ejemplo que apacigüe al jegeliano. Y sin embargo tampoco cabe duda de que persas y yanomamos se encuentran por igual “fuera” de Grecia. Sólo que sólo el persa, además, se halla “cabe”.

De similar manera, que en este preciso punto y hora yo no sea tú, amado lector, y constituya tu “afuera” como tú el mío, nos deja por así decir con la mi-el o el su-yo en los labios de alguien, probablemente Jegel. Porque fuera de mi mí estáis todos a bulto y a esgalla, pero lector y antítesis de esta tesis mía sólo lo eres tú, que te hallas ahí, cabe mi página. Y viceversa, cabe tus ojos ésta mi ausencia tuya, y no otra. A este respecto ya Platón de viejecito se tiró de las orejas, en El Sofista, por haberse permitido en su juventud efusiones precoces e insatisfactorias (para las otras partes) en sus diálogos a una voz: pues en efecto el no-ser ha de estar tan determinado como el ser para que se le permita cruzar la aduana de Algeciras o las puertas de Zamora, e ingresar en el mejor de los mundos posibles, el de las ideas (las de Platón). Eso demuestra qué diferencia a un sincero amante de la verdad de un verdadero amante de la sinceridad, dicho sea de paso. Puesto que la mentira, que es la no verdad, se encuentra en igual caso, es a saber: fuera de la verdad, pero de una, no de cualquiera. Cuestión ésta que se aclararía como pudiéramos permitirnos una excursión cabe la palabra “sincero”, que ya indica cómo ha de calcularse el valor de verdad o falsedad; pero no podemos, dado el consuetudinario etcétera del autor, así es que proseguimos.

Otro lugar cabe este asunto que tampoco es manco -la prueba es cómo se aferra a la existencia con más dedos que una jibia- es el famoso “preserse en el mundo como ser cabe” de Don Martín Haidever. Donde tenemos una demostración a contrario de lo que interesa aquí, que no es la afortunada carrera académica del “fuera de sí”, sino cuanto la rodea y pulula cabe ella; algo que Alberto Lista habría expresado diciendo que  “mi carrera académica es ella y su circunstancia”, de haberse reformado antes el callejero madrileño, circunstancia que no se dió. Pues cabe suponer que generaciones de estudiantes y doctores en filosofía se habrán parado perplejos ante ese final de frase, “como ser cabe”, que parece no serlo y pedir continuación más o menos como toda muerte humana, y como ella, con su eterna pregunta: ¿dónde?. Luego, claro está, el estudiante recuerda la arcaica preposición y prosigue.

Y si prosigue, dada la manía de comprender en parte de esta especie, acaba encontrando alguna síntesis para sí, aunque quizás no para el doctor que le toque en el tribunal y haya de volver en Septiembre. Es a saber, que entendiendo ese cabe como verbo, que es lo suyo, todo caber supone y requiere un afuera, pero determinado, al menos en cuanto a calibre y tamaño. Sostenerse en la existencia braceando y pataleando más o menos fuera de sí exige una nada en que nadear, o sea, donde cabe no ser pero ése, el soplapollas del espejo. Pues en otro caso serían un lío los derechos de autor de “Ser y tiempo”, por ejemplo; figúrense que se los llevara el primero que nadeara por Estar Ahí, en su circunstancia circunstante. De manera que así vienen a sintetizarse los dos sentidos de “cabe”: en un “fuera, pero éste” que pone fin a la angustia subjuntiva de las hipótesis sobre si cabe o no cabe, y al fin funciona como debe funcionar un enunciado filósofico, como mero indicativo.

Ilustrado el caso, surge la pregunta: ¿a qué se debe, pues, el éxito desmesurado de ese “fuera de sí”, y por extensión, de toda errata filosófica consagrada? A mi modesto entender, la razón está en ese interés principal y fundante de la metafísica –todo junto-, arriba aludido. Como poco en la cabeza del filósofo, la cosa fuera de sí evoca tan irresistible como inconscientemente a alguna señora con rulos furiosa y enarbolando un rodillo de cocina. Lo mismo que en cualquier otra parte o cabeza, sólo que el filósofo se ha especializado en negarse la evidencia, a lo que llama por expresiones más dignas como “falacias de los sentidos”, “dudar de la inmediatez” y etcétera consuetudinario. Pero como el lugar más oscuro está debajo de una lámpara de noche, el sentido está en la superficie, y ya dijo Carlos Crespo que nada hay más insondable que la superficialidad de una mujer, sobre todo fuera de sí.

Que “la cosa” sea femenino en castellano, y que las cosas de la vida tengan en esta lengua justo el género contrario al sexo que designan –la pinga y el bollo, por ejemplo-, es tema demasiado epidérmico para tocarlo ahora, cuanto menos profundizar. Pero en lo que atañe –que es tocar, pero en filósofo – a “la cosa fuera de sí”, no me cabe ni duda de que parte de su éxito está, en pura dialéctica, en lo que no es. En lo que silencia estruendosa pero inequívocamente, en lo que ahorra tener que decir, en lo no dicho, pero eso: “la cosa cabe sí”. ¿Alguien alcanza a imaginarse doscientos años de tarimas togadas en que resonara de continuo “la cosa cabe, sí”? ¿Y sobre todo, lo que sobrevendría luego cabe la tarima? No. Así es que sí, fuera de sí.

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 Aunque nunca se sepa en estas cosas si el remedio es peor que la enfermedad. Porque puestos a oir lo epidérmico, lo que sigue en la famosa secuencia trinitaria de las personas del verbo protestante también se las trae. Ya que en castellano setzen, poner algo en otro sitio fuera pero definido, se dice “meterlo”: conque el meneo jegeliano o marchista consiste en que la cosa en sí se mete –o sea se  pone – fuera de sí, de suerte que si hay suerte se alcanza… el “para sí”. Y claro, aquí también se oyen roces y susurros inquietantes tras el tabique: porque “fuera de sí” y “para” son en esta bendita lengua voces tan antagónicas como no sé, blanco y negro, día y noche  o macho y hembra, por decir algo. Dicho en culto, “fuera de sí” puede connotar muchas cosas, pero si una no, ésa es “parar”. Fuera de sí uno patea, berrea o escribe un ensayo filosófico, pero lo que no hace jamás es parar quieto, o en culto, dejar de discurrir. A menos que sea tregua por agotamiento, la cosa fuera de sí no para, sí, ni por el forro de los conceptos (que son las palabras); a lo que se agarran los filósofos en tal trance, supongo: he ahí el puro movimiento que, para algo o para nada, no para, primera certeza indubitable. Si acaso hace un alto que suele señalarse con la palabra “ser”; por ejemplo dialéctico, en “yo soy tú ya”, dicho en tono ronco y más o menos fuera de sí.

Pues aún viene a complicar el caso la telelelogía (vid. “finalidad“, “medio final”, “para que me da el telele”): no puede ser casualidad, si no la hay en la historia, que en esta lengua el movimiento para alcanzar algo se designe con la misma palabra que detenerse, “para”.   Sin duda parece insensato suponer que ideas tan complejas como la superación del yo o la teoría de la relatividad pudieran hallarse detrás o delante de una preposición vulgar. El saber popular, la voz del pueblo y otras metáforas tendrán sus valores, sea. Pero la idea de que en un universo en movimiento la mejor manera de alcanzarlo todo es estarse quieto fuera, pero de él, y esperar que llegue; convertirse en luz o voz que inamovible para sí misma, como toda medida, mide todo movimiento, eso es pensamiento de una complejidad inasequible para un saber que nunca puede pasar por más que corra de proverbios y refranes. Pongamos, “vísteme de espacio, que tengo prisa”.

De manera que expresar la idea de finalidad y con ello la esfera entera de la ética mediante un antinómico “para” sólo puede ser azar. Mientras por el contrario el imperativo categórico es un genial logro de la inteligencia de un señor que se llamaba I Cant, y que reconociendo su impotencia para llevar hasta el final la cadena de medios y fines da por suprema norma ética pararla. Dejar de menear causas y efectos marcha atrás y marcha alante permite alcanzar por fin –y no por medio como se suele- la cosa en sí, que merced a esa parada aparece consistente en tratar a tu semejante “como fin y no como medio”, o sea como parada definitiva y destino antes que como un alto para mear y seguir viaje. O por entendernos en lugares comunes, Ítaca y no Albacete.

Resumiendo, en fin y enmedio: que “fuera de sí” es errata fecunda y prolífica como roedor suburbano, sobre todo, por lo que inequívocamente y con precisión relojera no es ni dice; que con ello ofrece un modelo esclarecedor del papel de la errata a lo largo de la histeria humana, y lo que es más importante, a lo largo de este texto; y que la principal lección práctica a extraer (por donde quepa) es que lo correcto no siempre es lo conveniente y debemos reservarnos ese “cabe sí” para la intimidad de nuestros noseres más cercanos. A ser posible, cabe una manta zamorana.

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