CONSTIPACIÓN PARADOJAL

Así, tal mocosuena. Por desdicha, de esta joya no puedo hacer referencia editorial, aun estando seguro de que en alguna parte figurará impresa. Consta sólo en mi memoria, que no siendo sustraíble carecerá seguramente de valor de cambio. En verdad tampoco importa mucho, que la pongo aquí por emblema de una interminable ristra de que podrá el lector hallar con facilidad muchas otras perlas. Se trata, por ir al grano como gusta a los rumiantes, de lo que hacen con su lengua, su sociedad y su humanidad los expertos en la lengua, la sociedad y lo que llaman “ciencias humanas” por su objeto, siéndolo dudosamente por su práctica: en que ya tenemos otra perla de almeja con buena prensa.

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            El constipado paradójico en cuestión era majadería de ingestión, rumia y excreción obligatoria en alguna materia abstrusa, de nombre sicología ebolutiba si mal no recuerdo su pronunciación, lo que viene a significar “digo del higo lo que me sale de las bolas”, antiguo deporte tabernario en la península ibérica. O acaso recuerdo mal y era psicología evolutiva, en cuyo caso sería su significado “decir mudable acerca del alma”. Después de profundos estudios llegué a averiguar que no era eso, empero, lo que querían decir, sino “discurso sobre el mudar del alma”. Lo cierto es que en él tan pronto se hablaba de higos como de bolas, y que el discurso mudaba de un año para otro casi tan aprisa como el alma niña en observación, como era de esperar con esa mezcla de griegos y latines ad libitum en el bautismo. Sacando en consecuencia que también allí las palabras son más sabias que quienes las usamos y dicen lo que quieren decir, como casi nunca hacemos quienes las invocamos.

            Despréndese ya una sencilla receta para ir encontrando tales bellezas: donde aparezca adjetivo calificando a alguna faceta de estos saberes, destitúyase del mismo al saber y otórguesele al objeto, si se busca saber; si se busca regocijo, manténgaselo en su puesto y entiéndaselo en lo que dice, no en lo que pretende. Pues tal arrogación de cualidades del objeto sin más derecho ni método que estar hablando de ello, como si las cualidades humanas fueran peste que se transmitiera por contacto bucal, es un primer secreto y sencillo para urdir un discurso indefinidamente tornadizo con valor de cambio: el cambio de valor, del objeto al sujeto precisamente. Que en castellano se llamaba envidia codiciosa, perezosa caricatura de la emulación.

            Ocurre en el género literario más próximo a las ciencias humanas, la novela histórica: que el valor de lo referido oficia de señuelo para hacer valer la referencia, y ésta a su vez tiene en qué excusarse cuando se le descubre su nulo valor (vid. “siglo XVII, esquina de curtidores a principios del”). Tal como ocurría en el género buhonero más antiguo e ilustre, arma de la cristiandad y escudero del imperio: el espejito para indios a cambiar por oro. Nada más lejos de mi intención que considerar a las ciencias humanas instrumento de alguna colonización imperial, y nada más cerca de mi aseveración: que se trata de los catecismos ilustrados o la pacotilla en este nuevo descubrimiento de la nueva América, a saber, las remotas y exóticas tribus mediterráneas.

            Afirmación simplista por rotunda, cierto; habría que matizarla en alguna serie de seminarios al respecto, y dado el caso, quizás incluso con alguna optativa semestral. Habría que citar a Dilthey, y por cumplir con la tribu, a Ortega. Y sobre todo, artículos fotocopiados, piedra angular de las luces de vaivén en el siglo XX. Habría que volver a Fray Gerundio de Campazas, al macarrónico conjuro y el sursuncorda, al Baldo rascabolsas y a Scoto, donde no se le entienda; a regurgitar y rumiar de nuevo algo por lo que ya pasaron las lenguas latinas y los saberes del hombre en ellas tramados: la cita de autoridad, el pensar en lengua ajena castrada de ecos y connotaciones, y el desprecio por cuanto aún pudiera pensarse en la propia, romance decadente indigno del romano imperio; a la enajenación de los conceptos en entidades autónomas sitas en la mente de Guille Puertas (vid. Gates, Bill), y al resto del escenario del Buscón o el Padre Isla. Como el que suscribe no cobra por hablar, habla para no cobrar, no puede ocuparse. Doctores tiene su santa alma mater.

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            Paradójico constipado aquel, en verdad: pues queriendo tocar un extremo, tocaba el otro, y tomaba por el culo las narices. Parece ser que los primitivos, niños o indios iberos, los confunden a veces en situaciones de aprieto, y no pudiendo hablar en la lengua del colono, moquean por el culo, en lugar de cagar por la boca como sería lo apropiado o al menos lo que hace quien se apropia. Razón tendría quien dijera que esa emisión sonora, “constipación paradojal”, a duras penas y estriñéndose podría considerarse traducción; ni aun de mocosuena, pues aun sonando a moco, paradójicamente es lo contrario. Sino mímesis lorita. Pero en tal caso se halla no poca parte del surtido de producciones terminológicas en tan fértiles rincones reservados del conocimiento, desde fidbac a patern o desde espinin a crosfertiliseision, por no andar hurgándose más los paradigmas.

            Palabrita ésta que por cierto es paradigmática de otro simple y rentable procedimiento para hallar saber o regocijo, a discreción. Es sabido lo que pasa cuando se enfrentan dos espejos, y dos macacos, y no digamos dos macacos armados con sendos espejos. “Paradigma” es paradigma de tales monadas de vaivén, términos grecolatinos que repasan el charco tras haberlo pasado, y vuelven como indiano a Santander con la cabeza tocada de humos en vez de plumas; vieja historia que debiera ser conocida allá adonde regresa, pues de allí partió el espejuelo primero (relativamente hablando). Pero no. Es conmovedor hasta el arrobo contemplar la unción con que se pronuncia en estas colonias toda palabra acabada en “eision”, como antaño el kirieleison: siviliseision, investigueision, y sobre todo, claro, finansieision; dejo al lector rebuscar a su gusto en el nutrido plantel de los”oyic”, los “ment”, los “itis” y raleas adjuntas.

            Lo cierto es que eso -¿y qué no?- ya pasó entre Atenas y la Suburra, como después entre ambas y Jerusalén, o como antes entre Micenas y Tebas. Las leontinas de los abuelos siempre atraen las uñas de los nietos, aunque casi nunca sepan sacarles partido y las rompan enseguida por ponerlas a su hora. Así es que no se trata de nacionanismo, como no fuera el adánico, sino de otra cosa: de sacar saber o regocijo, si distintos fueran, de ver repetida la vieja repetición del vaivén o metesaca entre traducciones sin original.

Porque esa es otra, la rajilla o jorismos indiscutida, alias epistemoloyic corte, entre saber y regocijo que tan gerundiana seriedad consagra. Luego, todo se va en Lustprinzip y en haberse de remendar las dos culturas, siendo así que remendando es y fue siempre gerundio. Con minúscula y sin apellido.

(…)

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