ALMIBARADO

De alma varada o embarrancada;  significa lo que pasmado o alelado, con esta diferencia, que mientras esto se pasa y puede pasar a cualquiera, aquello no, por ser estado venido a condición.  Discútese la grafía entre be y uve, que señalaría orígenes diversos, de varadero, que sería con uve, o de barra, que con be;  en que aflora distinción más importante, siendo un varadero refugio voluntario de navíos, y una barra, escollo azaroso. Poco afecta a esta querella la asimilación de la barra naútica a la del “bar”, voz sajona incorporada en el siglo XX; más, a los sentidos figurados. Aplicóse pronto “almibarar” al confitar fruta en su jugo, varada en su bote durante meses o años sin más que una pequeña ayuda de azúcar; que es trocarse el propio natural espesándose hasta embotarse, de donde la semejanza con el navío del alma. Parece respaldar esto al varadero y no al escollo, que sin querer nadie confita, ni entra a un bar. Argúyese empero por la barra que sea ese mismo querer lo azaroso y forzado, fruto de las derrotas y derivas del carácter en el curso de la vida, o de las calles.

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 Que afectan los discursos con los tiempos figuras diversas, sábese. La hipótesis de que el Discurso conlleva en sí mismo una Pragmática transformacional de la figuración que afecta cualquier hablante, con independencia de su lengua, es, por su formulación misma, en cambio, moderna.

Que sea “almibarado” no poco justo adjetivo por “retórico”, acéptase. El recientemente y de manera tan notable renovado interés por la retórica como estilística universal de cualquier idioma al margen de sus preferencias en cada uno de sus planos, fonético, morfológico, sintáctico, semántico, etc., y de sus cambios diacrónicos, por consiguiente, reviste de un gran interés epistemológico a este añejo adjetivo castellano como elemento en el que analizar el espacio semántico de la presunta retórica universal, el papel que desempeña la materialidad del significante como constituyente de una escisión o escansión inherente al discurso, etc.

  Vale asimismo por “alambicado”, significando ambos “artificioso” o “rebuscado” allende lo imprescindible.

Ya Levi Strauss señaló la importancia paradigmática de lo crudo y lo cocido en materia del soma semiótico que es la letra o el sema somático que es el gesto verbal, lo que precisamente estamos viendo intervenir  obviamente en este caso. Así, almibarado sería en castellano el resultado de una larga “cocción” lingüística del discurso en su propio jugo, hasta perderlo, si se nos permite la figura, en que los constituyentes de palabras y oraciones ven alterada su presunta “naturaleza” pero en donde, al mismo tiempo, es ésta el medio no impuesto ni forzado para su propia desnaturalización. Como primeros rasgos relevantes a retener podríamos señalar por tanto elaboración técnica, es decir, consciente, y reflexividad, pues el material es la propia capacidad reflexiva del discurso sobre sí mismo, y sobre esa misma reflexividad, etc.

 Vale también almibarado por empalagoso, resumiendo ambos este saber: lo poco gusta, lo mucho cansa. O también: lo bueno, breve, mejor.

Pero ello presupone, a continuación, que a la vez se ven afectadas no sólo la función informativa o representativa del discurso, es decir, su reacción al choque fortuito con los escollos u objetos, y la performativa o de inducción de sentidos en la acción, es decir, el voluntario varadero en intencionalidad y subjetividad, sino además también la estética o del gusto, manifiesto en el rasgo de “dulzura”. Es lo que pretendió señalar aun sin querer, como reacción natural a su buscado contacto con el formalismo ruso, la conocida función poética de Jakobsohn (uno de los doce): que además de medio en que se encalla y medio para dejar en callado al interlocutor, resta una parte que es el entero discurrir en tanto medio para ambos medios, o de lo útil a la par que bello que resulta hablar de el Lenguaje o viceversa. Y por consiguiente, que es en “lo almibarado” donde se plantea el patrón común de relación entre lo voluntario o propositivo y lo placentero o efectual y la discusión general acerca de la racionalidad, causal o teleológica, del discurso, etc.

Vale asimismo por “confuso” o “extraviado”, como el mucho azúcar abotarga la cabeza. Vése en efecto a quien así habla extraviar y confundir sujetos y concordancias por el mucho sonido.

Todos esos factores, que naturalmente sólo podemos insinuar aquí, lleva a preguntarse por la relación entre el sentido original y el figurado, por una topológica (vid) del desplazamiento que lógicamente debe ser una tropo-logía. Y aquí nos habrá de permitir el lector un rodeo, pues entramos así en esa revolución paradigmática que caracteriza al siglo XX, y que se resume en nombres como semiótica, psicoanálisis, análisis del discurso, etc. Pues en efecto, no se puede entender el auténtico sentido profundo del término “almibarado” sin antes exponer algunas de las cruciales intuiciones que sobre la constitución del sujeto aparecen en la obra de Freud, Lacan, Bajtin, Wittgenstein, etc.

 Signifícase con esta voz que demorándose de intento el discurso en sus contornos, por dulces y amenos, zozobra, y con él, el juicio. Que es aviso, oyéndolo, no poco provechoso a navegantes.

De todos modos, y a modo de resumen provisional, anticiparemos que esa buscada “tropológica” universal podría expresarse en que el sujeto, que es discurrir como el barco sobre los mares, constitutivamente escindido, transporta consigo, por así decir como su propio reflejo abismal soldado a él por la quilla, sus propios bajíos en que embarrancar; aunque finalmente resulte que se trata de minúsculos abismos domésticos que requieren, metodológicamente, una minuciosa tarea de reconstrucciones y deconstrucciones sucesivas de microhistorias, memorias mínimas, etc.

Conclúyese pues lo que el poeta dijera: la estrella polar es sorda.

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