TIEMPO OTOÑIZO

Tiempo otoñizo. Ora luz perlada, que pide ventanales por que dejarse caer como sin querer sobre divanes franceses en salones con piano, grabados de Friedrich y volúmenes en octavo de ese tal Fichte. Ora deslumbrante marea blanca de pamelas en algazara de playa con bañistas y rumor de Bentleys mientras pasa un aeroplano sobre postes con hilos de mandar palabras lejos o replicarlas in situ, en el otro, qué más dará si el resultado no se distingue. O eso parece.

Pero es este ahora y es aquí, el sol se encasqueta de repente el sombrero de nube otra vez, o esta vez se cala otro sombrero y otra nube. Y el hombre vuelve a enfundarse su ser cuadrado que en esta vez se llama pantalla, aunque aún se le llame a veces página. Nunca se ha pensado en uno broncíneo, apolíneo o en general esdrújulo. Siempre que esa figuras se le proponían en alguna página, antes de que hubiera pantallas, era el esbelto y estrepitoso cuerpo de la palabra el que lo encandilaba. Pero no se le ocurría tomarlo, por suyo, penetrarlo o cualquier otra descripción modosa de Eso de los Mayores, eso que hacen pero no se dice o se dicen pero no hacen, o a saber.

Y es raro, piensa el hombre con los dedos. Porque en todas las demás la ocupación era instántanea, o eso parecía. Era oir “otoñizo”, por ejemplo, y las ondulaciones y puntas y los pliegues de ese sonido se llenaban de visión, y de olor –a tierra recién llovida y despuntar de hongos entre madera reblandecida como miga de pan en sopeta- , y hasta de tacto y vértigo, y aun del resto de sentires que juntos llamaban cuerpo, aun sin saber si se acababan y eran resto, o no, y seguirían y seguirían desplegándose como hasta entonces venían haciéndose mayores. A juzgar por los Mayores, no: parecía obvio que en algún punto todo se paraba o se pasmaba, a la altura del quinto sentido, o a lo más, según se deducía de algunos rumores que tenían que ver con mujeres, del sexto.

Era raro, sí, que solo las palabras que debían ofrecerle unos adentros se le hicieran mudos macizos y exteriores como semáforos. Será que el ofrecimiento que le hacían se le hacía a él ser de alquiler. Y esta palabra, sin duda mora, siempre aparecida con armónicos muy pero que muy oscuros en la boca de Papá, bastaba para que ante ésas y no otras se acabara el juego, se pasmara el jugador. Ahí nunca se haría mayor, pensaba entonces el niño, piensa moviendo los dedos por cuadrados negros el hombre. Que durante años ha evitado usar el pronombre yo. Que se prometió retirarle la palabra a quien dijera “yo por ejemplo”. Que había acabado viviendo solo en el campo. En el campo sólo con: 1) el rumor de la tela de la cortina contra el borde la mesa, a empellones del viento por la ventana abierta (sin diván francés, y de Fichte, sólo un volumen de bolsillo; son otros tiempos, ahora) 2)  un runrún de avioneta lejana esquivando airosa los muestrarios de sombreros que el sol se sigue probando 3) un ronroneo de gata empeñada en pisar cuadraditos negros para abrirse paso hasta el contacto, al que no llama cariño 4)un zumbido de ventilador, para el calor que acumulan en los bajos los cuadraditos negros. Ninguno de ellos esdrújulo, ninguno prometedor, todos habitables como centros de universo.

Era raro, que sólo palabras como “angustia” o “felicidad” o “duda” que debían retratarle el alma se le hicieran macizos exteriores como tochos o tarugos o adoquines inanimados. Que sólo ellas se le hicieran solos ruidos. Piensan los dedos haciéndose el hombre que si lo serán, dedos, de un cuerpo azul y un alma ronroneo o runruneo o aleteo dispersa y aventada por ahí, divertida a veces, destrozada a trozos. Una que no pueden llamar restante, ni resto del mundo, no sabiendo si hay total. Antes bien son esos escenarios replegados, apisonados hasta quedar macizos sin interior, los que se les hacen restos dispersos. “Ensimismamiento”, “sosiego”, “arrobo”, aún se estremecen apenas de un aire como de alacenas viejas, macizo muro, sí, mas ahuecado. Como hornacinas a contemplar, puede, con amargo regusto o con amable dolor de añoranza, pero no a ocupar, actor de presentes nuevos. En que presentarse.

De éstas sólo le quedan las de siempre, las palabras de un Siempre que creía tal. Hasta que le han convencido a cajitas de plástico sin nombre, con siglas de referencia sólo, de que tampoco. Habrá día en que no habrá Pan, ni Olivo, ni Guijarro. Cerrarán esas salas y no será por impuesto valor añadido alguno. Más bien por cobardía perezosa y valor depuesto. ¿Y dónde encontrarse Entonces que es decir ahora, que es decir, con los demás que no son el resto? ¿En qué palabras, hoy, un poema?

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