Recatos

Piensa el hombre si la famosa claridad mediterránea, tajante entre luz y sombra, pasará a modo de valla entre su paisaje y su memoria ¿Deshecho uno y la otra por hacer? ¿Viceversa? Entre obras sin concluir por todas partes, una habilidosa apología del fragmento puede consolar como una buena mano de Hemoal en el culo sangrante de Tango: acaso. Ayuda mucho la previa destrucción de puntos de comparación y obras acabadas. Olvidar a Quevedo por Pérez Recatarte. Olvidar al joven de Lisboa mirando nacer el vuelo de la paloma y de aquellos versos de un mismo alero. Así cabe ponerse el chandal y salirse juvenil anciano a entrenar por los caminos, que es prepararse, cuando todo ha empezado a pararse hace tiempo como se para el tiempo, parando las agujas del tren y no las del paisaje aunque parezca lo contrario. Como en esa figura: ¿cuánto tiempo hace que los relojes no llevan agujas?

            Hacer memoria como se hace un viaje: ¿o un paisaje? Literatura o jardinería, cuentos chinos o poemas, sentado en su dilema Escalero considera el hombre que, siendo paisaje, sobra ese azulejo añadido a cada frase, “considera el hombre”. Piensa, siente, duda, entiende, intuye, presiente, recuerda… se sobra, ¿será verbo modal? Pues reflexivo, sin duda: se molesta como un reflejo azulejo en la visión, el reflejo de contarla. Pero ¿y nombrarla?… ¿Y no será sobrarse pariente de sobarse, como asistirse de sestearse, o se estarse?

 De tanta excursión por las grandes superficies del ramo, la Estética, la Epistemología y demás sucursales, alguna herramienta se ha traído, pero poco valen en pequeñas superficies como un huerto o una memoria. El viejo azadón y la vieja lengua de los castellanos que hubo, unidos, sí: en un nombre. Mas Hércules Perote yace disperso y varios entre un rincón del trastero donde tiene la cabeza y un mango repartido entre juguete de los perros y mantillo en ciernes.

            De más ayuda le es sin duda, con su duda, el disperso silencio de Machado. Esparcido con destreza de poeta por la prosa, hoy sin embargo hay que citar entre tanto embargo -porque también una lengua está embargada aunque no salga en la prensa ni en camiseta a la calle-, hoy hay que citar con embargo a algún deconstructor desenladrillador del francés o el alemán, o en general alguna sentida traducción en prosa para justificar la aplicación pública de Hemoalma, genérico silente. Para el dolor de almorroides, que tal han de ser por cómo suenan esos entes aglomerados de morro y alma, del uno y el otro extremo en avenencia sin más, que pueblan las bocas o lo contrario. Más o menos como recuerdos de deseos carnales y aladas palabras a una, que ya en aquel Ahora resultaron ser aglomeraciones como en este Entonces. Ayuda mucho la previa destrucción de lo acabado: al quien que sobreviva a Soria y a su memoria. A paisajes de olmos y cuentas de palabras.

            Algunos casos que recordar no quiero: ayuda mucho ese azulejo de primera persona, como de cielo diminutivo pero cierto y necesario en que las nubes pasen, aun reflejas. Ayuda mucho su discreta y cortés destrucción (singular) de la destrucción (coral), en tiempos de imperio integrista de la Deconstrucción sin responsable.  Pues en prosa se acaba nada, ni siquiera ese dolor embalsamado en saliva que arremete contra todo lo acabado para librarse de puntos de comparación y rascarse el culo a gusto en cualquier fragmento que sobresalga un poco.  Y menos en unos tiempos, los actuales de momento, en que el problema de jardinería ni siquiera permite dispersarse en él sin concentrarse antes y mantenerse concentrado en la periferia, las vallas que para permitirlo lo separen. De los mapas del conocimiento, de la recta ordenación en renglones del territorio a la redonda. Que está decidida en una instancia superior. Aunque el hombre mira hacia arriba y sólo ve cielo. Sin recuerdos, como no sean a penas nubes. Y sin redonda, como no sea por esa nimia metonimia de tomar por redondel un semicírculo visual escaso y sin espaldas.

Más arriba, aunque no del todo, azuleja la clara neblina proverbial del mediterráneo, esa parte inútil del Ahora sin la que todo se vuelve desierto: al cabo del tiempo, que no es al final de un viaje ni en los fines de una historia. Pero no encuentra, el hombre, escapatoria; no en el instrumental de las grandes superficies: el inútil no tiempo no discurso, ni aun transcurrido, pasado sólo, también está “negativamente determinado”, como la sombra del cuerpo, por la Historia. Que tampoco su voluminoso corpachón pueda alcanzarse el culo para lamerse el dolor es evidencia para alguien, acaso el cielo, acaso el hombre, que a Tango no se le alcanza. Por eso, Acaso, sigue intentándolo. Aunque lo inalcanzado en su caso es elamencia y no evidencia. O como quiera se diga no alcanzarse con la lengua. Elocuencia acaso.

Azuleja el cielo donde puede, en esmaltada miniatura de palabra. Craqueladuras recuerdos no fragmentan su brillo, aunque recuerden rupturas. No lo roto. Insinuaciones de historia. Puterío fino.

&

Que no caben pasados diluvios en un baldosín. Ahí sólo caben si acaso un chotis y un López Revisarte. Híbridos los dos, mestizos, mas con ínfulas castizas. Que el emblema del casticismo sea inglés mal pronunciado para referirse a “escocés” ya es bonito azulejo y souvenir miniatura para adornar memorias. No digamos cuando se quiere hacer ver desde la esquina de Curtidores, a principios del XVII, tanta grandeza que cobrara alguien un doblón por describilla, que no es divisalla sino revisalla: eso sí, a cambio de divisas. Alfanuméricas.

¿Será novela histórica o drama documental el gesto que está ejecutando, se pregunta el hombre, desde levantarse del Escalero hasta escribir uno tras otro los peldaños de este renglón?  Claro que podría fragmentarlo, vayamos por partes, como hizo para hacer el Escalero. Toda una historia. Mas no para nombrarlo, que tampoco ese nombre se dió por partes. Apareció de repente, como todos en esta casa. Dándoles lugar, dándoles la vez, esperando su aparente aparición: su parecer haber estado siempre, esperando, y sólo en ese Ahora ser hallados, comparecidos con parecidos. Entre semejantes. Dando lugar a su Parecer en el asunto, que en adelante habría sido desde siempre su Asunto. El Asumido: en un nombre propio.

Así Tristán llegó a ser Tristán, dándole el hombre y la mujer la voz al silencio y a la vez la espera; y al mirar, sus ojos tristes atreviéndose a mirar tan poco tan poco a poco, a alzarse alrededor tras tanta orfandad tan lluviosa en aquella perrera norteña. Así Frida llegó a ser Frida y a morir Frida y a doler Frida: castigo del destino acaso, porque a Frida la impaciencia por hallar la paz en un rincón del mundo se había apresurado a llamarla, para que viniera, antes de venida. Y así Tango vino a ser Tango llamándose ya Tango. Porque algunos azulejos se esmaltan como nuevos, y otros como rotos desde el principio, y otros se salvan de la escombrera y limpiándolos se usan. Pero ¿cúales?

En las grandes superficies se ofrecen novedosos instrumentos para cribar y discernir. Por ejemplo una historia muertas de otra reciclable y revivible y revisable bleblé. Como Pérez Revisarte recita por resuscitar visiones y olores practicables en la esquina de Curtidores a principios del XVII. Se le olvida que recitar es repetir una cita ya cumplida.

¿La que tuvo España con la Historia, acaso, o la del verbo de Quevedo con los presentes de sus ojos y oídos? Que hablaban con los muertos. Que acudían: pero seguramente porque él, a diferencia de Góngora, no les daba recitación previa. Vivían en él como en su casa. Que no era el latín para él historia a resucitar en escenario practicable de figuritas para pensarse entre nombres ajenos. Como tampoco las tabernas anejas a Curtidores o a la embajada de España en Venecia eran dramas a documentar, por su interés humano, a la segura distancia del historiador superviviente: sino resquicios y grietas al placer o a la supervivencia en el discurrir de nadie, casi nada, la Historia. La decencia de Quevedo halla figura en que pudiendo, y tan bien como se demostraría, sólo se disfrazara de mendigo en la Venecia del XVII una vez para salvar su vida. No para vender espectros de las ajenas con que adornar buscón su nombre. Su honra está en no confundir historia y drama ni siquiera en las inmediaciones de la mayúscula Embajada del Imperio. Ni en la inmediata contigüidad de los más brillantes azulejos de la época (los “asuntos de interés mundial”) y la más infamada e innoticiada de las muertes (o las vidas) se le ocurrió mezclarlas, aunque de paso eso le salvara la vida: aunque.

Mientras es casi seguro lo que Recatarte hubiera exclamado -puesto en trance similar cerca de Curtidores por el Guionista que no hay- a quien viniera a apuñalarle por invasor de su siglo o por mero gusto o mejor por ambos: cátate que soy Recatarte.

&

Eso es lo malo que le ve el hombre a esas grandes herramientas de pensar: enseguida, sin percatarte, se encuentra perdido lejos de su Escalero y su perro con almorranas: esos entes anfibios que ni hablan, pero croan, ni discurren, pero dan saltos. Y entre lo uno y lo otro atormentan los traseros de hecho llamándoles morros de palabra. Y viceversas. Y a los recuerdos historia redramatizable en primera persona. Y a las contrariedades en curso, contradicciones, desde luego, en su dicción desde ahora. De modo que Algo uno y con nombre habrán formado, desde luego, ya desde entonces el vértigo mozo del Patio Interior y las adultas galopadas verbales, en público exhibicionismo de tarima, en torno al abismo de recursividad indefinida del pensamiento y los géneros monológicos. Por no hablar de la paloma perdida topando hasta sangrar con la cúpula de la estación en San Pedro de los Cuerpos y la paloma esfumada del alero en el cielo de Lisboa. Algo único habrán de haber formado, cuando haya historia, como haya historia.

Eso explicaría que al hombre le duela un Algo: desde luego. El caso es que el hombre siente dolerle nada donde tampoco alcanza su elocuencia. Nada sin predicados: nada perdido, sino Nada no habida. Y es patente un cambio de género en una sola letra: aunque sea difícil decidir en cuál, la del género o la del Nombre. Y si puede pasarse de la historia al drama en una letra, y en un suspiro de la relación predicada y relata (antes de hilada) hasta el de sujeto para lo nunca sujetado junto, ¿por qué usar a “un siglo entero” desde la esquina de curtidos curtidores de osos por cazar, para acabar afrontando el dilema del héroe avezado a veces que no cupo en las letras de la historia por muy poco, por tan poco, por una o dos letras jamás halladas, o por un suspiro perdido en un resquicio entre ellas, nada?

Que al hombre en su Escalero nada intermedio se le parece aparecer, entre lo uno y lo otro, sino un nombre entre la boca y el dolor inalcanzable, Tango. Nada perdido, Nada nunca habida. Inamovible como dilema, infranqueable en tanto “relación en ciernes”, que es decir impaciente queriendo hacer ya relato un lato desgarro aún sin hilar: hacer relación de un drama de voz en trance de romper a monologar, como si ya se hubiera encontrado así, hablándose, hogar de esa “síntesis” que en castellano se llama composición. Composición de lugar donde quepa, desde luego, hacer relación de acontecimientos: salvo de ése. Escenario de historias, jardín que dé lugar a lo que no es, escritura: “ser el Relator”… entre otros. Entre otros seres con espinas, aromas, naranjas, crisantemos y almorranas. Y alguno, con pensamientos.

Mas para eso ¿cabe otro que esperar? Sí, creer desde ya que, desde luego, habrá habido tal evidencia clara y distinta desde siempre como esta calima mediterránea, este azulejo al parecer craquelado, roto al parecer. Y haberlo creído, desde luego, desde antes. Que no es el caso. Y no es que el hombre no se haga esperanzas: es que se las hace pero no lo olvida, es que no se olvida en su recordarse haciéndose esperanzas. Mañana a mañana como peldaño a peldaño de… ¿un Escalero? No, que ese nombre ya está ocupado, por Algo acabado. Que se acabó cuando Ella encontró su nombre. Sin más que cambiarle una letra.

&

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu email nunca será compartido con nadie.Los campos obligatorios están marcados con *