Sin palo pero con palote
Estaba escrito, Dios castiga sin palo sed cum corona viris, que salvo error luterano o errata republicana de mala fe en nada atañe a nuestra constitución política sino moral, y no como soberanos castigadores sino en tanto humildes castigados. Y que se conviene de antaño en que reyes e mitrados, los que trabajan por sus manos y los ricos somos iguales llegados ante la enfermedad y la muerte, es sabido. Que tras ellas, conjetura pura. Pero que lo seamos durante, eso se confirma locura cada día puntualmente. Y de cierto sin haber llegado aun a fecha de hoy en libre mercado y plena igualdad, según se deduce de las crónicas, a que nadie devore a su padre y se quede como dios, arranque salvavidas de las manos a su hijo o mascarillas por la cara a sus vecinos salvo algún intelectual, como siempre precursor. Ni se hayan alzado muros ni abierto fosos y fosas, eso sí en paridad genérica, ni entre Inglaterra y Escocia ni en el Danubio por si esa peste de viajeros resultan ser vándalos o viceversa, y no en Magalluf o en Gibraltar por un descuido en la verja sino en un diccionario dejándoselo abierto. Ni se haya llegado a ver ciudades enteras con tantos humos obligadas a encastillarse en su ignorante arrogancia con campañas brutales contra cualquiera de ellas, petulancia o ignorancia, confinadas como quien dice in Albis urbe hasta iluminarlas con las llamas de la fe en el conocimiento a todas y a todos indiscriminadamente, de suerte que luego todo dios pueda ya escoger por suyo lo que prefiera y reingresar tan divinamente en el reino de la normalidad.
Pues qué mayor prueba que este momentáneo infierno de su auténtica gloria y esplendor. Que hubiere de pasar quienquiera catorce días, qué digo, una cuaresma entera sin hablar en ninguna lengua ni trabajar en lo necesario como de costumbre, sin compartir una palabra cualquiera, ideas a medias, todo esparcimiento o afán y compañía ninguna, sin reír o llorar por cualquier tontería, participar en nada importante, comprar de todo, necesitar más y que haya, gozar con toda razón sin ninguna causa, publicar cualquier nimiedad diaria cada hora, actuar sin otra causa que una razón, comprar de todo, ponerse al día el primero cada segundo, necesitar más o no y que haya, vivir al día para contarlo en red, poder promocionarse como ninguno, hacerse pagar al contado y cobrar el que cuenta, venderse como cualquiera mejor que nadie y peor aún, sin encontrarse un semejante ni por error tan solo en la calle o el trabajo como él y a duras penas en casa, o ni eso, ¿y quién entonces, oh señor mío, pasando tanto y de todo quién no enloquecería por completo ni acabaría de perder la razón en medio de todo, y tanto, simplemente por no llegar a encontrársela?
Yo seguro que no. Lo tengo probado y comprobado yo a solas conmigo, y aun de sobra, no cuarenta días al año sino una cuaresma anual de cuarenta años como prueba de mi fe, aunque a estas alturas superada porque no habiéndola perdido mal puedo acordarme dónde ni en qué, si en la razón para perderla o en la locura de tenerla toda entera con su cabal majestad a solas cómo iba ser, como aquí entre nosotros se suele hace siglos: en cuarentena salvando las distancias como otra cualquiera cum corona manteniendo las distancias ante lo que quiera que pase, pero viris, o sea como la prensa para quien nada de los humanos es ajeno.
Y que no es por coquetear gratuitamente con las palabras, sino cobrando, en escenarios de contención exclusiva de la incontinencia verbal sin paliativos, baidegüey en quirieleisons o foristan en latines, por lo que hemos llegado con tanta razón sin duda a perder todo rastro de sentido común, hasta el punto en que de tanto lavarse las manos a la hora de hablar ahora haya que explicar cómo se hace sin que se atienda ni entienda. Y lo peor de lo peor, sin medio ya fiable para saberlo. Ni Perico el de los Palotes a toda página en negrita encabezando la plaga de lo que opina sobre lo inopinable de la ciencia, en este caso.
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