GLOSAS PERPLEJAS

En la tele un señor empieza cada dos frases «yo creo que es indudable», y yo dudo que sea creíble y sin llegar a saber por qué, si por el pleonasmo o por el octosílabo, ni en verso ni en prosa.

El pleonasmo…no creo que sea eso. O tal vez es que creo que eso no sea. O una de las dos, eso parece indudable. Aunque podrían ser lo mismo, y lo mismo incierto como cierto que cierto como lo contrario. En fin, que creo que no creo, porque el creer nunca duda, conque lo único indudable parece ser aquí esta especie de pleonasmo. Que aun siendo innecesario parece tranquilizar a esta especie siempre desde su cuna, ea ea, hasta sus formas políticas más complejas, Cristiano se cabrea. Será por la creencia de que entonces se va sobrado, siendo así que se derrocha, ya que sólo se derrocha yendo sobrado. Que indudablemente es una creencia como tiene que ser, sin duda, y con gerundio. Y como así viene siendo en esta lengua con los modales, desde que hay recuerdo al menos, así sigue siendo. Porque quien podría desear saber nada mejor que poder o no poder a su antojo, con lo útil que resulta a menudo ser inútil;   o saber no saber y saber a discreción, sobre en todo en ciertas situaciones tan familiares que no es preciso aquí traerlas por los cuernos para que se acaben entendiendo, las situaciones; y sin hablar ya, porque aquí sí que las cosas se entienden solas, del desear, que al final no lo habrá más ardiente en amante alguno que el de no haber deseado, como no fuera el de haber de desear aún así sea una humilde y discreta cabrilla para compartir, entre olas me refiero, que entre adioses nunca.

Total, que creo que no creo que sea el pleonasmo, porque creerse estar siendo dueño de sí es el gesto gerente más constante de esta especie. Como que está constatado desde que se inventó la palabra para dejar contancia de ser uno constantemente el mismo par, el constatado inconstante y el constante constatado hasta la fecha no, pero estando en ello. Así es que debería creer que creo deber mi incredulidad a ese octosílabo en prosa. Porque una cosa es el pensar converso en prosa, pero asunto bien diverso es creer que por donosa sin más el universo hable en prosa. Y por más que me repito que no creo, creo que me repito como ese señor de marras, porque de cierto no veo entre rima y pleonasmo más diferencia en el repetir que el repetir referencia, como hace siempre el segundo, o referirse al repetir como suele hacer el mundo el primero según se repite, que ya huele, sobre la marcha. Pero visto lo visto y más en esta glosa creo que es indudable ya, lo primero, que no puedo creer en esto segundo, que hablando en prosa me moleste el metro, que ya hace mucho que no lo cojo porque vivo en el campo y aquí casi todo se repite solo para llegar adonde fuera, lo que ya era. Así es que a fin de cuentas no creo que salga de dudas porque creo que de ésta sí que no salgo, ni en verso ni en prosa, como de esta glosa.

&

O como un crítico excelso, creo que sin duda primo del señor indudable de nuestro asunto, Fray Gerundio, que inaugurando esta feria del libro que también es gerundio, como bastante libro, hace poco entre rayos y truenos aunque en vano no halló modo más indudablemente creíble de ensalzar a una autora que éste, «en sus ya numerosas obras editadas hasta la fecha abre al lector horizontes inéditos». Será con un abrecartas, y eso si el ejemplar lleva celofán o se lo han envuelto para regalo. En cualquier caso mejor que no se entere la SGAE, o eso creo indudablemente, porque de ser cierto que hay horizontes inéditos que se pueden distribuir éditos en ejemplares, a quien ya no van a dar crédito indudablemente es a la SGAE.

Y como sea verdad aparte de Dios que un autor ignoto cabe en cualquier parte de su obra, aun sin aparecer, y su obra por aparecer en cada ejemplar aparecido, aparentemente se abre como en España un horizonte teológico político inédito por lo menos desde Baruq Espinosa, que se puede distribuir édito en ejemplares no obstante sino mediante obstáculo de incredulidad increíblemente vencido por el autor, por lo menos desde Spinoza, Baruch. Y en el que ya volverá a caber aún de un modo u otro, como cosa extensa o cosa de pensar varias veces, meter el ser inédito y el parecer editado como obra-ejemplar con el mismo paquete en el acto, pongamos que de habla. De suerte que se diga lo que se diga hasta la mayor de las menores chorradas pase en el acto de habla a lenguaje por ejemplificar como un todo, en el acto, claro. Pero no en cualquiera sino en uno ejemplar, y no de cualquier lenguaje sino de uno por ejemplar. Que sin duda cumple con el principio de parsimonia en el pensamiento, y abre así el inédito horizonte de demostración que había de que demostrar horizontal en el acto o en el acto horizontal.

&

«Esta red social publica cada día casos evidentes de invisibilidad de las mujeres» (Noticias de La Sexta, mediodía, 16 de Mayo de 2018).

Como en Fátima, mira tú por dónde, que yo no veo. Porque se ve que aquí hay algo que no se ve pero por lo visto es verdad, que ha sido una televisión quien ha aparecido para anunciarlo. Y por más que parezca prodigioso no en el Cuarto Milenio, sino entre las noticias del tercero en la actualidad al menos hasta mediodía; y no del 13 de Mayo sino del 16, ni desde la cueva de Iría sino de vuelta a la caverna, aunque eso sí, la de Platón.

Que ya es cosa entre profunda a medias y a medias asunto de ida y vuelta como no sé, ir a observar instalaciones prohibidas al país de Irán. Porque el caso es que sigue habiendo casos evidentes de invisibilidad por lo que se ve. Es más, se siguen publicando con todos los visos de que nadie se pare a revisar lo evidente, la invisibilidad de una lengua a la que se ve cada día no apareciendo ni en sueños, ni desvelándose como Jaideger en casa extraña. Si es que no se trata en otro sentido de casos clamorosos de sordera, a las reclamaciones de una mayoría silenciosa por ejemplo, o palpables de falta de tacto en casos de violencia de género intangible, por lo que ve y se oye por todas partes. Y sin hablar, porque faltaría más, del consabido caso de ignorancia ciega de todo un género, aunque clamorosamente palpable, como éste que se pregona cada día en una red social de alcance más bien global que será un decir, o que es decir ya que se deshincha de golpe con cierto ruido inconfundible cada vez que tropieza con algo de verdad, claro, peliagudo.

            Pero tenía que llegar, estaba anunciado por todo tipo de signos y presagios. Primero, puestos a ponerse uno en lugar de otro sin pensárselo dos veces, una capacidad diferente de ver se tornó por metástasis en una capacidad de ver diferente, y tanto, como para ser diferida sine die, que es donde está la diferencia. Enseguida fue que no fuera que los ciegos no vieran, tuvieran la capacidad diferente de la invidencia, ergo lógicamente sin recurrir a pitonisas ya debía tratarse de videncia desde entonces, desde luego por principio. Siguió entonces que no fuera que quienes no fumaban fueran no fumadores, sino que quienes fumaban eran no infumadores; con las mismas, quienes no robaban dejaron de ser inocentes para pasar a ser no imputados, al mismo tiempo que se hacía justicia restableciendo la memoria verbal desde un principio desde luego no incuestionable, sino capaz de no cuestionarse, de suerte que los impresentables pasaron a ser capaces de presentarse de cualquier otra forma, lo que antaño se tuviera sólo por heterocapacidad homogénea del genero camaleón, la indignidad total, a una capacidad distinta de dignarse a todo, y en fin la incapacidad de pararse a diferenciar en una capacidad diferente, de indiferencia pero nueva, diferente. Y por no ahondar, ya metidos en darse al no darse humos, entre infumadores y presentables copular con otras personas de otro sexo dejó de ser con las mismas ser heterosexual para ser no ser homosexual, bisexual o cualquisexual, que es decir homogéneamente hablando de la heterogeneidad que en ella cabe todo menos la heterosexualidad, y que naturalmente del revés la homosexualidad es por definición una capacidad diferente de heterogeneidad, la de practicarla homogéneamente con el propio género que es donde está la diferencia.

Momento a partir del cual todo caía ya pero no de su peso sino por una capacidad diferente, de autoatracción: que los informadores no eran incapaces de alguna forma de decir, sino capaces de decir de cualquier forma de otra; o que en dar cuenta de sí mismo por partida doble no había impostura, sino una simple capacidad de tomar postura por duplicado sin darse cuenta alguna, como quien dice, un partido entero; como dejó de repente de haber impotencia política en hacer lo que se puede y no lo que se merezca ser hecho, sino de hecho una potencia, nueva y diferente, en que hagamos lo que hagamos, como hacemos siempre lo que podemos como podemos, como podemos, lo hagamos siempre: sólo que desde ahora como podemos. Y aunque estas formas de autoatracción pudieran parecer insuperables en cuanto a gravedad políticamente hablando, error, y otra vez el mismo. Porque ahí siguen siendo capaces de superarse, siempre que sea de otra manera, hasta dar no en la ingravidez sino en una gravedad diferente del vacío, a plena conciencia y en toda su capacidad, que no se alcanza en tanto se considere que poder político es incapacidad de serse portavoz en persona, y lo que se dice un caso evidente de invisibilidad. Sino cuando por fin se cae uno del caballo pero diferente, sin apearse del burro, y como Pablo el de las iglesias de Asia pero menor alcanza la revelación de que la incapacidad para personarse hablando políticamente es una capacidad de impersonarse políticamente hablando como cualquiera. Con la asombrosa consecuencia de entrar en el reino de los justos y ni uno más como uno más, sólo para encontrárselo abarrotado donde menos se piensa, no en una cita en Estremera sino en San Jerónimo, con los que menos se pensaba que pensaran igual, y aun menos, igual de diferente.

            Pero la verdad es que me reconozco incapaz de seguir una enumeración infinita, porque carezco de la capacidad diferente del etcétera, que es decir algo bien concreto en esta lengua: y los demás semejantes, pero en latín. Que o bien no se entiende, o prueba una capacidad diferente de entender de cuyo nombre no soy incapaz de acordarme, es que tampoco quiero. Y eso que no ha mucho sino que ha no mucho, aunque bastante para seguir en lo suyo que es lo nuestro, campa a sus distintas estrecheces en un lugar de lo ancha que es Castilla llamado lengua, como La Manga del mal menor o algunas espaldas pero no sin conciencia, con inconsciencia a sabiendas labrada en piedra de prosa. Capaz de no acordarse, según con quién, pero apuntándolo para no olvidarlo. Capaz de no hacer, como puede, y de no contarse doble para valer por dos, sino decirse a medias. Capaz de seguir inexistiendo por el momento, pero por los siglos, como espejo de virtud para señoras y caballeros pero el original, sin pararse en barras/barros, y piedra de toque entre caballos y asnos, pero sin tocar. Que incapaz de mentir en todo es capaz de romperse en nada, por lo que se ve. Y por lo que se dice, un caso evidente de invisibilidad.

Comments are disabled for this post