TALANTE DIALOGANTE, ANTES O DESPUÉS

Ocurre que los viejos políticos, según se va comprobando ahora por diversas causas, siempre han estado en todo y nunca se acuerdan de nada; aunque lo probable es que se deba a estar en trance de perder el juicio antes o después, uno u otro, todos. Curioso, porque en la Transición se acordaron sin haber estado justo para que lo hubiera, o al menos en eso se han acordado tan bien los historiadores aunque también sin haber estado. Por lo menos en una cosa, que había que olvidarlo todo, aunque sin olvidarse de una cosa en la que tenían que acordarse por lo menos: que a lo más algún día tendrían que acordarse todos de que hubiera habido locos para que hubiere de haber habido acuerdos que, con el tiempo, habrían de haber habido de salvar a todos de la anarquía en su momento, claro: cuando sin haber estado ninguno y no acordarse nadie parece no obstante que ellos, conociéndolo de primera mano, sí se acordaron para conjurarla. Con el éxito rotundo que hoy a la vista está, que conjurado en carne y hueso el no haber estado se ha convertido en estado, o no pero estando en ello: que es decir como en parlamento en este estado inminente a perpetuidad instalados en el gesto gerente de estar gestando, obviamente, una nueva gestión de lo nuestro que tratándose de políticos es lo suyo.

Conque de paso y transición también se va aclarando en qué consiste al fin la nueva política y talante dialogante por detrás y por delante y de rabo a cabo, como en la mili. Pues a diferencia de los viejos del bipartidismo de siempre en una de dos, o en estar pero no acordarse o en acordarse para no haber estado, la nueva política es asunto poliafónico y poliédrico o como poco un triángulo de tres (que en España hay que especificarlo, con o sin goma, siendo todo tan elástico): como yo no estaba cuando os acordabais para que no estuviera, o estuviera pero hoy no, mañana, ahora que estoy no puedo acordarme o ahora que me acuerdo no puedo estar. Aunque ahora que me acuerdo, como no me acuerdo si es que no estaba o que no me acuerdo, pues de acuerdo, nos acordaremos todos, pero como os volváis a acordar sin acordaros de acordaros de mí os vais a acordar de mí, como Santa Teresa, y de todos vuestros muertos como cabrones o al revés, que es que hoy no estoy para acordarme si es que estoy para no acordarme o para acordarme pero no hoy.

Y no porque lo diga yo, que ni se me vendría a la cabeza, ni Freud, que sí pero en la de su paciente. Sino porque basta acordarse de algún que otro impaciente en plena investidura de la que nadie quiere acordarse, la del que nadie quiere acordarse, para que esta idiosincrática manera de libre asociación descubra su sentido político ciertamente inconsciente, a ver si así nos acordamos de una vez o ni por ésas. Aunque de todos modos para eso está ahí, por si no se acuerdan, grabado desde entonces por todos los medios el canon de triálogo acorde a la nueva poliafonía triangular: ni hablar de investirte como te acuerdes, aunque si no os acordáis te invisto pero luego si te invisto no me acuerdo. Y es que como en la nueva política la cosa de poder ya no está por turno en manos de dos como entre Esparta y Atenas, sino de tres por lo menos, el talante del político nuevo parece enigma polifónico y poliédrico, con mucha cara, o simplemente complejo, como en Tebas.

Porque al menos en esto digo yo que nos acordaremos: que a uno el pasado le venga según le vaya a la memoria es cosa en que hay acuerdo desde tiempo inmemorial; que sólo se le vaya yendo según se venga, eso era sólo opinión de Freud en este asunto de que nadie quiere acordarse y en que no hay acuerdo porque, al parecer, no cabe en ello. O tan escasamente como que haya acuerdos para no volvernos locos sin vuelta pero nunca a la inversa locura alguna, cuanto menos venganza, en querer alcanzar a cuerdos como locos, caiga quien caiga y sin acordarse de más. Aunque mirando a la vieja política española y luego a la nueva, porque juntas ahora parece que no se pueden ver, parece que al fin se vengan las ganas de suscribir un parecer semejante sin serlo del todo yéndose al acordarse con quién. Suscribirlo, no vengarse.

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