COJITOS

Hasta qué punto España entró en la modernidad de revés por un revés y así le sigue yendo, de culo y cojeando como Quevedo, se aprecia quizás mejor que en ninguna otra figura en el lema fundacional de la empresa, donde el cogito de Descartes se dice pensar que piensa, que existe, y que luego entonces ahora debe haber algún luego que antes o después los vincule. Desde un principio incuestionable, desde luego, y en una sola frase que ya es decir, desde luego, incuestionablemente desde un principio. Pero aun así no se trata de eso, por más que también constituya en principio desde luego una cuestión de orden público, el del calendario común de todos los yóes que piensan a una con los que sólo lo piensan.

Sino del orden pronominal en que decirse pensar existir, al menos nominalmente. Porque en francés como en el resto de lenguas coautoras o cómplices de la modernidad está fuera de toda duda, aun la más metódica, qué es lo primero y va por delante obligatoriamente a la hora de decírselo uno. Ya que salvo imperativo incuestionable con o sin interrogatorios, interjecciones u otros escenarios de sospecha subjuntivamente aparejados, pero no en modo alguno indicativo de realidad, no hay en ellas otro orden público del decir para decir que yo pienso sino ése, el del “yo pienso”, o que yo existo, sino “yo existo”. Y pienso yo que eso, que lleva desde entonces la marca patentada de la certeza, admite en español ser marca de duda por excelencia y sin piarla con sólo asomarse a ello desde el otro lado del revés, el del vecino de frase valla o cordillera, y encontrarse como quien dice yendo por la misma frase del tiempo como él, a contrasentido y sin embargo igualmente de culo. Que digo yo que eso es decir en español “pienso yo”, cosa hasta donde se me alcanza imposible en esas lenguas sin volver la frase en interrogante o la acción hipotética en un pensara o pensare o piense, pero nunca en pienso –que a lo mejor es de lo que se trata desde entonces editorialmente hablando-. Y aun eso en construcciones hace tiempo inusitadas hasta en español, como “pensara yo más cuerdamente y habría nacido en Baden” –ésa sí directamente exportable a Alemania, y pienso yo que incluso con subvenciones arqueológico-patrióticas en la actualidad-.

Y más como ese postergar al yo en beneficio de lo que se hace ni siquiera vaya de entrada como anuncio y principio de altruismo, sino al final de la frase por sola conclusión como en “será que Descartes no existía o no pensaba en español, digo yo”. O no digamos como digamos a modo de conclusión y no como principio “…luego existo, pienso yo”, de aplicación no menos universal ante cualquier evidencia pero no antes de cada una. Y acallando incluso el yo en el existir, donde se entiende pleonasmo sabiéndose que enseguida ha de venir a proclamarlo un pensar, ése sí, siempre necesitado de algún protagonismo. Aunque si ya queremos volvernos aún europeos postpremodernos de remate siempre podríamos pedir que se nos reconozca como pares, y no se nos ningunee, con algo como “Oigan, que aquí no están ustedes sólo: existo yo, luego pienso yo que ustedes se piensan etcétera, pero et caetera similia también. Conque existiendo, que es gerundio, y ya si eso luego se miran ustedes lo del genio ingeniándose yo o el yo pensándose genio”.

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Variaciones que en verdad -vaya para puristas, conque puede dejarse aquí mismo la lectura- no son a su vez sino parte de una ética hoy perdida, pienso yo, incluso como mero ethos y caracterización de estilo; la que llevaba a empezar, pudiendo, toda frase por la acción antes que por el protagonista momentáneo. Y que sigue siendo sello inconfundible, pues mal puede confundirse lo que no se oye, de este idioma cuando en él se hablaba; pongamos cuando “Ordénosenos tomar la galera. Tómose”. Que es lo que aún se escucha, a falta de público ello solito, entre pensar existir o existir pensar alguno en español con el yo por delante o por detrás: la posibilidad de decirse existir y aun pensar con el yo patentado en ninguna parte y sin formulismo, y sin ser infinitivo encima sino conjugándose a la par en realidad con otras personas en lo posible. Que así es como aún hoy se dice lo de Descartes en español, a pesar de todo lo dicho o lo que es decir de la modernidad, y no obstante la constante mejora opineal o pineal en la velocidad de la traducción simultánea mediante, que ya es decir desde luego aunque también desde un principio, como Descartes, pero además a la vez: no un pensar más existir más yo y más yo más luego pero más deprisa, hasta que con la velocidad los dibujitos parezcan animarse a una de tirón; sino pienso, coma, y luego existo.

O cogito ergo sum. Como en latín de tirón, también sin ego aparentoso y con una gramática del mundo implícita, ante todo, en lo que toca al papel de la gramática en la escena y cuándo sacársela o no a relucir pronominalmente en la frase como guión de reparto. Aunque sea eso sí para una sola función, joderla, eso también, singularmente y en exclusiva. Como donde también cabe, cave victores, que la omisión de yo no sea egoísmo vencido en principio sino arrogante arbitrariedad que desde luego se ve capaz en cualquier momento de meterlo por delante o por detrás, como le plazca, allá donde un hecho imperioso se vuelve en imperio de hecho sin más: sin más que tomar la frase del mundo por espejo donde lo mismo vale en apariencia “yo estoy aquí” que “aquí estoy yo”. Y desde antes de Plauto, y aun del Platón traducido para un pueblo de ingenieros hasta de minas, siempre con la misma presunción de entrada de un realismo desengañado de vuelta en el engaño jodido en que se está yendo, y corriendo, y en que no obstante ahondando aún más se sale al parecer.

O pienso, existo. Sin pronombres con sintaxis, sin sintaxis pero con coma de respirar un aliento que, aunque sea dicho de paso, es la figura que afecta la cosa pensante para extenderse lo menos posible en el renglón correspondiente de las Meditaciones. Sólo que en el correspondiente en español, que como siempre debemos ser más cortos que nadie. Será nuestra proverbial largueza, pienso yo.

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Toda una valoración del hacerse y el valerse, y del hacerse valer por pensar o por sentir, y aun del hacerse el que lo uno o lo otro, con el valor añadido de no anunciarse de hecho y gravitando sobre la figura desde entonces insensata del castizo infinitivo español, Ese que tampoco necesita presentaciones ni artículos de pronominarse a protagonista para ponerse a actuar en cualquier frase de acción, que es lo suyo y su papel. Ese que en “amar y no padecer no puede ser” atestigua brindar asimismo no dos sino tres posiciones posibles, y no ya en el papel de pronombre sino de la acción misma considerada como artículo de actuación: un amar, el amar… y amar sin más desnudo, así como suena. Como artículo de urgencia, para casos indeterminados de hecho aunque determinados a determinarse en el acto de palabra al menos, pongamos “un amar sin algún padecer” como quien dice necesitar un amor ya mismo sin pagar algo en el acto alguno, uno o más de uno si puede ser. O como artículo de género determinado por exiguo que sea, ya sea “el Amor” platónico sin más, ni manitas, sea ya genuinamente “el amor de mi vida” diurna y en ayunas a la altura de Valdemoro en verano, singular caso de género único en su caso o caso único en su género que viene a valer ostensiblemente por “ése” más un dedo u otro apéndice de señalar. O también, en español, “amar” como sustancioso nombre de artículo omiso ¿pero de qué, y cómo? ¿Del todo de todo, de alguna cosa a medias o de nada, como corresponde tras dársenos unas gracias cualesquiera sólo que antes de darse? Y en tal caso ¿de cuáles? ¿De la gracia que tienen las ideas platónicas, ser todas bienes como artículos de Bien con mayúscula articulada de fábrica, conque ya no hay más que hablar ni articular y sobra cualquier otro artículo?, ¿o las del nombre propio, que es decir su gracia de usted o su merced, en tanto artículo omiso al margen de regateos en el comercio sintáctico a ver cuántos caben en este Fulano o en este fulano cuántas denominaciones de origen le caben, patrióticas o vinícolas, por delante o por detrás?

Aunque eso era en otros tiempos no tan polifónicos e inmensos como éstos que cualquiera se daría no un doblón, un simple doble para describirlos en su lugar de polo a polo. Porque ésa manera de articularse acción y actuación en frase es caso perdido para siempre entre artículos ingleses de importación, todos imprescindibles para anunciar cualquier otro artículo funcional que nominalmente le siga a fuer de cosa sustantiva, tanto monta si the thing I o the I think: cuando hoy todos sabemos que toda palabra es artículo en circulación sintáctica, lo que no es artículo no circula y lo que no circula no es artículo, y que es el artículo Anuncio el que más se busca y paga como presagio y señal divina de una marca de género genuina, no china. Y si el Anuncio lo es de una secuencia de acción, ni que decir tiene, es imprescindible decirlo y anunciarlo: “El amar y la apatía no pueden ser”, próximamente en esta caverna, permanezcan estoicos y atentos en su cola. Eso que lleva a cualquier periodista profesional de lo amateur por principio como Platón pero desde un principio, y sin pasar por minas de sal sino de lápiz, a decir no habiendo más remedio que hablar desinteresadamente de algo sin interés que “el amar y el no padecer, eso es lo que no puede el ser” o “lo que puede el no ser”, según a qué grado del British llegara su calentura; por dar ejemplo de hablar lo que se dice hablar en español español, no, aunque tal vez sí californiano o florido sin duda.

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Aunque entre the I think y the thing I, pienso yo, debe andar por cualquier parte la cuestión del cogito en español renqueante y de culo. Porque ya me dirá usted cómo, siendo usted inglés, me va a decir usted pensar pensar sin recurrir a alguna brújula u otro artículo de determinar qué pensar es acción y cuál cosa pensada, o perdón, “la cosa pensada” para que me entiendan en español actualmente actual. Que por ahí también debe de andar aún, de milagro, el dilema nada chespiriano planteado no entre un be y un no be que sin la muletilla de un to parecen no saber cómo formularse siquiera con la proverbial claridad jaidegueriana de un sein sin zu, aunque sea no para ser sino para morirse. Sino entre ser ser y ser no ser siendo sin más, así de toreros plantados como sujetos sin frase en el coso de la cosa y sin saber siquiera si llegará a haberla, ni si será amar, padecer o no poder ser sin más artículo de resguardo que su trapo de tres letras, por si el trapío de lo que ser o no ser pueda venir. Pues si cabe en español esperar actuar y hacer padecer como sujeto desnudo es por caberle como objeto. Y si vale plantarse la acción como todo un nombre actuando en su propio nombre en cualquier plaza redonda como una frase, es porque lo mismo vale al otro lado del capote o del olivo, donde la res se extienda y se explaye de tú a tú por una vez en las mismas que su adversario, como quien dice de yo a yo; por ejemplo, pensar pensar, y no ruido, o decir decir y no flato ni gañido. Que entre el valor de ser un nombre y el de ser verbo de todos es de lo que se trata: del valor del conjugarse la vida a la palabra y el ser pensar al pensar ser por derecho o del revés en un solo pase, porque en esta función no hay bis, ni doble.

Y porque hablando de infinitivos y de ser nombre de función, en español nunca han cabido en las funciones acciones sino actuaciones; como nunca han sido menester sino oficio ni actuar ni torear, ni pensarlo, ni tampoco pensar pensar o sentir sentir alguno; y porque puestos a saber saber lo que se dice saber, sabemos qué dijo del filósofo el Gallo, del teratopeuta ni eso. Que haber haber, habrá gente pató, pero viniendo la cosa o la faena menesterosa y marcada por artículo de necesidad, al maquinal cumplimentar escabechinas de res o de palabra a diestro y siniestro se le llama quehacer o menester, no queactuar; y si la res no a lidiar sino a escabechar es cosa de pensar sentir o sentir pensar alguno se le dice ejercer, no actuar, de crítico o matarife y verduguillo o psicólogo, pero nunca ser diestro, y menos en cosa sujeta a sentirse pensar o pensarse sentir sujeto en coso. Y por eso hoy sí es menester de hecho, pero sólo eso, recurrir al trapo y al engaño y a su conjunción de hecho, que es que “que Que es Que como no es no” sea verdad cacareada desde los tiempos inmemoriales no del Gallo, de Perogrullo en la actualidad: para o to o zu hacer cosa naturalmente inexorable que haya de decirse pensar que se piense o sentir que se sienta (y prueba de ello para cualquier concurso de eruditos es descubrir y lidiar con el Que crítico de esta frase[1]).

Pero ya nunca pensar pensar o sentir sentir, y menos de entrada como actor de lo que le quieran echar a continuación por el toril de la frase. Al parecer para evitarle en la práctica al público parecer el engaño de un autodoblaje en directo que se proclama en teoría, pero en privado colegial, en cualquier docto karaoke como el sagrado misterio de la Tercereidad de Peirce, la Poliafonía de Cervantes en ruso, la glándula opineal de El Minotauro, diario de la noche, o el clítoris cantimpace de la Inmaculada Enunciación.

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Porque un doblaje instantáneo como actuación en directo de la acción en el acto, el de actuar en la frase anunciando acción, parece ser hoy la manera funcional de entender infinitivos tan guapamente capaces de plantarse como un soberano sujeto de su propia acción y a ella, además a la vez. Como rótulo en catálogo de una función ejerciendo en funciones de acto de rotulación, como guión de acción a actuar que actúa como tal en el acto, el anunciado o el anunciar ya indiscerniblemente: un acto así primero y siguiente, a seguir y seguido a una, claro, desde un primer segundo. Toda una teoría de “actos de habla” en “juegos de lengua”, una cualquiera de cualquiera que pase por allí: sin perjuicio y con beneficio de que en otras incomprendidas se trata de Sprachspiel o de autos de un habla y dramas de hablar. Nada de juegos porque la cosa va en serio cuando lo que se juega no es cosa de extenderse hablando, ni pensar, ni de pensárselo, sino de ser ser o no ser todos por igual siendo.

Que es decir que actuación no es acción en español, ni ambas “actividad” ni siquiera para necios paramecios, ésos sí muy activos siempre sin nada que hacer, y sin riesgo de que actúen fingiendo ante el microscopio. Y que actuar en español no es hacer sino hacer que se hace, no sólo cualquier quehacer sino algún que otro padecer: que por eso en la actuación y no en la acción encuentran su único cobijo ante aquello ante lo que no hay nada que hacer, salvo replicarlo y doblarlo por hacer que se hace algo. Y que hacer hacer lo que se dice hacer, eso es lo que hace en escena verbal ese infinitivo al parecer doblado, actuar como nombre de verbo y actor de acción de una pieza. Sin doble ni doblez alguna, porque la acción en su caso es la de ser verbo en todo momento actuando por hacer y conjugando por jugar en el tiempo, el de la frase, como por jugar conjugando en la frase, la del tiempo, tiempo y frase.

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Y ya puesto a pensar pensar y existir lo que se dice existir, tan castizo que aun hoy se basta él sólo y sin doble para actuar no ya en primera persona, en ninguna, como diestro y res y coso y cosa a la vez sin más que algún floreo aquí o allá, con sus artes y aparejos de participiarse y gerundiarse, preparándose una bonita faena en cualquier circunstancia que le echen. Pongamos en cualquier “amanecer lloviendo, vivido todo y nada sido, no siendo esto, amanecer confuso e indescifrable lloviendo”; por ejemplo de yo sin duda viendo, y viéndose ver, sólo que sin ser visto ni por asomo al menos por la frase. Y todo visto y no visto.

Porque ¿a qué suena amanecer, amar, ser pensar o padecer? No desde luego a útil de doblaje ni a necesidad de artículo funcional alguno, digamos “el amanecer, la abreviatura en siglas de la conocida colección de las observaciones astronómicas efectuadas, en los planetas conocidos hasta la actualidad ésta, en las condiciones que en ella se recogen que es decir al amanecer”; todos artículos perfectamente determinados, como se ve a simple vista, por referencias que figuran expresas en su curriculum de frase (recolectores, observadores, planetas conocedores y hasta actualizadores en prensa que, en una palabra, siempre ayudan a dar fe a lo que se ve). Ni tampoco suena a útiles interrogantes gratuitos por determinar como “un amar o un padecer no pueden ser ¿cuál otro?, ¿en qué circunstancias por qué motivos?, ¿con qué protagonistas en cuál contexto emocional?, permanezcan atentos en su diván, volvemos en diez catexias o seis encuestas y media”.

Sino a Amanecer o Amar como en Casa, Lápiz, Mamá o Relámpaga en boca del Niño -ése sí, claramente determinado a ser único en su género-, que es decir donde hasta el verbo se hace nombre habitando por ahí entre nosotros. Si to habitar o zu evitarnos o en general por algo en esta función inútil y sin bis, no sé yo, aunque digo yo que sin duda saber saber tampoco lo sabe nadie, ni aunque sea un yo pienso el yo pienso de Descartes, pienso yo.

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Pero la función es la función, eso es indudable, y una función es una función es una función es en cambio un verso y un auto de habla sin figurantes, pero la cosa no puede quedar ahí y menos la de extenderse. Conque la función que es la función del ser función, que es ser función en función de ser en la función titulada Etcétera debe continuar en el acto, en el primero a seguir o en el segundo siguiente pero en el acto, e intentar desplegarse explicada en escenas ilustradas de oídas para sordos, eso sí, funcionales. Conque arriba telón y empecemos substituyendo por el infinitivo puro y duro cualquier acción actuada como hoy abundan: personalizada con memes y memeces colgando como un par de desinencias pequeñitas, sustantivada a la brava en el acto, con un sufijo varón o hembra prefijado con anterioridad como posterioridad, y determinada sin vacilar por uno u otro artículo de saldo para presentarse en sociedad como una cualquiera o la cualquiera modelo, ambas a conjugar. Y dejando pues de decir la ingestión o la comunicación donde de verdad de verdad, hacer hacer lo que se dice hacer, lo que se hace es decir de hablar y de comer.

Y entonces ponerse a decirse pensar alguno pero haciendo expreso, en “pensar pensar” o “decir decir”, ese hipótetico doblaje instantáneo entre pensar pensante y pensar pensado o entre el decir dicho discente y el dicho dicho, y entretanto entonando el yo operador me confieso a Ducrot operante sive operado (que ya tanto monta en tanto salga uno montando a perpetuidad entre dos). Donde resultaría que al menos posmodernamente hablando sólo cabe una lectura o perdón, colección instantánea, de yóes por delante o por detrás en cualquier “pues porque yo pienso, pienso yo”: tratarlo como un invocar, o perdón, como “locución delocutiva”, o una aspirina, como amenaza inminente de jaqueca, pero en todo caso para conjurar con un pensar el pensar y con un pienso yo por defecto, claro, el Yo Pienso por antonomasia (el del pensar pensar lo que se dice pensar de verdad, que es frase que no ofrece duda alguna sin duda). Y que de no ser el de Descartes debe de ser el que figure en la última edición de la gramática francesa por antonomasia, por antonomasia la francesa (a menos que pueblos y naciones estén por decreto exentas de cualquier canon delocutivo para vulgares hablantes; y más La Nation por antonomasia, que es decir por lo mismo por lo que cualquier teutsch vulgar viene a ser El Volk, pero no cualquier yo el Yo Cualquiera del anuncio o perdón, de la Enunciación).

Que así sería en este supuesto ése su puesto de pronombre respecto al infinitivo en plena actuación, ir oficialmente de culo y secundario encima (justo como yo pienso que pienso yo, por antonomasia por defecto); como quien dice con o sin interrogantes adjuntos “¿pensar yo?, yo pienso, pienso yo”. Y que volviendo en supuesto (el de Ducrot) al menos al nuestro ( el de yo cojito ibérico de pata negra, una por defecto) tendría que sonarnos instantáneamente a todos a la vez, más o menos así de polifónico: puestos en el acto (delocutivo) el que oye como el que habla “en lo de pensarse” o en “el pensarse todos genéricamente hablando en el acto” (delocutando o de electrocutar), el caso es que en este caso de yo pienso pienso yo: q.e.d., conque tú largo o llamo a seguridad. Que parece ser lo que se trataba de demostrar en verdad. Y donde resultaría que en esa posposición del “pienso yo” o en ese “pensar pensar, yo…” lo que se quiere expresar no es duda alguna, ni en las aptitudes de uno para pensar ni en las del pensar para expresarse uno. Sino que comer comer, mi padre, torear torear, el Gallo por antonomasia, y pensar pensar, yo por antoverbasia y a vosotros que os zurzan, en lo sustancial, con saliva de la glándula opineal (que tendrá que ser un genio).

O que decir decir lo que es decir, Ducrot; existir lo que es existir, tú vida mía y faltaría más, también tú; y molestar molestar lo que se dice de verdad, la prensa. Aunque este último tipo de aclaraciones ilustrativas aun podría oscurecerse más castizamente, “en lo de existir yo soy único (hablando con propiedad como tú, mi querido Max)”, o ilustrada como “en lo que se dice una función predicativa del pensar predicada ejerciendo, aquí estoy yo por todo argumento predicando”. Aunque sin dejar por ello de hacer claro de qué ofuscación se trata en todo momento en la actualidad posmodernamente hablando: de que en este idioma hace siglos que no se supone al hablante idiota nativo de ningún idiotismo por no haber leído a Ducrot aun antes de nacer, o afónico por no haber oído hablar a Bajtin ni siquiera de Bajtin. Sino conocedor, puesto que lo hace, de lo que es discursar siempre en dos cursos a la vez y sin salvavidas opineal o pineal, depende, entre enunciar sin enunciado y enunciado por enunciar. Sino conjugándose la vida en un enunciando que es gerundio, antes que en una inmaculada Enunciación siempre intacta lo mismo antes que después del acto; si de habla con la lengua o de una lengua que nunca habla en el acto, ya tanto monta en tanto se monte la necesidad de seguir montándola a cada paso. O para mejor entenderse en lo que se dice entender infinitivamente hablando: allá donde como aquí, entre un hablar y el decir o un decir y el hablar, hablar y no decir sí puede ser.

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Y donde volviendo en fin al principio cartesiano de esta dudosa unidad textual, hasta qué punto seguimos nosotros yéndonos y leyéndonos de culo como cogitos se demuestra clamorosamente en la sordera indiferente que hoy se escucha entre yo pienso y pienso yo sin discriminación de género ninguno. Y lo que es peor, aun cuando alguien la indicara se iría a buscar explicación en Internet. Porque alguna cosa que suena a tanto mucho importante no puede estar ahí patente sin patentar como regalo del abuelo dejado al azar, porque yo pienso que hasta si él habría de haber existido él habría no podido pensar así de mucho sin alguna cosa para anunciar ello. Luego entonces ahora yo pienso que ello tenía para existir antes o después alguna interjección por la prioridad del mensaje, para porseñalar lo que es por señalar, o algún monigote con su cara como un pasmarote, yo digo. Eso digo yo, qué glandular coincidencia.

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                  [1] Donde no puede faltar una nota al pie: un Que crítico pero estético, faltaría más, entre doblar en apariencia en el acto a una cosa ya parecida, que es ser pronombre, y articularla en el acto, que es conjunción, con el hacer infinitivo que es decir del que aparece la cosa que es sustantiva. Que es como quien dice de una nota al pie en una nota al pie que es cosa de notar que siempre aparece al pie. Conque qué, ¿qué que es aquí ,y dónde, lo que se dice el quid de lo dicho?

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