MASCOTAS DOS

Antes sólo eran mascotas la cabra de la legión y Rintintín del séptimo de caballería; a lo sumo el águila del escudo de España, pero Rocinante nunca. Al cargo de mascota sólo llegaba alguna criatura capacitada para no hablar a la que una cofradía, colegio o hermandad adoptaba como emblema animado, y en virtud de tal virtud encarnada sólo se sacaba a relucir en carne y hueso al llegar ocasiones señaladas. Ésas pocas en que aparte del decir o para colmarlo es preciso ostentar el espíritu del cuerpo, o por seguir a la actual mascota verbal, visibilizar una identidad genérica; se diga como se píe, una versión higiénica de totemismo con vacuna y yerbaluisa por si las moscas.

Pero el canario de mi tía Josefina o el caniche de las Lecanda, las solteronas del primero izquierda, nunca. ¿De qué quién tribal iban a ser anuncio, de cuál grupo notable o digno de mención, que no siempre es lo mismo? Salvo acaso, es verdad, para el clan de los animales que todo lo pían y su mascota el periodista que nunca es lo mismo. Los demás eran animales de compañía, no de anunciar. Pero se ve que ya no hay compañía sin anuncio, ni va quedando otra que no sea una sociedad anónima o limitada o ambas; ni más animación que la virtual ni más ánimos que los que se anuncien como animales, claro, emblemáticos de alguna empresa. Naturalmente global, pues los artificios actuales ya permiten anunciarse a todo el mundo como cualquier otro, incluso a cualquier otro como todo el mundo o al menos unos cuantos, con esos revolucionarios perfiles de automascotas que están cambiando el mundo de un día para otro como no se había visto desde que los egipcios inventaron el jeroglífico, sobre todo el perfil de Anubis.

Conque adiós a los animales de compañía y bienvenidas las mascotas, clic, me gusta. Porque desde siempre las palabras cambian al parecer con los tiempos y al revés nunca. Y así se explica en la actualidad que persigamos como el que más hasta quedarnos solos, también en esto, unas cotas de comunicación cada vez mayores; y así se debe de explicar que el llamarse animales de compañía en la actualidad se haya extinguido en beneficio del tenerse por mascotas de soledad en la virtualidad. Y que cada vez se fingen mejor, los animalitos, hasta silban y se responden maquinalmente animados como aquel memorable hijo de perra (se supone) que supuso Descartes en los albores del pensamiento prepostmoderno, pero en colores, que acompaña más. Porque la verdad es que andar persiguiendo correveidiles más y más cuotas de pantalla y mensajería, y dímes y diretes de qué hablas y de quién careces, eso no deja tiempo para nadie a nada, ni al Aifón ni al Aizinc.

Y así se debe explicar lo cuotizadas que van las raciones de racionalidad comunicativa hoy en día, y más de noche, y lo que se paga por unos minutos a cualquier compañía en el acto sin rechistar. Lo nunca visto, pagar por caer bien en las redes de otros, bien incluso mal en la propia, con tal de mostrarse a precio unos a otros lo nunca visto, como quien dice. Pero los tiempos cambian y las palabras con ellos en el acto, del revés nunca, la técnica avanza y la pesca del besugo con un hilo de voz ha quedado obsoleta, ahora se impone una complejísima y astronómica nasa para alcanzar cuantas más estrellas y megustas mejor. Que debe ser lo que explique las altas cuotas incluso de popularidad de este nuevo género de compañía de género indiferente, con sus elencos de ánimas/ánimos acompañantes, sus tropeles megustosos de ánimos/ánimas de quitaipón y a lo que vamos, sus manadas de automascotas virtuales para anunciarse sólo y sin mayor trascendencia, descendencia ni ascendencia salvo ganarla en la actualidad. Y con una aceptación por lo visto de lo nunca visto ni oído, como quien dice, tan inédita e inaudita que como puede verse asomándose a la red o a la parrilla de audiencia basta para demostrar como San Lorenzo, vuelta y vuelta a empezar, que cuanto más flujo de yóes colegibles más yo colector, y a mayor colección de automascotas más cotas de aceptación y más cotillas, que debe ser lo que explique todo.

&

Porque el caso es que puestos a buscarse gratis un animal por compañía uno siempre se había tenido a mano, o una. Aunque nunca tan literalmente en prosa, eso es verdad, porque ahora parece que el converso con el hombre que siempre va conmigo se ha convertido en convertible de viceprosa en verso o viceverso en prosa según, y a diferencia de aquél, siempre reversible siempre que haga clic arrobado donde diga Diego arroba digo. De modo que en lugar de tener sólo un animal por compañía, que es ineficiente y además caduca, ahora cabe disponer de una compañía entera por animal, como en la milicia de siempre con o sin cabrito al frente. Y como ya se ensayó artesanalmente a fines de obra civil, justo es decirlo, mucho tiempo antes de Feisbuc en nuestro país, concretamente como patente cooperativa de una pequeña compañía en la comarca de Loyola.

Donde vista la abundancia de borregos dándole vueltas al magín maquinaron cómo aparejar maquinalmente un rebaño imaginado inagotable de auténticos merinos en primera persona y una sola, con la ayuda de un sistema operativo que los haría parecer cooperativos sin más que disponer visiblemente para lelos el permanente rumiarse de cada uno de ellos; conque además se retroalimentarían solos por la boca y de reojo sin necesidad de introducir presupositorios adicionales en el sistema hasta producir la autocanonización de la manada cooperando a una, hecha patente como modelo de automascota, archiborrego o agnus agnorum quisquis.

Y que no se quedaron ahí, sino que aprovechando la globalización a vela y el nuevo mercado de Indias en que tenían buena presencia, a juzgar por los documentos y grabados de época, realizaron a escala real en la mismísima corte las primeras pruebas modernas de autocanonización maquinal en animal exótico, concretamente el camaleón o eso parece, para el cargo vacante de automascota de la humanidad semiota de cada quisqui mirando por su cada quién y sin mirar si bien o mal, mientras mal o bien mirado o mirada fuese, o lo pareciese. Y mientras en la rejilla de audiencia se abriese entre la otra mirada y la una tocada, en un velo de piadoso suspenso en espera, todo un elenco de faces y antifaces disponibles para la ocasión o no, según el caso, en jaurías o en rehalas reales o imaginadas de automascotas corales, ladrando a la luna a una con partitura poliafónica de nacimiento culturalmente hablando inaudita, tal vez, y nunca anotada, puede, pero siempre notable en su integridad y con suerte hasta ejecutable (aunque no suele haberla): había nacido la primera Compañía moderna de ánimas de acompañamiento con voz cantante inaudita incorporada de fábrica e inanimada de serie.

Pero el caso es que jesuítas sigue habiendo y aún hablan o no según. Y en cambio esa extinta expresión que en paz descanse, lejos ya de toda compañía humana o divina o animal según, no era elitista ni remirada ni en castizo ni en ilustrada. Que a diferencia de los escolásticos y sus alumnos fundadores de lo moderno no precisaba como requisito, para ingresar un animal por definición en tan restringido grupo, en ninguna parte la diferencia específica “racional”, o “político”, “juguetón” o “de costumbres”. Ni siquiera “animal a salario”, criterio ciertamente más reciente y limitado en que apoyarse como un cojito prepostmoderno del tipo barra libre, “pienso luego acompaño/no pienso, luego no acompaño”, justo como Cuca. Todo cuanto presuponía esencial y no circunstancia acompañante para ser “animal de compañía” era “que acompaña”, y a lo sumo quizás “que piense que luego pienso” como hace Mía.

Así es que no se me alcanza del todo la razón de esta extinción del “animal de compañía” en beneficio del ser mascota, mientras sobreviven y medran sus extemporáneos coetáneos el animal social o el político, el de palabra solo y el de coratorio, el de Rousseau y el de Adorno pero no el de compañía. Que es lo que me tiene perplejo. O abreviando que es gerundio de concomitancia y acompañamiento ocasional: animales de compañía, no, compañías de animales, sí; siempre que se titulen “de mascotas” para que quede anunciado y claro quien lleva la cadena del establecimiento y quien ha de ser llevado por ella a estar en buena compañía estando en ella.

&

Así es que “mascota” parece haber designado un precedente artesanal a punto de desaparecer por i+d+iota de un tipo arcaico de logos, el logotipo, hoy vigente. Cuya razón de ser era ilustrar un proceder genérico (generalmente generacional) en seres particulares (particularmente bestias) para congéneres singulares con menos luces aún. Tal como otrora se ficieron para ilustrar a infantes (sobre todo en Aragón) en qué sea la Fabla universalmente hablando toda clase de fablillas particularmente fabulosas que les presentaban a unos singulares seres aún semejantes suyos, también incapaces de hablar como hombres, de repente hablando sin embargo y por turno aunque aún como animales a los que escuchar encandilado en cualquier tertulia nocturna, entre los humos que solían darse de robles o de alcornoques en tal circunstancia al amor de una lumbre.

Donde se podía decir, entonces, que semejantes irracionales semejando razonar de palabra al menos cumplen una función: actuar de mascotas figurantes del lenguaje como quien dice, sólo por decir algo a efectos ilustrativos, dónde vas Caperucita como si también cualquier bestia feroz estuviera yendo para hombrecillo o mujercita con voz y voto. Que ilustra al niño lo que se le trata de demostrar, que ya es lo que se dice ser un hombre; y aunque sea figuradamente hablando en ciernes y en fablilla que ya es decir, que ya es decir, que ya es decir. Y por contraste, claro, también lo que habrá de ser en adelante ya literalmente y sin figuras un lobo para el hombre históricamente hablando en sociedad como es natural.

Porque esa vieja idea de la ilustración, que puede llegar hasta adorno, de cualesquiera cosas con palabras incluidas las cosas de hablar, eso sigue funcionando en cuanto se trata de tratar de lo esencial. Y así se diría que no hay sino cambiar de argumento la función o de bestias la tertulia para que ahí mismo, donde menos se piensa que hasta las liebres puedan pensar como conejos en feisbuc, salte a la vista por contraste el guión, que es lo que persiste, y que en este caso se resume en que no hay más que hablar, y punto. Porque los nombres cambian pero el ruido permanece, los hombres pasan pero el Partido queda para seguir pasando de los hombres, los consumidores se suceden pero el consumirlos sucesos no, y todo tipo de tipos parecen discurrir aparentemente por el logos hasta desaparecer, menos su patrón, o lo que es decir hoy, el logotipo 2.0. El logos- tipo de lo que es ser lo que se dice algún tipo de logos o un logos de algún tipo que, negrito o discursivo, como se puede ver su guión se ha mejorado haciéndolo desaparecer en un punto y seguido: seguido por duplicado, claro, por dos puntos conseguidores al menos, el de hablarse doblado y el de hacerse esperar como doble. Y donde no hay más que hablar, claro, para ver que no hay más que hablar para que no haya más que hablar: de que no hay más que hablar para que no haya más que hablar de que etcétera para que etcétera y punto.

&

Por no hablar de los actores de esta fábula del fablar, perfiles de automascotas sagradas que desfilan hieráticos como antifaces mientras permanece el Libro de Faces por el que pasan, como en la luna. Y que hacen bien, sin mirar a quién: para qué iba uno o una (depende de la semana) a arreglarse un perfil de ojos o de labios, cualquiera de ellos, con lo que cuesta, para irse a paseo a la pálida luz de una misma variable discreta de continuo como no hay otra, salvo quizás la Pantalla, a compartirse de por vidas con quienquiera para que en plena fascinación al final de una cosa extensible salga a relucir una cosa extensa en plena función a modo de argumento y un tarugo, un trozo de carne con ojos y a veces rabo, un pedazo de bestia que lo mismo se caga allí mismo que no y todos los días lo mismo, terco e invariable haciendo esperar lo mismo cada día que un día sí y otro no para extenderse en lo suyo, que es cagarla, y sin decir ni mú ni efecto guau ni contraseña alguna, ni pío, inaccesible al desaliento o al aliento del megustas con estrellas o del ajoarriero y agua, ni hablar. Nada de animales de compañía, para eso mejor no arreglarse un pelo y menos con lo que está cayendo ahí fuera, y más pudiendo cambiarse de automascota sin salir de casa y todo arreglado o en regla con hacer clic-clac como un percutor, montando o desmontando según la ocasión porque el guión, de continuo discreto, lo permite a discreción de continuo poniéndose de perfil, y como dios. Concretamente Anubis. Pero ése no cuenta, y menos en Feisbuc. Donde se ve que a él no quiere seguirle nadie.

&

 

Comments are disabled for this post