Nuestra Señora nos ampare

Se dice que el sabio es el que sabe sacar buen consejo de la peor contrariedad. Será. Por ejemplo, cuando la aguja señalaba al cielo él miraba a los demás mirar la aguja. Hasta que un día cae en llamas apuntando al suelo, y entonces mira la aguja. Mientras los ojos de los demás miran sin ver adónde iba a ser, al suelo.

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Ahora lo entiendo. La ruina de Nuestra Señora de París se produjo «al extenderse las llamas a tres cuartas partes de la techadumbre» y «sin que los helicópteros de los bomberos pudieran lanzar agua» por su mucha pesadumbre, supongo, para no causar «más daños que el fuego por la propia propagación», del incendio se entiende aunque la noticia la propague un reportero, que casi acaba con este «modelo del románico que enseguida se propagó por toda Europa en la Edad Media». Aunque no como un incendio, y menos mal. Porque gracias a eso Europa llegó a salir de Medievo oscuro a la libertad de prensa, y gracias a esa noticia ahora entiendo por qué se levantaron las catedrales. Para que Nuestra Señora nos amparase como madre del verbo de los desmanes causados por la propagación de esta nueva verbidumbre. Sobre todo el privilegio de hablar diezmando lenguas en primicia y disfrutar de la palabra el primero sin mejor razón que el derecho de pornada (salvo errata en portada, que sería no menuda erradumbre).

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Y cosa de felones. De hecho ya sólo espero de su bondad infinita que antes de morir de risa naturalmente sin paliativos me permita ver a algún señor casado y sobreseído en el acto recordando que ya nos lo advirtió su putativo padre prior, que en blanco y con botella no se puede ser más claro, y denunciando que por el perfil psicológico con rabos y cuernos de las gárgolas, y encima empuñando en la mano un rosetón si se mira bien al mediodía del equinoccio de invierno desde el Quai d´Orsay, está claro que ha sido ETA o sus cómplices, no había más que ver la boina de humo.

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