Autoindeterminación

Un país determinado a usar en serio y con pretensión de significarse jaculatorias indecidibles como nanas del cebollino o como antinomias kantianas, como derecho a la vida o como igualdad de género e incluso como principio de autodeterminación, ya no tiene remedio. Para determinar los términos falta ya el mínimo imprescindible de términos con sentido determinado, a empezar por el término “término” y que implica aceptar límites por definición. Como mínimo, en la acepción ajena.

Aunque a juzgar por cómo habla y su acepción de aceptar una palabra dada acaso la nueva política encuentre tal aceptación precisamente por tratar de eso: de que nadie tenga ya que aceptar líneas rojas o puntos negros de ningunos otros labios ajenos a la hora de preferir subrayar en sangre o sudar tinta en el acto para resaltar, en una palabra, siempre la propia aceptación de la acepción ajena como acepción propia de lo que es aceptación de otro en cualquier concepción común: que cuál iba a ser sino que resueltamente depende, como me too de mi yo y cojón de mico, de que así la propia acepción de concepto como la concepción del acepto ajeno siempre responda propiamente hablando por anticipado a una determinada televisión del mundo u otra clic pública o de pago clac y al Fernanschauen de Isabel como al de Fernando, que tanto montan, no siendo ambos. Y más en España, con la determinación demostrada por sus gobernantes como quien dice desde hace siglos a mantener resueltamente la incertidumbre sin resolver como modelo de valor político; con los actuales sin ir más lejos obligados por mantener el suspenso a repetir sus exámenes en urnas y sus elecciones como el asno de Buridán, de momento a perpetuidad, pero sobre todo entretanto con toda su política pendiente de medios de comunicación y libertad de expresión no vigente sino en prensa, hasta para el BOE, hace ya demasiado tiempo.

La única ventaja aceptable en cualquiera de sus acepciones, claro, es que a cualquier república determinada a autodeterminarse en cualquier circunstancia tan ostensiblemente como ésta de cualquier modo le saldría gratis la cicuta en cualquier momento porque ascolta, tú, me han dicho que hasta Sócrates se la pagaría gustoso de su bolsillo como una mísera túnica tuviera.

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