«Fuera de los agravios que hacen a nuestra lengua, más en no escribir en ella los que saben que en escribir en ella los ignorantes (…)» Por lo que se ve, entre la cátedra latina y la castiza vox populi la cosa viene de lejos. Mas como España es por lo que se ve, al menos desde el Cardenal Cisneros y sus doctores complutenses, la nación más vieja de Europa que unos quieren romper y otros defienden, habrá que romper una lanza por la noble causa de no romper nada no siendo en cabeza ajena, y pese a todo seguir departiendo peras pero por culpa del olmo o viceversa con tal de defenderla en los tiempos de ahora.
Y así, por más que hoy quisieren dar la espalda a esta realidad pues con toda razón preferirían no tener que verla, hasta esos primogénitos de la Transición a la escritura impresa y su sacro imperio deberían reconocer que en cuatrocientos años la democracia en España ha progresado cómo iba a ser, incuestionablemente, y ya sin más inquisición admisible que la reservada al santo oficio de encuestador. Por averiguar adhesiones a lo que hay y lo que es el caso en la audiencia antes de decidir nada, mas ya nunca poniendo en cuestión lo que no es caso encuestionar ni inquirir, qué se habrán creído algunos. Y menos en lo que atañe a la audiencia real en la España actual, que si aún no está claro es lo que hoy es el caso porque es lo que hay.
Pues tanto ha sido en efecto el adelanto desde Vitoria y Suárez, no el de Barajas sino el de Trento ni la de Fraga sino Francisco, y tan hecho patente por todos los medios, que hoy por muestra vale un botón y además bien reciente conque no hay más que hablar. En la España actual se puede llamar a todo un rey Felipe VI en latín claro está y autoritario en público sin más que una nimia apelación a la picota, si acaso con excomunión de levis del parlamento común. Mientras no hay ni que imaginarse, porque es patente gracias a la imprenta, que en tiempos del rey Felipe Segundo en castellano argumentar simplemente por escrito cuándo sería preciso y justo matarlo conllevaba nada menos que una autorización real para su ejecución textualmente hablando, del argumento me refiero. Y en la mismísima portada de obra, que durara como la puerta del Carmen por lo menos para que aprendieran aun los menos patriotas de paso por allí, me refiero a la biblioteca.
Mas si aun así no convinieren conmigo en lo realmente incuestionable del progreso democrático en esta España actual, tan real como aquélla si ya no más por definición, que le pregunten en cuanto puedan a Lanuza y a mi tatarabuelo presunto (por si aún hubiera que negarlo algún día) Francisco Arántegui. Y quizás eso convenza a cuantos por lo visto hoy añoran aquellos tiempos con tanta razón. Porque en esta materia inquirir hoy por alguien más autorizado como Vox, obviamente populi, en latín claro está y en públicos locales con sus creencias y adhesiones, eso sería vano actualmente en cualquier redacción de la actualidad, ocupados como están sus presuntos redactores de facto en recobrar la memoria histórica del país cuanto antes y a poder ser mientras se la cobran. Aunque mejor incluso antes, desde un principio incuestionable desde luego en la actualidad actual que sigue siendo como siempre la España real: donde nadie prohíbe realmente pisar algo tan sagrado como una biblioteca porque ya no hace falta, de tan adelantada. Y qué mejor para su defensa en los tiempos de ahora, conque no hay más que hablar porque esto es el fin.
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