18 de junio de 2026
«¿Qué clase de paz buscamos? No una Pax Americana impuesta al mundo por las armas de América. No la paz de la tumba ni la seguridad del esclavo. Hablo de la paz verdadera, ésa por la que valga la pena vivir en la tierra, la que permite a hombres y naciones crecer y confiar, y construir una vida mejor para sus hijos; no simplemente para los americanos, paz para todos los hombres y mujeres, ni simplemente para nuestros días, paz para todos los tiempos… “Cuando los caminos del hombre le agradan el Señor hace estar en paz con Él incluso a sus enemigos”, dicen las Escrituras. El mundo sabe que los Los Estados Unidos jamás empezarán una guerra. No la queremos. No la esperamos ahora. Esta generación de americanos ya ha tenido más que suficiente de guerra, odio y opresión. Estaremos preparados si otros la desean y alerta para tratar de evitarla. Pero también contribuiremos a construir un mundo en paz donde los débiles estén seguros y los fuertes sean justos. No estamos solos ante esa tarea ni desesperanzados de su éxito. Confiados y sin miedo seguimos trabajando y no en una estrategia de aniquilamiento, sino hacia una estrategia de paz.»
J. F. KENNEDY, 10 de Junio de 1963
«Qué géneros de tormentos crueles inventaron los tiranos contra la inocencia que no los hayamos visto en obra, no ya contra bárbaros inhumanos, sino contra naciones cultas, civiles y religiosas; y no contra enemigos, sino contra sí mismas, turbado el orden natural del parentesco, y desconocido el afecto a la patria? Las mismas armas auxiliares se volvían contra quienes las sustentaban. Más sangrienta era la defensa que la oposición. No había diferencia entre la protección y el despojo, entre la amistad y la hostilidad. A ningún edificio ilustre, a ningún lugar sagrado perdonó el fuego y la llama. Breve espacio de tiempo vió en cenizas las villas y las ciudades, y reducidas a desiertos las poblaciones. Insaciable fue la sed de sangre humana. Como en troncos se probaban en los pechos de los hombres las pistolas y las espadas, aun después del furor de Marte. La vista se alegraba de los disformes visajes de la muerte. Abiertos los pechos y vientres humanos, servían de pesebres, y tal vez en los de las mujeres preñadas comieron los caballos, envueltos entre la paja, los no bien formados miembrecillos de las criaturas. A costa de la vida se hacían pruebas del agua que cabía en un cuerpo humano, y del tiempo que podía un hombre sustentar la hambre. Las vírgenes consagradas a Dios fueron violadas, estupradas las doncellas y forzadas las casadas a la vista de sus padres y maridos. Las mujeres se vendían y permutaban por vacas y caballos, como las demás presas y despojos, para deshonestos usos. Uncidos los rústicos, tiraban de los carros, y , para que descubriesen las riquezas escondidas, los colgaban de los pies y de otras partes obscenas, y los metían en hornos encendidos. A sus ojos despedazaban las criaturas, para que obrase el amor paternal en el dolor ajeno de aquéllos, parte de sus entrañas, lo que no podía el propio. En las selvas y bosques, donde tienen refugio las fieras, no le tenían los hombres, porque con perros venteros los buscaban en ellas, y los sacaban por el rastro. Los lagos no estaban seguros de la cudicia, ingeniosa en adquirir las alhajas, sacándolas con redes y anzuelos de sus profundos senos. Aun los huesos difuntos perdieron su último reposo, trastornadas las urnas y levantados los mármoles para buscar lo que en ellas estaba escondido. No hay arte mágica y diabólica que no se ejercitase en el descubrimiento del oro y de la plata (…)
No refiero estas cosas por acusar a alguna nación, sino para defender de la impostura a la española. La más compuesta de costumbres está a riesgo de estragarse. Vicio es de nuestra naturaleza, tan frágil, que no hay acción irracional en que no pueda caer, si le faltare el freno de la religión, o de la justicia.»
DIEGO SAAVEDRA FAJARDO, Empresas políticas, 1640
«Y bien, Mercurio, exclamó en cuanto me vió, ¿qué nuevas traes de Münster? ¿Pretenden los hombres hacer la paz sin mi voluntad? Jamás. Ya la tenían. ¿Por qué no la han conservado? ¿No han dado rienda suelta a todos los vicios, luego que me hicieron decidirme a enviarles la guerra? ¿En qué han merecido desde entonces que les devuelva la paz? ¿Se han convertido acaso desde entonces? ¿No se han vuelto más malvados, no han corrido a la guerra como a una verbena? /…/
Ya lo ves, Mercurio querido, ¿para qué concederles la paz? Alguno hay que la desea, cierto, mas como te he dicho sólo por su comodidad y para alegrarse el vientre. Y a cambio muchos otros quieren que la guerra dure, y no porque sea mi voluntad, por lo que sacan de ella. Que así como albañiles y carpinteros quieren paz por ganar dineros construyendo y reparando las casas reducidas a ceniza, así hay otros incapaces de ganarse el pan con sus manos en tiempos de paz que quieren ver seguir la guerra por robar y saquear.»
GRIMMELSHAUSEN, 1669
«Ninguna guerra es legítima si es evidente que se lleva en detrimento de la República antes que en provecho y ventaja suya, sea cual fuere el número de argumentos con que se apoye… Y puesto que un Estado no es sino una parte del mundo entero, y puesto que, más aún, una provincia cristiana no es sino una parte de toda la República, estimo que incluso si una guerra es útil a una provincia o un Estado, pero es por otra parte en detrimento del mundo o de la Cristiandad, entonces esa guerra es, por eso mismo, injusta.»
FRANCISCO DE VITORIA, 1539
«Respecto a quienes les subyugaron, que quiten las tretas de que se sirvieron para engañarles, y el justo asombro que causaba en esas naciones ver llegar de improviso gentes barbudas, de distinto lenguaje, religión, forma y comportamiento, desde un lugar del mundo tan alejado, en donde nunca supieron que habitara nadie; montados en grandes monstruos desconocidos contra gentes que jamás habían visto no ya un caballo, pero ninguna bestia capaz de transportar y sostener a un hombre ni carga alguna; guarnecidos de una piel reluciente y dura, y de un arma cortante y resplandeciente, contra quienes acudían a cambiar por el milagro de la luz de un espejo o un cuchillo grandes riquezas de oro y de perlas, carentes de ciencia y de materia con que pudieran atravesar nuestro acero; sumad a todo eso los rayos y truenos de nuestras piezas y arcabuces, capaces haber turbado al mismo César que hubieran cogido desprevenido como ellos, contra pueblos desnudos si no es por la invención de algún que otro tejido de algodón, sin más armas que arcos, piedras, bastones y escudos de madera; pueblos sorprendidos so capa de amistad, y de buena fe, por la curiosidad de ver cosas extranjeras y desconocidas: quitadles, digo, esa disparidad a los conquistadores, y les habréis quitado la ocasión de tantas victorias.
Nos hemos servido de su ignorancia e inexperiencia para plegarles tanto más fácilmente a la traición, la lujuria, la avaricia y toda clase de inhumanidad y crueldad, a imagen y semejanza de nuestras costumbres. ¿Quién puso jamás tal precio al servicio de la mercancía y el tráfico? ¡Tantas ciudades arrasadas, tantas naciones exterminadas, tantos millones de pueblos pasados por el filo de la espada, y la parte más rica y bella del mundo trastornada, en aras del negocio de las perlas y la pimienta! ¡Mecánicas victorias! Jamás la ambición, jamás las enemistades públicas empujaron a los hombres unos contra otros en hostilidades tan horribles y calamidades tan miserables.»
MICHEL DE MONTAIGNE, 1572
«Cuando los árbitros elegidos a conformidad de ambas partes han señalado el tiempo acordado para armarse y para la marcha, el número de combatientes con el día y lugar de la batalla, y todo con tal igualdad que no haya en un ejército un sólo hombre más que en el otro, se enrola por un lado a los soldados tullidos en una compañía y al llegar a las manos los mariscales de campo se ocupan de enfrentarlos con tullidos; por otro lado los gigantes hacen frente a los colosos, a los espadachines diestros los esgrimidores, valientes a corajudos y débiles a menguados, indispuestos a los enfermos y a los robustos los fuertes;, y como alguno intente golpear a otro enemigo que el señalado será castigado por cobarde a menos de poder justificar habérsele hecho desprecio. Librada la batalla cuéntanse heridos muertos y prisioneros, que a los fugitivos no hay cómo hallarlos; y de ser las pérdidas iguales por ambas partes se juegan a cuál se declare vencedora a la pajita más corta. (…)No pude evitar reírme de tan remirada manera de batallar; y por ejemplo de política un tanto más enérgica alegué las costumbres de Europa, donde el monarca no se priva de ninguna ventaja para ganar; y he aquí lo que me contestó:
Explícame si es que acaso no pretextan vuestros príncipes estar armados de derecho. Sí lo hacen, respondí, y de la justicia de su causa. ¿Pues por qué entonces, continuó ella, no escogen árbitros libres de toda sospecha para ponerse de acuerdo? Y de hallarse tener ambos igual derecho que se queden como estaban, visto que se juegan la ciudad o la provincia en disputa a un golpe de suerte con las picas…»
CYRANO DE BERGERAC, 1657
«El sometimiento de la humanidad a la economía le ha dejado tan sólo la libertad de enemistarse, y así como supo sacar filo a sus armas el Progreso también le creó la más mortífera de todas, una que más allá de su sacrosanta necesidad [con que todo justifica[1]] la liberó aun de la última de sus preocupaciones, su bienestar terrenal: la prensa. Como tiene también a la lógica en su servicio el Progreso replica que la prensa no es sino uno más de los gremios que viven de una necesidad previa. Mas de ser esto tan cierto como suena a correcto, y la prensa una mera reproducción de la vida sin más, de eso ya sí que entiendo pues también sé cómo está hecha esa vida. Y una turbia mañana se aclara todo, y sin querer me encuentro con que la vida es sólo una reproducción de la prensa. Como en los días del Progreso he aprendido a valorar tan poco la vida, cómo no iba a sobrestimar a la prensa. Que es ¿qué, un mensajero sólo? ¿Uno que nos incordia dando además su opinión? ¿Que nos martiriza con sus impresiones? ¿Que con los hechos nos trae a la vez la forma en que imaginarlos? ¿Uno que nos tortura con sus detalles sobre los pormenores de informes acerca de ambientes, su visión de las observaciones acerca de pormenores que se refieren a detalles y sus sucesivas repeticiones de todos ellos [y ellas]? ¿Uno que arrastra tras de sí todo un séquito de personalidades informadas, enteradas, introducidas y destacadas que se supone han de darle el refrendo y la razón, gorrones importantes de lo superfluo? ¿La prensa, un emisario? No: el acontecimiento ¿Un discurso?: no, la vida. No sólo se arroga la pretensión de que sus noticias sobre sucesos son los verdaderos sucesos, también hace realidad esa inquietante identidad merced a la cual se saca la impresión en cualquier momento de que los hechos se propagan antes de que se hagan, a menudo también la posibilidad y en cualquiera de los casos la circunstancia de que los reporteros de guerra no puedan ser espectadores pero los guerreros se conviertan en reporteros En este sentido acepto con gusto que se me diga haber sobrevalorado a la prensa todos los días de mi vida. No es un mensajero -¿cómo iba un recadero a exigir y obtener tanto?, es el acontecimiento. Una vez más el instrumento se nos ha ido de las manos. Hemos entronizado al hombre que ha de informar del ardor del fuego, el que debía desempeñar el papel más bajo en el estado, sobre el mundo sobre el fuego y sobre el hogar, sobre los hechos y sobre nuestra fantasía (…)
(…) Durante décadas de ejercicio ha llevado a la humanidad al grado justo de escasez de fantasía que le posibilite una guerra de exterminio contra sí misma. Como gracias a la desmedida prontitud de sus aparatos ya le ha ahorrado toda capacidad de tener experiencias y desarrollarlas en espíritu, aún puede implantarle el valor imprescindible para afrontar la muerte a que se precipita. Cuenta para ello con el brillo cegador de las cualidades heroicas, y sus abusos de lenguaje sirven para adornar la vida de que se abusa como si la eternidad se hubiese estado reservando su clímax para el momento histórico en que viva el reportero. Pero ¿se imaginan los humanos siquiera de qué clase de vida es expresión el periódico? ¡De una que es hace ya mucho una expresión de periódico! ¿Se imagina alguien cuánto asesinato del espíritu, cuánta nobleza saqueada, cuánta santidad profanada ha de agradecerle medio siglo a esa inteligencia desbocada? ¿Acaso sabe alguien cuántos bienes vitales ha engullido la panza dominical de semejante bestia rotativa para poder publicar 250 páginas? ¿Piensa alguien en qué alcance de tirada hubo que lograr primero sistemática, telegráfica, telefónica y fotográficamente para que una sociedad que aún contaba con posibilidades internas se habituara a reaccionar ante un hecho minúsculo con un asombro mayúsculo? (…)»
[1]Addendum del trujamán, por deshacer equívocos (vid infra «gremios que viven de una necesidad previa») y darle los armónicos que tiene Not en alemán no ya de necesidad causal, de la bíblica miseria- tribulación, que aún se escucha si acaso como uso raro (por no decir extinto) en el lamentable-miserable «estado de necesidad» del castellano en la actualidad. Como probaría a contrario incluso ante Hacienda qué es lo primero que se entiende en «la tributación conjunta supone estar casado por necesidad»; sobre todo si se añade a San Pablo en tal argumentario de bombero sobre el casarse y el abrasarse como es obvio a impuestos.
KARL KRAUS, Diciembre de 1914
«Por justificarse incluso cambiaron el significado ordinario de las palabras al referirse a los hechos. En efecto se llamó a la audacia irreflexiva valor entre camaradas y cobardía disimulada a la espera prudente, disfraz para la falta de valor a la sensatez, y a la inteligencia hábil en los asuntos más diversos diversión y ociosidad sin criterio; la precipitación temeraria alcanzó rango de hombría, mientras los planes que miraban por la seguridad sólo el de excusas y adornos de la retirada. Y si los violentos merecían confianza siempre resultaban sospechosos quienes se oponían Coronar con éxito un plan pasaba por inteligente, aunque mucho más sagaz parecía adivinarlo de una corazonada; mas quien por no tener que acudir a tales procedimientos calculaba previsor pasaba por traidor a su partido y cobarde ante el enemigo. Sencillamente se elogiaba al primero que se adelantara en llevar a cabo una fechoría, y aun al que a ella incitara a otro a quien jamás se le hubiera pasado por la cabeza. (…) Y la mutua confianza que se tenían se fundaba no tanto en la ley divina cuanto en complicidad compartida en el delito. Y las proposiciones justas del enemigo se aceptaban sólo de estar en superioridad, vigilando atentamente cada uno de sus actos y no con ánimo de generosidad. La posibilidad de devolver mal por mal se prefería a no sufrirlo. En cuanto a los juramentos de reconciliación, si alguna vez se hacían, intercambiados en una situación sin salida sólo en el momento valían pues en nada se sustentaban. Y a la primera ocasión propicia, el primero en cobrar ánimos viendo al enemigo indefenso se regocijaba más en obtener su venganza merced a una confianza traicionada que a una declarada hostilidad, pues en sus cuentas contaba lo primero su seguridad, y luego que al conseguir el triunfo mediante engaño se llevaría la palma en el certamen de astucia; que recibe más a gusto la mayoría el nombre de hábiles por criminales que el de estúpido por honesto; y mientras de esto se avergüenzan de aquello se ufanan. Y culpable de todo es el poder que pone las miras en ventajas materiales y ambición de honores; con el apasionamiento que de tales sentimientos procede cuando los hombres vienen a ser rivales (…)»
TUCÍDIDES, siglo V a.C.
«Anoche hablaban de la guerra siempre la guerra
cadáveres espuma de eternidad cadáveres
pero no todos saben cómo es dulce la libertad por ejemplo a estas horas
en que el carro blanco del lechero viene detrás de sus bestias blancas
Una muchacha de Israel me hablaba de la juventud de su país
ella no tiene religión ella ama a París ella ama al mundo
mañana tendremos todos el mismo rostro de bronce y hablaremos la misma lengua
mañana aunque usted no lo quiera señor general señor comerciante señor de espejuelos de alambre y ceniza
pronto la nueva vida el hombre nuevo levantarán sus ciudades
encima de vuestros huesos y los míos encima del polvo de Notre-Dame
En la primera panadería que abra compraré un gran pan
como hacía en mi país sólo que ahora no me acompañan mis amigos
y que ya no tengo veinte años.
Entonces hubiera visto todas esas sombras de otro color
hubiera silbado hubiera arrastrado el recuerdo de una muchacha trigueña
En fin todas esas cosas se van quedando atrás
ahora es más importante trabajar para vivir
Algunos pájaros empiezan a cantar las hojas secas caen
Me voy alejando del río de las lanchas de los puentes blancos
parece que estos edificios fueran a caer sobre mi cabeza
se van volviendo gibosos al paso de los siglos
la calle Del Gato que Pesca me hace imaginar historias terribles
Pero es mejor continuar es el alba es el alba
las manos en los bolsillos proseguir
Dos carniceros dan hachazos sobre la mitad de una res
eso no es nada divertido y sin embargo me gusta mirar
mi alma es aún un poco carnicera estamos en 1956
Mañana quizás no será así quizás no habrá carniceros ni verdugos
mi corazón es un poco verdugo y un poco ahorcado
tu corazón tu corazón serán polvo agua viento
para los nuevos girasoles
cada semilla como una abeja dormida.»
FAYAD JAMÍS, 1956
«En el país de N se dispuso que así el regente como sus consejeros estuvieran obligados a dormir en caso de guerra, mientras durara, sobre un barril de pólvora, en una determinada cámara de palacio donde cualquiera pudiera entrar libremente en todo momento a mirar que estuviera encendida la llama del quinqué. El barril no sólo estaba precintado con el sello de la cámara de diputados del pueblo, sino sujeto con cadenas al suelo a su vez también selladas. Los sellos se comprobaban cada día al alba y al anochecer. Se dice que desde aquellos tiempos se acabaron para siempre las guerras en esas comarcas.»
GEORG CHRISTOPH LICHTENBERG, 1800
GRODEK
De tarde resuenan bosques otoñales
de armas mortales, praderas doradas
y lagos azules, el sol sobre todo
se hunde en sombras: la noche abraza
moribundos guerreros, de rotas
bocas la queja salvaje.
Mas callada en el fondo de los prados,
roja nubareda que habita un dios de ira se congrega
la sangre derramada; frío de Luna luna,
todos los caminos desembocan en una negra podredumbre.
Bajo enramadas doradas de la noche y las estrellas
sombra hermana por el soto silencioso va, entre tumbos
saluda espectros de héroes, cabezas que aún sangran,
y en el juncal suenan quedo oscuras flautas de otoño.
¡Tristeza orgullosa! ¡Altares de acero!
Hoy la llama ardiente del espíritu alimenta un violento dolor
de nietos no nacidos.
GEORG TRAKL, 1914
«En cuanto a la autoridad, vemos en ella como San Pablo una sirvienta de Dios para la venganza: así, le damos contribuciones e impuestos y prestamos servicio en cuanto no sea contrario a nuestra conciencia. Si emprende algo empero que vaya contra la paz, como el impuesto de sangre o la tasa para el verdugo, eso no se lo daremos, ni ayudaremos en ello a la autoridad de obra ni de palabra. Pues creemos que la venganza pertenece al Señor sólo, no tenemos nosotros que oponernos al mal, sino amar a nuestro enemigo.
No daremos ayuda ni tributo suplementario para redimirnos en caso de guerra, ni tampoco nuestro trabajo ni cualquier otra prestación para substituir al impuesto de sangre. Sino que volveremos la vista al Señor que tiene en su mano el corazón de las autoridades a fin de que Él dirija todo según su voluntad.»
CATECISMO DE LOS HERMANOS MORAVOS, 1534
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