Les puso de capuchón una bolsa amarilla a juego, que así a ciegas se les hiciera su destino inexorable etecé menos cruel, para él que lo imponía sobre todo. No querría tener remordimientos esa noche en la otra punta del Mundo, donde La Cama. En ésta el Jarrón con un bostezo las dejó alzarse y partir a Lo Temido. Como dejaba partir las horas de oro oblicuo al sol de la tarde, alas de la mañana a las sombras hacia las calmas mareas de mediodías varados en el aire, o las sosegadas a oscuras en la putrefacción de sus aguas. Su vientre de barro estéril en general bostezaba, paría aburrimientos, algo es algo y las rosas pronto nada, o quién sabe, o sobre todo qué más dará.
Las rosas amarillas vinieron al Mundo por La Puerta, como todo, a celebrar la alegría de los años pasados y porvenires en flor. Nada más llegar, sus poderes de magas involuntarias trocaron en embudo sin querer al Mundo entero en torno a su oro quieto. De la Cristalera asomada al Abismo de las Ramas hasta la frontera impenetrable del Embozo con las Sombras todo, todo lo que fuera feliz en su día giraba, giraba entre baldosas a cuadros y cuadritos marineros, cuadernos sin cubierta con lapiceros descuadernados y ceniceros deslizándose escorados en un barco borracho absorbido sin remedio, absorto en un presente tan inesperado sin fondo ni envoltorio ni lazos ni trampillas. Primero las Sillas y los Visillos del Dormitorio, las Fotos luego y al fin los Marcos no quisieron tampoco resistir más, y aun con toda su angulosa formalidad a las espaldas descendieron por las faldas de la curiosidad, Camilla a través, por los huecos invisibles de los ecos al son de sus sonsonetos hasta la Fiesta, a menear esqueletos sus perfiles en pedazos de una voluntariosa danza a tijeretazos con tal de arrimar una vez más, una vez sólo sus desvaídos huesos fantasmas al clamor del color. A aquel fuste frágil que en pleno galimatías de hojas y espinas dejaba caer en aguas invisibles erguida su desnudez, que en medio de todo inocente explotaba sorprendida de repente en alborozos por todo lo alto, aquel capitel en ramo de maravillas abiertas en ojos instantes, aupadas en él tan sólo para fisgar pero bien y de cabo a rabo el Mundo a sus cuatro vientos de ladrillo pintado. El Mundo que por mirarlas dejó a sus Cirros colgados en llamas acristaladas, en sus nidos nebulosos huevos de planeta abandonados por los Volcanes que malparieron, dolorisísimos picos y crestas incandescentes conque le ardieron las tripas siglos enteros; El Mundo que por verlas abiertísimas niñas, y amarillas, se dejó abiertos los grifos de la lluvia con las prisas y obligó al vecino Dios a inventar las arcas y los arcos salvavidas de colores, y a medias sobre la Mesa los planos del Tesoro que el Viento se llevó, ladrón, aprovechando el revuelo por debajo de La Puerta.
Y ahora después de todo, y tanto, y las dulces cicatrices de su paso por Las Horas casi borradas va la Mano con la Bolsa Amarilla y viene. Y se la mete de golpe hasta el fondo, la agarra por el cuello y lo retuerce y la levanta y va, y no vuelve. El Embudo desgarrado se desploma en abanicos que se abren y se cierran, mariposas boqueando sin aliento se hace añicos de semanas y mesillas de noches y de días que se cierran y se abren vacías sin sonrojo, de pestañas persianas manillas con pestillos y manecillas que aletean tartamudas silababillas de nada la frase a trompicones de la casa, ya minúsculas las puertas de las cosas y las bocas de los grifos monstruosos canceladas y sin voces las sombras ya sin nombres se disipan por manchones y goteras y se pierden en las cárcavas del yeso, insulsas gacelas cojas las horas sin acento se dispersan por sabanas desiertas entre dunas de tela y mesetas sin vajilla, bajo nubes de polvo y ceniza por los suelos las musarañas regresan a su aburrido país de Locay en un rincón del cielorraso que infinito en su bostezo el jarrón sigue mirando, y en un lugar de la Mancha mohosa bajo la Pila, junto a unos vidrios verdes, un tipo espigado de tallos sin afeitar ofrece en los Cubos del Horror patas arriba alquileres sumamente razonables a seiscientas adorables larvas de mosca azul, ya que las Tripas del Pez también felices en su día habían sido olvidadas allí demasiado tiempo.
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