ORÁCULOS

«Ahí va un fantasma montado en un ruido». Pero por una vez no era yo hablando de mí en trajes de épocas, ni siquiera Pérez Recatarte, sino un podador en la casa vecina. Y eso que él no paraba de canturrear a Manolo Escobar a tientas mientras motoserreaba de oídas. Pero aun ignorándonos de un lado y otro de la valla estábamos en un momento de transición importante, los dos fumando en silencio antes de volver a irnos por las ramas y la tele ensordeciendo, más que de costumbre, con la oratoria de los discursos gratuitos y de los que viva España como de costumbre aplaudida. Y eso que yo no suelo, pero había moción de censura. Y de repente el discurso que se para, los gorriones que del susto también, la brisa que no pero ésa no cuenta, improvisa, y el inaudito silencio que va y se sobresalta en una moto donde menos se piensa, de camino a toda leche entre los baches de allende el barranco, que se ve que llega tarde a apreciar en lo que vale y más, de lejos, el silencio de los campos. Que se rompe en un aplauso descomunal, una moto acelerando en vacío para limpiarse por dentro, es de suponer, el cielo seco y yo viendo, el nuevo prohombre exsimio o el viejo, que desde aquí no distingo, saliendo entre el griterío como un solo hombre hacia su destino, cada quien en su sitio, y el olivo en el medio, y el fontanero soltando un oráculo imprevisto o un resumen por lo visto. «Ahí va un fantasma montado en un ruido». Que desde luego no se aún cómo entender ni a qué aplicar entre tanto desde ahora. Porque aquí en el mediterráneo la vida es una sorpresa de continuo ante todo, ante todo continuar descubriéndose cada día el mediterráneo aún de olivos y pitonisas, filósofos y sentencias inconmovibles entre columnas ruinosas a diario donde menos se piensa, en un solo gorrión o en un congreso. Donde la virtud se revela como siempre en el medio justo, justo sobre la valla. Donde de repente me descubro escuchándome como quien dice por boca de otro, y no por todos los medios sino en el medio de todos como uno solo, el silencio. Aunque a veces se rompa a medias de improviso como en un oráculo de Apolo o de Sileno, entretanto caídos del guindo o del cielo entre tanto apretarse las tuercas o darse rodeos de teflón o de comadreja en cualquier junta. Y cada cosa en su justo medio y en el medio justo el olivo. Que no dice nada al parecer de nadie, sino sólo al viento solo. Sólo que no aparece, o sólo cuando le parece. Como un fantasma montado en un ruido, sólo que suyo sólo tan sólo a medias.

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