NOMBRES

Mis animales cuyo soy tienen todos nombres de amante. Ésos que sólo dos habrán oído bajo capas y capas de cielo cuando se monde la última y se vea nada, un hueso roto de nada, chiquitín, hala a correr. O simplemente en casa, que los hay de todo estilo y sin él, no vamos a discutir por eso; que a la literatura la tenemos en cuarentena en el rincón del viento donde eso sí, hasta la cortina hace señas a nadie cuando se le antoja. Sobre darles igual, sobre todo a las gatas, clasicismo y romanticismo que hiperrealismo, surrealismo o correalismo, aunque éste suele gustar a los perros por los paseos a medias que promete.

Pero me acabo de enterar en Internet de que moriré, así es que he pensado dejar algunos apuntados. No por nada, como quien deja caer los últimos granos del racimo a su tierra tras la merienda al volverse hacia la azada, como quien dice sin para qué. Con un por qué no, acaso. O digámoslo así, como nombre que no has de gozar déjalo nombrar, por ejemplo; o por definición, las de seudónimo y plagio supongo. Porque total, eso he pensado, en este caso al final se excluyen, por lo menos del final en adelante. Y llamarse por nuestros nombres podrá cualquiera, incluso acudir como quien dice; pero las perras, ni hablar, ni mover el rabo en semifrecuencia exacta tumbadas de costado en las baldosas. Y de citarse sin dar nombres, tratándose de gatas, ni mú ni miau, y menos cuando por fuerza tendrá que ser ya excitadas muerte mediante como en cualquier entierro. Conque dibujar sus nombres, por qué no, aunque sea con los dedos e incluso con labios por lo bajinis pero esta vez sin piel y sin respuesta.

            Singular tribu, atribulados de todas partes haciéndose señas. Nombres recogidos entre acequias pulgosas y hojas garrapatosas de sepa dios qué, vidas pestosas. Realistas mágicos como nativos zampacacas, surrealistas serillos diminutos y sin fósforo salvo en los ojos. Algún muchachucha también se escucha, romántica y flacucha a lo chatobrián, no a la plancha sino a la caricia prolongada y prolongada como la duda mucha de ser galga o ser podenca pálida hasta rayar en alba. Y algún farandulero azabachín bachín bachín de negra culona procedente de Barcelona va a efectuar su paso por este mundo, buena como un pedazo de pan bendito y negro incluso hecha migas, desde la punta ya en blanco del rabo al tubo de la trompeta que aún te echas a la cara para anunciarte en el baile vestida de noche con patas cada mañana, Mitubilda de Tubinga, matrona bailona de colchoneta como pauloba a la patatiesa, madre abadesa llorona como una boba con que la rocen de paso sólo de la noche a la mañana, a oscuras en este baile de fechas en las nubes y minuís al mediodía.

Y algún lopeveguesco Julieta la Coqueta atusándose en la reja la panceta, y algún publicitario Ritaven, mi jarabe, que te doy jamón, con más de un quevedesco Cucacurruca, la gata más farruca desde el culo hasta la nuca. Y algún legendario Gran Can del Cazacayestán, ya no, que a veces hay voces que duelen mucho, pero mucho, mucho Patucorta sí, y en cualquier postura pero siempre mía: patucorta edá, mía que jodes, que no saltes que están verdes patucorta cabezona, botarate disparate de chocolate, suricato mentecato, cangura sin futura, pero mía, deja en paz mis calzoncillos caynoay nísperos ni huevos a regañarte, ya lo sé, y como lo sabes tú sosorrona, deja de hacerte la gata que nostoy parronrroneos, tanto mimo tanto mimo tanta pantomima y yo aquí con mis vergüenzas al aire.

            Bestia parda, bestia negra, bestia blanca, que todo es según el cristal por que se mira por lo que se ve, se puede comulgar con pan de ángel tras pasar por la rejilla del confesionario, o con pan de molde en el porche traspasada la reja ya no con la mirada de seis ojos, sino de cuerpo entero y alma a tercias. Mas el complementario monaguillo, una nulidad en realidad que ya sólo vale aún para maltraer a una caja del supermercado hasta el porche, y eso con parada de primera en la palmera. Y visto el tropelaje de creyentes en revuelo como bestias de todos los colores, repartir cuatro hostias no, sino coscurros o migas cada vez que vuelve a casa hecho trizas por entero, por enterarse a su modo de que vuelve a estar en su integridad y concelebrarlo a lo bestia. Donde el verbo se hace nombres y el morder se sustancia, mira que sois bestias, pero hombre, ¿por qué no hacéis una misa?

            Porque al menos yo no sabría si hacerla negra, liarla parda o pasarla en blanco. Ni cómo invocar a la divinidad con qué silbido y que venga a mí descojonando macetas. Porque por último – y esto sí que ya es lo último hasta para los más piadosos hermanos de lo penúltimo, curas con alma, psicólogos sin cura y asistentes a lo social con llave, conque no sé si decirlo-, por último debo confesar que en esta tribu la onomástica incluye la silabástica y cada quién tiene su silbido, que mal o bien responde a la melodía del más íntimo de esos nombres en cada caso. Y que yo silbador me confieso a vos colector omnipresente de haber pecado por omisión y no reproducirlo aquí, pudiendo, porque pudiendo escribir directamente en una nube estereofónica y polividente sólo tengo algunas teclas que tocar o unos míseros silbidos que dar para estar como dios en casa. Y tan soberbiamente en mis propios nombres.

            Conque no tengo perdón ni de la SGAE, que es como decir de nadie. Aun así, como me acabo de enterar en una nube de que a lo mejor yo sí me muero, quería dejarlo todo hecho algo patente, poco, como quien dice nada, nombres.

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