Hay un par de cuestiones de género, ¿o será algún género de cuestión a pares?, que obviamente no he podido resolver en mi vida y así me va, más solo que la una sin la otra, lo que es obvio y por tanto ni que decirse tiene, y por qué ni decir tiene: que como es obvio no tiene ni que decirse. Porque a estas alturas lo tácito, como es obvio, me resulta expresamente invisible, y en consecuencia que es a lo que voy de cabeza me estoy volviendo impotente. Y no sólo para lubricar en el acto con obviedades cualquier comercio social como es debido, incluso para hilar mi vida como una cualquiera y luego contarlo como relato, por descontado, dando lo lato como contado que ya sabemos todos lo que significa en el acto.
Aunque todo esto sea algo tan obviamente genérico que no hace al caso, ya que es lo génerico como es obvio lo que hace al caso como es, obvio, en todo caso sin tener que volver a tocar en cada caso genéricamente hablando los huevos o huevas de Leda o del Ouroboros, según el caso. Conque en el mío plantearé de una vez mi cuestión de género en primera persona como cosa, obviamente, rabiosa de actualidad hoy en día también: sigo sin entender cómo hay quien hace un poema sin más antes de irse a la cama con lo que luego es un drama, mientras otros sólo prefieren contar historias antes durante y después. Del sueño, que es el intervalo obvio de referencia y lo lato omiso entretanto entre tanto dar la lata patente con el relato latente o viceverso en prosa.
Pero en cosa como el ensayo, de tan donosa en prosa mejor me callo. Que de ensayar como especialidad profesional en este asunto sólo dos opciones hay, aquello de lo que en Se impersonal no se puede hablar en sociedad, y lo demás que es silencio, conque mejor callar como Wittgenstein o Shakespeare o mejor como una puta, que en esto del ensayo con el sayo o sin el sayo según es la que sabe más. Conque en todo caso en general sobre este particular género tan singular poco hay que añadir como no sea esto mismo, que no hay más que hablar en ello, y que ni decir tiene, ni una palabra sola.
Como prueba el que hasta ahora siempre en el último instante me hayan suspendido mi modesta función de género en el acto todo tipo de ensayistas de oficio en este asunto, interrumpido por qué iba a ser, por amateur. Y encima del puro sueño, que como es obvio ni se contempla como pretexto tan trivialmente universal en cualquier texto tan definitivamente serio como un ensayo, aun si fuere con trajes y de piel, sobre el hecho objetivo del propio género como problema en cuestión, o sobre el género como problema propio del ensayo sobre el hecho objetivo en cuestión, incluso del ensayo propio sobre el lecho objetivo del género ajeno en cuestión como problema, o como objetivo, del problema propio o ajeno a plantear abiertamente como ensayo sin trajes ni disfraces, alguno de adorno acaso, o en fin como algo de algo sobre algo, que ya es algo aunque sea ensayo.
Conque en esto de arremangarse el suyo para meterse en sayo ajeno a ensayarse como cualquiera en prosa, y más para tocar directamente los asuntos de este género al completo a tratar como objeto –lo que no se llama según creo ensayos políticos, ni cuestión de género – por lo visto no queda otra que seguirse gobernando sin saber, y ni siquiera como Sócrates que no sé nada sino como Sánchez, Francisco, que nada se sabe porque genéricamente hablando nadie es más que nadie aunque los otros ni eso. Y esto, como es obvio, ya es cuestión más propia de otro género que ya no me afecta, o salvo error por mi parte sólo a penas.
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